Capítulo 6 #3
El placer queda suspendido dentro de mí junto con su sexo, duro, caliente, hundido hasta el fondo. Su mano abandona mi pecho y vuelve a mi nuca.
—¿Cuál es mi nombre, Caitlin?
La pregunta me llega junto al oído, ronca y cargada de furia.
—Broen.
—Úsalo.
Sale casi por completo y entra de una sola embestida.
El golpe desplaza de nuevo el arcón sobre la piedra.
Mi gemido llena la habitación antes de que consiga morderlo, y Broen vuelve a hacerlo, más fuerte, arrastrándome hacia él cada vez que empuja.
La espada choca contra su muslo. Maldice, se la arranca del cinto y la deja caer sin apartarse de mí.
El metal golpea el suelo y algo en ese abandono termina de volverlo otro hombre.
Ya no consigue contenerse.
—Broen —repito.
Él responde hundiéndose con una fuerza que me obliga a abrir más las piernas.
El placer se vuelve imposible de contener.
Crece en el punto donde su cuerpo entra en el mío, alimentado por el roce profundo, por el peso de su mano en mi pecho, por la manera en que su respiración pierde el ritmo cada vez que aprieto a su alrededor.
Broen mantiene la cadencia con una precisión feroz, sin darme tiempo a escapar del siguiente golpe ni de la sensación que va cerrándose dentro de mí.
Mis dedos resbalan sobre la tapa del arcón.
Él los cubre con los suyos después de soltar mi cuello.
Ese contacto me desarma más que todo lo anterior. Su palma sobre mi mano, los dedos entrelazándose durante un solo instante mientras sigue tomándome por detrás, como si alguna parte de él necesitara sujetarme de una forma que nada tuviera que ver con dominar mi cuerpo.
La presión se rompe.
El placer me atraviesa desde dentro, violento y profundo. Mis músculos se cierran alrededor de su sexo y las piernas dejan de sostenerme. Broen me atrapa contra él, continúa empujando mientras cada oleada me arranca su nombre y mi cuerpo lo aprieta con espasmos que parecen volverlo loco.
—Caitlin…
Lo dice entre dientes.
Su control termina de desaparecer. Las embestidas se vuelven más rápidas, desiguales, cargadas de un hambre que llevaba escondida bajo el rencor desde que cruzó la puerta. Su frente cae contra mi nuca. Me llena una vez más, profundamente, y se queda ahí.
El cuerpo entero se le tensa detrás de mí.
Siento su descarga caliente, espesa, en pulsaciones que prolongan las mías.
Durante varios segundos ninguno se mueve.
Broen sigue dentro de mí. Su respiración golpea mi piel y sus dedos continúan enlazados con los míos sobre la madera.
Después se retira despacio y el vacío que deja resulta más evidente de lo que estoy dispuesta a admitir.
Baja la camisa y las faldas que había recogido sobre mi espalda. Sus nudillos rozan la parte posterior de mis muslos al cubrirme. Lo hace con la misma atención con la que antes pretendía no acariciarme, y mi cuerpo recibe ambos gestos como si ignorara por completo la diferencia.
Después se arregla el tartán y recoge la espada. Evita mirarme mientras ajusta el cinto, quizá porque la ropa vuelve a colocarnos en lugares que hace un momento habían dejado de existir.
Entonces levanta la vista. La dureza continúa en su rostro, intacta a pesar de cuanto acaba de ocurrir.
—Dile a Beathag que deje de buscar.
—Se lo diré.
Broen asiente y se dirige hacia la puerta con su paso tranquilo de siempre. Yo permanezco junto al arcón, demasiado consciente del temblor de mis piernas y de la humedad que aún siento entre ellas.
—Broen.
Se detiene con la mano sobre el picaporte, sin volverse.
Tengo una disculpa en la garganta. También un agradecimiento. Cualquiera de los dos convertiría lo ocurrido en un favor que él me ha hecho, y eso parece todavía más cruel que guardar silencio.
—Volveré mañana —dice él.
La frase cae cruda, desprovista de cuanto ha sucedido entre nuestros cuerpos. Una nueva cita con el mismo propósito. Levantarme las faldas, dejar su semilla dentro de mí y marcharse antes de que alguno recuerde lo que pudimos haber sido.
Broen abre la puerta.
—Y las veces que hagan falta —añade.
Sale sin mirarme.
Quiero pedirle que vuelva la cabeza. Que me permita encontrar al muchacho con quien iban a casarme dentro del hombre que acaba de irse con tanta frialdad.
Vuelvo a callar.
La puerta se cierra. El sonido apenas alcanza a llenar la estancia, pero algo dentro de mí cede con él.
La primera lágrima cae sobre mis nudillos.
Me la seco con el dorso de la mano, enfadada por esa traición. Otra ocupa su lugar antes de que termine el gesto. Después otra.
Lloro en silencio, apoyada en el arcón sobre el que hace un momento me ha doblado para engendrar una criatura.
Lloro por el muchacho que esperaba casarse conmigo, por la joven que guardó silencio cuando se lo arrebataron y por los dos adultos que han conseguido convertir todo cuanto sintieron en una obligación cumplida a espaldas el uno del otro.
Diecisiete años después, sigo callando cuando más importa. Entonces mi silencio dejó sitio para que otros eligieran por mí y obligó a Broen a vivir con una respuesta que yo nunca le había dado. Ahora la puerta se cierra antes de que pueda descubrir todo lo que todavía no consigo decirle.