Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 18
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Capítulo 18

«Caitlin»

F altan seis días para Yule y la vaca moteada lleva un rato respirando sobre la muñeca desnuda de Broen.

Ha atrapado uno de los guantes entre los dientes para poder levantarle el belfo y examinar las encías. El animal soporta la intromisión con una mansedumbre soñolienta.

Cada resoplido extiende una mancha de humedad sobre su piel, allí donde las cicatrices más finas desaparecen bajo la manga.

La mano que sostiene la mandíbula es la misma que esta madrugada se cerraba alrededor de mi cintura, pesada por el sueño, cuando he intentado apartarme de él para abandonar la cama.

El recuerdo me llega con una precisión poco conveniente. Sus dedos abriéndose sobre mi vientre, el calor de su pecho contra mi espalda, la aspereza de su respiración en mi nuca.

Durante unos instantes, Broen no ha sabido dónde estaba. Me ha retenido por puro instinto, antes de que la conciencia le devolviera todo aquello que lo obliga a soltarme cuando amanece.

Ahora cuenta los dientes de una vaca mientras cinco hombres aguardan su dictamen y ninguno parece sospechar que hace apenas unas horas esa mano estaba abriendo mi sexo.

Él sí.

Lo descubro cuando alza la vista. El cielo despejado lo ha obligado a ponerse el parche en el ojo izquierdo, pero el derecho está fijo en mí con una inmovilidad que dura algo más de lo necesario.

La mirada desciende despacio hacia mi garganta, se demora en el broche de mi manto y regresa a mis ojos.

Mi pulso da un vuelco ridículo. Mis piernas, que aún conservan la sensibilidad de la noche anterior, se tensan bajo las faldas pesadas.

Broen deja caer el labio del animal, recupera el guante del que se había servido y vuelve a concentrarse en las reses. No ha cambiado la expresión, pero la rigidez de sus hombros traiciona el mismo calor que a mí me está quemando la piel en mitad del frío.

El buey pardo intenta cornear a Tormod antes de que alcancemos a decidir si vivirá hasta la primavera.

El anciano retrocede con una agilidad que jamás le he visto durante una reunión del consejo y se protege detrás de Gilleasbuig. El animal resopla, hunde una pezuña en el barro endurecido y vuelve a sacudir la cabeza. Un hilo de saliva le cuelga del hocico.

—Ese —decide Tormod, recomponiendo el borde de la capa—. Sacrificad a ese primero.

Broen se acerca a él. El buey se revuelve, pero él le agarra la cuerda sujeta a los cuernos y espera. No tira. Tampoco intenta imponerse a la fuerza, aunque podría.

Aguarda hasta que la tensión abandona poco a poco el cuello del animal. Cuando por fin avanza, lo sigue sin violencia.

Hay hombres que necesitan convertir cualquier resistencia en una batalla para demostrar que podrían ganarla.

Sorley era así. Utilizaba el peso, la voz y el castigo para probar que poseía el mando. Broen parece incapaz de desperdiciar la fuerza de ese modo. La conserva. La guarda tras esa quietud suya y la obliga a servirle con una autoridad que da escalofríos.

Eso también lo hace conmigo.

En la cama no me doblega. Espera a que mi resistencia ceda, busca la grieta por la que mi cuerpo responde a su boca y se hunde en mí hasta asegurarse de que no me queda un solo pensamiento que no le pertenezca.

La idea me altera la respiración porque contiene más verdad de la que deseo examinar a plena luz, rodeada de estiércol y consejeros. Broen jamás me ha exigido una confianza a ciegas. Se ha limitado a permanecer cerca, a cumplir cuanto dice y a dejarme sin razones para continuar desconfiando.

—Este se queda —dice.

Tormod avanza un paso, aunque conserva a Gilleasbuig entre los cuernos y su dignidad.

—Acaba de intentar embestirme.

—Por eso mismo empieza a caerme bien —murmuro.

La comisura de Broen se mueve. Apenas un pliegue bajo, pero lo conozco ya lo bastante para distinguir una sonrisa cuando trata de ocultármela.

—Es joven, tiene las patas fuertes y está acostumbrado al yugo —explica, pasando la palma por el lomo pardo—. Matarlo nos daría carne para unos días y nos obligaría a emplear dos animales en primavera para hacer su trabajo.

Iain dirige la vista hacia mí.

—¿También entiende ahora más que los demás de vacas y bueyes?

—Para ciertas cosas basta con observar cuál de los hombres se ha atrevido a entrar en el cercado —le respondo con una sonrisa irónica.

Paso junto a una vaca rojiza y le recorro el lomo con la palma.

—Esta tampoco se sacrifica —digo.

Gilleasbuig se vuelve hacia mí.

—Ni siquiera la ha examinado.

—Está preñada.

El boyero levanta la cabeza, sorprendido. Bajo la barba aparece una sonrisa pequeña que desaparece en cuanto comprende que el consejo podría interpretarla como una falta de respeto.

—Así es, mi señora. Parirá cuando empiece el deshielo.

Durante mis primeros inviernos aquí aprendí a reconocer la preñez en casi cualquier criatura.

Supongo que, cuando una pasa tantos meses escudriñando su propio cuerpo en busca de una señal, termina descubriéndolas todas en los demás.

