Capítulo 19
«Caitlin»
E l frío de Yule no huele a nieve en Lewis, sino a grasa de cordero quemada, a turba húmeda y al vaho de trescientas personas apretadas en el patio inferior de Dùn Mhoireasdan.
Hasta ahora, esta celebración había sido un desfile de vanidades administrado por Sorley.
Mi difunto marido solía sentarse en un estrado elevado, flanqueado por los consejeros, mientras la gente común aguardaba fuera a que se les arrojaran los despojos de las reses.
Hoy, las puertas del patio están abiertas de par en par.
Las mesas de roble, sacadas a tirones del gran salón, forman un rectángulo desordenado alrededor del fuego central.
Hay niños corriendo entre los perros de caza, mujeres ajustándose las mantas contra el viento del norte y hombres del clan que miran la comida con una mezcla de devoción y desconfianza.
—Estás utilizando demasiada manteca para la avena —murmura Beathag a mi lado, removiendo el caldero de hierro con un cucharón de madera que parece una maza—. Si Gilleasbuig ve la capa de grasa que flota en la superficie, sufrirá una apoplejía antes del anochecer.
—Que sufra —respondo, sin apartar la vista del rincón del patio donde los jóvenes del clan han empezado a despejar el barro para el levantamiento de piedras—. Con suerte, la apoplejía le impedirá recordarme por décima vez que una viuda en duelo no debería vestir lana teñida de garanza.
La raíz de rubia ha dejado en la lana un tono rojo oscuro.
Las viudas de Lewis entierran a sus maridos con los vestidos que ya poseen. La muerte no trae consigo un arcón de ropa nueva ni las monedas necesarias para teñirla de negro.
Ese color pertenece a los funerales de la corte, a los paños que cubren altares y a quienes pueden pagar varias inmersiones de tinte para demostrar una pena que los demás reconocemos sin necesidad de vestirla.
Gilleasbuig, sin embargo, ha decidido que mi dolor debe notarse desde las murallas. Quizá teme que, si no parezco suficientemente afligida, alguien recuerde que Sorley tampoco se esforzó demasiado por parecer un marido digno de duelo.
Mairi, que está acuclillada junto a la cesta de las cebollas, deja escapar una risa corta y áspera. Es una mujer de hombros anchos y manos curtidas que ha enterrado a dos maridos y a cuatro hijos en la turba.
—El duelo de Sorley duró lo que tardó su cuerpo en enfriarse en la capilla, mi señora —dice, limpiándose el sudor de la frente con el reverso del antebrazo—. Y en cuanto a la garanza... A mí me gusta. Os sienta bien a la tez.
Me observa con la atención que suele reservar para mis paños y ladea la cabeza.
—Aunque la lana no puede atribuirse todo el mérito. Últimamente tenéis más color en las mejillas, los ojos más vivos y un aspecto mucho menos resignado.
Beathag deja de remover durante el tiempo exacto que tarda en dirigirme una mirada.
—Será el aire del invierno —respondo.
—Sin duda —conviene Mairi—. Sea cual sea el remedio, procurad no interrumpirlo.
El cucharón golpea el borde del caldero cuando Beathag intenta esconder una risa.
—La constancia nunca ha sido el problema —murmura ella—. Ni el entusiasmo.
—Remueve la avena, Beathag. Tu discreción empieza a pegarse al fondo.
Mairi todavía me observa. La diversión abandona poco a poco su rostro, aunque permanece en sus ojos cuando vuelve a hablar.
—Bromas aparte, estáis más hermosa porque habéis dejado de parecer una mujer condenada. Sobrevivisteis diecisiete años a Sorley. Sería una lástima permitir que sus consejeros terminaran el trabajo ahora que él está muerto.
—Tendrán que esforzarse bastante más.
—Eso imaginaba.
El comentario se queda flotando en el aire con la naturalidad brutal de las mujeres del norte. A mi alrededor, Maude y dos muchachas del pueblo continúan picando hierbas sin perder el ritmo.
No hay lástima en sus ojos ni tampoco la sospecha venenosa con la que me miran los hombres del consejo.
Para las mujeres de Lewis, un marido muerto es una tragedia o un alivio.
La acusación de haberlo asesinado, un inconveniente político, y un embarazo a mitad del invierno, un milagro peligroso que requiere más manteca en la papilla y menos tonterías de los viejos.
—Por cierto... —Sitheag se inclina hacia mí, bajando la voz apenas un tono, justo cuando Iain pasa a tres pasos de nosotras, observando la escena con la boca apretada—. Si la criatura se mueve antes de la Candelaria, será un varón. Los niños patean temprano cuando huelen el hierro de las espadas.
—Se moverá cuando le dé la gana —replica Beathag, sintiendo la mirada de Iain clavada en mí—. Y de momento lo único que patea en este castillo es el consejo.
Cuando termina de hablar, se cruza de brazos y se interpone físicamente entre Iain y yo. Su cuerpo enorme crea una sombra protectora que oculta cualquier falta de redondez bajo los pliegues de la lana.
—Que miren todo lo que quieran —gruñe Maude con voz lo bastante alta para que el consejero la oiga—.
