Capítulo 10
«Caitlin»
— E òghan MacAulay no pasó por Arnol para averiguar si sigo siendo hermosa. Y no preguntó si yo había matado a Sorley. No le interesa —digo cuando el sendero comienza a descender hacia la cala.
Broen cabalga unos pasos por delante. La pendiente obliga a los caballos a buscar apoyo entre las piedras y él no se vuelve, aunque inclina la cabeza de esa forma apenas perceptible que indica que me escucha.
—Preguntó cuántos hombres permanecían en el castillo, quién vigilaba la costa y quién daba las órdenes desde la muerte de mi marido —continúo—. La inocencia de una viuda parece preocuparle menos que el número de espadas dispuestas a conservarla.
Las nubes avanzan desde el oeste y apagan el brillo del mar. La claridad gris, vuelve más severo el perfil de Broen. Su mano izquierda sostiene las riendas; la derecha descansa sobre el muslo, muy cerca de la empuñadura de la espada.
—Quiere saber cuánto costaría sacarte de Dùn Mhoireasdan —responde al fin.
Mi yegua escoge ese momento para ladearse ante una piedra. La devuelvo al centro del sendero con una ligera presión de la rodilla.
—Ellos sí lo llamarán protección.
—Un cerrojo no cambia por el nombre que le den.
La brusquedad de la frase me hace mirarlo.
—Si los MacAulay quisieran juzgarme, habrían enviado un emisario al consejo —razono mientras mi yegua salva un escalón de roca—.
Han empezado por las aldeas porque necesitan averiguar qué encontrarían antes de presentar una exigencia.
Una mujer acusada de matar a su laird les ofrece un pretexto.
Una mujer embarazada les entrega algo mejor.
Broen tira de las riendas al llegar a una curva y espera a que me sitúe a su altura.
—Si te declara esposa suya, el hijo de Sorley crecerá entre los MacAulay —dice, mirándome—. Domhnall no tendrá que tomar Dùn Mhoireasdan. Le bastará con esperar a que el muchacho herede y enseñarle quién merece su gratitud.
—Suponiendo que sea un muchacho —puntualizo.
La mirada de Broen baja un instante hacia mi vientre antes de regresar a mi rostro.
—Suponiendo que exista —replica él.
Miro la costa que los MacAulay tendrían que recorrer para llegar hasta nosotros.
—También podrían decidir que su madre sufrió una desgracia antes del parto.
Su expresión permanece inmóvil. Solo cambia la mirada. El verde de sus ojos se endurece hasta adquirir el color del pasto que se acumula alrededor de nosotros.
—Para eso tendrían que llevarte.
La certeza con que lo afirma debería tranquilizarme. En cambio, despierta una inquietud distinta, más profunda y bastante menos sensata.
Anoche utilizó ese mismo tono para decirme que abriera las piernas. No elevó la voz entonces, tampoco necesitó repetirse. Me bastó mirarlo para comprender que su contención también se rompe y llevo toda la mañana preguntándome si volverá a suceder.
—Una espada puede impedir que me saquen del castillo —digo—.
No evitará que media isla considere razonable entregarme.
Gilleasbuig se libraría de tenerme cerca y Tormod podría fingir que le preocupa la imparcialidad.
A veces bastan unos pocos cobardes con argumentos distintos para tomar una decisión desastrosa.
Y Ealasaid no necesita convencer a ninguno —añado—.
Le bastará encontrar sangre en mis paños antes de que nosotros encontremos al asesino.
Broen dirige la vista hacia la hendidura que se abre entre las rocas.
—Por eso estamos aquí.
Sigo la dirección de su mirada. La marea baja ha descubierto una franja de arena oscura.
Al fondo de la cala, protegida por un saliente, descansa la barca de la que nos ha hablado el anciano de Arnol.
El casco está inclinado sobre varios troncos y una lona endurecida por la sal cubre la mitad de la madera.
Más arriba se alza el antiguo almacén, una construcción baja de piedra, encajada en la ladera para resistir el viento.
—Creía que habíamos venido a examinar tres tablones podridos —comento.
Broen inicia el descenso. Su cuerpo acompaña el movimiento del caballo con una naturalidad que dirige mi atención hacia la presión de sus muslos sobre la silla.
—Un saco de cebada alimentará a una familia unos días —explica—. Esa barca permitía a seis hombres pescar más allá de la ensenada. Si vuelve al agua, Arnol no tendrá que suplicar grano cada invierno.
—Y esos hombres recordarán quién la reparó cuando los MacAulay pregunten si deben entregarme —concluyo.
Él me dedica una mirada breve.
—Lo recordarán sus mujeres. Suele resultar más útil.
La respuesta me arranca una sonrisa. Broen siempre habló poco.
Durante su juventud, sus silencios nacían de una desconfianza obstinada hacia cualquiera que intentase acercarse demasiado.
El hombre que ha regresado utiliza las palabras con la misma precisión con que maneja un cuchillo.
Escoge dónde colocarlas y rara vez necesita una segunda incisión.
Cuando llegamos a la arena bajo sin esperar ayuda. Mis piernas agradecen tocar el suelo después del camino y el viento me obliga a sujetarme la falda mientras avanzo hacia la embarcación.
