Capítulo 8
«Caitlin»
L levo tanto tiempo despierta que la oscuridad ha dejado de ocultar la alcoba. Distingo las vigas del techo, el arcón junto a la pared y la línea pálida bajo la puerta.
Solo Broen sigue sin aparecer.
Apagué la vela al acostarme porque esperar a un hombre con la alcoba iluminada tenía algo de invitación y lo de Broen y yo continúa siendo, según el acuerdo tácito de ambos, una tarea desagradable que conviene cumplir sin adornos.
Ahora la falta de luz solo sirve para que cada ruido del corredor adquiera importancia.
He pasado el día entero cerca de Broen y apenas me ha hablado.
En Tolsta escuchó cuando le pedí que visitáramos a Elspeth antes de abrir el granero y esperó fuera de la casa de Murchadh mientras yo comprobaba que aquel hombre todavía no respiraba lo bastante bien para regresar al mar.
Después hizo contar cada saco dos veces y permitió que fuese yo quien decidiera dónde debía repartirse el grano.
Cuando llegamos a Borve, Annabell extendió las redes junto a la playa y nos enseñó cuáles podían remendarse si conseguía suficiente lino.
Broen le hizo tres preguntas, ordenó que se lo entregaran y volvió a montar. A mí no me preguntó nada. Tampoco lo necesitaba. Durante toda la jornada había seguido la ruta que yo marcaba como si confiar en mi criterio no le costara ningún esfuerzo.
Durante años resolví cuanto Sorley prefería no ver, siempre que nadie pudiera atribuirme la decisión. Broen ha necesitado una mañana para escucharme delante de sus hombres y convertir mi criterio en el camino de seis personas peligrosas y armadas.
Me doy la vuelta en la cama.
Quizá ha decidido que anoche bastó.
La idea debería aliviarme. Sin embargo, mi cuerpo, todavía capaz de recordar cada empuje en cuanto cierro los ojos, la recibe con una decepción que prefiero atribuir al miedo de volver a sangrar.
Una explicación pobre, aunque al menos conserva cierta dignidad.
Cuando la puerta se abre, tardo un instante en creerlo.
Una figura grande se desliza dentro y cierra con cuidado.
La claridad del corredor desaparece.
Broen avanza sin encender la vela, deja la espada junto al arcón y se sienta en el borde de la cama, de espaldas a mí.
El colchón se hunde bajo su peso.
—Pensaba que habías cambiado de opinión.
—Dije que volvería —responde sin volverse.
—Eso fue antes de pasar toda la cena comportándote como si yo hubiera dejado de existir.
El reproche sale más dolido de lo que pretendía. Broen baja la cabeza durante un instante antes de volverla lo suficiente para mostrarme el perfil.
—Había gente mirando —explica en voz baja.
No necesito preguntarle qué podían haber visto.
Esta mañana bastó que nuestros ojos se encontraran para que el arcón volviera a crujir dentro de mi cabeza.
Durante la cena habría tenido que verlo fingir que no recordaba mi cuerpo cerrándose alrededor del suyo mientras medio salón contaba las veces que nos mirábamos.
Aun así, cada vez que levanté la cabeza hacia él encontró algo urgente al otro lado de la estancia.
Broen apoya los antebrazos sobre las piernas. La camisa blanca de lino dibuja sus hombros en la penumbra y el cabello le cae húmedo junto al cuello.
Debe de haberse lavado. No se ha limitado a recordar la promesa que me hizo. Se ha preparado para cumplirla.
Yo también lo he hecho, con una atención tan concienzuda que ahora me avergüenza recordarla.
Pasan varios segundos.
Él ha venido para acostarse conmigo. Yo llevo horas esperándolo. Sin embargo, ninguno parece dispuesto a reconocer que lo sabemos.
—El gemelo más pequeño de Elspeth ha mamado algo más esta tarde —comento, porque hablar de un niño enfermo resulta menos peligroso que preguntarle cuándo piensa tocarme—. Torren consiguió la cabra.
Broen vuelve la cabeza lo suficiente para mirarme por encima del hombro.
—Siempre te gustaron los niños.
La observación me alcanza en un lugar que ya estaba sensible antes de que él entrara. Me incorporo contra el cabecero y recojo la colcha sobre las piernas.
—A casi todo el mundo le gustan.
—Tú querías diez —me recuerda, girándose un poco más hacia mí.
Cierro los dedos sobre la lana.
Habíamos hablado de ello una tarde junto al muro de la capilla. Yo tenía dieciséis años y una ilusión absurda por mi reciente compromiso con él.
—Era joven e inconsciente. Aún no había ayudado a traer ninguna criatura al mundo. Eso cambia un poco la perspectiva.
Broen me observa en la oscuridad.
—¿Los habrías tenido de haber podido?
—¿Con Sorley? —La respuesta sale antes que la prudencia—. Él consiguió que quisiera pocas cosas de él.
Broen vuelve el rostro hacia la pared. La rigidez le sube desde los hombros hasta la nuca y se queda allí, visible bajo el cabello mojado.
Hay verdades que llegan tarde y, al encontrar cerrada la puerta que necesitaban, se dedican a romper los muebles.
—Quería hijos —añado, más despacio—. Eso jamás cambió. Con él era distinto.
—Todo parece haber sido distinto ahora que está muerto.
