Capítulo 8 #2
Su pulgar recorre la cara interior de mi rodilla con una lentitud que empieza a dificultarme la respiración.
Parece no advertir que me acaricia. O quizá lo sabe perfectamente y necesita tocarme mientras discutimos para recordar que, por mucho que el hijo lleve otro nombre, soy yo quien está arrodillada entre sus piernas.
—Mi orgullo dejó de importarme cuando tu padre decidió que mi hermano valía más que yo para ti.
—Yo tenía dieciocho años.
—Yo también era joven, Caitlin.
La respuesta me deja sin defensa. Durante un instante volvemos a ser dos jóvenes que esperaron cosas distintas de la misma mañana.
Él, que yo protestara. Yo, que alguien me preguntara.
Ninguno comprendió que los hombres que decidían nuestro futuro no tenían intención de permitir ninguna de las dos cosas.
Broen desliza la mano desde mi rodilla hasta la parte posterior del muslo. Sus dedos se cierran allí y me atraen unos centímetros. El borde del colchón presiona mis espinillas. Sus piernas se abren para hacerme sitio y la lana de su kilt roza la piel desnuda bajo mi camisa.
—Y sigues trayendo a Sorley entre nosotros —murmura.
—Porque está en todas partes. En el título, en la acusación, en esta criatura que todavía no existe. Hasta muerto consigue colocarse en medio.
—Aquí no.
La dureza con que lo dice me recorre entera.
La mano de Broen asciende hasta mi cadera y se queda allí, con el pulgar hundido bajo la camisa. Su otra mano abandona el colchón y alcanza mi rostro. Primero me roza la mandíbula con los nudillos. Después me sujeta la barbilla y la levanta despacio.
Broen mira mi boca.
No lo hace como un hombre que está pensando en besarme. La observa como si recordara todo lo que salió de ella la noche anterior. Su nombre quebrado, los gemidos que intenté contener, el aire que perdí cada vez que me penetró hasta el fondo.
El pulgar llega a mi labio inferior y se detiene en el centro. La yema está áspera por las armas, las riendas y el frío. Presiona hasta entreabrirme la boca y después recorre el labio con una lentitud obscena, desde una comisura hasta la otra.
Se me escapa el aire contra su piel.
Sus ojos suben a los míos al sentirlo. El pulgar vuelve sobre el mismo camino, más despacio, arrastrando la humedad que ha encontrado. Cuando llega al centro, introduce apenas la punta entre mis labios. No lo suficiente para invadir mi boca, solo para comprobar que se la abro.
Lo hago.
Sus dedos se hunden en mi cadera mientras la yema avanza un poco más y roza mi lengua. El sabor leve de su piel, limpio y salado, me llena la boca. Cierro los labios alrededor de su pulgar antes de pensar si debería hacerlo.
Algo feroz le endurece la cara.
La respiración de Broen se vuelve más profunda. No retira el pulgar de inmediato. Lo deja sobre mi lengua mientras la mano de mi cadera me atrae hasta que la lana del tartán roza mi sexo. Su erección queda atrapada entre ambos, dura contra mi vientre.
Chupo despacio la yema áspera.
Broen me observa hacerlo con una inmovilidad que no consigue ocultar el pulso violento de su miembro contra mí.
—Aquí me necesitas a mí —repite con la voz más grave.
—Sí —respondo, aunque la palabra se deshace contra su pulgar.
Su mano baja desde mi cuello hasta la cintura, se cierra sobre la tela de la camisa y me arrastra hacia él. Termino a horcajadas sobre sus muslos, con las rodillas hundidas en el colchón y el pecho pegado al suyo. La erección se alza bajo el tartán y presiona la tela contra mi sexo desnudo.
Broen desliza la mano de mi cintura hasta el trasero.
Aprieta una nalga y me hace avanzar sobre él.
La fricción me obliga a aferrarme a sus hombros.
Su mirada baja hacia el lugar donde nuestros cuerpos se rozan y repite el movimiento con mayor lentitud, arrastrando toda su dureza entre mis labios a través de la lana.
—¿Sabes qué decían de nosotros cuando te casaste con Sorley? —pregunta sin levantar todavía los ojos.
Comprendo por qué lo recuerda ahora. El castillo duerme y Broen está en mi alcoba, con mi camisa recogida sobre las caderas y mi cuerpo moviéndose encima del suyo. Exactamente la vida clandestina que otros inventaron para nosotros antes de que llegáramos a tocarla.
—Lo sé —admito.
—Decían que me colaba en tu alcoba cada noche —continúa, cerrando con más fuerza la mano sobre mi nalga—. Que esperaba a que el castillo durmiera y venía a buscarte igual que he venido ahora. Algunos juraban que, si llegabas a tener un hijo, llevaría mi sangre y no la de tu marido.
Pronuncia «marido» con una amargura que el movimiento de sus caderas vuelve todavía más áspera.
—Sorley también oyó esos rumores —le cuento.
Broen levanta por fin la mirada.
—Imagino que le divertirían mucho —responde, aunque su mandíbula se ha endurecido y no hay ninguna burla en su voz.
—Se volvía loco.
La mano que me estaba moviendo sobre él se detiene. La dureza continúa presionando entre mis piernas, pero la atención de Broen abandona mi cuerpo y se concentra por completo en mi cara.
