Capítulo 11 #2
—Has dicho que no quieres el asiento de Sorley, sus tierras ni nada de cuanto dejó. Me ha parecido prudente comprobar dónde pensabas colocarme.
Broen se aparta del hogar y da un paso hacia mí. La luz prende brevemente en el ojo herido y le obliga a entrecerrarlo.
—Deja de utilizar mis palabras contra mí —advierte.
—Procura entregármelas con menos bordes.
—Sigues sin contestarme —insiste—. ¿Te alegra que vaya a marcharme?
La pregunta resulta tan impropia de él que tarda en adquirir sentido.
Broen ha regresado para averiguar qué pretendía Sorley, ha aceptado darme un hijo y se ha sentado delante de un consejo que habría preferido verme encerrada.
Ha llevado grano a Arnol, ordenado reparar una barca y colocado hombres en las murallas para impedir cualquier flanco débil frente a los demás clanes, pero jamás me ha permitido confundir ninguna de esas acciones con afecto hacia mí.
Tampoco necesito hacerlo para comprender su valor.
—No me alegra —respondo—. Sin embargo, mi opinión no cambiará tu decisión.
La respuesta consigue irritarlo más que cualquier reproche. Lo veo en los dedos que aprieta contra la madera y en el movimiento seco con que vuelve la cabeza hacia el fuego.
—Sorley te acostumbró a esperar poco —murmura.
—Sorley me acostumbró a desconfiar de cuanto decía o hacía. Contigo no tengo ese problema. Entras cuando el castillo duerme, evitas mi boca, haces cuanto hemos acordado y te marchas. Yo no te pido explicaciones y tú no tienes que ofrecerlas. Ha funcionado sin necesidad de engañarnos.
El pecho de Broen se ensancha con una respiración profunda. La manta amenaza con abrirse sobre uno de sus muslos, aunque él ni siquiera parece advertirlo.
—También te hice disfrutar —dice.
—Me has colocado, sujetado y abierto las piernas —respondo—. No es lo mismo. No confundas eficacia con intimidad, Broen. Sorley fue muy eficaz consiguiendo que lo temiera y jamás cometí el error de creer que eso significaba que lo respetaba.
Durante un instante creo que no va a responder. La expresión se le vacía de todo cuanto podría ayudarme a comprenderlo, pero los dedos continúan apretados contra la madera y una vena comienza a latirle junto a la sien.
—No vuelvas a compararme con él.
La voz apenas se eleva sobre el temporal.
—No lo he hecho.
—Acabas de utilizar su nombre para explicarme qué significaron mis manos sobre ti.
No aparta los ojos de mí. Da un paso, se detiene junto al fuego y flexiona una vez la mano que mantenía cerrada, como si aún pudiera decidir quedarse allí. La distancia entre ambos parece irritarlo tanto como mis palabras.
—Que mi cuerpo respondiera no convierte lo ocurrido en intimidad —continúo—. Tú cumpliste tu parte del acuerdo. Lo demás sucedió a pesar de los dos.
La última frase le cambia la expresión.
Durante un instante permanece al otro lado del fuego, mirándome como si acabara de negarle algo que él tampoco sabía que consideraba suyo.
—¿A pesar de mí?
No hay rabia en la pregunta. Eso habría resultado más sencillo. Hay una duda breve, desnuda, que desaparece casi antes de que consiga reconocerla.
Antes de darme cuenta ya está a mi lado.
Mi respiración cambia.
La suya también.
—Sorley te enseñó a esconderte detrás de las palabras —dice—. Pero algunas cosas no son tan fáciles de esconder.
—¿A qué te refieres? —pregunto.
Su mano prende los bordes de mi manta y los separa. La lana se abre desde mis pechos hasta los tobillos y cae al suelo.
El calor del hogar apenas alcanza a mitigar el aire que roza mi piel, pero el frío deja de importarme cuando Broen baja los ojos.
Recorre los pezones endurecidos, el vientre, el vello del pubis y el espacio entre mis muslos.
Nada se mueve en su rostro. La quietud vuelve más evidente el hambre con que me contempla.
Hasta ahora solo me había descubierto por partes. Una falda levantada. Una camisa abierta. Las piernas separadas en la oscuridad para cumplir un acuerdo con el que no se permitía mirarme entera.
Ahora no aparta los ojos.
—Broen… —empiezo.
Su mano desciende por mi abdomen.
El contacto me contrae el vientre. Sus dedos atraviesan el vello y uno de ellos se introduce entre los pliegues de mi sexo.
Traza una línea lenta desde el punto sensible donde se concentran tantas sensaciones hasta mi entrada, ejerce una presión breve y vuelve a subir.
El gemido escapa antes de que pueda cerrar la boca. Mis rodillas pierden firmeza y me agarro a su hombro cuando el placer que nace bajo sus dedos me tensa desde el sexo hasta el vientre.
Broen no aparta los ojos de mi rostro.
Repite el recorrido. Esta vez abre la carne con dos dedos y desliza uno hasta mi entrada. Apenas empuja la yema dentro de mí. La retira enseguida y levanta la mano entre ambos. La humedad brilla sobre su dedo bajo la luz anaranjada.
—A esto me refiero —responde con voz áspera—. Tu lengua puede escoger las palabras. El resto de ti tiene menos disciplina.
Observo el rastro transparente que cubre su piel y después la manta abultada sobre sus caderas.
