Capítulo 16
«Caitlin»
S us dedos alcanzan mis pliegues.
Me estremezco cuando separa la carne húmeda. El pulgar pasa sobre el punto hinchado que hay encima de mi abertura y la tensión abandona mis muslos.
Broen se detiene. Su mirada sigue el movimiento de la mano que mantiene entre mis piernas. Introduce un dedo dentro de mí y lo retira despacio. La humedad brilla sobre su piel a la luz de la lámpara.
Después levanta los ojos hacia mí.
—¿Desde cuándo estás así?
La voz le sale más grave que antes.
—Desde que he abierto mi puerta para ir a buscarte.
Su pecho se ensancha con una respiración honda. La rigidez desaparece de su boca y el pulgar vuelve a acariciarme, esta vez con mayor firmeza. Me hace abrir las piernas hasta colocarse entre ellas y pasa las manos por debajo de mis muslos.
Me arrastra hacia él. Las faldas reunidas alrededor de mi cintura rozan los pergaminos y mis nalgas alcanzan el borde de la mesa.
Broen no aparta la mirada de mi sexo. Permanece allí durante unos instantes, contemplando la humedad que sus dedos han extendido entre los pliegues, mientras sus manos recorren lentamente la cara interior de mis muslos.
Inclina la cabeza.
Su aliento llega primero, caliente contra una parte de mí que ya palpita. Después noto el roce de su barba. La arrastra por el interior de un muslo hasta acercar la boca y la aspereza me obliga a abrirme más. Broen hunde la nariz entre mis pliegues y respira sobre mi piel.
El gesto resulta tan íntimo que intento juntar las rodillas. Sus hombros me lo impiden. Las manos se cierran alrededor de mis caderas y me mantienen expuesta mientras vuelve a aspirar, despacio, igual que si quisiera conservar mi olor dentro de él.
La punta de su nariz roza el nudo de sensaciones sobre mi abertura. El contacto me arquea sobre la mesa.
Broen levanta los ojos desde entre mis piernas. Me observa mientras vuelve a rozarme con la nariz y después gira la cara para pasar la barba sobre la carne húmeda. Los pelos arrastran el placer de un lado al otro hasta que mis talones golpean la madera.
Se inclina más, me levanta los muslos sobre sus hombros y me abre entera para él.
La primera pasada de su lengua me arranca el aire. Broen hunde la boca entre mis piernas y me lame despacio, abriendo los pliegues para recoger la humedad. Me aferro al borde de la mesa, pero él toma una de mis manos y la lleva hasta su cabeza. Mis dedos se cierran sobre su cabello.
Las caderas se me levantan de la mesa. Su antebrazo cruza mi vientre y me obliga a permanecer allí, expuesta a su boca.
Lo que hace carece de la paciencia contenida de las noches anteriores.
Me lame con hambre, hunde la lengua en mi abertura y vuelve a subir para torturar el punto que ya palpita contra sus labios.
Mis muslos se tensan alrededor de su cabeza.
—No puedo…
Broen aparta la boca apenas un instante.
—Sí puedes.
Su aliento caliente golpea mi carne húmeda. Antes de que consiga responder, introduce la lengua otra vez, mueve los dedos por mi sexo con mayor rapidez y los introduce.
El placer crece bajo mi vientre hasta volverse insoportable. Le tiro del cabello.
Él gruñe contra mí y la vibración termina de quebrarme.
Me arqueo sobre la mesa. Los músculos se cierran alrededor de sus dedos y aprieto los muslos contra su cabeza mientras su boca continúa lamiéndome, prolongando cada contracción hasta que tengo que apartarlo.
Broen se pone en pie y me mira.
La barba le brilla por mi humedad. Se la limpia con el dorso de la mano sin dejar de observarme. Su sexo se alza entre nosotros, más oscuro que el resto de su piel.
Me levanta de la mesa y me hace girar. Las faldas caen por un instante antes de que vuelva a amontonarlas sobre mis caderas. Apoyo las palmas en la madera. Broen se pega a mi espalda y desliza el miembro entre mis nalgas, caliente y duro.
La barba me roza el cuello.
—¿Cuántas noches has pensado en venir a buscarme?
La pregunta se introduce bajo mi piel con más facilidad que sus dedos.
—Todas las que has tardado demasiado.
Su respiración se rompe junto a mi oído.
Una mano aparece sobre la mesa y cubre la mía. La otra se cierra alrededor de mi cadera. Noto la cabeza ancha de su sexo recorrer mi abertura, empaparse en mí y detenerse.
—Vuelve a decirlo.
Giro la cabeza para mirarlo.
—Me acostaba mojada pensando en ti. Algunas noches tuve que taparme la boca mientras me tocaba para que nadie oyera tu nombre.
Broen deja de respirar y entra de un solo empuje.
El aire abandona también mis pulmones. Su grosor me abre hasta hacerme arder y continúa avanzando hasta que sus caderas golpean mis nalgas. Permanece hundido dentro de mí, con el pecho pegado a mi espalda, mientras mi cuerpo se adapta a su tamaño.
—Dios… —Su boca encuentra mi hombro—. Caitlin.
Intento moverme, pero la mano de mi cadera me retiene.
—¿Qué haces? —me quejo.
—Intento recordar que no debo hacerte daño.
Me muerde el hombro.
Sale despacio, arrastrando toda su longitud por mis paredes sensibles, y vuelve a entrar con tanta fuerza que la mesa golpea el muro.
