Capítulo 17
«Broen»
D espierto con el pie de Caitlin encajado entre mis pantorrillas y su mano cerrada en la tela de mi camisa, a la altura del vientre.
Se ha adueñado de casi toda la manta, aunque aún permanece desnuda desde la cintura hacia arriba y tiene un hombro frío.
Mi cuerpo, al parecer, le sirve de lecho, brasero y objeto al que aferrarse mientras duerme.
Tardo unos instantes en reconocer la claridad que se filtra entre los postigos.
He pasado la noche en su cama.
Han transcurrido varios días desde que Caitlin cruzó el castillo para entrar en mi alcoba.
Desde entonces he vuelto a la suya cada noche y me he marchado antes de que la oscuridad abandonara el corredor, igual que hacía al principio.
Esta mañana, en cambio, la luz me ha encontrado todavía a su lado.
Jamás me ha pedido que me quede. Tampoco me pregunta por qué me voy. Anoche se limitó a cerrar la mano en mi camisa cuando intenté apartarme y yo volví a tumbarme, diciéndome que esperaría hasta que se durmiera.
La excusa ha durado menos que yo.
Caitlin duerme de costado, vuelta hacia mí, con la mejilla hundida en la almohada y varios mechones adheridos a los labios. Le aparto uno con el dorso de un dedo.
Su entrecejo ha perdido la tensión que conserva incluso cuando se ríe, como si el sueño hubiera borrado durante unas horas a Sorley, al consejo, la cuerda y diecisiete años de despertarse preparada para soportar lo siguiente.
La claridad aumenta y una punzada me atraviesa el ojo herido.
Alargo el brazo hacia el pequeño arcón donde dejé el parche, pero Caitlin emite un sonido de protesta y hunde la frente bajo mi barbilla.
Su rodilla resbala entre las mías. El movimiento lento de su respiración calienta la base de mi cuello.
Me obligo a soltarla. Levanto con cuidado la mano prendida en mi camisa y libero la tela dedo a dedo. Ella vuelve a buscarme antes de que consiga apartarme del todo. Su palma recorre la sábana todavía tibia y se queda allí, abierta sobre el lugar que ocupaba mi cuerpo.
Durante un instante, considero acostarme otra vez. Volver a rodearla con los brazos y enviar al consejo, a los MacLeod, los MacAulay y a los recuerdos de mi hermano al infierno.
La idea aparece con una sencillez que la vuelve más peligrosa.
Después me pongo el parche.
El cuero apaga la punzada en cuanto lo ajusto sobre el ojo izquierdo.
Me visto en silencio, recupero una bota junto a la mesa y encuentro la otra bajo el vestido de Caitlin.
Uno de los cordones de su corpiño continúa atado a la pata de la cama.
Recuerdo sus manos tirando de él con impaciencia, mi decisión de ayudarla y el ruido que hizo la tela al ceder.
Tendremos que pensar alguna explicación para todos esos vestidos rotos.
La más sensata sería dejar de destrozar su ropa. La más probable, ordenar que le confeccionen más.
Me ciño el cinturón sin terminar de abrocharlo y al llegar a la puerta, vuelvo la cabeza.
Sigue dormida.
Eso debería facilitarme la marcha. Debería permitirme recuperar el control y volver a ponerme la coraza.
No lo hace.
Abro y cierro sin ruido. Cuando me vuelvo, Finn está sentado contra el muro con las piernas extendidas. Torren acaba de alcanzar el último peldaño de la escalera. Ambos miran primero mi rostro, después la puerta y, por último, el cinturón que aún sostengo.
—Colum aseguró que saldrías antes de que terminara mi turno —comenta Finn.
Torren se detiene junto a él.
—Yo dije que lo harías al amanecer.
—También apostó que saldrías vestido —añade Finn—. Esa parte todavía admite discusión.
Termino de pasar la correa por la hebilla, apretándola con más fuerza de la necesaria.
—Espero que hayáis perdido algo que os resulte doloroso.
—Colum ha perdido dos monedas —responde Finn, muy digno—. Torren y yo hemos ganado una cada uno. Darian se negó a participar. Dijo que bastante castigo tenías ya.
Finn alza las cejas. Su mirada se desliza hacia la puerta cerrada y después vuelve a mi rostro con esa atención afinada que utiliza cuando intenta descifrar un mapa borroso.
—¿Habéis vigilado su puerta o mi comportamiento?
—Al principio, la puerta —contesta Torren—. Después ambas cosas empezaron a ocurrir en el mismo lugar.
Finn se levanta impulsándose con la espalda contra la pared, sin perder la media sonrisa.
—Sabemos qué haces ahí dentro, Broen. Quiero saber qué crees tú que estás haciendo.
—Eso no es asunto tuyo.
—Ni yo te he dicho que lo fuera. Puedes dormir donde te dé la gana. Preferiría que no fuera en mi cama, pero estoy dispuesto a respetar casi cualquier otra elección.
Torren señala mi cinturón con la barbilla.
—Pero hazlo con más cuidado.
—Nadie me ha visto.
—Porque he detenido a una criada al pie de la escalera. Venía a encender el brasero de Caitlin. Le he dicho que su señora había pasado mala noche y que no la despertara. Se ha marchado sin hacer preguntas.
Finn levanta un dedo.
—La gente sensata hace eso.
