Capítulo 14
«Caitlin»
C oinneach ocupa la puerta de mis aposentos cuando Beathag y yo regresamos de las cocinas.
Niall lo dejó en Dùn Mhoireasdan para custodiar a Ealasaid y facilitar sus pesquisas.
Finn lo describió como «ese tipo espeluznante que parece conocer el día exacto de tu muerte y estar esperando a que tú también lo averigües».
Hasta ahora se había limitado a seguir a la matrona por el castillo. Hoy sostiene la lanza atravesada delante de mi puerta.
La hoja permanece apuntada hacia el suelo, pero el asta basta para impedirnos el paso. A su espalda, la puerta está entreabierta y dentro se oye el golpe seco de un arcón al cerrarse.
—¿Quién ha entrado?
Coinneach no necesita mirar hacia la alcoba para responder.
—Ealasaid. Mi laird ordenó que nadie interrumpiera su examen.
—Tu cometido no incluye registrar mi alcoba —señalo—. Aparta la lanza.
Coinneach permanece inmóvil. Sus ojos pálidos se detienen en mí con una atención que consigue que la descripción de Finn parezca menos exagerada.
Beathag apoya una mano sobre el asta.
—Puedes retirarla tú o puedo ayudarte y averiguaremos juntos qué parte de tu anatomía alcanza primero.
La puerta se abre antes de que Coinneach decida si la amenaza merece respuesta.
Ealasaid aparece con una de mis sábanas doblada sobre los brazos. Reconozco el remiendo junto al borde, el mismo sobre el que anoche descansó la mano de Broen mientras me abría las piernas.
La anciana extiende un extremo hacia la ventana y lo examina bajo la claridad gris, sin molestarse en ocultar qué busca.
Durante diecisiete años he observado esa tela con una esperanza que se hacía más pequeña cada mes. Ahora otra mujer busca la misma sangre para decidir si merezco seguir viva.
Beathag le arranca la sábana.
—¿Quién os ha permitido registrar la alcoba?
—El consejo necesita saber si lady Caitlin ha sangrado.
—El consejo encargó esa tarea a Mairi.
Ealasaid vuelve hacia mí sus ojos pálidos. Hay personas capaces de desnudarte sin bajar la mirada de tu rostro.
—Niall no confía en el testimonio de una mujer Morrison.
—Qué tranquilizador —digo—. Empezaba a temer que hubierais entrado en mi cama por curiosidad.
Dos criadas se han detenido junto a la escalera. Una de ellas lleva un cesto vacío, la otra aprieta contra el vientre un manojo de juncos y parece haber olvidado adónde lo llevaba.
Mañana las cocinas sabrán qué parte de mi colchón ha levantado Ealasaid. Antes de que acabe la tarde, alguien habrá visto una mancha aunque la sábana esté limpia. Para cuando el rumor alcance el patio, habré perdido una criatura que nunca ha existido.
—Marchaos —les ordena Beathag a las criadas.
La del cesto reacciona primero. Tira del brazo de la otra y ambas desaparecen escaleras abajo.
Ealasaid entra de nuevo en la alcoba.
—Aún no he terminado.
Intento seguirla, pero Beathag me sujeta por la muñeca. No pretende detenerme. Quiere impedir que la eche con mis propias manos y regale al castillo otra historia que contar.
—Basta.
La voz llega desde el extremo del corredor.
Broen avanza hacia nosotros con el cabello húmedo y el jubón sin cerrar en el cuello. La tela oscura se tensa sobre sus hombros y las mangas, remangadas hasta los codos.
Broen mira la sábana entre las manos de Beathag. Después observa la puerta abierta, a Ealasaid y, por último, a mí.
—¿Le diste permiso para entrar?
—No. Cuando he llegado, ya estaba dentro.
La mandíbula se le endurece. No eleva la voz ni se apresura. La furia en Broen nunca necesita movimiento para hacerse visible.
