Capítulo 12
«Caitlin»
E l agua del baño desaparece en cubos por la puerta y deja en la alcoba un vaho tibio, olor a jabón de sebo y varias huellas húmedas sobre las losas.
Me siento delante del hogar con una camisa limpia y los pies descalzos sobre una piel de oveja. El calor me ha devuelto la sensibilidad a las manos después del regreso desde Arnol, aunque también ha despertado cada lugar donde Broen me apretó contra la tarima del almacén.
Mi cuerpo recuerda sus manos con una precisión escandalosa, pero es su boca lo que me impide permanecer quieta.
Nadie me había besado así antes. Con la lengua hundida en mi boca, los dientes tirando de mis labios y una mano en la nuca que no me permitía retroceder cuando apenas podía respirar.
Sorley utilizaba mi boca como utilizaba cualquier parte de mí, tomando cuanto deseaba y abandonándola cuando dejaba de servirle.
Aún siento la succión de la boca de Broen cuando me paso el pulgar por el labio inferior. Recuerdo la humedad compartida, la aspereza de su barba y el instante en que dejó de besarme con rabia para hacerlo despacio, recreándose.
Beathag tira de uno de los mechones húmedos para incorporarlo a la trenza. Retiro la mano de mi boca antes de que levante la vista.
El veneno posee un recorrido que puedo reconstruir.
Una redoma salió de mis manos, pasó por otras y terminó junto a la copa de Sorley.
Broen resulta bastante menos ordenado. Por eso, cuando Beathag vuelve a separar otro mechón de mi cabello, escojo el problema que todavía admite preguntas soportables.
—Dime otra vez qué hicimos aquella mañana —le pido.
Sus dedos se detienen cerca de mi nuca.
—Ya lo hemos recordado tantas veces que pronto empezaré a añadir detalles para entretenerme.
—Esta vez comienza cuando entramos en la cocina.
Retoma la tarea. El peine avanza unos dedos antes de tropezar con otro nudo.
—La cocinera estaba discutiendo con Benedik porque había abierto un saco de avena nuevo sin terminar el anterior.
Habían quemado la primera hornada de tortas y olía como si alguien hubiese intentado asar una bota.
Calentaste el vino en el cazo pequeño y llenaste una escudilla con miel para añadirla después.
—¿Quién te entregó el vino?
—Lo saqué yo misma del tonel que utilizábamos para los cordiales. La espita estaba cerrada y la cera alrededor del tapón seguía entera. Si buscas un asesino dentro del barril, tendrá que ser uno muy pequeño.
Muevo la cabeza y el peine me tira del cuero cabelludo.
—Quieta —protesta—. Puedo reconstruir un asesinato o salvarte el cabello. Ambas cosas a la vez exigirían una criada mejor pagada.
Permanezco inmóvil mientras repaso la mesa de aquella mañana. La luz entraba por la ventana. Yo había extendido un paño, colocado el almirez encima y abierto el arcón donde guardaba las plantas secas.
—Saqué yo la betónica —recuerdo—. También el hinojo.
—Y discutimos por la cantidad de miel. Tú insististe en que más no aliviaría la cabeza de Sorley y yo opiné que al menos lo volvería menos amargo… A él, no al cordial.
—Muy leal por tu parte.
—Siempre he sabido separar el servicio del buen gusto.
Una hebra húmeda cae sobre mi hombro. La recojo entre dos dedos mientras reconstruyo cada movimiento. Trituré las semillas. Añadí la betónica al vino caliente, lo dejé reposar y colé la mezcla. Después incorporé la miel.
—Probé el cordial antes de verterlo en la redoma.
—Yo también —confirma Beathag—. Me diste la cuchara porque dijiste que mi lengua llevaba años afilándose a costa de los necios y distinguiría cualquier sabor desagradable.
—Dijiste que necesitaba más miel.
—Y sigo opinándolo. Que Sorley muriera después no significa que aquello estuviera bien preparado.
—Beathag, acabarán colgándote a ti si te oyen hablar así.
—Entonces deja de perder el tiempo defendiendo tu receta y encuentra a quien puso el veneno.
Ambas probamos aquella mezcla y seguimos vivas. El veneno llegó después, entre la redoma cerrada sobre la mesa de la cocina y la copa que Sorley vació en el comedor.
—Cuando lo dejé sobre la mesa, ¿quién más estaba en la cocina?
Beathag separa tres mechones y empieza a cruzarlos cerca de mi nuca.
—La cocinera, Benedik y dos muchachas. Una estaba limpiando las ollas y la otra había salido varias veces a por agua. También entró Torcuil para llevar leña al hogar.
Me dispongo a volverme hacia el fuego, pero algo en su expresión me detiene. Beathag todavía sostiene los mechones separados, sin continuar la trenza.
