Capítulo 9
«Caitlin»
C abalgamos hacia el oeste con el cielo tan bajo que las turberas parecen sostenerlo.
El camino empeora al dejar atrás las últimas tierras próximas al castillo.
El agua ocupa las hondonadas, el barro engulle los cascos y el viento llega cargado de sal mucho antes de que aparezca el mar.
Darian encabeza el grupo con Colum. Finn y Torren discuten detrás sobre cuál de los dos eligió el terreno menos firme para cruzar un arroyo, aunque ambos consiguieron mojarse hasta las rodillas y la responsabilidad podría repartirse con bastante justicia.
Altair cierra la marcha y Broen avanza a mi izquierda.
No queda ningún rastro de la furia de anoche. Broen ha vuelto a guardarla donde encierra todo lo que no piensa entregar, detrás de esa calma impenetrable que no permite saber si ha olvidado lo ocurrido o si lo recuerda con la misma precisión que yo.
Desde que hemos salido solo ha hablado para advertirme de una piedra cubierta por el agua y señalar una zona donde el suelo cede.
La noche anterior encontró muchas más palabras, casi todas relacionadas con agravios acumulados durante diecisiete años.
También encontró otras formas, bastante menos verbales, de demostrar que seguía enfadado.
Cambio el peso sobre la silla.
La molestia entre mis piernas responde de inmediato. Broen vuelve la cabeza y su mirada desciende sin detenerse en ningún lugar comprometedor.
Me enderezo en la silla y finjo que el movimiento obedecía a la necesidad de mirar el terreno.
Una mujer acusada de asesinato conserva pocas dignidades y admitir que cabalga dolorida después de haber recibido al futuro padre de su criatura dos veces en la misma noche podría ser la que termine de arruinarlas todas.
En la bifurcación, Broen escoge la senda de la derecha, más larga, pero cubierta de hierba. La de la izquierda desciende casi en línea recta hacia la aldea.
—Por ahí llegaríamos antes —señala Finn.
—Está encharcada —responde Broen.
Finn se inclina sobre el cuello de su caballo para observarla. El terreno está oscuro por la humedad, aunque ninguna de las monturas tendría problemas para atravesarlo.
—El agua de Lewis es misteriosa.
Darian mira el camino y después a Broen, que ya ha hecho avanzar al caballo por la otra senda.
—Déjalo. Ha empezado a apreciar la comodidad de los demás.
—La mía nunca le ha preocupado.
—Tú llamas comodidad a que te lleven, te alimenten y escuchen tus quejas —dice Colum.
Broen se limita a conducir su caballo por la hierba y permite que los demás se burlen de él.
Observo su espalda mientras avanzamos. Lleva la misma rigidez de siempre en los hombros y ni siquiera vuelve la cabeza para comprobar si he comprendido.
Lo he hecho.
Empiezo a sospechar que sus cuidados se reconocen precisamente porque jamás reclama nada después de ofrecerlos.
Las viviendas de Arnol aparecen al otro lado de la loma, encogidas contra el viento, con los tejados de brezo sujetos por cuerdas y piedras.
Debería haber gente limpiando pescado junto al ahumadero y niños disputándose las piezas que caen de las mesas.
En cambio, varias mujeres esperan en la costa con los cestos vacíos, los cuchillos envueltos en paños y dos barriles de sal abiertos.
Darian detiene el caballo.
—Colum y yo revisaremos las reservas —dice, señalando las casas—. Finn puede contar el ganado.
Finn se lleva una mano al pecho.
—Creía que habíamos venido a ayudar al clan, no a castigarme.
—Torren irá contigo —añade Darian—. Así habrá alguien capaz de contar.
—Sabía que mi presencia era imprescindible —declara Torren mientras gira su montura.
Altair observa hacia la costa.
—Allí esperan algo.
—El banco de invierno de arenques —respondo.
Broen me mira.
—¿Cuándo debía entrar?
—Suele acercarse a la costa antes de que el frío endurezca las charcas. El año pasado llegó en la primera mitad del invierno. —Observo los cestos junto a las mujeres—. Este año llevan demasiado tiempo aguardándolo.
—Acerquémonos —concluye.
Nuestra llegada consigue apartar algunas miradas del mar.
Primero se detienen en Broen. Los mayores lo observan con el desconcierto de quien reconoce un rostro y, al mismo tiempo, necesita aprenderlo de nuevo. Los jóvenes disimulan peor.
Un niño se queda tan embobado que tropieza con un cubo. Su madre lo atrapa por el cuello de la túnica antes de que caiga dentro.
—Es él —susurra el pequeño.
Broen desmonta primero. Cuando me acerco, alza un brazo.
Apoyo la mano en su antebrazo y bajo. Sus dedos se cierran sobre mi codo hasta que tengo ambos pies en el suelo. Después me suelta con una cautela que habría resultado ridícula ayer por la mañana y que hoy consigue traerme a la memoria demasiados detalles.
Por suerte, un hombre de barba blanca se acerca desde los cercados antes de que deba decidir dónde mirar. Sus ojos pasan de mi rostro a mi vientre. La isla entera terminará con dolor de cuello de tanto repetir ese recorrido.
