Capítulo 13
«Broen»
A ltair lleva demasiado tiempo inclinado sobre el hombro de Caitlin.
El arquero apoya una mano en la mesa y sigue con la otra la columna que ella acaba de señalar. Sus cabezas casi se rozan.
Caitlin señala otra cifra. Altair comprende lo que pretende mostrarle antes de que termine de explicarlo y desplaza el dedo hasta el total equivocado. Ella sonríe y busca una segunda página. Se mueven por los registros con la facilidad de quienes comparten un idioma.
Yo necesito recorrer la columna otra vez.
Los dos llevan el cabello rubio recogido en trenzas y, al inclinarse sobre los registros, ambas caen juntas sobre el hombro de Caitlin. Desde donde estoy parecen entrelazadas.
Sé que no lo están. La distancia permite equivocaciones que la razón debería corregir. La mía, por lo visto, ha decidido que no distinguir dónde termina una y empieza la otra no tiene por qué gustarme.
Llevo años imaginando cosas que nunca ocurrieron entre Caitlin y otros hombres. Al parecer, no he aprendido nada.
Las trenzas no se están tocando.
Altair tampoco necesita inclinarse tanto para leer.
Apoyo el puño sobre la madera. Altair desvía los ojos hacia él. Después me mira, alza apenas una ceja y se aparta medio paso.
Confío en Altair para que vigile mi espalda mientras media docena de hombres intenta abrirme el vientre. Por lo visto, esa confianza encuentra ciertos límites cuando se inclina sobre Caitlin y comprende antes que yo lo que ella intenta decir.
Lo peor no es pensar que pueda gustarle. Es descubrir que hay cosas que ella necesita y otro hombre sabe ofrecerle con más facilidad.
Podría separarla de Altair, echarla sobre mi hombro y llevarla a su alcoba sin ofrecer explicaciones. Eso sí que es algo que solo necesita de mí.
Quedaría muy digno delante de todos.
Caitlin hunde la uña en una línea del libro y levanta el rostro. La mirada pasa del puño que mantengo sobre la mesa a mi expresión. Tal vez crea que los números han provocado mi irritación. Prefiero dejarla con esa idea.
—Del almacén salieron estas cantidades —dice, colocando el índice junto a una columna—. Sin embargo, las cocinas recibieron menos avena y pescado de los que figuran aquí. También faltaron medio queso, varias velas y una carga de turba.
Gilleasbuig se inclina sobre la mesa. Es el menos necio de los tres consejeros presentes, distinción tan poco exigente que difícilmente puede considerarse una virtud. Al menos escucha antes de decidir que conoce la respuesta. Iain y Tormod no.
—El almacén abastece también a los guardias, las caballerizas y los talleres.
—Esas entregas están anotadas aparte. —Caitlin desliza hacia él el cuaderno en el que se registran los víveres recibidos en cada dependencia—.
Estas provisiones salieron y se descontaron de las existencias, sin embargo, las cantidades de avena y pescado que recibieron las cocinas fueron menores que las anotadas aquí.
Uno de los consejeros se remueve en el banco.
—Podría tratarse de un descuido.
Ella pasa varias páginas y vuelve a colocar el dedo sobre una cifra.
—El mismo descuido se repite aquí. Y aquí. También seis días después.
Sobre la mesa quedan alineadas cuatro entregas casi idénticas. Cantidades capaces de alimentar y calentar a una persona durante unos cuantos días.
Gilleasbuig se frota la barba gris.
—¿Desde cuándo revisas las cuentas con tanto detalle?
—Desde que descubrí que podían aclarar quién pagó el veneno que mató a mi marido.
Su respuesta enfría la curiosidad del consejero. El hombre vuelve a fijarse en las cifras.
Altair acerca otro de los libros.
—Todas las cantidades terminaron incluidas en el gasto semanal. Por eso nadie reparó en ellas. El total del almacén cuadraba, aunque parte de los alimentos nunca llegase a las cocinas.
—Alguien se los llevaba —digo.
—O el despensero se los quedaba —apunta uno de los hombres.
Caitlin mueve la cabeza.
—Habría robado harina, cerveza o carne salada. Cosas que pudiera repartir, vender o llevarse sin llamar la atención. Esto parece preparado siempre para la misma persona.
—Tal vez Sorley enviaba comida a una familia necesitada —sugiere Tormod—. Hasta él podía mostrar caridad en alguna ocasión.
—Sorley anunciaba sus limosnas antes de entregarlas. La generosidad que nadie contemplaba le parecía un desperdicio —le responde Caitlin con incredulidad.
Uno de los consejeros carraspea. Otro mira hacia la puerta. Gilleasbuig continúa observando las cuentas, aunque la incomodidad le tensa la boca.
—Sorley incluía algunos gastos privados entre los del clan —admite al fin—. Cuando quería evitar preguntas, ordenaba al escribano que escogiera una obra antigua o una compra difícil de comprobar para… mantener a una mujer.
La palabra deja una quietud áspera sobre la mesa.
Caitlin se limita a alisar una esquina doblada del folio.
Ni siquiera baja los ojos. Durante su matrimonio debió de escuchar rumores, encontrar cabellos ajenos y reconocer olores que no le pertenecían.