Se vuelve hacia Coinneach.
—Aparta la lanza.
El MacLeod no obedece. Ajusta la mano sobre el asta y levanta apenas la barbilla.
—Mi laird me ordenó custodiar a lady Ealasaid mientras cumplía su cometido.
—Niall te dejó para protegerla, no para entregarle las alcobas de los Morrison.
—Ella debía examinar cuanto pudiera demostrar si existe un heredero.
Broen da un paso hacia él. Coinneach es alto, pero debe levantar la cara para sostenerle la mirada.
—Estás en Dùn Mhoireasdan. Aquí decido yo qué puertas puede atravesar tu matrona. Aparta la lanza.
Durante un momento nadie se mueve. Después Coinneach retira el asta, aunque lo hace con la lentitud suficiente para convertir la obediencia en advertencia.
Broen espera hasta que el acceso queda libre. Ealasaid aparece de nuevo con mi caja de paños entre las manos.
El calor me sube desde el pecho hasta la cara.
—Déjala —ordeno.
—Tengo que comprobar…
—Que la dejes.
Esta vez obedece. Deposita la caja sobre el arcón, aunque conserva la palma encima.
—Niall me encargó confirmar el embarazo. Una mujer acusada de asesinar a su esposo tiene motivos para ocultar sus paños.
Broen da un paso hacia ella. No alza la voz. Ni siquiera necesita acercarse demasiado. Su quietud obliga a la anciana a levantar la barbilla para sostenerle la mirada.
—Tu encargo te permite examinar a Caitlin cuando ella lo consienta. No registrar sus pertenencias en su ausencia.
—Si espero su consentimiento, podría lavar la prueba antes de que yo la viera.
—Entonces tendrás que decidir si prefieres esperar a que ella te permita verla o marcharte sin una prueba.
Ealasaid contempla a Broen.
—Niall sabrá que entorpecéis mi cometido. Debo informarlo de cada examen y, en cuanto encuentre sangre, exigirá que la acusación siga adelante.
—Cuéntaselo —dice él—. Incluye que el consejo ya había confiado esa vigilancia a Mairi y que has aprovechado su ausencia para registrar la alcoba de mi cuñada sin permiso. Procura no omitir ninguna parte cuando intentes ofenderte en mi nombre.
—Mairi es una Morrison.
—Mairi es quien atendió a mi madre cuando parió a dos niños que nadie esperaba que sobrevivieran —dice él—. Si sabes más que ella sobre sangre, embarazos o criaturas, tendrás que demostrarlo sin volver a entrar aquí a escondidas.
La alusión me obliga a mirarlo. Broen nunca habla de su nacimiento. Sorley sí lo hacía, aunque solo para recordar que había llegado primero y con más fuerza, su madre murió horas después.
La anciana sostiene su mirada unos instantes.
—Coinneach — lo llama Broen sin apartar los ojos de Ealasaid.
El guardia aparece en el umbral. Sus ojos recorren la caja abierta, el colchón levantado y la sábana que Beathag conserva entre las manos. No hay sorpresa en ellos.
—Acompáñala a sus aposentos —le ordena—. Si cualquiera de los dos vuelve a cruzar esta torre sin permiso de Caitlin, abandonaréis Dùn Mhoireasdan juntos.
Coinneach mira a Ealasaid en lugar de responderle. La matrona recoge su bolsa y sale con la espalda rígida. Él la sigue después de dedicarme una última mirada que no consigo interpretar.
Broen espera hasta que sus pasos desaparecen antes de dirigirse a un muchacho que se ha detenido al otro extremo del corredor, atraído por las voces.
—Busca a Finn.
La muchacha sale casi corriendo.
Beathag dobla la sábana.
—Está limpia —me susurra.
Limpia significa a salvo hoy. Los años sin concebir deberían haberme enseñado a no buscar esperanza en el vientre. Continúo haciéndolo porque hay aprendizajes que una mujer se niega a completar, pero se me acaba el tiempo.
