Capítulo 17 #2
Paso dos dedos por el barro seco adherido a una piedra y lo deshago entre ellos. Ninguno recibe respuesta. Finn aguarda unos instantes antes de dejar escapar un suspiro dirigido a cuantos hombres han sufrido alguna vez por culpa de mi carácter.
Dentro hay un jergón, un taburete volcado y un hogar excavado junto al muro.
La turba se consumió hasta el final. La capa superior de ceniza ha absorbido humedad, pero debajo aún conserva una franja seca y compacta.
Aparto un trozo carbonizado y acerco los dedos a la nariz.
Ya no queda olor, solo el polvo áspero que se adhiere a la piel.
Junto al taburete encuentro medio pan de avena. El borde conserva la marca curva de una dentadura y la parte mordida ha endurecido de forma distinta al resto. Cerca hay una espina de pescado, una corteza de queso y un pequeño cuchillo con grasa reseca en la hoja.
Darian continúa junto a la entrada. Lleva observándome desde que he empezado a recorrer el suelo en cuclillas, aunque su paciencia muestra ya algunas grietas.
—Esto empieza a alargarse demasiado, Broen —advierte—. Si no encontramos pronto algo que podamos presentar ante el consejo, Caitlin será ahorcada. Isleen debe de empezar a pensar que he decidido tomarme unas vacaciones de mis responsabilidades como laird, padre y esposo.
—Probablemente sea ella quien más esté disfrutando de tus vacaciones —comenta Finn.
Darian vuelve la cabeza hacia él.
—Cuando regresemos te permitiré preguntárselo.
La sonrisa de Finn pierde parte de su entusiasmo.
—Tampoco necesitamos precipitarnos.
Torren esconde una risa detrás de una tos.
Yo levanto el taburete. Una de las patas ha trazado un surco en la ceniza antes de volcarse.
Me agacho junto al hogar. La humedad ha penetrado hasta las capas inferiores de la ceniza y el viento ha depositado sobre ella semillas de brezo, polvo y varios excrementos de ratón. Aparto los restos con la punta del cuchillo.
—Lleva fuera varias semanas.
Darian abandona la entrada y se aproxima hasta el límite del suelo intacto.
—¿Desde que murió Sorley?
—Las fechas encajan —respondo mientras examino el moho que ha crecido bajo el pan.
Torren dirige la vista hacia la comida abandonada.
—Entonces se enteró enseguida.
—Esperaría a que regresara y se fue cuando comprendió que no iba a hacerlo.
El silencio dura poco.
Señalo las pequeñas marcas hundidas en la ceniza. Introduzco la punta del cuchillo en una de las hendiduras. La ceniza conserva el borde hundido por el pie y, en el fondo, varias gotas han abierto cráteres diminutos. La lluvia entró cuando la pisada ya estaba allí.
—Se marchó antes del temporal. Las gotas cayeron después de que él pisara aquí.
Torren abandona la jamba y se acerca, aunque se detiene antes de alcanzar el hogar.
—¿El temporal que os retuvo a Caitlin y a ti en la cala de Arnol?
Asiento con la cabeza mientras me acerco a la piedra del altar. El polvo cubre casi toda la superficie excepto una marca circular, limpia, del tamaño de la palma. A su alrededor quedan varias gotas de cera amarillenta. Raspo una con la uña y la acerco a la claridad.
Cera de abeja. Las velas que Fearchar entregaba del castillo eran de sebo.
Al otro lado del jergón encuentro un peine de hueso envuelto en un pedazo de lino. Entre los dientes quedan varios cabellos grises, largos y finos. También hay otros muy cortos, apenas unas hebras rígidas que se clavan en la yema de mi dedo.
Finn ladea la cabeza.
—¿Se cortaba el cabello mientras cenaba?
—Se afeitaba la coronilla.
La ligereza abandona su expresión. Torren mira la marca de la piedra, después las gotas de cera.
Regreso al hogar y señalo una línea curva sobre la ceniza.
No procede de una bota. La dejó el borde de una prenda larga cuando el hombre se arrodilló para alimentar el fuego.
Cerca del antiguo altar hay dos depresiones paralelas en la tierra, formadas por unas rodillas que han ocupado muchas veces el mismo sitio.
—Una prenda hasta los tobillos, tonsura, cera de abeja y un objeto que mantenía junto al altar —enumera Darian—. Era sacerdote.
—Sí.
Torren frunce el ceño.
—Gilleasbuig se llevará una decepción. Estaba convencido de que encontraríamos a una amante.
El viento se cuela por la ventana y agita el polvo sobre la madera. Finn abandona por fin la entrada. Cruza la estancia procurando pisar sobre mis huellas y se detiene ante los huecos de las rodillas.
—Sabemos que Sorley ocultaba a un sacerdote y que este se marchó al sospechar que lo habían matado.
Torren contempla la extensión de brezo que rodea las ruinas.
—Pero no sabemos adónde.
—Ni tenemos un rastro que pueda llevarnos hasta él —añado.
—La pregunta ahora es qué sabía este hombre para que Sorley lo protegiera —dice Darian.
Sostengo la mirada de Darian. Las palabras que pronunció antes sobre la posibilidad de que ahorquen a Caitlin vuelven a resonar en mi cabeza.
Visualizo a Caitlin en el castillo. Su forma de sostener las cuentas, la terquedad con la que defiende a las familias de cada aldea, la marca de mis dientes que intentó ocultar bajo el escote y el modo en que pronuncia mi nombre cada noche.
Si el consejo intenta condenarla cuando se descubra que no hay embarazo, no me limitaré a mirar desde la distancia. Se encontrarán conmigo antes de tocar la puerta.
Durante años he creído que mi única dignidad consistía en entregar las cosas antes de que me las quitaran.
En hacerme a un lado para no molestar ni hacer sombra a mi hermano.
En convencerme de que nada de lo que tocaba podía llegar a ser mío.
Sin comprender que cada paso atrás le dejaba libre otro lugar que él quería ocupar: mi valía, mi hogar y la vida que Caitlin y yo habíamos querido.
Incluso muerto ha seguido gobernándonos porque yo confundí la renuncia con la nobleza.
Miro la cera de abeja que conservo en la yema del dedo y la cierro dentro del puño.
Pero Caitlin ha cruzado un corredor a oscuras para buscarme. Me ha pedido un hijo sabiendo el precio y me ha dicho que no desea a ningún otro hombre dentro de su cama.
Si me hago a un lado ahora, no seré noble. Seré un cobarde permitiendo que Sorley vuelva a ganar la única batalla que de verdad me importa.
—Encontraremos al sacerdote —digo. Mi voz sale tan baja y firme que Darian deja de examinar las vigas para mirarme directamente—. Y resolveremos la muerte de Sorley.
Darian percibe el cambio. No necesita hacerme preguntas. Me conoce desde hace demasiado tiempo para no reconocer la diferencia entre un hombre que cumple una obligación y uno que ha decidido que no va a perder.
—Y cuando descubramos la verdad, ¿qué harás con Dùn Mhoireasdan? —pregunta Darian.
Me pongo en pie despacio, sacudiéndome la ceniza de las rodillas.
—Proteger lo que es mío —respondo—. Y esta vez no voy a entregárselo a nadie.
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