La dureza de su voz me obliga a sentarme. La camisa se desliza por mi hombro y vuelvo a colocarla antes de que el gesto pueda parecer otra cosa.
—Lamento lo de tu mujer y tus hijos.
La espalda de Broen se tensa. Sus manos permanecen unidas entre las rodillas. Anoche estuvieron dentro de mí. La conversación debería conseguir que olvide ese detalle, pero cada vez que mueve los dedos recuerdo exactamente qué hicieron y dónde.
—Me enteré tarde —continúo—. Nadie sabía dónde estabas. Pregunté a los mercaderes, a los hombres que llegaban del sur y a cualquiera que hubiera pasado por tierras MacNeish. Solo conseguí historias distintas sobre dónde te habían visto.
—La mayoría serían falsas.
—Seguramente. Aun así las escuché.
Broen baja la cabeza. Durante un momento creo que ahí terminará la conversación.
—Los gemelos no fueron buscados. Su madre y yo pasamos una noche juntos. Quedó encinta y me casé con ella. Yo… era muy joven entonces.
Cuatro frases habrían permitido a otro hombre construir una defensa entera. Broen las deja desnudas entre nosotros.
—¿Cómo se llamaba?
Tarda en responder.
—Mary.
—¿Cómo era?
Broen baja los ojos hacia sus manos.
—Tenía poca paciencia con mis silencios.
—Entonces debía de vivir agotada.
Una alteración mínima cruza su boca. Esta vez no parece una sonrisa dirigida a mí, sino el recuerdo de una que ya no puede devolverle nadie.
—Cantaba mientras trabajaba —añade—. Nunca recordaba una estrofa completa y culpaba a la canción.
Durante un instante consigo ver algo de la vida que llevó lejos de Lewis. A esa mujer cantando mal, dos criaturas llorando y Broen en medio de todos ellos, aprendiendo a ocupar un lugar que había aceptado por deber y terminó perdiendo como una parte de sí mismo.
Ahora comprendo mejor por qué mi petición lo hirió antes incluso de que yo llegara a formularla.
—Hiciste lo correcto.
—Hice lo que correspondía.
La diferencia resulta pequeña únicamente para quien no lo conoce. Lo correcto puede nacer del deseo. Lo que corresponde se hace incluso cuando una parte de ti habría preferido otra vida.
Bajo la vista hacia sus manos, grandes, endurecidas, diestras.
Hoy las vi sostener las riendas, levantar un saco y apartar a un niño del barro con una facilidad que el pequeño aceptó sin miedo.
Anoche esas mismas manos me sujetaron las caderas mientras me obligaba a sentir cada parte de él.
El recuerdo me calienta debajo de la camisa y convierte en una mentira el tono sereno con que intento continuar.
—Y ahora yo te pido otra obligación —murmuro.
Broen se vuelve por fin. Mantiene una pierna fuera de la cama y apoya la rodilla contraria sobre el colchón para quedar frente a mí.
—Esto no se parece. Lo he elegido yo.
—Porque es lo que corresponde para mantenerme viva. Al menos no tendrás que casarte conmigo. Podrás volver a tu vida. Ser viuda de Sorley…
Broen se mueve antes de que pronuncie la última palabra.
La mano izquierda cae sobre el colchón junto a mi cadera y su cuerpo avanza sobre el mío, obligándome a apoyar la espalda contra el cabecero.
La otra mano se cierra alrededor de mi rodilla por encima de la colcha.
Su rostro queda tan cerca que la oscuridad ya no consigue ocultar la furia en sus ojos.
—Te dije que no le nombraras mientras estuvieras en la cama conmigo. Ya van dos veces, Caitlin.
Sus dedos continúan alrededor de mi rodilla. No aprietan, pero el calor de la palma atraviesa la lana y se extiende por la cara interna del muslo.
—Intentaba explicarte que esto no te obligará a cargar conmigo después. ¿Por qué te enfada tanto?
—Puedes entregar a Sorley el nombre, la criatura y la mentira que necesitas para seguir viva —responde. Su pulgar se mueve sobre mi rodilla, apenas un roce que contradice la dureza de su voz—. Pero es a mí a quien necesitas dentro de ti, ¿verdad?
—Sí.
La mano de Broen asciende por mi muslo y arrastra la colcha con ella.
—Dilo bien.
Quiere obligarme a pronunciarlo, quizá porque necesita que también duela en mi boca.
—Te necesito a ti.
Su mirada baja a mis labios. Creo que va a besarme, pero se detiene cuando nuestros alientos empiezan a mezclarse.
—Tú crees que eres la única humillada —dice.
—Yo te he pedido que me cubras para salvarme de una acusación de asesinato. Cuesta imaginar una posición más indigna.
—Me has pedido un hijo al que llamarán suyo.
Aparto la colcha y me arrodillo frente a él.
El movimiento nos obliga a reorganizarnos sobre el colchón.
Broen se sienta de nuevo en el borde mientras yo permanezco sobre las rodillas, entre sus muslos, con la camisa recogida alrededor de las piernas.
Ya no tengo que hablarle desde abajo. Nuestras caras quedan a la misma altura.
—También llevará mi sangre. Mi cuerpo lo alimentará, lo traerá al mundo y puede que muera intentándolo o después. Perdona si no consigo pensar primero en tu orgullo.
Los dedos de Broen rodean mi rodilla desnuda bajo el borde de la camisa.
—No es orgullo.
—Entonces dime qué es.