—¿Qué ocurre?
—Pregunté por Torcuil hace poco, después de que llegara Broen —continúa—. Le dijo a la cocinera que debía regresar a Barvas porque su madre estaba enferma. Pero ahora que lo pienso… su madre lleva enterrada cinco años.
El calor del hogar deja de alcanzarme.
—¿Se llevó algo?
—Lo poco que tenía, supongo.
—También pudo robar algo y aprovechar el alboroto para marcharse.
—Claro. Seguro que lo preparó durante meses, anticipó que envenenarían al laird y decidió que aquel era un momento excelente para evitar una reprimenda por sisar cebollas.
Su sarcasmo carece esta vez de ligereza. Tira con demasiada fuerza de la trenza y después afloja los dedos al notar que me ha hecho daño.
Me pongo en pie. La trenza inacabada se desliza por mi espalda y Beathag tiene que sujetarla para que no se deshaga.
—Mañana enviaremos hombres a buscarlo.
—Enviarás a los de Broen —corrige—. Los hombres que aún añoran a Sorley podrían encontrar al muchacho y regresarnos únicamente sus condolencias.
La observo a través del espejo de cobre. Su rostro redondo parece ocupado con mi cabello, pero sus ojos continúan fijos en los míos.
—Crees que quien mató a Sorley pretendía que me condenaran.
—Creo que eligió el veneno que tú habías preparado, se aseguró de que llegara hasta su copa y dejó que el consejo hiciera el resto. Dos muertes por el trabajo de una. Quien organizó esto estaba seguro de que el clan se quedaría sin heredero.
La conclusión se instala en la habitación junto con el chasquido de la turba. Conmigo encerrada o ahorcada, el asiento habría quedado en manos de los hombres capaces de dominar el consejo. Un vacío creado a propósito para que alguien lo llenara.
—No contaba con Broen —murmuro.
—Nadie contaba con que regresara. Ni siquiera Broen, a juzgar por la cara que traía.
Vuelvo a sentarme para que termine de recoger los mechones sueltos.
—Sorley lo hizo llamar. Necesitaba algo de él antes de morir.
—Quizá deseaba disculparse.
La miro en el espejo.
—Intenta algo que no requiera un golpe en la cabeza.
—Podría haber querido otra partida de fidchell . Llevaba veinte años inventando una regla que le permitiera ganar la última.
Una risa breve me afloja el pecho. Recuerdo el tablero volando contra el muro, las piezas de hueso bajo la mesa y a Broen, con dieciocho años, recogiendo las suyas sin molestarse en discutir.
—También pudo ofrecerle una boda —sugiero—. Una alianza con los MacAulay o los MacLeod.
—Broen habría cruzado el Minch a nado hacia el lado contrario para evitarla. Aunque eso explicaría la urgencia de Sorley por verlo.
—O necesitaba que renunciara por escrito a cualquier derecho sobre Lewis.
Las manos de Beathag se aquietan.
—También pudo haber descubierto que alguien quería matarlo. Cuando Sorley temía por su vida, buscaba una espada. Y tu cuñado tiene el aspecto de haber venido al mundo sosteniendo una.
La imagen de Broen en Arnol regresa con una claridad inoportuna: desnudo junto al fuego, el cuerpo recorrido por cicatrices, la fuerza de sus músculos.
Beathag me aparta la camisa del hombro. Sus ojos se detienen en una marca oscura junto a mi clavícula.
—Ya que hablamos de espadas —prosigue—, ¿está siendo diligente con ese favorcillo del que depende nuestro futuro?
Le retiro la tela de los dedos.
—¿Pretendes anotarlo?
—Pretendo saber si debo preocuparme por un clan sin heredero. Aunque esa marca sugiere que Broen se está tomando la sucesión con encomiable seriedad.
Antes de que consiga contestar, el pestillo se levanta. La puerta se abre y Broen entra sin llamar.
Beathag reacciona como si nos hubiera sorprendido inclinadas sobre el cadáver de otro laird. Me sube la camisa hasta la garganta, esconde la marca con la palma y retoma la trenza con tanta precipitación que me clava el peine detrás de la oreja.
—¡Ay!
—Amén —exclama ella demasiado alto y agudo.
Todo su cuerpo de Broen se detiene con una brusquedad impropia de un hombre al que jamás he visto sorprendido.
—¿Interrumpo algo?
—No —respondemos las dos con una rapidez culpable.
—Estábamos rezando —aclara Beathag, y yo tengo que morderme el labio para contener una sonrisa—. Justo acabamos de terminar.
Durante unos segundos fingimos un gran interés por la trenza, aunque ella sostiene el peine al revés.
Beathag mira la cama abierta, después mi camisa de dormir y por último la expresión de Broen.
Comprende la situación con una rapidez indecente.
