Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 15
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Capítulo 15

«Caitlin»

— F earchar quiere saber qué debe reservar para Yule —dice mientras coloca otro pedazo de turba sobre el fuego—. Si nadie se lo indica pronto, el consejo decidirá que el hambre resulta más llevadera delante de una mesa bien servida.

La Navidad inicia los doce días de Yule con jornadas de fuego, comida compartida, música y visitas que se prolongan hasta la Epifanía. Incluso las familias más pobres procuran guardar algo para celebrarlo. Este invierno, muchas apenas conservan avena para llegar a la siguiente cosecha.

—No queda nada que reservar.

Los dos sacos destinados a Arnol ya han salido del almacén. La semilla de Tolsta debe permanecer intacta si queremos sembrar en primavera, la avena se mezcla con cebada vieja para prolongarla y la harina buena apenas alcanza para las criaturas, los enfermos y las mujeres que acaban de parir.

Beathag se sienta frente a mí.

—La gente esperará una celebración.

—La tendrá. Lo que no tendrá será uno de los banquetes de Sorley, con el consejo comiendo carne mientras los demás miran los huesos.

—Tormod podría atragantarse al escuchar eso.

—Entonces conviene servirle solo caldo.

La sonrisa de Beathag dura poco. Sus dedos se extienden hacia el calor y la piel enrojecida de los nudillos empieza a recuperar el color.

—Una fiesta para todo el clan necesitará más comida que una mesa para veinte hombres.

—Solo si pretendemos colocar un venado delante de cada familia. Abriremos el salón y encenderemos fuegos en el patio. Los niños y los ancianos comerán dentro. Prepararemos varios calderos con cebada, avena y cuanto pueda aportar carne sin vaciar el almacén.

—¿Qué carne?

—Mañana sabremos cuáles de las reses no sobrevivirán al invierno ni pueden utilizarse para cría.

Sacrificar una ahora será mejor que encontrarla muerta bajo la nieve.

Broen puede permitir una cacería y entregar las piezas a las cocinas.

Si llega el arenque, lo salaremos antes de que ningún consejero decida que merece comérselo fresco.

Beathag inclina la cabeza, ordenando mis propuestas.

—También quedan guisantes secos y cebollas.

—Y las mujeres de Arnol saben recoger lapas, mejillones y algas sin dejar la costa desnuda. Cada aldea puede enviar lo que esté en condiciones de compartir. Quien no tenga comida traerá turba o leña. Nadie quitará una torta de la boca de sus hijos para demostrar lealtad al castillo.

—Los MacAulay se reirán cuando sepan que hemos pedido a la gente que traiga su propio combustible.

—Los MacAulay pueden devolvernos las reses robadas y ganarse el derecho a opinar.

Esta vez la risa de Beathag suena con mayor fuerza.

—Deberías invitar a Eòghan. Tal vez aparezca con treinta y dos vacas para impresionarte.

—A Broen le encantaría recibirlo.

—Sin duda. Incluso podría ayudarlo a bajar del caballo. Por el cuello.

La imagen consigue arrancarme una sonrisa. Me levanto y me acerco al hogar para extender las manos sobre la llama.

—Habrá música después de comer. Antes pueden organizarse pruebas de arco, lucha y levantamiento de piedra. Así nadie estará pendiente de los calderos mientras se termina el guiso.

—Estarán pendientes de comprobar si Broen participa.

—Conseguir que se divierta delante de todo el clan puede requerir más recursos que alimentarlo.

Beathag levanta un dedo.

—También necesitaremos a Broen la última noche del año para el ciad-chuairt —añade Beathag—. Habrá que sacarlo del castillo antes de que comience el nuevo año.

Entiendo enseguida. El primer hombre que cruce el umbral de una casa con el año nuevo traerá consigo la fortuna de los meses venideros.

Conviene que sea alto, moreno y entre con pan, sal y turba que significan alimento, prosperidad y calor para el hogar.

Ese primer paso siempre se ha elegido con más cuidado que muchos matrimonios.

Miro la puerta por la que Broen acaba de desaparecer. Alto y moreno no empieza a describir la cantidad de hombre que habría que hacer cruzar por ese umbral.

—La turba y la sal podemos dárselas —digo—. El pan quizá sea pedir demasiado a la fortuna.

—Bastará con una torta pequeña. Lo difícil será que lo haga. Es tímido.

La risa me sale antes de que pueda contenerla. Beathag sonríe, satisfecha con su ocurrencia, sin saber que tiene más razón de la que imagina.

Broen puede enfrentarse a seis hombres armados sin alterar la respiración y entrar en mi alcoba para ordenarme que abra las piernas.

Sin embargo, basta con agradecerle algo o mirarlo mientras se ríe para que busque el lugar más próximo donde esconderse dentro de sí mismo.

Hacerlo cruzar una puerta ante todo el clan, cargado de símbolos y buenos deseos, puede resultar más difícil que convencerlo de que la defienda contra un ejército.

—Le diremos que algo amenaza el castillo desde el exterior. Se apostará al otro lado de la puerta hasta el deshielo —digo.

—También podrías explicarle que necesitamos su cuerpo para asegurar el futuro del clan.

El calor del fuego me alcanza de golpe la cara.

Beathag baja los ojos hacia las llamas. Su expresión conserva una inocencia indigna de ese comentario malicioso.