Lo único que van a ver es a una señora que alimenta a su clan mientras ellos cuentan los granos de pimienta.
Sigue acariciándote la tripa, niña. Hazlo cada vez que uno de ellos te mire.
Nada pone más nervioso a un hombre que recordar que las mujeres llevamos el futuro del clan entre las piernas y que ellos no pueden controlar ni el clima ni lo que sale de ahí.
Le dedico a Iain una sonrisa dulce, casi devota, y me llevo la mano izquierda al vientre, ahondando la tela del vestido contra mi piel. El consejero desvía la mirada con una mueca de disgusto y apresura el paso hacia el estrado.
Mairi suelta una carcajada sofocada.
—Esa ha sido buena, lady Caitlin. Mirad allá. Creo que vuestro cuñado acaba de decidir que la avena no es lo único que necesita vigilancia.
Miro hacia el cercado de los caballos.
Broen está de pie junto a uno de los postes de madera, hablando con Colum y Darian.
Lleva el jubón y la camisa de lino abierta en el cuello a pesar del frío que corta la piel, dejando al descubierto la curva dura de la clavícula y el principio del vello oscuro de su pecho.
El parche de cuero le cubre el ojo izquierdo, pero el derecho —ese verde denso que parece absorber la luz del patio— está fijo en mí.
No es una mirada discreta. Aun desde cincuenta varas de distancia, siento el peso físico de su presencia, el calor seco que desprende su cuerpo y que recuerdo con una precisión vergonzosa.
Hace apenas unas horas, ese mismo hombre me tenía acorralada contra su cuerpo, con sus dedos metidos en mi carne y la boca llena de mi nombre.
Ahora, simplemente con permanecer ahí, con las manos apoyadas sobre el cinturón de cuero, impone una autoridad que hace que los hombres del clan se aparten a su paso sin que él tenga que alzar la voz.
A su lado, Colum limpia la punta de una flecha con una atención casi impropia del ruido que lo rodea.
Es el más joven de los Cuervos y también el de facciones más refinadas, con unos modales capaces de hacerlo parecer bien nacido incluso cubierto de barro.
Tres sirvientas de la cocina llevan toda la mañana encontrando razones para pasar cerca de él.
Finn monta su propio espectáculo junto a la diana de tiro con arco.
—¡Cinco peniques de plata! —pregona, alzando una bolsa de cuero que suena bastante menos abundante de lo que promete—. ¡Cinco peniques a que ninguno de los valientes muchachos de Lewis es capaz de acertar al centro del muñeco de paja a ochenta pasos!
Niall MacLeod se acerca a la línea de tiro sosteniendo un arco de tejo pulido y la sonrisa de Finn se amplía.
—Finn lleva varios minutos sonriendo como un hombre que ya sabe quién va a perder esas monedas —comento.
—El único truco de Finn es que dejó a Torren medir la distancia —murmura una voz a mi espalda.
Me giro. Altair está apoyado contra el muro de la cocina. Sostiene su arco largo, un leño pesado y oscuro que parece una extensión de su propia columna vertebral.
—No tiene las piernas de Broen, pero sabe alargar el paso cuando hay monedas en juego. Sus ochenta equivalen a cien de cualquier hombre honrado —añade.
—¿No vas a tirar? —le pregunto, acomodándome la manta.
—Finn aún no ha recogido bastante dinero —responde Altair con una calma exasperante—. Cuando los muchachos del clan hayan gastado sus monedas y piensen que el viento es el culpable, entonces tiraré yo.
—Y te quedarás con sus peniques.
—Te daré la mitad para la carne de Yule. Los Cuervos no comemos aire, Caitlin. Ni siquiera cuando nos tratan como a reyes.
El tono de Altair es seco, pero no hay amargura. Hay una lealtad feroz hacia Broen que se extiende a todo lo que Broen ha decidido proteger. Y en este momento, según el código de esos hombres rotos que vinieron de Perthshire, yo soy la propiedad más valiosa de su líder. O su perdición.
En la diana, Niall MacLeod dispara. La flecha silba en el aire helado y se clava a dos dedos del centro.
La multitud ahoga un grito de apreciación.
Niall se vuelve hacia la galería y sus ojos me encuentran entre los cientos de rostros.
Me saluda con una inclinación de cabeza exagerada, casi cortesana.
—Un buen tiro para un MacLeod —comenta Eòghan MacAulay, apareciendo a mi lado con dos jarras de cerveza de brezo en las manos.
Eòghan es la clase de hombre que Sorley siempre quiso ser y nunca logró. Es alto, de hombros anchos, con una melena pelirroja que le cae sobre la espalda en trenzas cuidadas y una sonrisa que sugiere que el mundo es un chiste hecho para su propio entretenimiento.
Es el heredero de las tierras del oeste, de Uig, no tiene cargos de los que responder y sabe perfectamente que la mitad de las mujeres de la isla suspiran cuando entra en una sala.
—Señora —dice, ofreciéndome una de las jarras con una cortesía que roza la impertinencia—. Pareces fatigada de escuchar a las matronas hablar de pañales y caldos de gallina.
Acepto la jarra, notando que el barro está helado.
—Las matronas de este castillo tienen más sentido común en un dedo que el consejo entero, MacAulay.