Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 11 #3
35%

Capítulo 11 #3

Desciende una mano entre mis piernas. Dos dedos se hunden dentro de mí y se curvan, haciendo que mis caderas se eleven buscándolo. Broen observa mi rostro mientras entra y sale, extendiendo la humedad con el pulgar sobre los labios.

—Abre los ojos —exige cuando mis párpados empiezan a cerrarse.

Lo hago.

La orden le cuesta una respiración. Sigue moviendo los dedos, despacio al principio, más rápido cuando los movimientos de mi cuerpo se descontrolan. Cada presión del pulgar provoca una contracción que él percibe desde dentro.

Retira la mano antes de que alcance el final.

La protesta muere cuando agarra su miembro y frota el glande entre mis pliegues. Lo desliza sobre el nudo de mi sexo, baja hasta la entrada y vuelve a subir. Su humedad se mezcla con la mía y deja la cabeza brillante.

—Broen —digo, hundiendo los dedos en la manta.

Él se coloca en mi abertura.

—Abre más las piernas.

Subo una rodilla y la llevo hacia el pecho. Su mano la sostiene mientras avanza. La cabeza gruesa me dilata, el tronco entra despacio durante los primeros centímetros y se detiene cuando mi cuerpo se tensa alrededor de él.

Sus músculos tiemblan bajo mis manos.

Broen podría mantener el control. Lo veo en la mandíbula apretada y en la respiración que contiene mientras me concede tiempo para recibirlo.

Le clavo los talones en las nalgas.

—Ahora no se te ocurra recuperar el juicio.

—Llegas tarde —gruñe.

Se hunde de una sola embestida.

El miembro me llena hasta el fondo. La penetración eleva mis caderas de la manta y arranca un gemido de ambos. Broen permanece inmóvil dentro de mí, con los ojos cerrados y la frente inclinada sobre la mía. Su sexo palpita, grueso y vivo, rodeado por cada contracción involuntaria.

Cuando vuelve a mirarme, la rigidez ha desaparecido de sus facciones.

La reemplaza un deseo crudo.

Me besa de nuevo.

La primera embestida llega al mismo tiempo que su lengua. Sale casi por completo y vuelve a entrar con fuerza. El borde de la tarima cruje bajo sus rodillas. Repite el movimiento, más duro, mientras mantiene mi boca abierta bajo la suya.

Nunca me había poseído así.

Las otras noches fijaba el ritmo desde la distancia. Me sujetaba, me colocaba y contemplaba aquello que conseguía hacerle a mi cuerpo sin concederme más. Ahora cada impulso termina con su pecho contra el mío, su aliento mezclado con el mío y sus labios robándome el sonido que provoca.

Broen abandona mi boca para respirar.

Le rodeo el cuello y vuelvo a atraerlo para besarlo.

Eso lo enloquece.

Su mano atrapa mis muñecas y las inmoviliza sobre mi cabeza. Con la otra, sostiene mi muslo abierto contra su costado. La posición modifica el ángulo y su miembro golpea un lugar más profundo en cada entrada.

El vello de su pubis raspa con cada embestida ese punto sensible en lo alto de mi sexo y sus testículos chocan contra mí con un ritmo húmedo y cada vez menos regular.

La tarima se estremece.

El temporal golpea los muros. La barra de la puerta vibra con una ráfaga, las llamas se agitan y el agua gotea desde nuestra ropa tendida. Todo queda lejos bajo el sonido de su respiración, el impacto de nuestros cuerpos y el gemido que Broen me arranca con cada embestida.

Intento liberar las manos.

Sus dedos se cierran más.

—No —ordena contra mi boca.

El tono bastaría para mantenerme quieta, pero es la forma en que me mira lo que consigue que obedezca. Deseo y furia se mezclan en sus facciones.

Me penetra con una violencia que ya no busca demostrar nada. Ha dejado atrás el acuerdo, la promesa y el recuerdo de Sorley. En este momento solo existe el hombre que lleva años negándose mi boca y parece dispuesto a castigar esos años contra mis caderas.

Elevo la pelvis para recibirlo.

La respuesta desgarra otro sonido de su garganta. Libera mis muñecas, me agarra por debajo de las nalgas y me arrastra hacia él en cada embestida.

Su fuerza me hace resbalar sobre la manta. Mis pechos se agitan, el placer se concentra entre mis piernas y la presión asciende por el vientre hasta volverme incapaz de contener los gemidos.

Le araño la espalda.

Broen hunde la boca en mi cuello y me muerde. El dolor breve se disuelve bajo el siguiente golpe de su pubis contra ese lugar donde se concentra todo el placer.

—Otra vez —exige.

Clavo las uñas con más fuerza.

Su cuerpo responde con una embestida brutal. Después otra. La cabeza de su miembro alcanza el fondo, se retira y vuelve a golpearlo antes de que consiga respirar. Mis músculos empiezan a cerrarse alrededor de él.

Broen lo nota.

Levanta el rostro y me sujeta la mandíbula.

—Quiero ver cómo te deshaces, Caitlin. Sin que puedas esconderte.

La voz se quiebra sobre mi nombre.

El placer me alcanza con sus ojos prendidos de los míos.

Mi cuerpo se arquea y las contracciones empiezan en lo más profundo, rápidas y firmes, apretando su miembro una y otra vez.

Cada embestida entra en mitad de una de ellas y prolonga el espasmo hasta que dejo de distinguir dónde termina un impulso y empieza el siguiente.

El grito me abre la boca.

Él mantiene los dedos alrededor de mi mandíbula y contempla cómo el placer me desordena el rostro, cómo cierro los ojos durante un instante y vuelvo a abrirlos porque su mano no me permite apartarme.

Sus caderas pierden regularidad. Los movimientos se acortan y se vuelven más duros. La tensión le marca el cuello.

El miembro se endurece todavía más dentro de mí y una sacudida atraviesa los músculos de su abdomen. Broen se hunde hasta la base con un gemido ronco. Siento las pulsaciones de su sexo y el calor de su semen derramándose en lo más profundo.

Su mano abandona mi mandíbula y se hunde en mi cabello.

Permanece sobre mí, todavía dentro, respirando contra mi boca. El temblor que recorre sus hombros traiciona cuanto su rostro intenta recomponer. Apoyo las manos en su espalda y noto cómo cada músculo cede poco a poco bajo las palmas.

Durante unos instantes, ninguno habla.

Espero a que se aparte, que recupere la manta y levante de nuevo todos los muros que acaba de derribar.

En cambio, levanta la cabeza y vuelve a besarme.

Esta vez su boca avanza despacio. Saborea mi labio inferior, lo calma con la lengua donde antes lo mordió y prolonga el contacto sin la urgencia del deseo ni la furia.

Ese beso me estremece más que todos los anteriores.

Porque la pérdida de control ha terminado.

Y Broen todavía no quiere apartar la boca de la mía.