Capítulo 11
«Caitlin»
C orremos hasta el almacén. La madera, hinchada por años de humedad, se resiste cuando intento levantar el pestillo. Broen deja las alforjas bajo el saliente antes de apoyar un hombro contra la puerta.
—Levántalo otra vez —me pide, sujetando el hierro con una mano.
Tiro al mismo tiempo que él empuja. La puerta cede con un crujido y una bocanada de aire seco nos alcanza desde el interior. Broen recoge las bolsas, me deja pasar primero y vuelve a cerrar antes de asegurar la entrada con una barra.
El temporal se convierte en un rugido amortiguado tras los muros. La lluvia golpea el techo de turba y dos aberturas estrechas bajo las vigas dejan entrar una claridad gris.
Al fondo hay una tarima elevada, tres toneles vacíos, varios aros de madera y un cofre sin tapa.
Los pescadores han construido un hogar cerca de la puerta. Junto a él aguardan turba seca, ramas protegidas por un cuero y dos mantas bastas dobladas sobre un banco.
—Al menos no tendremos que quemar la barca —comento mientras me aparto el cabello empapado de la cara.
Broen deja las alforjas, se arrodilla frente al hogar y busca el pedernal.
—No descartes nada —responde.
La primera chispa muere sobre la yesca. La segunda prende entre las fibras. Él protege la llama con ambas manos hasta que alcanza las ramas más finas y después añade un pedazo de turba.
Yo permanezco cerca de la puerta. El vestido pesa sobre mis hombros y el agua corre por mi espalda hasta acumularse dentro de las botas.
Broen se incorpora. Lleva el jubón abierto desde que empezó a trabajar bajo la quilla y la lluvia ha atravesado la tela. La camisa se transparenta debajo, adherida al pecho y al vientre.
El lino dibuja cada músculo y se pega al vello oscuro que desciende desde el ombligo bajo el tartán.
Sus ojos recorren mi ropa.
—Quítatela —ordena.
—Llevamos dentro menos de un minuto —observo, frotándome los brazos—. Empiezas a perder tu famosa paciencia.
—La lana mojada te bajará la temperatura antes de que este fuego caliente la estancia —responde mientras toma una de las mantas—. Puedes quitártelo ahora o esperar a que el frío te entumezca los dedos y tenga que hacerlo yo.
—Qué organización tan impecable —murmuro.
—Alguien tendrá que conservar el juicio —replica.
Me entrega la manta sin rozarme y se vuelve hacia el hogar.
La ausencia de mirada me desconcierta más que la orden. Broen me ha levantado la falda, abierto las piernas y observado lugares que ninguna mujer mostraría a la luz del día. Aun así, me concede la espalda para que me desnude.
El juicio no parece una prioridad de mi cuerpo cuando llevo los dedos a los cordones. El agua los ha hinchado y el primer nudo se resiste. Tiro con las uñas hasta aflojarlo, deshago el siguiente y empujo el vestido por los hombros.
La tela cae con dificultad. La camisa interior se ha pegado a mi piel desde los pechos hasta los muslos y se levanta con la falda antes de que consiga separar ambas prendas.
Broen no se vuelve. Lo sé porque observo su espalda mientras lucho con una manga y me pregunto qué parte de su quietud nace de la cortesía y cuál del esfuerzo.
Dejo el vestido junto al banco y me saco las botas. Después envuelvo la manta alrededor del cuerpo.
—Ya puedes mover los ojos —digo.
Broen vuelve la cabeza.
La manta me cubre desde los pechos hasta los tobillos. Debajo conservo la camisa empapada, adherida a cada curva. Su mirada se detiene en el lino transparente sobre mi pecho.
—Te he dicho que te quites la ropa mojada —dice.
—La camisa también preserva mi virtud —señalo.
—Tu virtud sobrevivirá debajo de una manta —replica.
Sostiene mi mirada hasta que introduzco una mano bajo la lana y tiro de la camisa. La tela se atasca en las caderas y tengo que abrir la manta para liberarla y durante un instante el aire alcanza mi cuerpo desnudo.
Los ojos de Broen bajan por él.
Sus ojos continúan allí cuando vuelvo a cerrarme la lana. La serenidad permanece en su rostro, pero el pecho se le eleva con una respiración más profunda.
Le tiendo la camisa mojada.
—Ya está —digo.
La toma y la deja extendida cerca del fuego. Después se quita las botas, abre su cinturón y empieza a desenrollar la tela de su cintura.
No me pide que me vuelva.
Tampoco lo hago.
El tartán cae sobre el banco con un peso húmedo. Broen se queda con la camisa pegada a los muslos y las piernas desnudas, firmes, con los músculos desplazándose bajo la piel cuando cambia el peso de un pie al otro.
Se lleva una mano a la nuca y tira del lino por encima de la cabeza.
Cuando se libera de la camisa, la verdadera dimensión de su cuerpo aparece entera.
Los hombros son enormes, casi cuadrados, y el cuello grueso se une a ellos mediante músculos que continúan hasta la espalda.
Sus brazos descansan a ambos lados del torso y aun así los bíceps conservan el volumen de una tensión permanente.
El pecho, ancho, cubierto por una capa oscura de pelo y formado por dos músculos gruesos, se tensa con el movimiento. El vientre es plano y duro.