—Deberías probar alguna vez —señalo.
—Lo intenté durante un invierno. Altair dice que estuve insoportable.
—Fue el invierno más largo de nuestras vidas —añade Torren, apoyando un hombro en la pared sin molestarse en ocultar cuánto lo divierte mi aspecto—.
Nadie fuera de los Cuervos sabe nada y procuraremos que siga siendo así, pero termina de vestirte antes de abrir la puerta, por amor de Dios. Eso también serviría.
Finn pasea la mirada por mi camisa torcida, el cabello aún revuelto y la bota que no he ajustado del todo.
—No tanto, pero algo.
Me acerco un paso a él, con la voz baja y helada.
—Sigue contemplándome y te prometo que aprenderás a hacerlo con un solo ojo.
—Si lo haces, tendrás que darle explicaciones a Iseabail. Y te aseguro que tiene opiniones muy firmes sobre el número de ojos con el que debo regresar a casa.
—Se lo explicarás tú.
—Difícilmente. Estaré ocupado aprendiendo a calcular las distancias.
Finn baja el primer peldaño de la escalera sacudiéndose las manos. Se detiene a mitad de camino y vuelve la cara hacia mí.
—Por cierto, tú nunca prometes aquello que deseas con demasiada fuerza.
—No recuerdo haberte preguntado.
—De ahí que haya dicho «por cierto». Permite introducir asuntos que nadie ha solicitado.
Baja el segundo peldaño antes de agregar:
—Tienes tanta prisa por marcharte antes de que te echen que algún día acabarás saliendo de un lugar donde querían que te quedaras.
Lo miro sin responder, con la garganta apretada.
La sonrisa le alcanza el otro lado de la boca.
—¿Has terminado? —le pregunto.
—Sí. —Continúa bajando—. Una observación no siempre exige una respuesta. A veces basta con que te estropee la mañana.
—¿Traíais alguna razón para esperarme aquí aparte de vuestra poca necesidad de conservar los dientes mientras todavía los tenéis?
Torren me observa unos instantes más. Comprende la evasión, ve la tensión en mis hombros y decide no presionar.
—Darian y yo encontramos algo ayer, cerca de San Ciarán.
El nombre de la antigua ermita aparta de golpe el eco de las palabras de Caitlin.
—¿Rastro de Torcuil?
—De alguien. —Endereza la espalda—. Un pastor recordó haber visto a Sorley tomar dos veces el sendero bajo, con un fardo al hombro. Registramos las ruinas antes de que anocheciera. Hay un hogar utilizado hace poco y restos de comida.
—¿Entrasteis?
—Hasta donde pudimos sin pisotear el suelo. Darian prefirió esperar a que dejaras de atender tus obligaciones…
—Ha utilizado otras palabras —aclara Finn—. Menos compasivas.
—¿Dónde está Darian?
—En el patio —responde Finn—. Colum viene a relevarme.
—Y empieza a arrepentirse —dice Colum desde la escalera.
Alcanza el último peldaño y su mirada recorre mi camisa torcida, el cordón suelto de la bota y la puerta cerrada.
—Dos monedas menos por confiar en tu decoro —añade—. Ha sido un error impropio de mí.
—El error fue apostar.
—Y lo dice el que se jugó el pelo a que Finn no conseguiría quitarle el cuchillo mientras dormías —replica Colum.
Finn alza la barbilla, satisfecho.
—Y lo conseguí.
—Es verdad. Se afeitó la cabeza entera —recuerda Torren, paseando la mirada por mi cabello ahora largo.
—Después le cogió el gusto —añade Finn—. Estuvo así varios meses.
Torren se ríe por lo bajo.
—Porque daba más miedo todavía. Nadie se le acercaba.
La boca de Colum se curva y Finn tiene que contener la risa para no despertar a Caitlin.
—No me afeité por la apuesta —replico—. Ya tenía bastante con vosotros y no pensaba cargar también con vuestros piojos.
Colum inclina apenas la cabeza, aceptando el golpe, y Finn se aparta para cederle el lugar y vuelve a mirarme.
—¿Deseas despedirte o permitimos que lo deduzca por el hueco de la cama?
—Deseo que llegues vivo al patio. Empieza a caminar.
Torren deja escapar una risa baja y lo empuja hacia las escaleras. Los sigo con la mano apoyada en la empuñadura de la espada y la presencia de Caitlin todavía adherida a la piel.
San Ciarán dejó de parecerse a una capilla mucho antes de que yo abandonara Lewis.
El muro occidental aún conserva parte de la cubierta, pero el resto se abre al cielo entre vigas podridas, piedra húmeda y matas de brezo que han echado raíces donde antes se arrodillaban los fieles.
El viento entra por el hueco de una ventana y levanta la ceniza acumulada junto al altar.
La sacristía permanece en pie al fondo. Una construcción estrecha, protegida por el muro de la ladera y una techumbre que se hunde en el centro sin haber cedido todavía.
Las huellas de Torren y Darian terminan ante la entrada. Han respetado mi orden de no avanzar más de lo imprescindible.
Me quito los guantes y me agacho junto al umbral.
—¿Necesitas que nos alejemos? —pregunta Finn a mi espalda—. Tal vez los restos se sientan intimidados por nuestra presencia.
Torren apoya la espalda en una de las jambas.
—Podríamos fingir que no los estamos mirando.