—Registraba la alcoba cuando regresaba de una cacería —continúo—.
Preguntaba a las criadas cuánto tiempo había pasado sola, quién se había acercado a mí y dónde estabas tú.
Incluso cuando llevabas meses lejos de Lewis, si alguien pronunciaba tu nombre durante la cena, me observaba para comprobar si me cambiaba la cara.
La mano de Broen asciende por mi espalda. Sus dedos se detienen entre mis omóplatos, abiertos sobre la camisa.
—¿Y cambiaba?
—Aprendí a impedirlo.
Su boca queda tan cerca que la respuesta parece entrarle directamente en el cuerpo.
—Yo también me volvía loco, Caitlin.
La confesión no trae alivio. Tiene demasiados años dentro.
—Y ni siquiera te había tocado. —Su atención recorre mi rostro como si buscara en él a la joven que no quiso mirarlo—. Un maldito beso. Eso fue todo cuanto tuve de ti. Uno, junto al muro de la capilla, y después tuve que escuchar cómo medio castillo me atribuía noches que pasabas con otro hombre.
La vergüenza me sube desde el pecho. Recuerdo aquel beso con demasiada claridad. La mano de Broen en mi cintura, mi espalda contra la piedra calentada por el sol, el asombro de descubrir que una boca podía hacer que el cuerpo entero pareciera inclinarse hacia ella.
—Te odié —dice—. Dios, cómo te odié cuando anunciaron que te casarías con él y no conmigo.
Ni siquiera fuiste capaz de mirarme. Tu padre pronunció el nombre de Sorley y tú permaneciste allí, con las manos juntas, igual que si nunca hubiéramos hablado de una vivienda llena de hijos y una vida que ya dábamos por nuestra.
Cada palabra encuentra un lugar donde hacer daño.
—Tú también permaneciste callado.
—Esperaba que me miraras —responde—. Si hubiera visto en tu cara que no querías aquello, habría desafiado a tu padre, al consejo y al clan entero antes de permitir que te casaran con él.
—Lo sé.
Broen se aparta para verme mejor.
—Entonces ¿por qué no levantaste la cabeza?
Las explicaciones que he utilizado durante estos años se amontonan y ninguna consigue salir.
Mi padre había decidido. El consejo esperaba obediencia.
Una muchacha bien nacida no convertía un compromiso entre clanes en un espectáculo porque el gemelo equivocado fuese el hombre al que había aprendido a buscar durante las cenas.
Todo eso es cierto.
También es insuficiente.
—Porque había un salón entero esperando que obedeciera y nadie había preguntado qué quería yo.
Porque Sorley te miraba como si ya estuviera pensando en cómo apartarte de su camino y tú parecías dispuesto a matarlo delante de todos.
Si hubiera levantado la cabeza, habría hablado.
Y ya sabía que cualquiera de mis palabras acabaría utilizándose contra uno de los dos.
—Tu silencio me destrozó.
—No confundas el silencio con una elección. A veces una mujer calla porque nadie está dispuesto a escuchar.
Sus dedos se hunden en mi carne. No con la suavidad de una caricia, aunque tampoco parece ignorar lo que hace. Me aprieta contra él y la fricción de la lana me arranca un movimiento involuntario.
La mano permanece inmóvil un instante, igual que si acabara de obtener una respuesta que no piensa mencionar.
—Durante diecisiete años creí que te daba igual cuál de los dos te llevara al altar.
La frase me deja sin calor.
Broen tira de la tela con fuerza y mi camisa termina recogida bajo mis pechos. Su mirada desciende hacia el lugar donde mi cuerpo descansa sobre el suyo. La penumbra no oculta la humedad que ha atravesado la lana.
Su mano abandona mi cadera. Baja hasta el cinto y tira de la hebilla entre nuestros cuerpos. El cuero se abre con un sonido seco.
Me sostiene con un brazo mientras utiliza el otro para apartar los pliegues del tartán, torpe por la falta de espacio y demasiado impaciente para fingir que aquello sigue siendo una conversación.
Su erección queda libre entre nosotros. En la penumbra parece más oscura que el resto de su piel, gruesa, tensa, con una curva leve hacia arriba y una vena marcada que desaparece bajo la cabeza húmeda.
Los testículos pesan debajo, blandos y suaves.
Cuando la cara interna de mi muslo roza su longitud, noto el calor antes que la dureza.
Broen me alza por las caderas.
El movimiento separa mi cuerpo del suyo lo necesario para que el aire frío alcance la humedad entre mis piernas. Abro más las rodillas por equilibrio.
Sus manos me colocan sobre él.
Su sexo se desliza entre mis pliegues y encuentra la entrada. La presión despierta la sensibilidad de la noche anterior. Mi cuerpo se tensa aunque todavía no ha empezado a penetrarme.
—Puede que te siga odiando.
—Entonces termina con la obligación y vete —respondo—. No tendrás que soportarme después.
Sus ojos regresan a los míos. Me observa como si necesitara decidir qué parte de mi respuesta nace del dolor y cuál pretende causárselo.
—No conviertas mi marcha en otra condición del acuerdo —advierte al fin—. No te la he ofrecido. Eso lo decido yo.