Beathag entra de inmediato. Cierra la caja de paños, revisa el arcón y vuelve a extender el colchón con movimientos bruscos. Cada objeto que coloca en su sitio muestra hasta dónde han llegado las manos de la partera.
Broen permanece junto a la puerta. La anchura de sus hombros bloquea casi toda la salida.
—¿Se ha llevado algo? —me pregunta.
—Aún no lo sabemos.
—No buscaba algo que pudiera llevarse —dice Beathag desde el interior—. Quería encontrar algo que contar.
Unos pasos rápidos suben la escalera. Finn aparece con la camisa mal abrochada y la espada colgada demasiado baja, como si la criada lo hubiera encontrado antes de que terminara de vestirse. Su expresión cambia al descubrir la cama deshecha.
—¿Qué ha ocurrido?
—Ealasaid ha registrado la alcoba mientras Caitlin estaba fuera —explica Broen—. Coinneach le ha impedido entrar hasta que la matrona terminó de revisar la cama y los paños.
La ligereza desaparece del rostro de Finn. Mira la sábana que Beathag conserva entre las manos y comprende qué buscaban.
—Desde ahora, nosotros vigilaremos el acceso a esta torre por turnos. Nadie se acercará a la alcoba de Caitlin sin que ella lo autorice. Ni Ealasaid, ni los consejeros, ni ninguna criada.
Finn dirige la mirada hacia mí, no hacia Broen.
—¿Prefieres que me quede aquí o junto a la escalera?
La pregunta es pequeña, pero contiene una diferencia que los hombres del consejo jamás consideraron necesaria. Está permitiéndome escoger desde dónde impedirán que otros entren para que no me sienta encerrada.
—En la escalera. Si permaneces pegado a la puerta, terminaré conociendo tu respiración mejor que la mía.
Una sonrisa tenue le suaviza la boca.
—Intentaré que esa intimidad tarde en llegar.
Se aleja varios pasos y ocupa el comienzo de la escalera. Desde allí puede impedir el acceso sin escuchar cada movimiento dentro de la alcoba.
—Gracias, Finn.
Inclina la cabeza. La sonrisa desaparece cuando vuelve a mirarme.
—Ni aunque venga acompañado por el rey dejaré pasar a nadie. —Finn mira a Broen y después vuelve hacia mí—. A nadie que no haya sido invitado.
Los guardias del consejo permanecían ante mi puerta para impedir que saliera. Los Cuervos ocuparán la escalera para impedir que otros entren. La diferencia no está en las armas, sino en la dirección hacia la que apuntan.
Broen ha utilizado su autoridad para dejarme más espacio y, al mismo tiempo, proteger el secreto que mantiene mi cuello lejos de la cuerda. Empiezo a descubrir que, bajo su cuidado, una puerta vigilada también puede pertenecer a la mujer que duerme detrás.
Todavía no sé qué hacer con un cuidado que no exige obediencia a cambio.
Beathag le muestra cada lugar que ha registrado Ealasaid: el arcón, el colchón, la caja de paños. Broen escucha sin interrumpirla, aunque la dureza de su mandíbula aumenta con cada objeto.
—Los hombres que fueron hacia Barvas han regresado —dice cuando ella termina—. No han encontrado a Torcuil. Darian y Colum me esperan para decidir dónde continuaremos mañana.
—¿Nadie lo ha visto?
—Nadie que quiera reconocerlo.
Mira la puerta y después vuelve los ojos hacia mí.
—Tengo que irme. Finn permanecerá en la escalera. Si Ealasaid vuelve, no llegará hasta aquí.
Abre la puerta. Finn se aparta para dejarlo salir y recibe en voz baja las instrucciones para la noche. Ninguno necesita preguntar si esas órdenes también servirán cuando sea Broen quien regrese.
La alcoba parece más grande cuando desaparece de la puerta.
También bastante más vacía.