Capítulo 16 #2
—¿Cómo se llamaban los gemelos? —pregunto.
Su mano se detiene.
—Eachann y Uisdean.
Los nombres permanecen entre nosotros. Apoyo la palma sobre el lugar donde late su corazón.
—¿Por qué quieres saberlo?
Podría decir que necesito entender su miedo a otro hijo. Sería cierto y también cobarde.
—Cuando supe que habían nacido, lloré hasta quedarme sin fuerzas —confieso.
Broen desliza la mano desde mi espalda hasta la nuca. No me obliga a levantar el rostro ni intenta arrancarme una explicación. Espera con los dedos entre mi cabello y esa quietud suya que deja demasiado espacio para la verdad.
—La noticia tardó meses en llegar a Lewis.
Para entonces yo llevaba casi dos años casada y ya había empezado a contar cada sangrado, aunque todavía fingía que no significaba nada.
Durante mucho tiempo me dije que lloré porque Mary había tenido dos hijos y yo no conseguía darle ninguno a Sorley.
La envidia resultaba mezquina, pero al menos podía comprenderla.
Una mujer estéril llorando por los niños de otra. Todo muy sencillo y bastante miserable.
Su brazo se endurece alrededor de mí.
—Nunca has sido ninguna de esas dos cosas.
—No intentes absolverme antes de escuchar el pecado entero.
Su respiración roza mi frente. Permanece callado, aunque algo cambia bajo mi cuerpo. Ya no me sostiene con la laxitud de quien cree que la mujer apoyada sobre su pecho está a punto de dormirse.
Paso el pulgar por el vello oscuro que cubre su piel.
—Lloré porque le habías dado a otra mujer cuanto yo había querido contigo.
La mano en mi espalda se detiene.
—Mary tuvo tu cama, tus hijos y todos esos días contigo.
Sabía cómo sonaba tu voz al despertar. Podía tocarte sin traicionar a nadie.
—El latido golpea con fuerza contra mi mejilla—.
Cuando me dijeron que habíais tenido gemelos, me los imaginé entre tus brazos.
Después la imaginé a ella observándoos y sentí tanto odio que me avergoncé de mí misma.
—Nunca la amé, Caitlin. Compartimos una única noche. Nuestro matrimonio duró apenas unos meses y la mayor parte se nos fue esperando un hijo que resultó ser dos, aprendiendo a cuidarlos y tratando de dormir alguna vez. Apenas empezábamos a conocernos cuando se fueron.
—Lo sé ahora. Entonces solo sabía que te habías casado y que habías tenido dos hijos con ella.
El resto lo construí yo mientras permanecía en la cama de tu hermano.
Mary no me había hecho nada. Tú tampoco.
Y tuve que volver a comportarme como la esposa de Sorley y fingir que mis ojos estaban hinchados por el humo.
Broen coloca dos dedos bajo mi barbilla y alza mi cara.
—Yo también pensaba en ti —admite—. Incluso entonces. Aunque sintiera que tú habías permitido que me desplazaran.
Apoyo de nuevo la mejilla sobre su pecho.
—Aquella noche no lloré porque quisiera ser madre —digo, antes de que me abandone el valor—. Lloré porque quería ser la madre de tus hijos.
Broen expulsa el aire. Su mano asciende por mi espalda, se hunde en mi cabello y me aprieta contra él hasta que apenas queda espacio para respirar.
—Querías ser la madre de mis hijos —repite.
No hay consuelo en su voz. Tampoco incredulidad. Solo una aspereza que me obliga a levantar la cabeza.
—Sí.
—Y ahora me pides que te dé uno al que todos llamarán hijo de Sorley.
El aire deja de entrarme.
—No será suyo.
—Tendrá su nombre. Heredará su lugar. El clan verá en él la prueba de que mi hermano consiguió darte cuanto yo no pude. —Sus dedos abandonan mi nuca—. Pondré un hijo en tu vientre y volveré a apartarme para que Sorley ocupe mi sitio.
—Sorley está muerto.
Su risa carece de humor.
—Y aun así sigo siendo yo quien debe hacerse a un lado. Quien debe poner el cuerpo y renunciar al nombre para que la historia encaje sin molestar a nadie.
—Delante del clan —digo, aferrándome a sus brazos—. No aquí. Dentro de esta estancia no hay espacio para él.
Broen sostiene mi mirada. La mano que antes me apretaba contra su pecho ha quedado inmóvil sobre mi espalda, como si temiera que el menor contacto confirmara que vuelve a ceder.
—Cuando estés encinta, tampoco habrá un lugar para mí aquí —responde, con la certeza amarga de un hombre acostumbrado a que cada entrega se convierta en una renuncia voluntaria—. Volveré a ser la herramienta útil que se aparta a tiempo para que la mentira siga en pie.
—Eso no es verdad.
—Es la única verdad que me han enseñado —murmura, y su mano me fuerza a apartarme lo suficiente para mirarme de frente, sin la protección de su pecho—. No pasaré las noches escuchando unos pasos que quizá no lleguen porque has decidido que ya he cumplido.
Le sostengo la mirada sin pestañear, rechazando la distancia que intenta imponer entre los dos.
—Guardé silencio porque era una muchacha asustada y nadie me concedió la libertad de elegir. Hoy soy la mujer que ha cruzado el corredor a oscuras para buscarte a ti porque no quería a ningún otro hombre tocándome.
La respiración de Broen se detiene. El pulgar le tiembla apenas sobre mi piel.
—El clan verá lo que necesite ver —digo—. Pero cada vez que mire a esa criatura sabré quién es su padre.
—Eso no me concede un lugar a su lado.
—Tampoco te lo quita.
Broen me observa en silencio.
—Sigues esperando que me marche.
—Porque has dicho que lo harás. No porque lo desee.
El silencio regresa a la estancia, denso, cargado de todo lo que ambos nos hemos callado durante años.
Broen no responde de inmediato. Contempla mi rostro con una intensidad casi dolorosa, buscando en mis ojos alguna grieta o el rastro de un engaño que le permita volver a ponerse a salvo detrás de su rencor.
No encuentra nada.
La tensión de sus hombros cede despacio. Su mano abandona mi mejilla para deslizarse por mi nuca, hundiéndose en mi cabello hasta atraerme de nuevo contra su pecho.
El abrazo no tiene la urgencia del deseo ni la brusquedad de su rabia. Me sostiene contra él con una firmeza tranquila, protegiéndome de la penumbra y del frío que empieza a colarse por los postigos.
No intenta consolarme con la vida que todavía podríamos crear. Se limita a sostenerme mientras ambos contemplamos, durante un instante, aquello que nos quitaron y nunca podremos recuperar.
Su boca se posa sobre mi cabello mientras yo dejo de contar los días que faltan para que llegue mi sangre.
Empiezo a contar los que quedan hasta que él tenga que marcharse.