Sorley convirtió cada emoción suya en un arma que podía utilizar contra ella, hasta enseñarle a guardarlas todas detrás de un rostro inaccesible.
El resultado está delante de mí: una mujer capaz de escuchar sobre las amantes de su marido con la misma moderación que emplea para contar sacos de avena.
Maldito Sorley.
Podría levantarlo de la tumba para matarlo otra vez. El modo en que murió solo me importa porque alguien pretende utilizar su cadáver para condenarla.
—Mi marido nunca se esforzó tanto por ocultarme a una mujer —explica Caitlin—. Habría considerado una descortesía que yo ignorase cuántos regalos le hacía.
Gilleasbuig tiene la decencia de parecer avergonzado.
—Quizá no intentara ocultártela a ti. La mujer podía estar casada o pertenecer a una familia cuya enemistad no deseaba añadir a las que ya tenía. No pretendo defenderlo. Solo explico la forma en que utilizaba estas cuentas.
Una mujer mantenida por Sorley.
El pensamiento debería llevarme hacia alguna de las aldeas donde mi hermano dejó ofensas y maridos dispuestos a abrirle el cuello. En cambio, me devuelve a la única noche que pasé con Mary MacNeish.
Habían transcurrido unos meses desde que abandoné Lewis. Me acosté con ella porque, durante un instante mezquino, la luz del hogar convirtió el arco de sus cejas y el modo de levantar la barbilla en un recuerdo de Caitlin.
Mary se parecía poco a ella cuando amaneció. La culpa fue mía por haber buscado un rostro concreto en una mujer que jamás me había prometido llevarlo.
Ocho meses después, me hizo llamar.
Me dijo que esperaba un hijo y que podía ser mío. La fecha permitía esa posibilidad, aunque no me convertía en el único hombre que había compartido su cama. Mary habló sin fingir una certeza que no poseía.
Nos casamos antes del nacimiento.
Mary aceptó porque una esposa recibía mayor protección que una mujer sola con una criatura sin padre reconocido. Ninguno de los dos confundió aquel acuerdo con amor. Pensé que mi obligación consistiría en darle techo, comida y un apellido al niño.
Los gemelos deshicieron aquella estupidez en cuanto los vi. Uno cerró la mano alrededor de mi dedo mientras el otro gritaba con una furia impropia de un cuerpo tan pequeño. Los quise antes de aprender a distinguirlos.
Tres meses me enseñaron que el primero solo se dormía apoyado contra mi pecho y que su hermano se enfurecía cuando le envolvían los brazos.
Entonces llegaron los MacNab.
Casi no tuve tiempo de hacerme a la idea de que poseía una familia. A veces intento convencerme de ello. Resultaría más fácil soportar la pérdida si aquellos meses hubiesen sido demasiado breves para echar raíces.
Lo fueron para acostumbrarme.
Para amarlos, sobraron días.
Después juré que jamás volvería a colocar mi corazón y mi cordura en un lugar donde otro hombre pudiera destrozarlos. Estaba cansado de perder cuanto conseguía importarme.
Caitlin desbarató ese juramento al pedirme un hijo.
Mi negativa tenía muchas más razones que mi aceptación. El acuerdo reúne todo aquello de lo que llevo años huyendo: la mujer a la que nunca conseguí, una criatura que podría ser mía y la obligación de fingir que ambos pertenecen a mi hermano.
Ella tampoco me ha ofrecido nada fuera de ese acuerdo. Me busca porque necesita sobrevivir y se cierra en cuanto mis manos abandonan su cuerpo.
Sorley se encargó de convertirla en una mujer que protege cada emoción hasta de sí misma. Sería injusto reprochárselo.
Caitlin no es mía y nunca lo será.
Aun así, desde que he salido de su alcoba cuento las horas que faltan para volver a ponerle las manos encima.
También pienso en el niño con una frecuencia que no estoy dispuesto a reconocer.
Un embarazo detendrá la condena durante unos meses.
Después del parto, si no encontramos pruebas contra el verdadero asesino, los mismos hombres que ahora guardan silencio alrededor de esta mesa podrán acusarla otra vez.
Alegarán que el heredero necesita tutores.
Apartarán al pequeño de ella y convertirán a Caitlin en un inconveniente que ya ha cumplido su función, aunque perdonen su vida.
Eso jamás ocurrirá. No lo permitiré.
Pueden obligar a todo Lewis a llamar hijo de Sorley a esa criatura. Tendrán menos suerte si intentan arrebatársela.
—Podemos preguntarle a Fearchar —dice ella—. Ninguna provisión sale del almacén sin pasar antes por sus manos.
Vuelvo la cabeza hacia el guardia apostado junto a la puerta.
—Tráelo. Que venga solo y sin detenerse a hablar con nadie.
El hombre sale. Uno de los consejeros abre la boca, quizá para explicar por qué resulta innecesario tratar como sospechoso a un servidor de confianza. Mi mirada le hace reconsiderar la importancia de su opinión.
Caitlin continúa revisando las cantidades junto a Altair. Yo intento hacer lo mismo, aunque mis ojos regresan una y otra vez hacia los dedos que recorren el pergamino. Anoche se aferraron a mis hombros. Horas antes se habían cerrado alrededor de mi miembro en el almacén de Arnol.
Jamás me había ocurrido esto.