El tercer empuje llega antes de que cese el ruido.
Después otro. La madera se clava en la parte delantera de mis muslos y los pergaminos se arrugan bajo mis manos.
Broen me penetra con embestidas profundas, cada vez más rápidas, aferrado a mi cadera para atraerme hacia él al mismo tiempo que avanza.
Inclino la cabeza y consigo verlo por encima del hombro.
Tiene la mandíbula apretada. La luz marca el sudor sobre su pecho y el esfuerzo de los músculos del vientre. Su mirada permanece fija en el lugar donde su cuerpo desaparece dentro del mío.
—Broen.
Alza los ojos.
—Quiero verte.
Aquellas dos palabras alteran algo en su rostro. Me toma por la cintura, me separa de la mesa y me vuelve hacia él sin abandonar mi cuerpo más tiempo del necesario. Me sienta otra vez en el borde y entra antes de que termine de rodearlo con las piernas.
Le sujeto la cara.
—Así.
Su frente se apoya contra la mía. Sale hasta dejar únicamente la cabeza dentro y vuelve a llenarme despacio, mirándome durante todo el recorrido.
—Esto querías —murmura.
—Te quería a ti. Deja de buscar otra respuesta.
La mano de mi nuca se cierra.
Me besa y empieza a moverse.
Ya no queda nada contenido en sus embestidas.
Me agarra por las nalgas y me arrastra contra él una y otra vez.
Su miembro me llena hasta el fondo, duro, resbaladizo, palpitante dentro de mí.
Las venas se engrosan dentro de mí y la cabeza golpea un lugar que vuelve a concentrar el placer bajo mi vientre.
Clavo las uñas en sus hombros. La mesa golpea el muro con un ritmo que debe de escucharse desde el corredor, pero el pensamiento apenas dura antes de que Broen introduzca una mano entre nuestros cuerpos.
Encuentra la carne todavía hinchada y la acaricia con el pulgar.
La carne aún palpita por lo que acaba de hacerme con la boca. Me estremezco y trato de cerrar las piernas, aunque sus caderas me mantienen abierta.
—Otra vez —ordena junto a mi boca.
—No sé si…
—Otra vez, Caitlin.
Me penetra más fuerte. Su pulgar dibuja círculos rápidos sobre mí y el placer regresa con una violencia que me hace perder el apoyo de las manos. Broen me sostiene contra su pecho. Los músculos de mis muslos empiezan a temblar alrededor de su cintura.
—No apartes los ojos —me exige.
Su mirada se clava en la mía.
El siguiente empuje me quiebra.
Todo mi cuerpo se contrae alrededor de su miembro, enterrado hasta el fondo, y el gemido que me nace en la garganta queda atrapado en su boca. Broen continúa penetrándome. Cada embestida prolonga las sacudidas que me recorren hasta que apenas puedo soportarlas.
Su ritmo se descompone.
Los dedos se le hunden en las nalgas y las caderas avanzan con dos embestidas rápidas. La tercera me levanta de la mesa y me apoya contra la pared con fuerza para hundirse hasta el fondo.
Broen gruñe mi nombre.
Su miembro palpita dentro de mí. El semen brota en pulsaciones profundas, caliente, mientras su cuerpo se estremece entre mis piernas. Lo abrazo por los hombros con miz brazos y por la cintura con mis piernas y lo mantengo pegado a mí hasta que la tensión abandona poco a poco su espalda.
Durante unos instantes solo se escuchan nuestras respiraciones y el crepitar de la lámpara.
Broen no se retira. Conserva una mano en mi nuca y la otra bajo mis nalgas, sosteniéndome contra él.
Cuando levanta la cabeza, busco en su expresión alguna señal de que la duda ha desaparecido.
Encuentro los labios entreabiertos, la mirada todavía oscura y una vulnerabilidad que se borra antes de que consiga asegurarme de haberla visto.
Su pulgar acaricia la piel bajo mi oreja.
—Cuando has entrado —dice al fin—, he pensado que venías a buscarme.
—He venido a buscarte.
La mandíbula vuelve a tensársele.
—Has dicho que no habrías venido si…
—El miedo me ha hecho cruzar el corredor. —Deslizo los dedos por la cicatriz de su mejilla—. Pero no ha sido el miedo el que me ha puesto de rodillas.
Sus ojos se detienen en los míos.
Esta vez no necesito adivinar si me ha entendido. La mano de mi nuca me acerca y su boca se apodera de la mía con una lentitud que duele más que cualquiera de sus embestidas.
Cuando se retira de mi cuerpo, noto deslizarse entre mis piernas la humedad mezclada de ambos. Broen baja la mirada, apoya mi culo sobre el borde de la mesa y recoge con dos dedos la humedad antes de volver a introducirlos dentro de mí.
Suelto un sonido ahogado.
—Eso sí forma parte del acuerdo —consigo decir.
Su sonrisa aparece por fin. Lenta, oscura y peligrosa.
—No. Esto lo hago porque puedo.
Me toma en brazos antes de que consiga responder. Rodeo su cintura con las piernas y vuelvo a sentir su sexo, todavía duro, contra la parte interior del muslo.
—Broen…
Camina hacia la cama conmigo aferrada a él.
—Tenemos toda la noche para ahuyentar ese miedo.
Mucho después, permanezco tumbada con la mejilla sobre su pecho. El fuego se ha reducido a una claridad rojiza y Broen dibuja círculos distraídos en mi espalda, quizá convencido de que duermo.