Capítulo 10 #2
Busca entre las maderas apiladas junto al almacén y escoge un fragmento de remo bastante largo para utilizarlo como palanca.
—Sorley dijo que te había entregado plata y un caballo antes de que te marcharas —le recuerdo.
Broen coloca una piedra bajo el remo. La sombra que le cruza la boca carece de humor.
—Me entregó una montura coja, un pedernal y un queso capaz de partirle el cráneo a un hombre —dice.
—Tal vez temía que la riqueza te corrompiera —comento.
—El queso estuvo más cerca de matarme —responde.
La risa se me escapa. Broen intenta mantener la boca seria, pero acaba riéndose también, por lo bajo.
Me quedo mirándolo más de la cuenta. La sonrisa le relaja la mandíbula y borra durante un instante la severidad que se ha instalado en su rostro desde que regresó.
Había olvidado cuánto se parece entonces al muchacho que conocí y cuánto me gustaba ser yo quien conseguía hacerlo reír.
Broen vuelve a encontrarme mirándolo. La sonrisa no desaparece enseguida, aunque es él quien acaba apartando la vista. Encaja la palanca bajo la quilla, como si la madera exigiera de pronto toda su atención, y flexiona las piernas. La camisa se estira sobre la espalda al cargar el peso.
—Sujeta el otro extremo —me indica—. Cuando levante, empuja despacio.
Rodeo la popa y cierro las manos alrededor de la madera. Broen comprueba el apoyo de los troncos antes de hacer fuerza. El casco se alza unos dedos con un crujido. Sus brazos se endurecen, las venas sobresalen bajo la piel y el lino se pega al surco de la columna.
—Más —dice entre dientes.
Empujo. La madera asciende otro poco y deja a la vista la parte inferior de la quilla. Una llovizna fina comienza a motejar la arena. Las primeras gotas oscurecen la camisa de Broen entre los omóplatos.
—El tronco de popa gira hacia tu lado —le advierto al ver que el apoyo cede.
Él reduce la presión de inmediato.
—Pon esa cuña delante. Con el pie, Caitlin. Mantén las manos lejos del casco.
Desplazo el trozo de madera hasta encajarlo contra el tronco. Broen espera a que retroceda antes de volver a levantar.
—Sorley decía que dabas órdenes incluso cuando erais niños —comento mientras el agua oscurece poco a poco mi vestido—. Le irritaba mucho.
—A Sorley le irritaba que respirase sin pedirle permiso.
—A Sorley le molestaba que supieras mandar mejor que él —digo, resistiéndome a bajar la mirada—. También que fueras más alto, más fuerte y más capaz. Fue una suerte para él que nacieras cuarenta y tres minutos después.
Broen alza el rostro.
—¿Recuerdas cuánto tiempo fue? —pregunta.
—Tu hermano lo mencionaba con frecuencia —respondo—. Cuarenta y tres minutos decidieron quién heredaba la silla, quién recibía maestros y quién debía agradecer su magnanimidad.
—Nunca agradecí eso —dice.
—Esa falta de lealtad debió de confirmar todas sus sospechas —comento.
Algo cambia junto a su boca. Dura poco, pero lo veo. Broen vuelve a concentrarse en el casco y termina de examinar la madera antes de bajar la barca sobre los troncos.
La lluvia ya ha clareado mi camisa desde los hombros hasta el pecho. Un mechón mojado se adhiere a mi mejilla. Lo aparto mientras él cambia la palanca de posición.
—Quédate junto a la lona —dice Broen mientras vuelve a encajarla bajo el casco.
Me agacho para recoger el extremo que he soltado, pero él lo sujeta antes que yo.
—Puedo seguir ayudándote.
—Ya no hace falta —responde sin levantar la vista de la madera.
Permanece inclinado sobre la barca, con los dedos apretados alrededor del remo y los hombros más rígidos que cuando sostenía el peso.
—Hace un momento necesitabas que empujara —le recuerdo.
Broen tarda en mirarme. Sus ojos descienden hasta el lugar donde el vestido continúa adherido a mis pechos y regresan despacio a mi rostro.
—Hace un momento conseguía pensar en la barca —responde.
El agua me resbala desde el cabello hasta la garganta. Una gota se introduce bajo el escote y la mirada de Broen la sigue antes de que pueda impedirlo. La mandíbula se le endurece.
—Creía que los Cuervos os entrenabais para conservar la cabeza en situaciones difíciles.
Broen deja el remo en el suelo. Se incorpora hasta desplegar toda su altura frente a mí.
—Nos entrenamos para reconocerlas —responde.
—¿Y yo soy una situación difícil?
—Estoy intentando terminar de examinar una barca para no tumbarte sobre ella. Saca tus propias conclusiones.
La crudeza de la frase me corta la respiración. Él tampoco parece complacido con haberla pronunciado. Recoge el remo con brusquedad contenida y vuelve a agacharse.
—Junto a la lona, Caitlin.
Esta vez obedezco.
Retrocedo hasta la lona. Él espera a que me aparte antes de volver a cargar el peso sobre el remo. Esta vez se tumba de costado para examinar la parte inferior del casco. La camisa asciende por su espalda y descubre una franja de piel sobre el tartán.
La noche anterior tendría que haber satisfecho mi curiosidad. Consiguió empeorarla.
Broen ha entrado en mí, me ha hecho temblar sobre su cuerpo y me ha observado mientras perdía el control, pero continúa existiendo una distancia absurda entre ambos.
La ropa nunca terminó de desaparecer. Sus manos sujetaron, separaron, apretaron y dirigieron.
Las mías se aferraron a él para resistir cada embestida.
Ninguno se concedió el tiempo de conocer el cuerpo que estaba utilizando.
Él vuelve el rostro.
Me encuentra mirándolo otra vez.
Broen guarda silencio. La mano se cierra con más fuerza sobre la palanca y su respiración queda suspendida durante un instante.
—La quilla está sana —informa mientras se incorpora—. Habrá que sustituir dos tablones, reforzar el de popa y cambiar varios remaches. Con eso puede volver al agua en dos días.
El trueno retumba al otro lado del saliente.
Él sale de debajo de la barca y mira hacia el mar. La lluvia ha borrado la línea del horizonte. Una franja blanca avanza sobre el agua y el viento comienza a arrojar espuma por encima de las rocas.
—Cubramos la barca —ordena mientras recoge su casaca—. Tenemos que entrar al refugio.
—El sendero aún estará transitable —digo, aunque las piedras que ruedan ladera abajo desmienten mis palabras.
Broen señala la ladera. El agua desciende ya por el cauce estrecho que cruza el camino de regreso y arrastra grava hacia el borde del acantilado.
—El barranco se llenará antes de que lleguemos al paso. Si uno de los caballos pierde pie allí, la caída termina en el mar.
La lluvia arrecia con una rapidez que vuelve innecesaria cualquier discusión.
Entre los dos extendemos la lona sobre el casco y la aseguramos con piedras.
Broen corre hacia las monturas, retira las sillas y conduce a los animales hasta la parte más profunda del abrigo.
Alarga las riendas para que puedan bajar la cabeza, comprueba los nudos y coloca las mantas sobre sus lomos.
—El temporal puede durar horas —le advierto al ver cómo el agua se derrama desde el saliente.
Broen recoge las alforjas y echa una mirada a la puerta.
—Entonces esperaremos horas.