Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Uno de los hombres que aguardaban su turno deja de sonreír.

Otro contempla la piedra, después los brazos de Broen y vuelve a mirar la piedra con una estimación bastante menos optimista de sus posibilidades.

Incluso Eòghan inclina la cabeza, reconociendo que la prueba acaba de convertirse en algo distinto.

Las mujeres guardan menos disimulo.

Yo debería conservar alguno. Anoche tuve todo ese cuerpo encima, alrededor y dentro de mí. Aun así, verlo desplegarse a plena luz, ante medio Lewis, consigue que lo necesite de nuevo.

Broen flexiona los dedos, gira una vez los hombros y avanza hacia la piedra.

Nadie vuelve a reírse.

Camina hacia el centro del círculo mientras el patio entero guarda silencio.

La envergadura de su cuerpo resulta abrumadora mientras se agacha sobre la piedra. No hay espectáculo en sus movimientos, ni los rugidos exagerados con los que los muchachos intentan darse valor.

La encaja sobre los muslos, busca el agarre bajo la superficie mojada de la roca y respira una sola vez.

Los músculos de los brazos se le abultan. Las venas del cuello se le marcan debajo de una cicatriz.

Con una lentitud aterradora, la mole de granito se despega del barro. Broen la sube hasta las rodillas, clava los talones en la tierra y, con un impulso brutal que hace gemir el aire de sus pulmones, la iza hasta el pecho y la lanza por encima del tronco de madera de marcación.

La piedra cae al otro lado con un impacto que hace temblar la tierra debajo de nuestros pies.

El patio estalla en un rugido. Los hombres de las aldeas aplauden, sus Cuervos silban y hasta Mairi deja caer la cuchara de la comida para aclamarlo.

Broen no se queda a recibir la gloria. Se limpia el barro de las dedos en la lana del tartán y recupera la ropa de manos de Darian.

Se la pone sin abrochar del todo y regresa hacia donde estoy, respirando un poco más rápido de lo habitual pero sin perder la compostura.

—Eòghan ni siquiera la movería —me dice al pasar a mi lado, tan bajo que la ovación tapa sus palabras.

—Fascinante espectáculo —digo en un murmullo, fingiendo mirar hacia la línea de tiro mientras me obligo a tragar saliva ante la visión del sudor brillándole en la clavícula—. Y yo que pensaba que los músculos solo te servían para arrastrarme al fondo de la escribanía.

Broen se pasa el dorso de la mano por la frente, clavando su ojo verde en el mío con una intensidad que quema.

—Guárdate las burlas, Caitlin. Que todavía me queda fuerza para arrastrarte a un sitio más oscuro si sigues mirándome así.

La música de los gaiteros del clan empieza a sonar poco después. Se encienden más antorchas a medida que la tarde cae sobre las murallas. La gente empieza a bailar en círculos alrededor del fuego grande, y por un momento la ilusión de la paz parece instalarse en Dùn Mhoireasdan.

Broen se mantiene en la periferia, vigilante, hablando con los guardias de la puerta, mientras las mujeres me arrastran hacia el centro para unirme a la danza.

Es una danza corta, de pasos rápidos sobre el suelo helado. Por un segundo, girando entre Beathag y las muchachas, me permito olvidar a Sorley, olvidar el pánico a la cuerda y olvidar la mentira de mi vientre. Miro hacia el muro y encuentro el ojo de Broen siguiéndome en la penumbra.

No baila, no sonríe, pero está allí.

Una sombra enorme que guarda mi vida mientras el mundo gira a mi alrededor.

La música se corta de golpe con una nota rota que muere en la garganta del gaitero.

Por la puerta inferior del patio irrumpe un grupo de jinetes. Los caballos vienen cubiertos de sudor y barro negro, resoplando en el aire frío. Al frente viene Fearchar con la cara pálida como la ceniza y la camisa desgarrada en las mangas por los matorrales.

La multitud abre paso en silencio. Broen ya está cruzando el patio antes de que el caballo de Fearchar se detenga por completo.

—¡Señor! —grita Fearchar, dejándose caer de la silla con torpeza e hincando una rodilla en el fango—. ¡Señor! En los cortes de turba de la ladera oriental... los cazadores...

Broen lo agarra por el hombro y lo endereza con firmeza.

—Habla despacio, Fearchar. ¿Qué ha pasado?

—Torcuil —balbucea el hombre, mirando de reojo hacia el consejo que desciende apresuradamente del estrado—. Lo han encontrado encajado en una grieta y cubierto con turba y brezo. Los perros percibieron el olor.

Un murmullo de pánico recorre la multitud. Me acerco a la línea del círculo, notando cómo el frío vuelve a meterse bajo mis vestidos con una violencia feroz.

—¿Está muerto? —pregunta Gilleasbuig, llegando al lugar con la voz alterada.

—Lleva muerto varias semanas —responde Fearchar, temblando—. Le han cortado la garganta hasta el hueso. Y en la mano... en la mano apretada llevaba esto.

El despensero abre el puño. Entre sus dedos sucios de turba brilla un trozo de tela teñida de verde y oro, desgarrada de un vestido de seda cara. Un paño que solo una persona en este castillo utilizaba para sus vestidos de gala.

El silencio que sigue es tan denso que se oye el crepitar del fuego central.

Todas las miradas del patio se giran despacio hacia mí.