Capítulo 20
«Caitlin»
L a sangre se retrasa desde ayer, pero mi cuerpo, cruelmente fiel a sí mismo, ya empieza a avisarme de que viene de camino.
Siento la presión sorda en la parte baja de la espalda, el peso dentro del vientre y esa tirantez que conozco desde los trece años.
Podría atribuirla a la incertidumbre, al frío que se cuela por las paredes o a la cena de anoche, pero llevo demasiado tiempo obligada a conocer cada rincón de mi cuerpo para permitirme una mentira tan cómoda.
Durante los primeros años de mi matrimonio, cualquier retraso era recibido con sonrisas, caldo de gallina y manos que se posaban sobre mi vientre sin pedir permiso.
Después llegaba la sangre y aquellas mismas bocas se apretaban con decepción. Sorley observaba el paño como si yo hubiera elegido mancharlo para ofenderlo.
Nunca se preguntó si la vida podía negarse a crecer dentro de mí por algo que perteneciera a los dos. Un hombre deposita su semilla y queda libre de sospecha y la mujer responde por todo lo que no brota.
Con el tiempo dejaron de sonreír durante los retrasos.
Las comadronas empezaron a palparme con mayor insistencia. Los consejeros hablaban de herederos delante de mí y bajaban la voz cuando pronunciaban la palabra «estéril», aunque se aseguraban de que pudiera oírla.
Sorley amenazaba con devolverme a los míos y buscar una esposa cuyo vientre comprendiera mejor sus obligaciones. Nunca lo hizo. Descubrió que mantener la amenaza resultaba mucho más útil que cumplirla.
Cada mes, mi sangre le proporcionaba una nueva razón para castigarme.
Ahora puede proporcionarles una razón para matarme.
Me limpio con el paño que Beathag ha dejado junto a la palangana y lo observo antes de doblarlo.
Blanco.
Todavía.
—¿Nada?
La comadrona de Niall aguarda junto al brasero con las manos escondidas bajo el manto. Lleva una semana siguiéndome con la discreción de un perro apostado ante una madriguera.
Me pregunta qué como, cuánto duermo, si me duelen los pechos, si la cerveza me provoca náuseas. Ayer incluso quiso saber cuántas veces había orinado durante la noche.
He empezado a sospechar que, si bostezo delante de ella, saldrá corriendo a proclamar que el heredero de los Morrison ya exige más aire.
—Nada que merezca tu interés —respondo mientras me arreglo la camisa interior y dejo caer las faldas.
Sus ojos bajan hacia el paño que conservo en la mano.
—Lady Caitlin…
—Ha dicho que no hay nada —interviene Beathag desde la puerta.
La mujer aprieta los labios. El reproche queda allí, contenido entre las dos, pero no insiste.
—Debo comprobar si el vientre ha cambiado.
Otra vez unas manos buscando en mi cuerpo una respuesta que no puedo darles. Esta mañana estoy demasiado cansada para recordarles que todavía vivo dentro de él.
La palma de la mujer se posa bajo mi ombligo. Está helada. Presiona a un lado, luego al otro, y desliza los dedos hacia el nacimiento del pubis.
Mi cuerpo se endurece por costumbre. Yo permanezco quieta.
—¿Os duele aquí?
—Me duele que hagas eso.
No retira la mano.
—Lady Caitlin, necesito…
—Necesitas calentar los dedos —la interrumpe Beathag—. Si tienes intención de meterle la mano entre sus piernas cada mañana, al menos procura no llevarte pegada la piel cuando la saques.
La comadrona aprieta los labios. Sus dedos se detienen y, durante un momento, temo que vaya a continuar solo para demostrar cuál de las dos posee autoridad. Finalmente baja mi camisa.
Se acerca al lecho, pasa la mano sobre las sábanas y comprueba que tampoco hay manchas.
Todo mi matrimonio contenido en ese gesto.
Una mujer buscando sangre para decidir cuánto valgo.
El mes transcurrido desde la muerte de Sorley pesa ahora más que el cadáver. Cada día sin sangre sostiene mi mentira; cada amanecer sin náuseas me recuerda que mi cuerpo puede decidir destruirla en cualquier momento.
La comadrona se marcha después de advertirme que regresará antes de la cena. Beathag espera a oír sus pasos al otro lado del corredor antes de cerrar la puerta.
—Debería cobrarle por cada visita —murmura—. Con lo que le gusta mirar tus paños, podríamos alimentarla con ellos.
Se acerca y me los quita de la mano. Los deja dentro de un cesto, debajo de una camisa, y me observa con esa franqueza suya que no admite consuelos inútiles.
—¿Te duele?
—Un poco la espalda.
—Eso también puede ocurrir cuando hay criatura.
—Y cuando está a punto de venir la sangre.
—Tu cuerpo todavía no ha decidido qué desgracia prefiere darte.
La respuesta me arranca una sonrisa breve, aunque el alivio apenas dura. Me llevo una mano al vientre. Debajo de la lana y el lino no encuentro ninguna diferencia. Broen ha entrado en mí suficientes veces para que exista una posibilidad.
Una parte de mí continúa esperando que su semilla haya arraigado, incluso sabiendo que un hijo concebido por miedo, deseo y necesidad difícilmente puede ser una respuesta misericordiosa.
