Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

La brusquedad con que me baja sobre él convierte la primera penetración en un ardor que me atraviesa el vientre. Cierro los dedos sobre sus hombros y contengo el sonido entre los dientes.

Primero noto el borde ancho, después la tensión de esa curva que roza todas las paredes de mi cuerpo. Mi cuerpo cede, centímetro a centímetro, hasta que la blandura de sus testículos golpea suavemente contra mí.

Broen respira con fuerza contra mi boca, pero permanece inmóvil mientras mi cuerpo se abre alrededor de él. Espera hasta que la tensión abandona mis muslos.

—Sigue —le pido. La palabra apenas conserva voz.

Me levanta despacio. No llega a salir por completo.

Mantiene la cabeza dentro de mí y deja que el resto de su miembro se deslice hacia fuera con una lentitud que convierte cada centímetro perdido en una amenaza.

Antes de que consiga pedirle que vuelva, tira de mis caderas y me hace descender otra vez.

—Un beso —dice, mirándome—. Y tuve que imaginar el resto durante años.

Vuelve a bajarme sobre él.

Esta vez con más fuerza.

—Yo tenía que acostarme con él.

Algo se rompe en la expresión de Broen.

Me alza de nuevo y me penetra con una embestida que hace crujir la cama.

No hay beso, ni ternura, ni una sola palabra capaz de volver aquello más fácil.

Solo sus manos agarrándome con demasiada fuerza, mis rodillas hundidas a ambos lados de su cuerpo y diecisiete años de silencio encontrando por fin una forma furiosa de salir.

El gemido me sale contra su cuello. La plenitud me atraviesa el vientre, dolorosa al principio, seguida por una oleada de placer que me obliga a cerrarme alrededor de él.

—Tú podías marcharte, odiarme y convertir mi silencio en la explicación que prefirieras. Yo tenía que despertar a su lado.

Sus manos dejan de moverme.

Permanece dentro de mí, tan profundamente que noto el pulso de su erección contra las paredes tensas de mi cuerpo.

—Y yo despertaba cada mañana creyendo que estar a su lado era lo que habías querido —responde.

Esta vez la furia no tarda en aparecer. Le cruza el rostro con una violencia que me hace sentir el cambio en todo su cuerpo.

Sus dedos suben hasta cerrarse en mi nuca. Me obliga a sostenerle la mirada mientras empieza a moverme sobre él. Cada descenso es más fuerte que el anterior y el placer me golpea detrás del pubis.

Le agarro el cabello por la nuca y tiro de él. Su cabeza se inclina hacia atrás, pero las manos continúan gobernando mis caderas.

—No puedes castigarme hoy por lo que no hice con dieciocho años.

—Puedo seguir enfadado.

—Sí, eso se te da muy bien.

Broen me levanta otra vez, aunque esta vez soy yo quien baja antes de que él tire de mí. Lo recibo con tanta brusquedad que el placer estalla en mi vientre y me hace arañarle los hombros a través de la camisa.

Algo feroz asoma en su expresión.

El placer termina de romperme antes de que consiga contenerlo.

Me cierro alrededor de él con una fuerza que detiene su cuerpo a mitad del movimiento. La oleada nace en lo más profundo, y se extiende hacia fuera en contracciones rápidas que me arquean contra él.

Broen sostiene mi mirada mientras mi cuerpo lo aprieta una y otra vez, incapaz ya de ocultarle nada.

Su nombre se me escapa roto.

Él responde con una embestida profunda y permanece dentro.

La tensión le endurece el cuello. Sus manos se cierran sobre mis muslos y su respiración se corta junto a mi boca. Noto cómo su erección se vuelve aún más rígida dentro de mí, la vena latiendo contra mis paredes sensibles, y después llega el primer pulso caliente.

Se derrama con una sacudida contenida. El semen entra en mí en oleadas espesas, acompañado por contracciones que hacen palpitar toda su longitud.

No aparta los ojos.

Tampoco yo.

Luego me aparta de sus muslos con un movimiento tan repentino que me hace caer de espaldas.

