Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 13 #3
40%

Capítulo 13 #3

Altair se pasa el pulgar por la mandíbula. No me somete a una sucesión de preguntas. Ordena la información en silencio, igual que hace con todo lo demás, hasta descubrir dónde se esconde el peligro

—Yo aposté a que no lo harías.

Lo miro. La seriedad de su expresión consigue que la confesión resulte todavía más ofensiva.

—No sé por qué continúa sorprendiéndome que hagáis apuestas sobre las desgracias de los demás.

—Finn sostiene que ayuda a soportarlas.

La imagen de los cinco discutiendo acerca de su vientre cuando yo todavía intentaba decidir debería irritarme.

—No acepté enseguida —aclaro, aunque la precisión no mejora demasiado mi defensa.

—Me tranquiliza saber que dedicaste algo de tiempo a tomar una decisión sensata antes de ignorarla.

—El embarazo impedirá que la ahorquen —explico—. Nos concederá varios meses para encontrar al verdadero asesino y demostrar que utilizaron el cordial de Caitlin para condenarla.

—Eso explica por qué aceptaste. No qué ocurrirá cuando nazca la criatura.

Bajo la mirada hacia los registros. Ya he pensado demasiado en un niño que todavía no existe. En el nombre de Sorley cayendo sobre él, en las manos del consejo eligiendo a sus tutores y en Caitlin convertida otra vez en una mujer a la que nadie pregunta qué desea.

—No permitiré que les hagan daño a ninguno de los dos.

Altair guarda silencio durante unos segundos. No necesita preguntar a quiénes me refiero.

—Hablas de protegerlos y al mismo tiempo que regresarás con los MacNeish.

—Una cosa no impide la otra.

—Lewis queda bastante lejos para vigilarlo desde Perthshire.

No respondo. Hasta ahora, Perthshire nunca me había parecido tan lejos.

—Nuestra prioridad es mantenerla viva —resuelvo—. Lo demás tendrá que esperar.

Altair acepta el límite con una leve inclinación de cabeza. Nunca empuja una respuesta cuando sabe que el hombre que tiene delante aún no la posee.

—¿Quién más apostó a que no aceptaría? —pregunto.

La comisura de su boca se mueve.

—Nadie. —Altair mira hacia la puerta—. ¿Has visto esas trenzas?

La risa me sale antes de que consiga contenerla.

El muy cabrón ha encontrado una forma de burlarse de mis celos y de mi falta de resistencia con las mismas cuatro palabras.

—Te he prometido discreción. No paciencia.

—Con la discreción me conformo —responde mientras aparta la silla y recoge uno de los libros—. Lo demás tendrás que resolverlo contigo mismo.

Unos pasos avanzan por el corredor. Reconozco la cadencia antes de que la sombra aparezca bajo la puerta y vuelvo la cabeza.

Altair también lo advierte.

Por supuesto que lo advierte.

—Aunque me temo que ya vas tarde —añade.

Caitlin entra con el cuaderno apretado contra el pecho. Tormod e Iain la siguen. Busca mi mirada al cruzar el umbral y la mantiene mientras avanza hasta la mesa.

—Las cuatro entregas cabían sobre un solo caballo —explica mientras abre el cuaderno—. Sorley las recogía por la tarde y siempre regresaba antes de que cerraran las puertas.

Altair deja el libro que sostenía.

—Entonces no viajaba muy lejos.

—No si regresaba directamente —puntualiza Tormod.

Caitlin apoya el índice junto a las fechas.

—Fearchar recuerda que volvía sin los sacos y sin olor a humo en la ropa. No pasaba la noche fuera ni se detenía demasiado tiempo en ningún hogar.

—Tendremos que buscar en los alrededores —digo—. Empezaremos cerca y ampliaremos la búsqueda si no encontramos nada.

—Un plan de una precisión abrumadora —comenta ella—. Primero cerca y después donde ya no sea cerca.

—¿Tienes uno mejor?

—Todavía no. Por eso dispongo de tiempo para admirar el tuyo.

Sus ojos se desplazan hacia Altair, que continúa examinando las fechas con el ceño fruncido.

—Aunque veo que la investigación exige adoptar esa expresión. ¿Han confesado ya las cuentas?

—Están a punto —responde él.

—Procurad que no se asusten antes de decirnos nada.

La ligereza de su voz distiende algo en la estancia. Hace unos días, Caitlin apenas habría hablado delante de estos hombres sin medir antes cada palabra. Ahora se permite burlarse de nosotros y aguarda la respuesta en lugar de prepararse para las consecuencias.

Ordeno al guardia que busque a Darian, Colum, Finn y Torren. Los cuatro llegan poco después, ajenos al motivo por el que los hemos llamado.

Altair les muestra las entregas y explica cómo quedaron escondidas entre los gastos semanales. Caitlin añade que Fearchar preparaba las provisiones por orden de Sorley y que mi hermano acudía a recogerlas personalmente.

—Si enviamos a demasiados hombres haciendo preguntas, advertiremos a esa persona de que la estamos buscando —señala Colum.

Darian asiente.

—Habrá que decidir cómo repartirnos y qué explicación daremos si alguien pregunta.

—Lo haremos antes de salir —dispongo—. Quiero encontrar a esa persona, no obligarla a esconderse mejor.

—Yo participaré en la búsqueda —declara Caitlin—. Resulto menos amenazadora que cualquiera de vosotros. Si Broen y Altair llaman juntos a una puerta con ese ceño fruncido, quien esté detrás la tapiará desde dentro.

Finn deja escapar una risa. Incluso Colum baja la cabeza para ocultar la suya.

Tormod permanece serio.

—Mi señora parece olvidar que espera al heredero del clan y que continúa acusada de la muerte del laird. El consejo no puede permitirle recorrer los alrededores con la libertad que pretende.

Los dedos de Caitlin se cierran alrededor del cuaderno.

—Caitlin está bajo mi custodia —intervengo—. Eso me obliga a responder por su seguridad. Si quiere acompañarnos y puedo protegerla, lo haré.

Tormod aprieta los labios. Esta vez no encuentra una objeción que pueda pronunciar delante de todos.

Me vuelvo hacia ella.

—¿Quieres venir?

La presión de sus dedos disminuye. Tarda un instante en responder, como si todavía desconfiara de una pregunta cuya respuesta ya ha decidido.

—Sí.

—Entonces contaré contigo.

Una curva lenta aparece en su boca.

—A cambio, intentaré impedir que asustes a nadie.

—Intentaré sonreír.

—Mejor no. Queremos hacer preguntas, no que nos confiese hasta los pecados de sus abuelos.

La risa de Finn llena la estancia. La mía se une a ella antes de que pueda contenerla.

Caitlin encuentra mis ojos al otro lado de la mesa y su sonrisa se ensancha. Comprendo entonces que esa última burla solo pretendía arrancarme ese sonido.

Lo ha conseguido.