Capítulo 15 #2
Broen atrapa mis muñecas antes de que consiga descubrirle el vientre.
—¿Has venido porque tienes miedo?
Mis dedos se detienen bajo los suyos.
Lo estudio. Ha pronunciado la pregunta en voz baja, sin dureza, pero mantiene la mandíbula rígida y ya no mira mi boca.
Sus ojos se detienen en el pasador que he echado y regresan después a mi rostro.
—Sí.
La presión sobre mis muñecas se afloja.
Da un paso atrás. Su rostro permanece inmóvil, aunque la distancia que acaba de abrir entre nosotros se parece demasiado a una respuesta.
—Si supieras que ya llevas una criatura dentro —pregunta con voz áspera—, ¿también habrías venido?
—No. Si supiera que ya llevo una criatura dentro, esta noche no habría venido. —Sus dedos se tensan alrededor de mis muñecas—. Pero, si me estás preguntando si te deseo, la respuesta es sí.
No responde.
Una respiración honda le ensancha el pecho. Sus ojos recorren mi rostro con lentitud.
No intento explicárselo mejor.
Giro las muñecas, me libero y le sujeto la nuca. Esta vez no estrello la boca contra la suya. Me detengo a un suspiro de sus labios y permito que me mire antes de besarlo.
La punta de mi lengua recorre su labio inferior con una lentitud que vuelve obscena la ausencia de contacto en cualquier otro lugar.
Empiezo en una comisura y avanzo hasta la otra, húmeda y caliente, recogiendo el aire que intenta tomar.
Después regreso al centro, presiono entre sus labios y retiro la lengua.
Broen me observa desde tan cerca que puedo distinguir cómo se le oscurece el borde de las pupilas.
Atrapo su labio inferior entre los dientes y tiro de él despacio. Broen permanece inmóvil mientras lo retengo durante una respiración, observándome con una atención que vuelve el gesto todavía más obsceno.
Después lo introduzco en mi boca y succiono. Su labio se desliza húmedo contra mi lengua y, cuando por fin lo libero, queda brillante por mi saliva.
Broen permanece quieto durante dos latidos más. Al tercero, su respiración se rompe, gime y sus dedos se hunden en mi cintura.
Me separo antes de que pueda adueñarse del beso.
Saco la camisa de entre las vueltas del tartán y deslizo las manos por debajo. Mis palmas ascienden sobre el vientre duro, separando el lino de su piel, hasta alcanzar el pecho. Broen contiene el aire cuando mis dedos se pierden entre el vello.
—Quiero verte.
Algo cambia en su expresión. Me aparta las manos con una brusquedad contenida, agarra la camisa por la nuca y tira de ella. El lino se atasca un instante en la anchura de sus hombros antes de ceder y desaparecer por encima de su cabeza.
La arroja sobre la mesa. Cuando vuelve a mirarme, tiene el torso desnudo, el cabello revuelto y la respiración demasiado profunda para el hombre que hace unos instantes pretendía averiguar si he venido por miedo.
—Ya me ves —dice.
Inclino la cabeza y beso una de sus cicatrices.
Su vientre se contrae bajo mis labios.
Sigo la marca con la lengua, despacio, hasta alcanzar el extremo hundido.
Después busco otra bajo las costillas y una más sobre el pecho.
Las recorro sin preguntarle de dónde proceden.
Esta noche no quiero que me hable de los hombres que lo hirieron.
Quiero que sienta mi boca sobre cada lugar en el que sintió dolor.
Hundo los dientes en uno de sus pezones.
Broen expulsa el aire con un sonido ronco.
Lo muerdo otra vez. Más fuerte.
Una mano se cierra sobre mi nuca, pero no me aparta. Sus dedos se enredan en mi cabello mientras desciendo por su vientre, besando y lamiendo la línea de vello que desaparece bajo la lana hasta ponerme de rodillas.
Alcanzo el cinturón que le sujeta el tartán.
La hebilla se resiste. Tiro de ella hasta liberarla y extraigo el cuero de un tirón. Después encuentro el extremo del tartán y comienzo a desenvolverlo de sus caderas.
