Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Estoy acostumbrado a esa pausa. La provocan mi tamaño, mi aspecto, la espada, las cicatrices y todo cuanto los rumores añaden cuando llegan antes que un hombre. Resulta útil. La gente miente peor mientras decide si teme más una pregunta o la respuesta que ya imagina en mi cara.

A mí me reciben con inclinaciones cautelosas.

A Caitlin, por su nombre.

Antes de acercarse, varias miradas descienden hacia su vientre. Lo hacen con rapidez, casi a escondidas, y regresan a su rostro sin que nadie formule la pregunta que el consejo ya ha extendido por toda la isla.

Una mujer se persigna. Otra le aprieta la mano al pasar, con una fuerza que parece contener cuanto no se atreve a decir delante de mí.

La muerte de Sorley está aquí. También la acusación.

Solo que en Tolsta ambas cosas se apartan para dejar sitio a Caitlin.

Dos niñas se aferran a su falda antes de que termine de bajarse del caballo. Un muchacho le muestra una rodilla cubierta por una costra digna, a su juicio, de ser cantada durante generaciones. Otra pequeña levanta una muñeca de trapo para enseñarle una pierna recién cosida.

Ella los conoce a todos.

—Effy, tu madre dijo que te apartaras del pozo.

La niña de las trenzas baja la barbilla.

—Solo miraba.

—Algún día acabarás mirando desde dentro.

—Sé nadar.

—En un pozo tendrás poco espacio para presumir.

La madre se ríe desde una puerta. Caitlin le toca el brazo al pasar y pregunta por su marido, por la tos del pequeño y por una hermana que enviudó durante el invierno.

Las respuestas llegan atropelladas, acompañadas de manos que buscan la suya y de quejas que pocos presentarían así ante un laird.

Caitlin escucha.

Recuerda cada nombre.

Y encuentra tiempo para examinar la costura de la muñeca mientras escucha cuánto grano queda en una vivienda con siete bocas.

Una mujer se acerca con un bebé envuelto contra el pecho y se lo entrega con la espontaneidad de un gesto repetido muchas veces.

El gesto me obliga a mirar alrededor. Todos han oído que Caitlin pudo envenenar a su marido. Aun así, esa mujer deposita a su hijo en sus brazos con la confianza de quien lo deja en el lugar más seguro de la aldea.

La criatura cabe entre el pecho de Caitlin y uno de sus brazos. Abre los ojos, observa el broche del manto y cierra una mano alrededor de la tela.

Caitlin sonríe.

La expresión apenas se parece a las que me ha mostrado desde mi regreso. Carece de cautela, de ironía y de ese esfuerzo constante por calcular cuánto puede decir sin pagarlo después. Inclina el rostro y roza con la nariz la frente del pequeño.

—Has engordado.

—Por fin acepta la leche de cabra —explica la madre—. La avena que enviasteis duró hasta la semana pasada.

Caitlin alza la vista.

—Os mandé dos sacos.

—Compartimos uno con Elspeth. Sus gemelos nacieron antes de tiempo.

La alegría de Caitlin se vuelve frágil sin desaparecer.

—¿Viven los dos?

—Los dos. Pequeños y ruidosos.

—Entonces han aprendido lo importante.

Sus brazos se ajustan alrededor del bebé con una seguridad que contradice la delicadeza de su rostro. El niño apoya la mejilla sobre su pecho y ella queda inmóvil, igual que si cualquier movimiento pudiera recordarle que tendrá que devolverlo.

Diecisiete años esperando.

Contando días. Tragando remedios. Sosteniendo hijos de otras mujeres.

Aparto la vista hacia los hombres reunidos junto al granero.

—Enseñadnos la semilla —ordeno.

—Antes deberíamos ver a Elspeth —dice Caitlin—. Sus gemelos comen de una mujer que apenas puede alimentarse. La cebada seguirá ahí dentro de una hora.

El hombre situado a mi lado espera mi decisión con la cautela que Sorley dejó en todos ellos, acostumbrados a escuchar primero al laird y averiguar después cuánto les costaría obedecer.

—Visitemos a Elspeth —respondo.

La sorpresa le cruza el rostro.

La madre intenta recuperar al pequeño. Él se aferra al broche del manto y protesta mientras Caitlin le abre los dedos uno a uno.

—Vamos, traidor. Tu madre hace todo el trabajo y tú vienes a preferirme por una pieza de hierro.

Lo besa en el cabello antes de entregarlo. Me basta verla con la boca apoyada sobre aquella cabeza pequeña para imaginar otro niño en sus brazos. Uno también mío, aunque deba llevar el nombre de Sorley. La imagen aparece con una naturalidad doméstica que me enfurece.

Cuando sus brazos quedan vacíos, el niño imaginado desaparece de su regazo, pero no de mi cabeza.

La gente empieza a caminar hacia las viviendas. Darian y Colum siguen a los hombres. Finn avanza rodeado de niños decididos a obtener la historia completa de cada una de sus cicatrices.

El hombre abre camino. La gente se aparta a mi paso, aunque ya con menos prisa. Un niño que antes se escondía detrás de su padre se queda mirando el ojo que ayer me cubría el parche.

—¿Ya no os duele? —pregunta.

Su padre intenta hacerlo callar, pero niego con la cabeza.

—Solo me molesta cuando hay sol.

El pequeño levanta la cara hacia el cielo cubierto.

—Hoy no hay.

—Por eso sigo de buen humor.

Finn resopla detrás de mí.

—Esto es buen humor. Conviene recordarlo para los días malos.

—Tú los provocas con bastante frecuencia.

Torren aparta del barro a un pequeño que camina hacia atrás para no perderse una sola palabra de Finn.

—Lo hace para que sepamos apreciar la diferencia —comenta mientras vuelve a depositarlo en terreno firme.

Esta vez permito que la sonrisa llegue un poco más lejos. Caitlin la ve y tarda un paso entero en volver la atención hacia el camino.

—Mañana visitarás conmigo las aldeas del oeste —le anuncio cuando vuelve a colocarse a mi lado.

Caitlin estudia el barro frente a sus botas antes de responder.

—Un día no bastará —advierte, recuperando el tono práctico—. Después tendremos que ir a Ness y bajar hasta las aldeas del sur. Quiero saber cuanto antes a quién han dejado sin grano.

—Emplearemos los días que hagan falta, Caitlin.

Caitlin vuelve la cara hacia mí. Parece sorprendida de que no haya discutido la decisión ni intentado reducir su participación a una sola jornada.

—Si salimos ya —dice al fin—, llegaremos a Borve a mediodía.

Se adelanta para explicarle algo a una mujer sin esperar a que apruebe la ruta.

Durante años imaginé a Caitlin encerrada en Dùn Mhoireasdan, entregada a esa vida de dama que había elegido con Sorley.

El clan entero parece empeñado en demostrarme que jamás supe qué vida llevaba ni cuánto de sí misma tuvo que salvar a escondidas.