Después regresaba a mi alcoba, contaba los días y esperaba. Siempre acababa llegando la sangre.

Esos días Sorley podía sentarse a cenar satisfecho y terminar la noche rompiendo una copa contra el muro sobre mi cabeza porque alguien había servido antes a otro hombre.

Gilleasbuig se limpia con dos dedos una salpicadura de barro de la manga.

—Fearchar había seleccionado seis.

—Con cuatro bastará —replico.

—Tres —corrige Broen.

Me vuelvo hacia él.

—Prometimos carne para los doce días.

—Tendréis carne. Si matamos cuatro ahora, perderemos leche, crías y fuerza de tiro cuando más falta hagan.

—Si matamos tres, no alcanzará para la celebración y para repartir entre las familias.

Tormod exhala por la nariz.

—El clan no espera que alimentemos a cada criatura de Lewis.

—Qué alivio. Durante un instante he creído que las provisiones de Dùn Mhoireasdan pertenecían a quienes entregan grano, turba, ganado y trabajo para llenarlas.

—Pertenecen a los Morrison —interviene Gilleasbuig—. El consejo decide cómo se emplean.

Broen levanta la cabeza. El animal que examina aprovecha para rozarle el hombro con el hocico y él lo aparta sin brusquedad.

—Entonces decidid —responde—. Podéis guardar la carne para una mesa con doce asientos y explicar al resto del clan por qué debe celebrar el nacimiento de Cristo oliendo vuestro asado desde el patio.

La mandíbula de Gilleasbuig se endurece.

—Te entregamos el mando para proteger las fronteras y mantener el orden, no para que repartas el patrimonio de los Morrison como si fuera limosna.

El frío desaparece de la expresión de Broen. No hace un gesto, pero el espacio del cercado parece reducirse alrededor de los dos.

—No, me habéis obligado a impedir que vuestras decisiones terminen de hundir este lugar.

—Y yo continúo siendo la señora de Dùn Mhoireasdan —añado antes de que la discusión llegue a un sitio del que ninguno pueda regresar con facilidad—. Aunque últimamente el consejo solo recuerde ese título cuando necesita que responda por sus desgracias.

Gilleasbuig pasea la vista entre ambos.

—Eres una mujer acusada de asesinar al laird.

—Sin juicio, sin testigos y sin una sola prueba que haya resistido más de dos preguntas. Si eso me impide repartir comida, debería impedir también que Tormod decida qué animal muere por haberle ensuciado la capa.

Fearchar baja la cabeza. Sus hombros se mueven una vez.

Tormod lo descubre.

—¿Te divierte?

—Me preocupa equivocarme con las cuentas —responde el despensero.

Broen sale del cercado y se limpia las manos con un paño. Se detiene a mi lado, tan cerca que el viento empuja el borde de su tartán contra mí.

—Sacrificaremos tres reses ahora —dice—. El buey herido y los dos novillos negros. Se salará la mitad de la carne. La otra mitad se repartirá entre el banquete y las casas que Caitlin ha señalado.

—No alcanzará —insisto.

—Añadiremos venado.

—¿Del que piensas cazar tú solo entre reunión y reunión?

—Altair, Finn y Torren llevan varios días quejándose de que les asigno poco trabajo.

Quiero discutir. He pasado demasiados años viendo cómo se recortaban primero las raciones de quienes no tenían voz y cómo, después, los hombres responsables lo llamaban prudencia. Broen debe de advertirlo, porque toma el registro de manos de Fearchar y examina las marcas.

—También abriremos dos barriles de arenque y uno de avena —añade—. Con eso bastará para las cuarenta y dos casas.

—Cuarenta y tres —digo—. La viuda que vive junto al molino comparte ahora su techo con la familia de su hija.

Asiente sin preguntarme de dónde he sacado la información.

—Cuarenta y tres.

Fearchar extiende la mano para recuperar el pliego.

—¿Y la celebración será abierta? No cabrán.

Miro hacia las murallas. Más allá, las techumbres oscuras se apiñan alrededor de Dùn Mhoireasdan y el humo de turba asciende recto en el aire quieto.

Durante años, las puertas se cerraban al anochecer de Navidad después de permitir el paso a quienes poseían un apellido útil, un cargo o una cantidad respetable de ganado.

Los demás recibían una hogaza, a veces un pedazo de carne tiesa y ahumada, y regresaban a sus hogares mientras el consejo brindaba por la generosidad de Sorley.

—Apartaremos los bancos de la sala, montaremos mesas en el patio y encenderemos fuegos bajo los cobertizos.

—Abrir las puertas a todo el mundo mientras se investiga un asesinato es una temeridad —advierte Gilleasbuig.

—Las puertas permanecerán vigiladas —contesta Broen—. Nadie entrará armado salvo los guardias.

—Y los jefes de los clanes invitados —añade Tormod.

Lo miro.

—¿Clanes invitados?

—Si pretendemos que los MacLeod y los MacAulay acepten nuestras decisiones, conviene recordarles que todavía somos capaces de sentarnos a la misma mesa sin desenvainar una espada.

Gilleasbuig carraspea.

—La acusada de asesinar al laird no debería disponer de las provisiones de los Morrison.

Broen gira el rostro hacia él. Conozco la violencia de la que es capaz, aunque también sé que jamás la desperdicia.