Broen conduce los caballos hasta el costado del almacén, donde la pared y la roca forman un abrigo, y asegura las riendas a una argolla. Examina el hierro antes de hacer el nudo.
—Dije al anciano que la señora de Dùn Mhoireasdan había ordenado reparar la barca —aclara—. Si alguien pregunta quién manda en el castillo, ya conoce la respuesta.
Termina la atadura y tira dos veces para comprobar que los animales disponen de espacio para moverse sin enredar las riendas y se aleja sin aguardar mi reacción.
Podría haber pronunciado su propio nombre. Nadie en Arnol habría cuestionado la orden de un Morrison armado, sentado provisionalmente en la silla del laird. En cambio, ha colocado el mío en boca del anciano y lo ha enviado a repetirlo por la aldea.
Durante diecisiete años ejercí cualquier autoridad a escondidas, procurando que las decisiones acertadas parecieran casualidades antes de que Sorley descubriera quién las había tomado. Broen acaba de utilizar su poder para hacer visible el mío.
Broen camina hacia la barca, se desengancha del hombro el pliegue superior del tartán y lo recoge alrededor de la cintura. Después se abre el jubón antes de agacharse para levantar una esquina de la lona y examinar la madera que aparece debajo.
—¿Y tú qué harás? —pregunto.
—Lo que vine a hacer. Averiguar qué quería Sorley de mí —replica mientras aparta la lona con un tirón seco—. No quiero su asiento, sus tierras ni nada de cuanto dejó atrás. Lo utilizaré hasta que los Morrison recuerden a quién acudían cuando necesitaban comida, remedios o una decisión sensata.
Me quedo con la réplica prendida en la lengua. El asiento, las tierras, la viuda. Broen ha omitido el último término por cortesía, no porque haya olvidado incluirlo.
Anoche se negó a permitir que su marcha formara parte de nuestro acuerdo. Ahora comprendo que no discutía que fuera a marcharse, sino mi derecho a decidir cuándo.
El viento se mete debajo de la lona y la hincha. Me agacho para sujetar el otro extremo antes de que nos golpee.
—La dejaron aquí en otoño —le explico mientras doblamos la tela sobre la arena—. Entraba agua cerca de la popa. Sorley prometió enviar madera del castillo.
Broen descubre las tablas superpuestas, ennegrecidas por la humedad y cubiertas por restos de brea.
—El anciano ha dicho que se negó —recuerda Broen.
—Primero ofreció los tablones a cambio de la mitad de las capturas durante tres años —aclaro.
Broen se arrodilla junto a la abertura. La punta de su cuchillo entra entre dos tablas separadas y desprende una tira de brea vieja.
—Eso pagaba dos barcas —calcula.
—Los hombres de Arnol también sabían contar —explico—. Rechazaron el trato y Sorley decidió que preferían pasar hambre.
La hoja deja de moverse.
—¿Qué hiciste tú? —pregunta.
Paso el pulgar sobre uno de los remaches para quitarle una costra de sal.
—Vendí dos brazaletes y compré grano en Stornoway. Alcanzó para las casas con niños y para las dos viudas de pescadores. La barca continuó aquí.
Broen levanta el rostro. Sus ojos se detienen en mis muñecas, desnudas bajo las mangas.
—¿Sorley llegó a saberlo? —insiste.
—Me había visto llevarlos durante diez años. Hasta él notó que faltaban —respondo.
—¿Te castigó? —pregunta en voz baja.
—Sorley consideraba que ignorarme durante una semana era un castigo —respondo—. Yo procuraba no desengañarlo.
Sus ojos se detienen en mi rostro. Sé qué está buscando. Anoche vio las huellas que el cuerpo conserva, marcas antiguas que ya no duelen y otras demasiado recientes para haber perdido el color.
—No te he preguntado si dejó de hablarte —dice.
Sostengo la mirada que intenta arrancarme cuanto he omitido.
—Y yo he respondido cuanto deseaba responder.
Durante unos instantes solo se oye el golpe del agua contra las rocas. Broen sostiene mi mirada. Podría presionarme. Tiene el tamaño, la autoridad y una obstinación capaz de erosionar granito, pero termina por agacharse de nuevo ante la barca.
La tela se atasca alrededor de sus antebrazos.
Al tirar de ella deja expuestas las cicatrices, las venas gruesas bajo la piel y unos músculos que se tensan desde la muñeca hasta el codo.
El viento pega el lino húmedo a su espalda y dibuja la amplitud de unos hombros capaces de convertir una embarcación varada en un objeto pequeño.
Anoche hundí los dedos en ellos. Arañé la tela, le tiré del cabello y sentí todo ese cuerpo sostenerse sobre mí mientras me abría de nuevo.
Conozco la fuerza que oculta la ropa. Lo que todavía no conozco es su piel bajo una caricia lenta, el aspecto de su torso sin una camisa a medio quitar ni la expresión que pondría si mis manos lo recorrieran sin rabia.
Broen vuelve la cabeza.
Me encuentra mirándolo.
—¿Aprendiste a reparar barcas con los MacNeish? —pregunto para dar a mi atención un destino más respetable.
—El primer invierno trabajé para un constructor cerca de la costa —responde.