Capítulo 13 #2
He estado con otras mujeres. He conocido el alivio rápido de una cama sin promesas. Ninguna consiguió que pasara el día calculando cuándo podría volver a hundirme entre sus piernas.
La puerta se abre antes de que mis pensamientos avancen hacia un terreno aún más peligroso.
Fearchar entra con polvo de grano adherido a la camisa. Mira al consejo, después los libros extendidos sobre la mesa.
—Me han dicho que queríais verme.
Le señalo el espacio libre frente a Caitlin.
—Acércate.
Fearchar obedece, aunque conserva las manos pegadas a los costados como si temiera que cualquiera de sus movimientos pudiera interpretarse como una confesión. Caitlin coloca delante de él el registro del almacén y gira el libro para facilitarle la lectura.
—Necesito que mires estas fechas —le pide, deslizando el dedo por las cuatro anotaciones—. ¿Recuerdas haber preparado estas entregas?
Fearchar se inclina sobre el libro. Al principio repasa las cifras con cautela. Después su dedo se detiene sobre la primera y algo parecido al reconocimiento le tensa la frente.
—Sí. Las preparé yo.
—¿Las cuatro? —pregunta Caitlin.
Él comprueba las demás antes de asentir.
—Siempre contenían casi lo mismo. Avena, pescado seco, velas, turba y alguna pieza de queso cuando había suficiente.
Caitlin levanta los ojos hacia mí. Las cantidades no se parecen a un robo improvisado. Alguien recibía con regularidad cuanto necesitaba para mantenerse alimentado y caliente.
—¿A quién se las entregabas? —pregunto.
Fearchar separa las manos del cuerpo y las apoya sobre el borde de la mesa.
—A nadie. El laird venía a recogerlas.
Gilleasbuig deja de frotarse la barba y lo mira con mayor atención.
—¿Y tú no preguntabas adónde iba? —interviene Tormod con una desaprobación que llega varios años tarde.
Fearchar contiene la respuesta durante un instante. Cuando habla, procura no mirar directamente al consejero.
—Sorley no consideraba las preguntas parte de mis obligaciones.
Caitlin alisa con el pulgar el borde del registro.
—Tampoco anotaste el destinatario.
—Porque no me lo dijo —responde Fearchar, ahora más bajo—. Debía descontar cuanto saliera e incluirlo entre el consumo semanal del castillo. Nada más.
—Así que sabías que las cuentas ocultaban esas entregas —señala Gilleasbuig.
La acusación le hace levantar la cabeza.
—Sabía que el laird no quería dejar escrito adónde las llevaba. No sabía que eso convertiría las cuentas en asunto de un asesinato.
Eso sí se parece a mi hermano. Sorley no confiaba en la lealtad ajena. Dividía sus secretos hasta que nadie sabía lo necesario para traicionarlo.
Altair gira el libro desde el otro extremo de la mesa y apoya dos dedos junto a la última fecha.
—Esta entrega salió la víspera de su muerte —observa.
Fearchar se inclina de nuevo para comprobarlo.
—La recogió esa misma tarde.
Caitlin dirige la vista hacia las cantidades alineadas. Cuando habla, la ironía ha desaparecido de su voz.
—Entonces quien dependiera de Sorley lleva días esperando unas provisiones que no volverán a llegar.
Fearchar levanta el rostro hacia ella.
—Quizá regrese al castillo para preguntar por él.
—O quizá ya sepa que está muerto —observa Altair.
La posibilidad devuelve el silencio a la mesa. Si Sorley mantenía escondida a una persona, su muerte puede haberla dejado desprotegida.
Caitlin cierra el registro, aunque conserva un dedo entre las páginas señaladas.
—Quiero ver dónde preparabas las entregas —le indica a Fearchar—. Quizá recuerdes algo al repetir los movimientos. Dónde dejabas los sacos, por qué puerta salían o quién estaba presente la última vez.
Fearchar asiente, agradecido por cualquier tarea que le permita abandonar la mirada del consejo.
—Puedo enseñároslo ahora.
Tormod se pone en pie con una rapidez que revela su intención antes de que abra la boca.
—Os acompañaré.
Caitlin lo mira como si acabara de ofrecerse para ayudarla a lavarse el cabello.
—Confiaba en que alguien sostuviera el cuaderno.
—El consejo debe estar presente durante cualquier interrogatorio relacionado con la muerte del laird —insiste Tormod mientras se ajusta el cinturón.
Caitlin recoge el libro y se dirige hacia la puerta. Fearchar la sigue. Tormod va detrás de ambos, ya arrepentido de haberse ofrecido y demasiado orgulloso para corregirlo.
Gilleasbuig reúne sus propios documentos. El tercer consejero lo imita.
—Quiero la información de cuanto averigüéis —exige Gilleasbuig antes de salir.
—Lo tendrás —le aseguro—. Y hasta entonces ninguno de vosotros repetirá lo que hemos descubierto sobre las entregas de Sorley.
Los hombres aceptan con distinta cantidad de disgusto. Espero a que crucen la puerta y hago una señal al guardia para que los acompañe.
Caitlin es la última en salir. Al pasar junto a Altair, se detiene para enseñarle una anotación del margen. Él se inclina, le responde algo en voz baja y ella asiente antes de continuar hacia el corredor. Sus dos trenzas rubias vuelven a rozarse.