Algunas cicatrices pálidas interrumpen la piel, pero apenas consiguen restarle atención al tamaño del hombre que las lleva.
Broen parece hecho de bloques pesados, ensamblados para resistir golpes y devolverlos con mayor fuerza.
Su sexo cuelga pesado entre las piernas, grueso incluso sin estar completamente erecto. El vello oscuro se concentra alrededor de la base y baja sobre los testículos, grandes y pesados entre sus muslos. La punta asoma bajo el pliegue de piel y una vena pronunciada recorre el tronco.
Mientras lo observo, empieza a endurecerse.
No ocurre de golpe. Primero aumenta el grosor. Después el miembro se separa de los testículos y comienza a elevarse hacia el vientre, lento y evidente.
No había comprendido bien cuánto espacio ocupa hasta tenerlo delante sin ropa que contenga ninguna parte de él.
Permanece quieto. No intenta cubrirse ni aparta el cuerpo. Se limita a dejar que lo mire.
La falta de vergüenza habría resultado arrogante en otro hombre. En él parece una forma de obligarme a aceptar que mi mirada tiene consecuencias.
Arroja la camisa junto a la mía.
Las nalgas se tensan al agacharse para recoger la segunda manta.
—El fuego tampoco te calentará desde ahí —dice al fin.
La aspereza de su voz me devuelve los ojos a su rostro.
—Estoy comprobando si los años han exagerado algo más aparte de tu mal carácter —respondo.
Broen envuelve la manta alrededor de sus caderas sin contestar.
Se acerca al hogar para tender su tartán. Mantiene la expresión severa y toda su atención parece concentrada en la ropa mojada, como si mi opinión tuviera la misma importancia que el estado de la turba.
—El carácter ha empeorado —concluyo.
—Al menos los años no han exagerado todo —replica.
Broen extiende la camisa sobre uno de los aros de madera. Después toma mi vestido del banco y lo coloca cerca del fuego, cuidando de que la falda no roce las llamas.
Sus manos realizan cada gesto con una precisión excesiva. Evita mirar la manta que me cubre, la humedad de mi cabello y la camisa que acaba de quitarme.
El control de Broen siempre se reconoce mejor por aquello que se obliga a ignorar.
Me acerco al hogar. Las plantas de mis pies agradecen el calor de las piedras, aunque el resto del cuerpo continúa frío bajo la lana áspera. Él mueve un poco mi vestido para dejar sitio a la segunda camisa.
—¿Y si descubres qué quería Sorley antes de que yo me quede embarazada? —pregunto.
Sus manos se detienen sobre la tela.
—Cumpliré el acuerdo —responde sin mirarme.
—Nunca he dudado de que lo harías.
Broen termina de extender la camisa sobre uno de los aros y se incorpora.
El almacén pierde espacio en cuanto despliega los hombros.
La manta le rodea las caderas, demasiado baja para ocultar la línea de vello que desciende por el vientre y demasiado fina para disimular la erección que levanta la lana.
No existe un lugar decoroso donde apoyar los ojos. Por encima tengo un pecho capaz de hacer parecer estrecha una puerta. Por debajo, una parte de él empeñada en señalarme con bastante menos discreción.
—Entonces, ¿qué quieres saber? —dice.
—Si encontrar la respuesta cambiará algo.
—Nada.
La palabra cae con la firmeza de una puerta cerrada. Acerco las manos al fuego y observo cómo el agua se acumula en las puntas de mi cabello antes de gotear sobre las piedras.
—Seguirás entrando en mi alcoba hasta que haya un hijo —concluyo—. Después regresarás con los MacNeish.
—Te dije que no quiero la silla de Sorley ni sus tierras —responde con la misma calma—. Cuando averigüe por qué me hizo llamar y tú estés a salvo, volveré con los MacNeish.
Asiento. Su respuesta coincide con cuanto me ha dicho desde que volvió y con cada una de sus marchas antes del amanecer. No hay engaño en Broen. Tampoco dulcifica aquello que sabe desagradable para facilitarse la conciencia.
—Bien —digo.
La manta cruje cuando cambia el peso de una pierna a la otra.
—¿Bien?
Levanto los ojos hacia él.
—¿Preferías que discutiera?
—Esperaba algo más que una palabra.
—Tendrás que ayudarme. Sueles dejar muy poco espacio alrededor de las tuyas.
Broen apoya una mano en el borde del hogar. Los dedos se abren sobre la piedra, largos y fuertes.
—Has querido saber si me iré —señala.
—He preguntado si pensabas hacerlo antes de cumplir tu palabra. Ya conozco la respuesta.
—Y saber que me marcharé después parece tranquilizarte.
Su tono continúa siendo llano, pero contiene un reproche que me obliga a mirarlo con mayor atención. El fuego proyecta sombras sobre las cicatrices de su pecho. La mandíbula permanece tensa y el verde de sus ojos se ha oscurecido.
—Me tranquiliza saber a qué atenerme —aclaro—. De ti dependen bastantes cosas en este momento. Mi seguridad, los hombres del castillo, la obediencia de las aldeas y una parte especialmente comprometida de esta mentira. Agradezco que al menos tus intenciones sean claras.
—Hablas de mí como si estuvieras haciendo un inventario.