—Lady Caitlin. Mi laird.
Broen acepta el título sin corregirlo.
—Llevan desde el alba mirando —explica el anciano—.
Ayer las gaviotas se alejaron hacia el norte y Bess aseguró que vio el agua oscurecerse.
Si el banco de arenques se acerca lo suficiente, los hombres podrán salir con las barcas pequeñas.
Con una buena pesca habría comida para varias semanas. Más si conseguimos salar parte.
Una mujer situada cerca de la orilla se protege los ojos con la mano. Las demás siguen la dirección de su mirada. Durante unos instantes nadie respira.
Solo es una bandada que vuela baja sobre el agua y continúa hacia el norte.
El murmullo de decepción apenas supera el viento.
Broen observa el horizonte. La postura recta, las manos quietas a ambos lados del cuerpo y la expresión cerrada podrían hacer pensar que el mar acabará obedeciéndolo por puro temor.
Me acerco a los cestos vacíos. Dentro de uno hay sal endurecida en el fondo. En otro, escamas antiguas pegadas al mimbre. Han venido preparadas porque esperar sin herramientas se parecería demasiado a admitir que no pueden hacer nada.
Resulta difícil decidir cómo recibir a una mujer que podría llevar en el vientre al próximo laird y, al mismo tiempo, haber asesinado al anterior.
Maude resuelve su parte del dilema tomándome ambas manos.
—Que venga fuerte y con el buen juicio de parecerse a su madre.
La presión de sus dedos y la ternura con que me mira consiguen que la mentira pese de otra forma.
Dos mujeres murmuran sus felicitaciones. Una me toca el brazo; otra desea salud a la criatura.
Sus ojos se desplazan hacia Broen. Hay algo involuntariamente obsceno en que lo miren a él mientras hablan del rostro que tendrá el hijo de su hermano.
Varias de las más jóvenes, sin embargo, observan a Altair. El negro de la ropa y las trenzas rubias agitadas por el viento bastan para que una muchacha entregue su cesto a otra sin darse cuenta de que acaba de dejarla con dos.
Maude sigue la dirección de sus miradas.
—¿Quién es vuestro acompañante?
—Altair Sinclair.
—Casado —añade él sin volverse.
La muchacha del cesto se pone roja. Las demás se ríen y Altair continúa contemplando el agua, demasiado acostumbrado a llamar la atención para concederle importancia.
—Qué desperdicio —dictamina Maude.
—Mi mujer no lo considera así.
—Encima satisfecho con ella. Peor aún.
La comisura de su boca se mueve apenas. Maude vuelve a mirarme y su expresión adquiere un matiz mucho más peligroso.
—Tú, en cambio, ya no estás casada. Disfruta de la tranquilidad mientras puedas. En cuanto el niño nazca, los caballeros de Lewis empezarán a encontrar motivos para visitar el castillo para cortejarte.
Broen, que estaba entregando las riendas a uno de los muchachos, vuelve la cabeza.
—Acaba de enviudar. No parece el momento más propicio para pensar en otro esposo.
Maude lo mira con paciencia.
—Para ti, quizá. Los hombres poseen una relación muy flexible con la prudencia cuando una mujer es hermosa, viuda y puede dar a luz al heredero de un clan. Ayer ya preguntaron por ella.
Broen deja las riendas.
—¿Quién?
La pregunta sale con tal rapidez que hasta el anciano de la barba levanta las cejas.
Maude sonríe.
—Uno de los MacAulay.
—¿Cuál? —pregunta Broen.
Maude alza las cejas. Altair, unos pasos más atrás, aparta la atención del mar.
—Eòghan, el primogénito del laird MacAulay. Alto, buenos hombros y todos los dientes.
Apenas han terminado de enterrar a Sorley y ya hay hombres calculando cuánto poder conservará su viuda y de qué manera podrían apoderarse de una parte.
—¿Qué quería? —insiste Broen.
—Pasó ayer por Arnol con varios hombres. Había oído lo del embarazo, la acusación y vuestro regreso. Quiso saber si era cierto que Caitlin podía salir del castillo bajo vuestra protección.
—Custodia —corrige Broen.
—Estoy segura de que esa palabra hará mucho más feliz a su padre. Domhnall MacAulay ya considera poco prudente que el consejo Morrison investigue la muerte de un laird Morrison mientras otro Morrison decide qué hacer con la principal sospechosa.
—Puede venir a expresar sus reparos ante mí.
—Quizá mande al hijo. Parecía bastante interesado.
Broen endurece la mandíbula.
Altair vuelve el rostro hacia Broen. La expresión permanece impasible, aunque percibo en sus ojos el instante exacto en que decide no perderse una sola palabra.
—Eòghan quiso saber si seguías siendo tan hermosa —prosigue Maude—. También preguntó si, una vez demostrada tu inocencia y nacido el niño, la madre del heredero estaría obligada a permanecer en Dùn Mhoireasdan.
—Una pregunta estrictamente política —murmuro.
—Sin duda. Por eso recordó tres veces que es soltero.