—El tuyo tampoco parece dispuesto a obedecer.
Broen baja la mirada hacia la manta levantada sobre sus caderas. Durante dos noches ha tratado esa parte de sí mismo como una herramienta.
—Bien —dice—. Dejemos de fingir.
La mano húmeda abandona mi sexo y se cierra en mi nuca. Me atrae hacia él con tanta rapidez que apenas alcanzo a apoyar las palmas sobre su pecho antes de que su boca golpee la mía con tanta fuerza que nuestros dientes chocan.
Su lengua entra antes de que consiga respirar, húmeda, firme, invadiéndome la boca.
Retrocedo un paso bajo el empuje. Mi espalda encuentra la pared y Broen llega conmigo.
Todo él. El pecho contra mis pechos desnudos, una rodilla entre las mías y la erección aprisionada bajo la manta, dura contra mi vientre.
La mano de mi nuca me mantiene donde quiere mientras la otra agarra mi cadera y me levanta lo suficiente para encajarme mejor contra su cuerpo.
No me concede tiempo para comprender que por fin me está besando.
Me obliga a levantar el rostro mientras devora cada intento de respirar. Inclina la cabeza, abre más mi boca con la suya y profundiza el beso hasta que apenas puedo seguirlo.
Su lengua empuja la mía, la obliga a retirarse y recorre mi boca como si quisiera apropiarse de cada lugar que se había negado a tocar.
Roza la cara interior de mis dientes, alcanza el paladar y vuelve a hundirse sobre mi lengua.
El beso es húmedo y torpe por la prisa. Nuestra saliva se mezcla, se acumula en las comisuras y la respiración que intento tomar termina dentro de su boca.
Lo beso de vuelta.
No sé en qué momento mis manos llegan a su rostro. Le sujeto la mandíbula, le acaricio una cicatriz con el pulgar y hundo los dedos en el cabello húmedo.
Broen emite un sonido grave contra mi boca.
Después la mano en mi espalda baja hasta mi trasero y me aplasta contra él. La dureza bajo la manta se mueve sobre mi vientre en una embestida breve, demasiado instintiva para fingir que ha sido deliberada. Broen gruñe y vuelve a besarme.
La violencia inicial comienza a transformarse sin perder intensidad.
Ya no parece empeñado únicamente en entrar.
Ahora se demora. Prueba mi boca con la lengua, succiona mi labio superior y muerde el inferior antes de arrastrarlo entre los suyos.
Cada vez que se aparta un poco para respirar, regresa por un ángulo distinto, como si diecisiete años le hubieran dejado demasiadas formas de besarme y pretendiera utilizarlas todas.
Se arranca la manta de la cintura. La tela cae junto a mis pies y su miembro se libera entre nuestros cuerpos, completamente erecto. La cabeza oscura, hinchada y húmeda roza mi vientre cuando me sostiene contra la pared sin abandonar mi boca.
Deslizo una mano entre ambos.
Mis dedos no consiguen rodear el grosor. Su sexo está caliente, duro desde la base hasta el glande. Paso el pulgar por la humedad acumulada en la cabeza y noto cómo todo su cuerpo se sacude.
Broen rompe el beso con una maldición ahogada.
—No vuelvas a hacer eso si esperas que acabe dentro de ti —advierte, apretándome la muñeca.
Acaricio la vena con el pulgar.
—Hasta ahora te creía capaz de terminar cualquier cosa de pie.
La mirada que me dirige habría hecho retroceder a un hombre armado.
Yo cierro la mano alrededor de él y la deslizo hacia la base.
Broen pierde el último vestigio de paciencia.
Me sujeta por la cintura y me alza. Mis piernas se cierran alrededor de sus caderas por puro instinto. Su miembro queda atrapado entre mi vientre y el suyo, pesado, abrasador, mientras me lleva hasta el fondo del almacén.
Extiende su manta sobre la tarima con un tirón y me coloca en el borde.
Las tablas están frías bajo la lana. Apenas llego a apoyarme en los codos antes de que sus manos separen mis rodillas. Permanece de pie entre ellas durante unos segundos, desnudo, enorme bajo la luz del fuego, contemplando mi cuerpo abierto.
La postura deja mis pechos expuestos, el vientre contraído y el sexo húmedo ante sus ojos.
Broen coloca una rodilla sobre la tarima.
—Túmbate —ordena.
Obedezco sin apartar la mirada.
Sube la otra rodilla y se inclina sobre mí. Sus labios encuentran mi cuello. Los dientes rozan el lugar donde late el pulso y descienden hasta la clavícula mientras una mano cubre mi pecho. Aprieta la carne, atrapa el pezón entre los dedos y lo hace rodar hasta que arqueo la espalda.
Su boca reemplaza la mano.
El calor húmedo de su lengua me arranca otro gemido. Succiona con fuerza, libera el pezón y hunde los dientes alrededor. Después se ocupa del otro, impaciente, respirando contra mi piel.
Le sujeto el cabello.
Broen alza la cabeza. Tiene los labios húmedos y una ferocidad en la mirada que apenas reconozco.
Su mano se cierra sobre mi muslo y lo abre más.
—Eliges este momento para comprobar hasta dónde llega mi paciencia.
—Tu paciencia lleva levantando esta manta desde que entramos.
La comisura de su boca amenaza con moverse, pero el deseo vence antes de que aparezca el humor.