Otra parte se prepara para la sangre.
Me gustaría poder desear un hijo suyo sin preguntarme cuánto tiempo de vida me concedería. Descubrir si hemos creado algo sin imaginar a Niall examinando mis sábanas, a los consejeros calculando fechas o a una comadrona hundiendo los dedos en mi vientre para decidir si miento.
Beathag se levanta y me ajusta el cinturón del vestido. Tiene que repetir el nudo porque la primera vez le tiemblan las manos.
Entonces el cuerno de la puerta atraviesa las paredes.
Un sonido grave y metálico que hace que los perros del patio empiecen a ladrar.
Cuando me asomo por la arcada del salón, una comitiva de una docena de hombres se detiene sobre el barro helado.
En el centro, junto a Niall MacLeod y un sonriente Eòghan MacAulay, sobresale un enviado de la Cancillería vestido con los colores del rey Jacobo V. Lleva un tubo de cuero y mantiene el sello de cera roja bien visible.
Han venido a por mí.
El miedo que esperaba no llega. Permanezco bajo la arcada observándolos y, durante un instante vergonzoso, solo siento alivio. Si me llevan, dejaré de despertar cada mañana pendiente de un paño. Ya no tendré que calcular cuánto vale mi vida según lo que aparezca entre mis piernas.
Por primera vez desde que mentí, permitir que otros decidan qué hacer conmigo parece más sencillo que continuar luchando.
Esa rendición silenciosa me asusta más que el sello del rey.
Es la culminación de la pesadilla que empezó hace siete días, cuando encontraron el cuerpo de Torcuil con el cuello cortado y un jirón de seda teñida de verde y oro apretado en su mano helada.
Aquella misma tarde, tras el hallazgo, Broen y los consejeros fueron a mis aposentos y extendieron sobre la cama mi vestido.
Alguien había aprovechado el registro desordenado de semanas atrás para asestarle un tajo limpio con una navaja en el vuelo de la falda y deshilachar los bordes después.
Broen agarró el vestido y estampó la falda contra el pecho de Niall, obligándolo a mirar el tajo limpio mientras le gritaba que aquel montaje resultaba evidente. Pero él se limitó a sonreír con condescendencia:
«Ves lo que quieres ver, Broen. Estás demasiado cegado por la viuda de tu hermano como para juzgar la evidencia con imparcialidad» .
Niall no necesitó más. Utilizó el cadáver de Torcuil y esa prueba manipulada como el pretexto perfecto para activar la comisión expedida para las Hébridas por la Cancillería Real, que faculta a las autoridades neutrales a retirar la custodia de una sospechosa cuando la propia familia del Brieve está implicada.
Broen ha interrogado a cada persona que entró en mis aposentos después de la muerte de Sorley.
Lo ha hecho una vez, dos y hasta tres cuando alguna respuesta variaba.
Ha reconstruido el registro de mis arcones, el orden en que volcaron los vestidos sobre la cama y quién permaneció vigilando el corredor mientras Tormod y Gilleasbuig revolvían mis pertenencias en busca de venenos.
Sabe quién abrió el guardarropa. Quién sacó la ropa. Quién volvió a meterla.
También sabe que, durante un espacio de tiempo que nadie consigue precisar, la estancia quedó abierta y sin vigilancia.
Quien cortó el vestido pudo hacerlo entonces.
O antes.
O después.
Siete días de preguntas solo han servido para demostrar que demasiadas personas tuvieron ocasión de entrar.
—Esta vez Broen acabará arrojando a alguno por la ventana —digo.
Beathag se toma unos instantes para considerar la posibilidad.
—Las de esta planta son demasiado estrechas. Tendría que romperles primero los hombros.
El sello de cera roja del rey Jacobo no se rompe con una espada, sino con el miedo de los hombres.
El enviado de la Cancillería ni siquiera se molesta en pisar el barro del patio. Permanece junto al portalón mientras despliega el pergamino junto a Niall MacLeod.
La voz del enviado, fina y acostumbrada a las salas de mármol de Edimburgo, cae sobre la piedra helada como una sentencia redactada a trescientas millas de distancia.
—«...hallándose la casa del brieve corrompida por la sospecha de sangre entre sus propios miembros —recita—, la comisión expedida para las Hébridas faculta la retirada de la custodia de la viuda Caitlin Morrison, entregándose esta a una casa no implicada hasta que la justicia del rey pueda celebrar audiencia en la isla».
Los Cuervos se distribuyen junto a los muros. Finn conserva las manos enlazadas delante del cuerpo y una expresión de inocencia tan perfecta que bastaría para condenarlo en cualquier tribunal. Torren observa las salidas. Darian se coloca detrás de Broen. Colum queda más cerca de mí.
La posición de cada uno ha sido escogida antes de cruzar la puerta.
Broen alza el rostro hacia el enviado que vuelve a enrollar el pergamino. El sello rojo queda colgando de las cintas, visible para todos.
—¿Adónde pretenden llevarla?
—A Uig —responde Eòghan antes de que el hombre de la Cancillería pueda abrir la boca.
Su voz recorre mi espalda con la suavidad de una mano que aún no me ha tocado y ya calcula dónde colocarme.