Se arrodilla entre mis piernas y baja la mirada. El semen empieza a escapar entre mis pliegues. Broen lo observa deslizarse y algo cambia en su cara. Lo recoge con dos dedos, despacio, siguiendo el rastro caliente hasta mi entrada.

—Broen…

Vuelve a empujarlo dentro. No aparta los ojos de los míos mientras sus dedos desaparecen hasta los nudillos y mi cuerpo se cierra alrededor de ellos.

—No pienso dejar fuera nada de lo que he venido a darte. Quédate quieta.

No sé si me lo ordena a mí o a mi cuerpo, que se contrae alrededor de sus dedos como si aún no hubiera tenido suficiente.

—Resulta difícil cuando insistes en tocarme.

Sus ojos suben hasta los míos. La rabia continúa allí, aunque ya no la utiliza para ocultar la atención con que estudia mi rostro.

Broen retira los dedos lentamente. La humedad brilla sobre su mano. Se la limpia en el borde de la camisa y se sienta sobre los talones, recuperando el aliento.

Su erección asoma bajo la camisa alzada oscura y húmeda por ambos. El vello que le cubre el vientre se vuelve más espeso alrededor de la base y desciende sobre los testículos recogidos cerca del cuerpo, como si tampoco hubieran aceptado que ha terminado.

—Una vez no basta —dice.

Su voz todavía está áspera.

—Si tu vida depende de que engendres pronto, no pienso dejarlo a la suerte.

No respondo. Cualquier protesta resultaría absurda con las piernas abiertas y su semen todavía caliente dentro de mí.

Se coloca sobre mí sin darme tiempo a ordenar la camisa ni la respiración. Una de sus manos me agarra por detrás del muslo y me levanta la pierna hasta dejarla apoyada contra su costado.

La postura me expone por completo.

Broen guía su erección con la mano. La cabeza roza la entrada hinchada y se desliza una vez por mis pliegues, recogiendo la humedad que ya cubre su piel. Después empuja.

Entra de golpe.

Vuelve a abrirme y el ardor me sube hasta el vientre. Avanza con una fricción áspera, estimulando cada zona sensible que acaba de abandonar.

Le clavo los dedos en los brazos.

Mi cuerpo recibe su rabia y empieza a responderle. El dolor se vuelve calor; el calor, una presión densa que crece detrás del pubis.

Su mirada permanece fija en mi rostro, oscura y atenta, como si todavía buscara en él todo cuanto no le mostré aquella mañana. Yo le sostengo los ojos mientras me penetra.

No me está castigando a mí. Está castigando los años en que le quitaron todo. Es su manera de gritarme aquí estoy yo y no Sorley.

Y esta vez no bajo la cabeza. Broen me agarra la otra pierna y la abre más. El siguiente empuje llega tan hondo que el aire se me rompe en la garganta. Su camisa roza mis pechos y el golpe firme de sus caderas me mece con violencia contra el colchón.

Tiro de él por la nuca, pero no para besarlo.

Quiero tenerlo más cerca. Quiero que sienta mis uñas, mi respiración y cada contracción que ya no consigo ocultar.

Apoya la frente contra la mía. Su aliento se mezcla con el mío y durante varios movimientos solo existen el roce de su barba, el golpe de sus caderas y la dureza de su miembro abriéndose paso dentro de mí.

La presión se concentra de pronto.

Me aferro a sus hombros. El placer asciende con una violencia que me obliga a arquearme y Broen aprovecha el movimiento para entrar todavía más. Mi cuerpo se cierra a su alrededor.

Lo siento entero: la cabeza atrapada en lo más profundo, la vena palpitando contra mis paredes y el grueso tronco deslizándose por una carne que ya lo recibe sin protesta.

El gemido sale con su nombre.

Broen pierde el ritmo durante una sola embestida.

Después me sujeta con más fuerza y continúa, brusco, silencioso, mirándome como si sus años de rabia pudieran agotarse antes que su cuerpo.