Capítulo 18 #2
Antes de que hable, apoyo los dedos sobre su muñeca. El contacto dura apenas un latido. Es leve, impulsivo, pero la piel de su brazo se endurece de golpe bajo mi tacto y su atención se clava en mí con un hambre tan feroz que el aire se me corta en la garganta.
Lo observo hacer un esfuerzo inmenso por apartar su mirada de mí.
—La acusada sabe cuántas bocas dependen de esas provisiones —responde—. Cuando el consejo encuentre a alguien que conozca mejor al clan, escucharé sus objeciones.
—Parece que ya habéis decidido todo entre los dos —se queja Tormod.
Eso parece divertirle.
—¿Hay algo más que hayamos decidido sin enterarnos? —le pregunto.
—Probablemente —me responde con toda esa atención tan intensa de nuevo en mí.
Es abrumador, pero sonrío.
—Procura avisarme antes de que el consejo descubra que gobernamos mejor cuando deja de molestarnos.
—Creo que ya lo ha descubierto —responde ronco.
La respuesta me calienta por dentro de una manera que me aterra.
Porque durante un instante me he permitido imaginar otros inviernos. Su letra inclinada junto a la mía en las cuentas. Los dos discutiendo acerca de qué reservas pueden abrirse y qué animales deben conservarse para la primavera.
Broen dejando sus muñequeras sobre mi mesa, su jubón mojado junto a mi fuego y una de sus observaciones secas allí donde llevo demasiadas horas intentando resolver un problema sola.
Imagino también el buey pardo tirando del arado cuando llegue el deshielo y a Broen fingiendo que no recuerda haberlo salvado porque jamás sabe qué hacer cuando alguien agradece sus cuidados.
La visión carece de hazañas. Nadie aparece a caballo, nadie desenvaina una espada y el clan no aclama nuestros nombres.
Solo contiene días que se suceden, decisiones compartidas, la complicidad de gobernarlos a todos juntos y la posibilidad de acostumbrarme a encontrarlo a mi lado.
Broen todavía no se ha marchado y yo ya empiezo a echar de menos a la mujer que soy cuando está cerca.
Y eso me aterra hasta volverme loca.
Porque este hombre ha venido a cumplir una función. Engendrará una criatura para salvarme la vida, se asegurará de que el consejo no me cuelgue y se marchará.
Y cuando él se vaya, me quedaré sola en este castillo enorme, gobernando a los Morrison con la memoria de sus manos quemándome la piel y la certeza de que he vuelto a perder la única vida que deseaba tener.
Hay ausencias que empiezan mucho antes de que alguien se marche. Empiezan cuando descubres el dolor atroz que dejará ese vacío.
Ese pánico a perderlo me vuelve áspera, defensiva y rápida para levantar un muro antes de que él note cuánto me está doliendo ya su marcha.
Broen detiene a Iain junto al arco.
—Ve al molino con Gilleasbuig y Tormod y averigua por qué sus cuentas prometen harina que no aparece —le ordena—. Fearchar, acompáñalos. Quiero allí a alguien capaz de sumar.
Iain aprieta la boca.
—Lady Caitlin conoce las entregas del norte. Sería más útil que yo.
—Ya ha explicado que esas familias pasarán hambre si entregan otro saco —replica Broen, ajustándose la muñequera con los dientes—. Tú has decidido no creerla. Demuestra ahora que los números también mienten.
Se marcha antes de que Iain responda. Yo subo a la escribanía donde siempre hay trabajo y con los preparativos de Yule todavía más.
Al sentarme y abrir el primer cajón, la puerta de entrada gira sobre sus goznes.
Broen entra, cierra y se desata el parche. En la penumbra abre el ojo herido sin dolor.
—Has enviado a todos esos hombres detrás de un saco vacío —digo—. Comprendo por qué sobrevivís los Cuervos. Vuestros enemigos mueren agotados antes de encontraros.
—La harina falta de verdad —responde mientras deja el parche sobre la mesa—. Solo he escogido cuándo obligarlos a descubrirlo.
Avanza hasta tapar la escasa luz con los hombros y me observa con esa quietud que obliga a los demás a llenar el silencio. Yo me niego.
—Me has tocado delante de los demás —dice al fin—. No vuelvas a hacerlo. Ya me cuesta fingir que no llevo demasiados días deseando sentir tu mano en otra parte.
La confesión carece de dulzura. Precisamente por eso me baja caliente hasta el vientre.
—Te impedí partirle la cara a un consejero, aunque después de escucharlo empiezo a arrepentirme.
