Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 7
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Capítulo 7

«Broen»

D uermo poco.

Cada vez que cierro los ojos, vuelvo a verla inclinada sobre el arcón, con los dedos entrelazados con los míos y mi nombre quebrándole la voz.

Me obligo a recordar por qué entré en aquella alcoba: un heredero inventado, un acuerdo necesario, una vida que depende de que su vientre sostenga la mentira.

Ninguna de esas razones explica que esperara a que volviera el rostro antes de entrar en ella ni que, horas después, todavía recuerde la humedad entre sus muslos, cómo se cerró alrededor de mí y la forma en que empezó a empujar hacia atrás para obligarme a entrar más hondo.

Sería un necio si negara que me he imaginado a Caitlin así. Lo hice cuando aún podía permitírmelo y también alguna noche en que no tenía derecho.

En mis pensamientos, sin embargo, solo existía mi deseo. Nunca imaginé el suyo. Nunca la oí pronunciar mi nombre mientras se movía para recibirme ni tuve que contenerme al sentir que volvía el rostro porque quería mirarme.

Con mi propia hambre sé qué hacer. Llevo años haciéndolo.

Con la suya, no.

Al amanecer ya estoy en el salón con las cuentas de Sorley abiertas sobre la mesa, el administrador intentando justificar una reserva de cebada que quizá no exista y Finn preguntando si «doce sacos razonables» constituye una medida aceptada en Lewis.

—Constituye la medida de un hombre que ha vendido cuatro y espera que nadie cuente los restantes —dice Colum.

El administrador de Sorley baja la mirada hacia los pliegos. Lo hace cada vez que una cifra deja de sostenerse.

—La cosecha fue mala.

—También en Perthshire —responde Darian—. Pero allí seguimos distinguiendo entre una cosecha mala y una cuenta falsa.

Finn examina uno de los registros al revés.

—Quizá sea una costumbre de Lewis. La cebada disminuye al guardarla y las barcas mejoran cuanto más tiempo pasan pudriéndose.

El hombre traga saliva.

Aparto la relación de grano y cojo la de embarcaciones. Seis barcas capaces de salir a faenar, según él. Dos necesitan brea. Otra tiene una cuaderna rota. Las tres restantes figuran como útiles, palabra que empieza a parecerme tan fiable como razonable.

—¿Quién comprobó su estado?

—Los propietarios.

—Qué sistema tan cómodo —dice Finn—. También podríamos preguntar a los ladrones si queda plata en las arcas.

La puerta se abre.

Caitlin entra acompañada por Beathag y se detiene al vernos reunidos.

Es la primera vez desde mi llegada que la veo atravesar una puerta sin que un hombre haya decidido antes adónde puede ir. Yo di la orden que se lo permite, pero ella no me mira como si tuviera nada que agradecerme.

Lleva un vestido azul oscuro y el cabello dorado recogido en una trenza que cae sobre un hombro. Dos mechones se han soltado junto a las sienes. Bajo la luz gris de la mañana, sus ojos parecen aún más oscuros.

La recordaba hermosa.

El recuerdo se había quedado corto.

Los años han afinado sus facciones y han dejado cautela alrededor de la boca, pero no han apagado nada. La muchacha a la que buscaba durante las cenas permanece ahí, escondida bajo una serenidad demasiado trabajada.

Tiene los párpados hinchados. Me pregunto si lloró después de que me marchara. Caitlin siempre ha sabido esconder lo que más daño le hace.

Aparto la mirada. Yo también puedo fingir.

—Necesito hablar con el administrador —dice.

—Estamos ocupados —respondo más seco de lo que pretendía.

Sus ojos se posan en mí. Apenas un instante, pero basta para devolverme el calor de su cuerpo cerrado alrededor del mío y el sonido de mi nombre en su boca. Aprieto los dedos sobre la mesa hasta que la madera me marca la piel.

Caitlin mira las cuentas extendidas.

—¿Cuántas barcas dice que quedan?

El administrador responde antes de que pueda impedirlo.

—Seis útiles, mi señora.

—La de Domhnall perdió el timón durante la tormenta de Pascua.

La de los hermanos MacRae tiene el fondo podrido desde el invierno y Thomas se niega a sacarla del cobertizo porque todavía debe plata por la madera.

Quedan tres, y una pertenece a Murchadh, que apenas puede sostener un remo desde que enfermó.

Finn deja el libro de cuentas.

Conseguir que renuncie a una observación requiere más esfuerzo que sorprenderlo.

Miro al administrador.

—¿Dos?

—Depende de lo que entendamos por útil.

—Algo que flote sería un comienzo razonable —murmura Colum.

Caitlin se acerca a la mesa. Evita mirarme mientras aparta uno de los registros y busca otro bajo el montón.

La manga pasa cerca de mi mano sin rozarla. Mi cuerpo registra la ausencia con una atención indigna.

—La aldea de Tolsta necesita semilla de avena. En Arnol guardaron parte de la cebada, pero carecen de manos para repartirla porque tres hombres siguen en el mar. El molino de Shawbost puede funcionar si encuentran a alguien capaz de reparar la rueda antes de que aumente el caudal.

—El molinero dijo que necesitaba madera nueva —interviene el administrador.

