Capítulo 18 #3
El calor me asciende por el cuello, inoportuno, brutal, mezclado con la certeza de que este hombre es lo único firme que me queda en el mundo.
—Caitlin, no permitiré que te ejecuten —dice, y me agarra por los brazos con una firmeza que no admite discusiones—. Si el consejo mueve una sola mano contra ti, arderá Dùn Mhoireasdan entero. O te llevaré conmigo antes de que eso ocurra.
—No me has preguntado si quiero que lo hagas.
Sus ojos descienden hasta mi boca.
—Llevas desde que entré en esta habitación agrediéndome con las palabras porque tienes un miedo atroz a que me vaya sin ti —murmura, y la ferocidad de su mirada se ablanda apenas un milímetro—. No pienso humillarte obligándote a admitirlo.
Lo beso antes de que pueda seguir desnudándome el alma.
Broen me lleva hacia atrás hasta que la piedra detiene mi espalda.
Una mano me sujeta la nuca; la otra desciende por mi costado y busca el borde de mis faldas.
Levanta primero la lana del vestido, después la enagua y por último la camisa.
La cantidad de tela entorpece sus manos, aunque esta vez la impaciencia permanece encerrada en la tensión de su mandíbula.
Cuando consigue reunir todas las capas sobre mis caderas, las aprisiona entre nuestros vientres. El aire frío me alcanza las piernas. Sus dedos, en cambio, están calientes al deslizarse por la cara interior de mis muslos.
Me abre con dos de ellos y encuentra la humedad que llevo acumulando desde que lo he visto dominar al buey sin necesidad de doblegarlo. Su pulgar roza mi sexo. Tengo que apoyar la cabeza contra la piedra para contener el sonido.
Broen cierra los ojos durante un instante. el esfuerzo por contenerse ha desaparecido.
—He pasado toda la mañana intentando que nadie descubriera lo que me haces —murmura, moviendo los dedos dentro de mí—. Procura no conseguirlo tú ahora.
—Estamos siendo imprudentes.
—Lo sé.
Debería tranquilizarme que comprenda el peligro. En cambio, esa respuesta me calienta más que cualquier promesa.
Retira los dedos, se inclina y me agarra bajo las nalgas.
Me alza con una fuerza que me arranca el suelo y el aliento al mismo tiempo.
Le rodeo la cintura con las piernas. Broen da dos pasos y vuelve a encajarme contra el muro, utilizando la piedra para sostener mi espalda mientras sus manos apartan los obstáculos entre nosotros.
Se guía hasta mi entrada. Flexiona las rodillas y me hace descender despacio sobre él mientras empuja hacia arriba.
Su dominio dura muy poco.
Lo noto en el descontrol de su respiración, en los dedos que se le hunden en mis nalgas y en la brusquedad salvaje con la que vuelve a llenarme. Broen intenta detenerse, pero aprieto las piernas alrededor de sus caderas y me muevo contra él, buscando más.
—Caitlin, espera… —me advierte con la voz rota.
Nunca le he oído pronunciar esa palabra con miedo.
Su cuerpo se endurece antes de que consiga asimilarlo. Me aprieta contra el muro y se derrama dentro de mí con una sacudida violenta que le hace temblar la espalda.
Noto las pulsaciones calientes, el miembro latiendo en mi interior y el esfuerzo de sus brazos por sostenerme mientras mi propio placer se queda suspendido, dolorosamente cercano, sin llegar a estallar.
Permanece inmóvil, con la cara hundida junto a mi cuello.
Cuando por fin levanta la cabeza, evita mirarme. El rubor le asciende desde el pecho hasta los pómulos y la mandíbula se le marca bajo una cicatriz.
Esa vergüenza pertenece a saber que ha terminado demasiado pronto mientras yo continúo estremeciéndome alrededor de él.
—No digas nada —murmura.
—No iba a burlarme.
—Eso casi lo empeora.
Me baja con cuidado. Al retirarse, el calor de su semilla permanece dentro de mí, precisamente donde ambos necesitamos que permanezca. Intenta colocarme las faldas, pero le sujeto la muñeca.
—Broen.
Ahora sí me mira. Hay furia en su rostro, aunque toda está dirigida contra él mismo.
—Todavía no digas nada —advierte, con voz baja.
—Tranquilo. Iba a felicitarte por tu resistencia.
La comisura de su boca se endurece.
No llego a disfrutar de mi victoria.
Sus manos se cierran por detrás de mis muslos. Flexiona apenas las rodillas y me lanza hacia arriba. El movimiento me arranca un grito y eleva mi cuerpo hasta que sus hombros encajan bajo mis piernas.
Broen se incorpora del todo y me deja sentada sobre ellos, sostenida por la piedra de la pared a mi espalda y por un hombre que parece haber decidido demostrarme cuánta resistencia le queda.
Su cabeza queda entre mis muslos. Las faldas continúan amontonadas alrededor de mi cintura y mi sexo, húmedo por ambos, permanece abierto delante de su rostro. Me aferro a su cabello mientras sus brazos rodean mis piernas y sujetan mis caderas contra él.
—Mientes mejor sobre embarazos —dice contra mi carne.
El aliento caliente me arranca un estremecimiento. Broen gira la cara y hunde los dientes en el interior de mi muslo. El mordisco rompe la siguiente provocación antes de que alcance mi boca.
Después arrastra la barba entre mis pliegues y utiliza las manos para abrirme más sobre sus hombros.
Levanta los ojos hacia mí.
—Agárrate bien.