Una vuelta.
Otra.
La lana cae alrededor de sus pies.
Su sexo queda ante mí, completamente duro, grueso y pesado, con la cabeza húmeda.
Cierro la mano alrededor de él.
Los dedos en mi nuca se tensan.
Lo acaricio desde la raíz hasta la punta, sin apartar la mirada de su rostro. La humedad aparece en la abertura. La recojo con el pulgar y la extiendo por la cabeza.
Broen pronuncia mi nombre entre dientes.
Inclino mi boca hacia él y ahora sí trata de detenerme. Su mano abandona mi cabello y alcanza mi barbilla, pero beso la punta antes de que consiga levantarme. Su miembro palpita contra mis labios.
Paso la lengua por la abertura.
La mano regresa a mi nuca de golpe.
Lamo toda la cabeza, la rodeo despacio y desciendo por una de sus venas hasta la raíz.
El sabor salado permanece en mi lengua cuando vuelvo a subir.
Broen apoya la otra palma en la mesa. Los músculos del brazo se le marcan por el esfuerzo y su pecho empieza a elevarse con respiraciones cada vez más bruscas.
Abro la boca y lo recibo.
Su control termina ahí.
Los dedos se cierran en mi cabello. Sus caderas avanzan con un impulso que hunde su sexo más adentro. Un gemido áspero llena la alcoba. Retrocede enseguida, pero yo le sujeto el muslo y vuelvo a tomarlo, más profundo.
—Caitlin…
Mi nombre ya no suena a advertencia.
Deslizo la boca por su dureza mientras acaricio con la palma el peso caliente de sus testículos.
Broen maldice.
La mesa cruje bajo la mano con la que intenta sostenerse y sus caderas se mueven otra vez, incapaces de permanecer quietas.
Consigo volverlo loco. Sus caderas vuelven a avanzar y esta vez no retroceden enseguida. Me llena la boca hasta que la respiración se le convierte en un sonido quebrado.
Cuando intento recibirlo otra vez, me agarra por los brazos y me pone en pie.
El beso tiene dientes, lengua y una furia que me obliga a aferrarme a sus hombros. Saborea su propia humedad en mis labios. Una de sus manos baja hasta mis nalgas y me levanta del suelo mientras aparta los pergaminos de la mesa con el antebrazo.
La madera golpea el muro cuando me sienta sobre ella.
Se coloca entre mis piernas, todavía jadeante, y tira de mi vestido con tan poca paciencia que oigo romperse uno de los cordones.
El siguiente tirón abre el cuerpo del vestido. La tela se desliza por mis hombros y Broen aparta también la camisa hasta dejar mis pechos al descubierto. El aire frío apenas alcanza a rozarlos antes que sus manos.
Me agarra con una fuerza que debería doler. Sus pulgares pasan sobre los pezones y los endurecen.
Después inclina la cabeza y encierra uno en su boca. La barba raspa la piel sensible mientras succiona. Arqueo la espalda y le sujeto el cabello, pero él ya ha abandonado cualquier intención de concederme tiempo para acostumbrarme.
Muerde.
El placer desciende hasta mi vientre y se concentra entre mis piernas. Un gemido se me rompe en la garganta.
Broen levanta la cabeza. Tiene los labios húmedos y las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecen negros.
—Pensabas hacerme eso y luego dejar que conservara la razón.
—No parecía que estuvieras utilizándola.
—La he perdido cuando te has arrodillado y te has metido mi miembro en la boca.
Su boca se curva de una forma que nunca llega a convertirse en sonrisa. Me besa de nuevo, me tumba sobre los pergaminos que no han caído al suelo y empuja mis faldas hacia la cintura.
La madera está fría contra mi espalda. Él aparta el tartán con un pie y se coloca entre mis rodillas. Sus manos recorren la cara interior de mis muslos, despacio, en abierta contradicción con la violencia del beso.
—Ahora vas a descubrir qué pienso hacer sin ella.