Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Eòghan deja escapar una carcajada sonora, echando la cabeza hacia atrás. Es un gesto calculado para atraer la atención, y funciona. Al otro lado del patio, la conversación entre Broen y sus hombres se detiene.

Veo cómo la cabeza de Broen gira despacio hacia nosotros. Su ojo único se clava en la mano de Eòghan, que acaba de apoyarse en una barra de madera a pocos centímetros de la mía.

—Ah, el consejo —suspira Eòghan, tomando un trago largo de cerveza—. Unos ancianos asustados porque la mujer más lista de Lewis ha decidido no morirse cuando a ellos les venía bien. Dime, Caitlin... ¿es cierto que Broen te ha dado libertad para moverte por toda la isla?

—Es cierto —admito, sin bajar la cabeza pero dejando que el tono conserve el filo de quien conoce el precio de cada favor en esta isla—.

Mis queridos consejeros me habrían encerrado en las mazmorras bajo la torre desde la noche en que Sorley dejó de respirar.

Si hoy no estoy comiendo moho y contando ratas en la oscuridad, es gracias a Broen.

—Un gesto noble —concede Eòghan, dando un paso más hacia mí, lo suficiente para que su cuerpo tape el viento del norte—.

O una imprudencia. Gilleasbuig y Tormod están buscando cualquier excusa para llevarte ante el tribunal real de Inverness.

Dicen que Broen está demasiado... involucrado para ser imparcial.

Desde que el padre de nuestro actual rey arrebató a los MacDonald el título de Señores de las Islas, la Corona considera cada disputa del norte un asunto suyo.

Tus consejeros estarían encantados de entregarte y llamar lealtad a su cobardía.

Me congelo con la jarra a medio camino de los labios.

—¿Y tú qué dices, MacAulay?

Eòghan se inclina hacia mí. Huele a cuero, a clavo de olor y a una confianza absoluta en su propio valor.

—Yo digo que si las cosas se ponen feas, los MacAulay tienen barcos en la costa oeste que no responden ante los Morrison ni ante el consejo. Y una dama acusada de un delito que no se puede probar siempre encontraría refugio en mis tierras. Un refugio legal, Caitlin. Matrimonial, si hiciera falta.

La audacia de la propuesta me deja sin aliento un segundo. No es una declaración de amor, claro. Es una oferta de compra. Eòghan quiere a la viuda de Sorley como trofeo para consolidar su dominio sobre el norte.

Antes de que pueda responder con el sarcasmo que la propuesta merece, una presencia pesada se sitúa a mi espalda. No necesito darme la vuelta para saber quién es. El calor que emana del cuerpo de Broen disipa de golpe el frío de la brisa.

—MacAulay —dice Broen. La voz es baja, rasposa, cargada de una quietud que resulta mil veces más peligrosa que cualquier grito—.

Creo que Finn está buscando a alguien con bastante dinero para perderlo en la prueba de la piedra.

Y tú pareces un hombre al que le sobra la plata y le falta la prudencia.

Eòghan no se mueve de inmediato. Mantiene esa sonrisa pulida y fácil, pero la mirada con la que mide a Broen carece de toda guasa.

—Broen —saluda Eòghan con una inclinación perezosa—. Le explicaba a Caitlin que mis barcos seguirán en la costa el día en que la piedad de su cuñado deje de mantenerla con vida.

—Caitlin seguirá viva mucho después de que tus barcos se pudran en la costa —responde Broen. Da un paso lateral y se coloca entre ambos, cerrándole a Eòghan la visión de mi cuerpo con la anchura de sus hombros—. Apártate.

El tono de Broen es tan plano, tan desprovisto de alardes, que resulta sofocante.

Una ovación estalla al fondo del patio y nos obliga a volver la cabeza. Altair permanece junto a la línea de tiro con el arco todavía levantado. Tres flechas de plumas negras ocupan el centro del muñeco de paja, tan juntas que las astas se rozan.

Finn recoge las monedas de los hombres que han fallado antes que él, incluido Niall, y las guarda en su hatillo con una satisfacción indecente.

Torren apoya una mano sobre el hombro de uno de los perdedores y le señala la diana, quizá para ayudarlo a comprender la diferencia entre su puntería y la de Altair.

Eòghan observa las tres flechas y apura la cerveza.

—Empiezo a comprender cómo financiáis vuestras correrías.

—No —responde Broen—. Acabas de comprender cómo Finn financia las suyas.

Eòghan sonríe hacia mí una última vez, una promesa velada de que esta conversación no ha terminado, y se encamina hacia la multitud.

Broen no se gira de inmediato. Espera a que esté a una distancia prudencial antes de soltar un resoplido imperceptible por la nariz.

—Me estaba ofreciendo una salida —digo en voz muy baja, para que solo él pueda oírme mientras finjo arreglar el broche de mi manto.

—Te estaba ofreciendo sus barcos a cambio de adueñarse de ti —corrige Broen, y por primera vez se vuelve hacia mí.

Su ojo descubierto está oscuro—. Quiere tu nombre, la tutela del hijo que llevas en el vientre y la legitimidad que solo la viuda de Sorley puede darle ante el consejo.

Sabía perfectamente a quién buscaba al cruzar esas puertas.

Y si vuelve a inclinarse sobre tu cuello como lo ha hecho hace un momento, voy a descubrir si los barcos de los MacAulay navegan mejor sin su capitán a bordo.

—Matar a un pretendiente en mitad de la fiesta de Yule —murmuro—. Una idea brillante.

—No es un pretendiente. Es un perro intentando cobrar la pieza más valiosa antes de cazarla.

Una ovación estruendosa estalla en la parte central del patio antes de que pueda responder. Los hombres del clan se han agolpado alrededor del círculo de levantamiento de piedras.

Una mole de granito gris, húmeda y redonda, descansa sobre la tierra pisoteada. Dos cazadores de las colinas ya han probado suerte sin conseguir despegarla más de dos dedos del suelo.

—¡Que pruebe Broen! —grita una voz desde la multitud. Es Finn, que no pierde oportunidad de armar ruido y ganar dinero.

La gente empieza a vitorear.

Broen me mira un segundo. Hay una chispa seca de cansancio en su ojo, pero sabe que no puede negarse sin parecer débil ante los jefes invitados.

—Si me parto la espalda, me vas a tener que llevar tú a la cama —murmura.

—Si te partes la espalda, le pediré a Eòghan que me lleve en sus barcos —replico con ligereza.

Broen suelta un taco entre dientes.

Broen desprende la fíbula del hombro y deja caer el pliegue superior del tartán hasta la cintura.

Se quita el jubón, se lo arroja a Darian, que lo atrapa al vuelo.

Tira también de la camisa por encima de la cabeza.

El lino apenas ha abandonado sus hombros cuando el ruido alrededor de la prueba disminuye.

Vestido, Broen parece un hombre excepcionalmente grande. Sin la camisa se comprende que la ropa llevaba todo el invierno ocultando una masa desmesura de músculos.