—Ahora que hemos pedido perdón por nuestros pecados, me marcho antes de que se me ocurra alguno nuevo.
Suelta mi trenza que continúa sin completar desde la nuca, recoge el peine y se pone en pie.
—No has terminado ni la mitad.
—La otra mitad necesita secarse —dictamina mientras recoge su cesta—. Es importante no apresurar ciertos procesos.
Broen se aparta de la puerta para dejarla pasar. Beathag evita mirarme mientras cruza junto a él, aunque veo la sonrisa que intenta esconder.
—Creo que ya puedo dejar de preocuparme por la diligencia —murmura.
Sale antes de que él encuentre una respuesta apropiada. La puerta se cierra con un golpe suave y sus pasos se alejan por el corredor con una rapidez que delata cuánto aprecia conservar el puesto, la lengua y la cabeza.
Broen desliza la barra en su sitio.
El sonido de la madera al encajar dentro de los soportes altera el aire de la alcoba.
—Pensaba que no vendrías esta noche —digo.
Se vuelve despacio. La luz alcanza el cabello húmedo y la línea dura de la boca.
Lleva ropa limpia, aunque se ha vestido con descuido. La camisa permanece abierta en el cuello y el tartán está sujeto por una fíbula colocada más abajo de lo habitual.
Parece un hombre que ha intentado acostarse, ha descubierto que no podía y ha perdido la paciencia mientras volvía a vestirse.
—Apenas hace unas horas que regresamos de Arnol —prosigo—. Creí que darías el día por bien aprovechado.
Broen se quita el broche que sujeta el tartán al hombro. Lo deja sobre el arcón con tanto cuidado que el gesto resulta más revelador que cualquier prisa.
—También yo lo creía.
Espero algo más. Una razón práctica, aunque tenga que inventarla delante de mí.
Broen acorta la distancia, pero se detiene antes de tocarme.
—No ha bastado.
La admisión me alcanza debajo del vientre. Alargo la mano y engancho los dedos en el lino.
Él lo toma como mi respuesta.
Me pone en pie de un tirón y me sujeta la nuca antes de que consiga guardar el equilibrio.
Su boca cae sobre la mía sin tanteos ni esa cautela furiosa que lo dominó en Arnol.
Ya sabe cómo me gusta recibirlo. Inclina mi cabeza, separa mis labios con los suyos y hunde la lengua hasta arrancarme el primer sonido.
Me estrecha contra su pecho mientras una mano recorre mi espalda, baja hasta mis nalgas y me obliga a sentir la erección levantada bajo el tartán.
Mi cuerpo la reconoce con una contracción inmediata.
Broen se aparta únicamente para agarrar el borde de mi camisa.
La prenda sube por mis muslos y mi vientre.
Levanto los brazos y él termina de arrancármela por la cabeza.
El cuello se enreda en la trenza inacabada, tira de mi cabello y deshace el trabajo de Beathag hasta dejarlo extendido sobre los hombros.
La tela aún no ha alcanzado el suelo cuando vuelve a besarme.
Esta vez me alza. Rodeo sus caderas con las piernas y la lana áspera frota mi sexo desnudo. Se me escapa un gemido.
Su boca roza mi mandíbula. Percibo el principio de una sonrisa que jamás llega a formarse.
Me deposita sobre el colchón y se aparta lo imprescindible para soltar el cinturón. El tartán resbala por sus caderas y queda abandonado junto a la cama.
Broen me sujeta por los tobillos, me arrastra hasta el borde del colchón y abre mis piernas con las caderas. Su miembro golpea contra el vientre. Coloca una mano bajo mi rodilla y la eleva hasta apoyarla en su hombro.
La postura me deja expuesta ante él, con una pierna extendida alrededor de su cintura y la otra recogida contra mi pecho.
Frota la cabeza gruesa de arriba abajo entre mis pliegues hasta alcanzar mi entrada y se detiene allí.
Mi cuerpo se abre en torno al primer empuje, todavía sensible por todo cuanto ocurrió esta tarde.
El grosor produce un ardor breve que se transforma a medida que avanza, llenándome con una lentitud que parece costarle más que cualquier brusquedad.
Sus dedos se hunden en mi muslo.
—Creía que…
Sus labios se detienen a un suspiro de los míos.
—Cállate, Caitlin —dice con una aspereza que no consigue ocultar nada.
Y vuelve a besarme antes de que pueda volver a poner en duda lo que está ocurriendo entre nosotros.
La última parte entra con un empuje profundo. Su respiración se rompe contra mi boca. Permanece inmóvil dentro de mí, con el cuerpo tenso y la frente apoyada en la mía, concediéndome tiempo pese a haber llegado a esta alcoba sin ninguno para sí mismo.
Después empieza a moverse.
Y esta vez ninguno de los dos puede esconderse detrás de nada.