—El molinero necesita dejar de beber mientras trabaja. Iain MacLeod reparó la rueda pequeña de Bragar hace dos años y dijo que esta aguantaría otra estación si cambiaban el eje.

Darian deja de mirar las cuentas y empieza a mirarla a ella.

Conozco esa expresión. Aparece cuando alguien deja de ocupar espacio y demuestra que puede resultar útil. La lealtad le importa, pero es la capacidad la que despierta su respeto.

Conseguirlo suele exigir sangre, valor o astucia.

Caitlin lo consigue hablando de un eje.

—¿Y las redes? —pregunto.

Ella tarda tan poco en responder que el administrador baja los ojos.

—Las mejores están en Borve. Las remiendan Annabell y sus dos hijas desde que murió el marido.

En Galson saben hacerlas, pero les falta lino.

También faltará leche en Tolsta. Elspeth parió gemelos antes de tiempo y su hermana alimenta a tres criaturas con lo que da una sola cabra.

Queda cáñamo en el almacén del embarcadero, aunque Sorley prohibió entregarlo porque pensaba venderlo en Stornoway.

La habitación queda quieta.

Caitlin parece advertir entonces que todos la miramos. Recoge la mano de la mesa y la esconde entre los pliegues de la falda.

—¿Cuántas familias dependen de esas redes?

—Once. Catorce si contamos a las viudas que reciben parte de la pesca.

Le acerco otro libro.

—Dime qué más está equivocado.

El administrador abre la boca.

Torren se inclina hacia él.

—Yo elegiría el silencio. Es lo único que aún no habéis administrado mal.

Caitlin toma el libro. Sus dedos recorren las marcas y corrige varias cifras antes de llegar al final.

Darian me observa por encima de los registros.

—Parece que ya tenemos a alguien capaz dentro de este clan.

Caitlin vuelve la cabeza hacia él.

—Sé lo que había antes de la muerte de Sorley. Después algunos hombres habrán escondido cuanto puedan proteger y otros habrán vendido cuanto temían perder.

—Vendrás con nosotros —decido.

Ahora sí me mira.

—¿Adónde?

—A las aldeas. Necesito comprobar cuánto queda y averiguar quién se ha aprovechado de la muerte de Sorley.

Beathag da un paso, dispuesta a objetar. Caitlin la detiene levantando dos dedos.

—Empezaremos por Tolsta —dispone, como si la decisión hubiera sido suya—. Después podemos bajar hasta Borve antes de que oscurezca. Annabell guarda las redes en una construcción junto a la playa y estará trabajando a esta hora.

—He dicho que vendrás —la interrumpo—. Todavía no he decidido la ruta.

—Entonces tendrás que decidirla deprisa —responde sin alterarse—. Si llegamos a Tolsta después del mediodía, los hombres estarán repartidos entre la costa y los campos, y acabarás interrogando a ancianas que te dirán exactamente lo que creen que un hombre armado desea oír.

La miro durante unos segundos. No parece estar desafiándome. Sencillamente, conoce esas aldeas mejor que yo y no piensa fingir lo contrario para proteger mi autoridad.

—Tolsta primero —concedo—. Borve dependerá del tiempo que tardes en corregir a todos los hombres que encontremos.

—Solo corrijo a los tercos —replica Caitlin.

Una sonrisa acompaña la frase. Es pequeña, todavía cautelosa, pero está dirigida a mí. Tardo un momento más de lo necesario en apartar los ojos.

Finn vuelve la cabeza hacia mí con esa sonrisa suya que siempre sabe demasiado. Le frunzo el ceño. No sirve de nada.

Caitlin busca a Beathag junto a la puerta.

—Que preparen pan, queso y la cesta pequeña de remedios. En Tolsta sigue enfermo Murchadh y quiero ver cómo respira antes de mandarlo otra vez al mar.

Beathag asiente y sale sin preguntar cuánto durará la visita. Caitlin cierra el libro, lo deja frente a mí y la sigue.

Al parecer, todos en este castillo sabían que Caitlin recorría las aldeas salvo los hombres encargados de anotar lo que estas necesitaban.

Darian espera a que las mujeres salgan antes de mirarme.

—Pensaba que ibas a llevarte a Caitlin.

—Eso voy a hacer.

Me da un golpe en el hombro con una seriedad que no consigue ocultar su burla.

—Yo diría que ella acaba de llevarnos a todos.

En Tolsta nos esperan antes de que alcancemos las primeras viviendas.

La noticia de nuestra llegada corre con mayor rapidez que los caballos. Media docena de hombres aguarda junto al camino, varias mujeres han salido a las puertas y los niños ocupan cualquier espacio donde puedan estorbar sin que una madre consiga atraparlos.

El parche viaja guardado en mi zurrón. Con el cielo bajo y la claridad apagada por las nubes, el ojo herido tolera el camino. La gente de Tolsta parece agradecerlo menos. Algunos recuerdan demasiado bien el rostro de Sorley y tardan unos instantes en encontrar las diferencias.

Luego desmonto.

El caballo, que hasta entonces parecía grande, pierde esa cualidad a mi lado. Los hombres se enderezan. Uno aparta a su hijo del camino con una mano rápida y una muchacha que lleva un cesto de turba se queda quieta hasta que la mujer situada a su lado le golpea el brazo.