La puerta se cierra.
Altair permanece junto a la mesa. Reúne las páginas que Caitlin ha dejado abiertas, pero no vuelve a sentarse.
—Torcuil estuvo cerca de la redoma y desapareció después de que llegáramos al castillo —señala mientras alinea los bordes del pergamino—. Ahora descubrimos que Sorley sacaba provisiones a escondidas. Puede que sean dos secretos distintos, aunque convendría no confiar en ello.
—Mandaré a Finn y Torren a Barvas —decido—. Si Torcuil inventó lo de su madre para marcharse, alguien tuvo que verlo por el camino.
Altair asiente, aunque mantiene una mano sobre los registros.
—No se lo comuniques todavía al consejo. Si le pagaron para desaparecer, quien lo hizo puede tener hombres dentro de estos muros. Y si está muerto, empezar a preguntar demasiado alto solo advertirá a su asesino.
La posibilidad no necesita más discusión. Torren sabe escuchar sin parecer interesado y Finn consigue que la gente hable mientras intenta averiguar si se está burlando de ella. Los enviaré antes de que termine el día.
Altair guarda el registro pequeño bajo el libro de cuentas. Podría marcharse. En cambio, su mirada desciende hacia el puño que todavía mantengo apoyado sobre la mesa.
—También tendrás que aprender a ocultar eso.
Abro la mano. Las marcas de mis uñas permanecen hundidas en la palma.
—Puedo hacerlo.
—Tu mano discrepa.
—Te inclinabas demasiado.
—Me tranquiliza comprobar que aún conservas cierta moderación.
La sequedad de su respuesta me arranca una risa breve.
Altair sabe que confío en él para vigilar mi espalda, guardar mis secretos y decidir por mí cuando una espada me impide hacerlo.
Imaginar que pretende acercarse a Caitlin con pensamientos impropios sería una estupidez incluso para un hombre cegado por los celos y, si lo hubiera hecho, tampoco me correspondería exigirle que dejara de hacerlo.
Lo sé.
Por desgracia, la razón no ha conseguido que sus dos trenzas rubias cayendo juntas me parezcan una imagen menos irritante.
—El problema no eras tú —admito—. O no exactamente.
Altair espera sin ayudarme. Siempre ha considerado que los demás valoran más una explicación cuando deben sufrir para pronunciarla.
—Ella te señala una cifra y tú comprendes lo que busca antes de que termine de hablar —continúo—. Yo tengo que recorrer la columna dos veces. La facilidad con que os entendéis y esas trenzas mezcladas lograron que mi dignidad terminara por abandonarme.
Su expresión cambia apenas. La burla desaparece de sus ojos antes de que pueda instalarse.
—Sabes leer unas cuentas.
—Sé descubrir cuándo falta grano porque he visto pasar hambre a demasiada gente. No es lo mismo. A Sorley le enseñaron cómo se gobierna un clan sobre el pergamino. A mí solo me enseñaron dónde hundir una espada para terminar una pelea deprisa.
Altair apoya las manos en el respaldo de la silla que Caitlin acaba de abandonar.
—Y aun así has encontrado el error.
—Ella lo encontró. Tú supiste seguirla. Yo estaba ocupado observando vuestras trenzas.
Decirlo en voz alta revela la medida exacta de mi estupidez. Una risa breve me sale antes de que consiga impedirlo. La boca de Altair se curva.
—Me alegra no tener que explicártelo.
—Si te inclinas otra vez de esa manera, quizá tenga que recordarme toda esta conversación.
—Procura hacerlo antes de que el consejo empiece a preguntarse por qué te comportas como un marido celoso con la viuda de tu hermano.
Altair no necesita saber nada para comprender el peligro. El consejo cree que Caitlin lleva dentro al heredero de Sorley. Basta con que uno de esos hombres sospeche que me acerco a ella para que empiece a contar noches, miradas y puertas cerradas.
—Seré más discreto —le aseguro.
—Procura recordar esa discreción la próxima vez que contemples mis trenzas como si fueran dos víboras alrededor de su cuello.
—No exageres. Solo una parecía peligrosa.
La respuesta no lo distrae. Altair sostiene mi mirada durante unos segundos y formula por fin la pregunta que lleva esperando desde que se cerró la puerta.
—¿Te estás acostando con ella?
—Sí.
Su expresión no cambia de inmediato. Tampoco parece sorprendido. Se limita a guardar la respuesta junto a cuanto ya ha observado y espera aquello que todavía no encaja.
—Intentáis convertir la mentira sobre el embarazo en verdad —concluye.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechábamos todos. Caitlin pasó diecisiete años sin concebir y anunció un heredero justo cuando el consejo buscaba una cuerda.
Además, medio castillo sabía que evitaba a Sorley y le cerraba la puerta en las narices.
Darian consideró que había sido una decisión astuta.
Finn señaló que la mentira había adquirido una solución bastante evidente en cuanto tú cruzaste las puertas con la misma cara que el difunto.
—Podríais habérmelo dicho.
—Todavía no sabíamos si ibas a ayudarla o a entregarla. Mirabas a cualquiera que pronunciara su nombre como si estuvieras calculando dónde enterrarlo y decidimos concederte unos días.
—Una consideración conmovedora.