—Hablaba de su altura —aclara.

—Por supuesto.

—Y de sus hombros. Ocupan mucho umbral.

—Ve a hablar con Fearchar.

Se levanta entre risas y se sacude la falda.

—Le diré que aparte los guisantes y las cebollas. Mañana podrás comprobar las reses con Broen y decidir cuántas se sacrifican.

La puerta se cierra tras ella. Finn le dice algo y Beathag le explica que va a salvar Yule de los hombres que lo gobiernan.

El silencio entra en la alcoba en cuanto sus voces se alejan.

Me siento de nuevo, pero el banco parece haberse vuelto demasiado estrecho. El fuego calienta mis piernas. El resto del cuerpo permanece tenso, atento a una amenaza que todavía carece de pasos y rostro.

Llevo la mano al vientre.

Desde que mi sangrado terminó he contado cada jornada. Al principio lo hacía para saber cuánto tiempo me concedería el consejo. Después empecé a contarlas por las noches en que Broen entraba en esta habitación.

Quedan menos.

Podría haber concebido ya. También podría repetirse la misma espera que conozco desde hace diecisiete años: los pechos sensibles, una pesadez bajo el vientre, cualquier cansancio convertido en esperanza hasta que la primera mancha lo desmienta.

Quizá sea mi cuerpo y no el de Sorley el que no sabe concebir. Broen puede regresar todas las noches, dejar su semilla dentro de mí y aferrarme contra él hasta perder el juicio, pero nada garantiza que mi vientre responda.

Las llamas se inclinan cuando otra ráfaga se cuela por las rendijas.

Torcuil continúa desaparecido.

Las entregas de comida de Sorley pueden conducirnos hasta otra mujer. Sería propio de mi marido esconder una amante y alimentarla con lo que faltaba en las casas de su clan. Encontrarla demostraría otra de sus miserias. Jamás probaría quién vertió el veneno.

Cuando sangre, Ealasaid no tendrá que volver a registrar mis pertenencias. Esperará delante de esta puerta. Antes de que el paño se seque, el consejo sabrá que he mentido sobre el heredero y convertirá esa mentira en la única prueba que necesita para condenarme por la muerte de Sorley.

La horca deja de ser una amenaza lejana. Puedo sentir la aspereza de la cuerda contra la garganta.

Me pongo en pie.

Cruzo la alcoba una vez, regreso al hogar y vuelvo a detenerme. Darian y Colum ya habrán informado de cuanto saben. Broen estará decidiendo qué caminos recorrerán mañana mientras yo aguardo aquí a que mi cuerpo decida si merezco vivir.

Abro la puerta.

Finn permanece en el comienzo de la escalera. Se incorpora al verme.

—Necesito hablar con Broen.

Ya he confiado durante demasiados años en cosas que no podía controlar.

—En su antigua alcoba. —Sus ojos se detienen un instante en mi rostro—. Puedo acompañarte.

—Sé llegar.

Algo parecido a una sonrisa cruza su boca, aunque posee la prudencia de ocultarla antes de que termine de formarse.

—Eso imaginaba.

Dejo atrás la escalera sin darle tiempo a descubrir cuanto me cuesta respirar. Mis pasos avanzan demasiado deprisa por el corredor. He recorrido esta parte del castillo miles de veces, pero esta noche las puertas parecen más lejanas y el aire resulta insuficiente entre una y otra.

La alcoba de Broen se encuentra al final, donde el corredor se estrecha antes de alcanzar la torre oriental. Allí dormía cuando aún era el segundo hijo y su hermano todavía fingía delante de todos que podía soportar su existencia.

La luz aparece bajo la puerta.

Levanto la mano para llamar, pero la detengo antes de que los nudillos alcancen la madera. Bajo el picaporte y empujo la puerta.

Broen está de espaldas, inclinado sobre una mesa. Se ha quitado el cinturón de las armas y lo ha dejado junto a una lámpara, encima de varios pedazos de pergamino. La camisa se tensa sobre sus hombros cuando alza la cabeza.

Cierro la puerta y echo el pasador.

Él se vuelve despacio. Sus ojos recorren mi cara, descienden hasta la mano que todavía conservo sobre el picaporte y regresan a mis labios.

—¿Ha ocurrido algo? —pregunta desconcertado.

—Todavía no.

Cruzo la alcoba antes de que diga más. Le sujeto la cara y estrello la boca contra la suya.

El golpe lo obliga a retroceder un paso.

Sus manos encuentran mi cintura por puro instinto, aunque durante un instante permanece rígido, sorprendido por una violencia que siempre le ha pertenecido a él.

Lamo sus labios y beso cuanto alcanzo: su boca, la comisura, la barba áspera que raspa mi barbilla.

—Caitlin —murmura contra mí—. Espera.

—No puedo. Los dos sabemos el poco tiempo que me queda.

Vuelvo a besarlo. Esta vez abre la boca y sus dedos se hunden en mi cintura. Me aprieta contra él hasta que el calor de su cuerpo atraviesa la lana de mi vestido.

La dureza que crece entre nosotros admite pocas interpretaciones. Todo lo demás permanece encerrado detrás de esa expresión suya que nunca entrega más de lo que él decide.

Busco el faldón de su camisa, saco la tela de entre las vueltas del tartán y tiro hacia arriba.

—Quítatela.