Broen da un paso hacia nosotras.
—Si un MacAulay insiste en cortejarte —dice Broen con sequedad—, dile que empiece por devolver las reses que nos roba.
Altair aparta la vista del horizonte.
—¿Y después?
Broen le dirige una mirada sombría.
—Creía que vigilabas el mar.
—Lleva siglos en el mismo sitio. Esto es más novedoso.
Esta vez las mujeres no intentan ocultar la risa.
—Con que devuelva dos, podríamos llenar el ahumadero —responde entonces Sitheag.
Mis ojos regresan a los cestos vacíos y la broma pierde parte de su ligereza.
—¿Cuánta comida queda? —pregunto.
Maude señala las casas.
—Nueve sacos. Los demás están comprometidos para semilla, pago y reserva del consejo.
Broen vuelve la cabeza.
—El consejo puede esperar.
Bess lo observa con cautela.
—Sorley decía que la semilla no debía tocarse.
—Sorley ya no decide quién pasa hambre.
La frase queda entre el viento y el agua. Broen no mira alrededor para comprobar su efecto ni espera que las mujeres agradezcan que les permita comer. Ya está calculando cuánto puede separarse para la siembra y cuánto soportarán las reservas antes del deshielo.
—Guardaremos lo imprescindible para la semilla —decide—. El resto se distribuirá hoy.
He pasado años vendiendo joyas, desviando sacos y persuadiendo a administradores para aliviar en secreto las consecuencias de decisiones que no podía cambiar.
Broen utiliza la autoridad que acaba de recibir y abre las reservas delante de todos. También acepta el problema que dejará para la primavera, porque alimentar a estas familias hoy no le permite fingir que mañana ya estará resuelto.
Las mujeres observan al hombre que ha regresado con el rostro de Sorley y una manera completamente distinta de ejercer el poder. Yo también.
Hasta ahora había pensado que Broen protegía aquello que consideraba suyo. Empiezo a comprender que repara cuanto encuentra roto aunque nadie vaya a recompensarlo por hacerlo.
—Aun repartiendo los sacos, llegaremos justos al deshielo —digo—. El arenque cambiaría las cuentas, pero conviene trabajar con la posibilidad de que no llegue.
Affra acaricia la cabeza de su hija.
—Llegará.
La esperanza en su voz resulta tan obstinada que discutir con ella sería una crueldad y aceptar sus cálculos, una irresponsabilidad.
—Preparad también las nasas para el marisco —le digo—. Las mujeres que puedan bajar con la marea recogerán lapas y mejillones. Bess sabe qué algas pueden cocerse con avena sin arruinarla por completo.
—Arruinarla un poco parece inevitable —murmura Bess.
—El hambre vuelve tolerables muchos crímenes culinarios.
Una risa breve recorre a las mujeres. Dura poco, aunque cambia algo en sus rostros.
Broen contempla la línea gris del horizonte. Una bandada aparece hacia el norte y desciende sobre el loch. Las mujeres se incorporan al mismo tiempo. Los hombres arrastran la barca hasta que el agua les cubre las botas.
Durante unos instantes, una sombra oscura avanza bajo la superficie.
Después se dispersa.
Las aves continúan hacia mar abierto.
Nadie protesta. La decepción resulta demasiado conocida para malgastar fuerzas en ella.
Broen observa los cestos vacíos, la niña adormecida contra su madre y la red mal remendada entre las manos del pescador.
—Con esas barcas solo podéis alcanzarlos si se acercan a la costa.
El anciano asiente.
—Hay una mayor varada en una cala, al norte. Podríamos salir a mar abierto con ella, pero dos tablones del costado se rajaron en otoño.
—¿No pudisteis sustituirlos?
—Aquí no encontramos madera adecuada. El administrador del castillo prometió enviarnos parte de la que trajeron de tierra firme, pero nunca llegó.
Broen vuelve la vista hacia el saliente que oculta la cala.
—¿Está dañada la quilla?
—No lo sabemos. Habría que levantarla para mirar por debajo.
—La revisaré ahora.
—Conozco el sendero —digo—. Los cofres de sal se guardaban allí antes de que construyeran el ahumadero.
Una ráfaga sacude los mantos. Hacia el oeste, una franja gris ha comenzado a borrar la línea del horizonte.
Broen se vuelve hacia Altair.
—Busca a los demás y regresad al castillo. Preparad dos sacos de avena y todo el cáñamo que quede en los almacenes. Enviadlo todo a Arnol cuando pase la lluvia.
Altair mira las nubes.
—¿Y vosotros?
—Caitlin me mostrará la cala.
—El temporal alcanzará pronto la costa.
Broen le hace un gesto a Altair.
—Cuanto antes regreséis, antes llegará la comida.
Altair asiente y se aleja hacia las casas. Al pasar junto a Broen, reduce el paso.
—Si aparece el MacAulay, procura que conserve todos esos dientes tan admirables.
Broen le dirige una mirada sombría.
—Ve a buscar a los demás.
Altair continúa sin volverse, satisfecho de haber obtenido la única respuesta que necesitaba.