—No pensaba partirle la cara —aclara, seco—. Iba a enseñarle a no señalarte con el dedo que más aprecia.
—La templanza que te ha dado la edad resulta conmovedora.
Su mirada baja a mi boca.
—La edad me ha enseñado a escoger qué deseo romper. Mi mérito consiste en que Gilleasbuig aún no lo sepa.
Cruzo los brazos para no repetir la imprudencia de esta mañana.
—Ya cuenta las semanas —le recuerdo—. Cuando mi vientre crezca, buscará el día en que ese hijo de Sorley pudo concebirse. Si nos ve salir de aquí, le resolveremos la cuenta.
—Será mi hijo —afirma Broen, llenando el cuarto con la voz—. Puede llevar el nombre de mi hermano para mantenerte viva, pero cuando estemos solos, jamás hablarás de él como una parte de Sorley.
—¿Cuando estemos solos…? Has hablado de la primavera con una seguridad admirable —respondo—. Has conservado un buey por el trabajo que hará cuando llegue el deshielo, pero nadie sabe si tú seguirás aquí para verlo tirar del arado en realidad.
Broen me mira.
—¿Eso pensabas cuando has dejado de discutir conmigo en el cercado? —pregunta mientras se acerca—. Después te has quedado mirando las murallas como haces siempre que empiezas a despedirte de alguien sin concederle la cortesía de avisarlo.
La precisión me irrita porque apenas me permite escoger una mentira digna.
—No me gustan las despedidas. Y a ti tampoco.
—La vez que abandoné Dùn Mhoireasdan tenía dos costillas rotas y seis hombres de mi hermano siguiéndome hasta la costa —replica. Su voz conserva la dureza, aunque los dedos se le cierran alrededor de su cinturón con una dureza que hace crujir el cuero—. Aun así pasé la noche bajo tu ventana.
El aire se detiene dentro de mí.
—Nunca lo supe.
—Te oí caminar hasta el amanecer. Si hubiera pronunciado tu nombre, habría subido a buscarte y habría matado a Sorley.
Entonces todavía creía que callar y marcharme era la única forma de impedir que acabara destruyéndote conmigo.
A veces nos alejamos de quienes amamos y llamamos sacrificio al miedo de quedarnos.
Me levanto despacio. La mesa queda entre nosotros, pero la distancia se ha vuelto insoportable.
—Si hubieras dicho mi nombre… Me hubiera ido contigo.
Broen cierra los ojos.
Un estremecimiento rígido le cruza el rostro, desde la mandíbula tensa hasta las cicatrices del cuello, como si las palabras le hubieran entrado en el cuerpo con la violencia de una hoja.
Apoya la palma sobre la madera para sostenerse.
En ese instante de silencio, mientras mantiene los párpados apretados en la penumbra, veo en él al muchacho de veinte años descubriendo la magnitud de su propia estupidez y la certeza brutal de que lo habría elegido a él, de que habría cruzado la puerta sin mirar atrás.
Hay futuros que nunca llegan a existir y, aun así, dejan ruinas.
Cuando vuelve a abrir los ojos, la luz de la estancia quema el ojo herido.
—El silencio no eligió a Sorley —dice, roto—. Fuimos nosotros quienes llenamos el tuyo con la respuesta que más nos convenía.
Se acerca hasta dejar los pliegos, el consejo y los años que nos separan al otro lado de su cuerpo.
—Esta vez te daré la oportunidad de elegir —añade, mirándome de frente—. Me quedaré mientras tú lo quieras así. Aunque jamás exista el hijo con el que pretendemos engañarlos. Solo volveré a marcharme si eres tú quien me lo pide.
Las palabras tardan en encontrar un lugar dentro de mí. Y cuando llegan me doy cuenta de que ser elegida por Broen no consiste en que me reclame. Consiste en que él me deje la puerta abierta para que yo decida entrar.
Y se quedará por mí. Solo por mí.
El pecho se me cierra y la respuesta que debería darle queda atrapada detrás de todos los años en que aprendí a desconfiar de mi suerte.
—Broen, me encerrarán dentro de una semana a lo sumo y buscarán una cuerda resistente porque fui lo bastante estúpida para prometerles un heredero.
—Fuiste lo bastante lista para impedir que te encerraran aquella misma noche —corrige Broen, y da el último paso hasta pegarse a mí—. Y no puedes dar por hecho que no lo vamos a conseguir.
—Tu confianza no va a dejarme embarazada.
—Entonces habrá que confiar menos y perseverar más.