Capítulo 6 #2
—¿Cómo lo quieres, Caitlin?
La pregunta me llega pegada a la piel. Su mano continúa en mi nuca, el pulgar inmóvil bajo el nacimiento del cabello.
—No… no lo sé.
Broen acerca la boca a mi oído.
—Apoya las manos.
Obedezco despacio, colocando las palmas sobre la tapa. La madera está fría. Él, detrás, parece hecho de todo el calor que falta en la estancia.
Su mano izquierda abandona mi cintura y encuentra la tela de mi falda. Los dedos recogen un primer pliegue, después otro, sin prisa y sin caricias.
Pretende convertirlo en una tarea.
Levantar la ropa, apartar la camisa, engendrar la criatura y marcharse con la misma expresión con la que revisaría una espada antes de una batalla.
La tela asciende por mis pantorrillas.
La camisa queda atrapada entre mis muslos y Broen la sube con la falda hasta descubrirme.
El frío alcanza mi piel.
—Inclínate más.
Mis dedos se aferran al borde opuesto de la tapa mientras desplazo las manos hacia delante. El pecho desciende y las caderas quedan más expuestas ante él.
Su mano se apoya en mi nalga. La abarca casi entera. Al principio parece limitarse a sostenerme, a colocar mi cuerpo donde necesita tenerlo. Después aprieta. Sus dedos se hunden en la carne y el pulgar recorre despacio la curva superior hasta detenerse junto a la hendidura.
Desliza la mano hacia abajo, siguiendo la curva de mi nalga. Sus dedos se cierran por debajo y la levantan. Me abre con una firmeza impersonal que consigue resultar más íntima que una caricia.
El aire frío alcanza lugares que ningún vestido deja expuestos y mis muslos se tensan.
—Separa las piernas.
Lo hago.
Su pulgar alcanza mi sexo, presiona la carne y aparta uno de los labios, abriéndome un poco más a su mirada. Permanece así durante una pausa demasiado larga. Después sus dedos bajan entre mis piernas y encuentran la humedad acumulada en la entrada.
Se quedan quietos.
La mano en mi nuca se cierra con mayor fuerza.
La vergüenza me sube por la espalda, mezclada con una satisfacción que resulta todavía más humillante.
El pulgar avanza muy despacio, abre más los pliegues y roza el lugar donde todo mi cuerpo se concentra de golpe. Se me doblan los codos. Broen aprieta mi nuca y me sostiene antes de que el pecho choque contra el arcón.
Sus dedos vuelven a moverse. Esta vez saben lo que buscan.
Me recorren con una atención que contradice cada esfuerzo por mostrarse indiferente, prueban mi humedad y regresan al punto que me obliga a contener un sonido entre los dientes.
Broen respira cerca de mi sien. El tartán de él se desplaza detrás de mí y algo duro, caliente, roza la cara interna de mi muslo.
Broen curva la mano e introduce un dedo dentro de mi sexo y una sacudida me atraviesa las caderas.
—Quiero oírte decir mi nombre.
—Sé quién eres, Broen.
Su nombre sale distinto a como lo he pronunciado desde que volvió. Apenas una sílaba rota, demasiado parecida a una súplica.
Él retira los dedos.
La pérdida me arranca un movimiento hacia atrás. Mi trasero encuentra su erección bajo el kilt y Broen suelta el aire contra mi cuello. La mano que sostiene mi nuca baja hasta mi hombro, obligándome a inclinarme un poco más. Con la otra se recoge el tartán.
Su sexo queda atrapado entre nuestros cuerpos, duro, caliente, recorriendo la hendidura cuando mueve apenas las caderas.
Su mano regresa a mi nuca.
—Caitlin.
Solo mi nombre. Una advertencia, quizá la última oportunidad de detenerlo.
Giro un poco la cabeza.
—Sigue.
Su respiración se rompe junto a mi oído.
La punta se acomoda en mi entrada.
Broen permanece inmóvil unos segundos, como si aún creyera posible separar el cuerpo de todo lo demás. Su pulgar vuelve a la base de mi nuca y acaricia una vez, solo una, antes de recuperar la firmeza.
—La mentira puede necesitar la paternidad de Sorley —dice—. Pero hoy aquí dentro solo estaré yo.
Empuja.
El primer avance apenas consigue abrirme. Es demasiado grande. Mi cuerpo se contrae y, durante un instante, espera la embestida con la que Sorley vencía cualquier resistencia y conseguía imponerse.
Broen se detiene sin retirarse ni forzar más.
La espera resulta peor que el empuje. Siento cada latido contra él, la presión estirándome, el aire frío sobre la piel húmeda y su respiración cada vez menos regular junto a mi oído. Cuando consigo soltar el aire, mis músculos ceden un poco y Broen aprovecha esa mínima relajación para entrar más.
Lo hace despacio, con impulsos breves que me abren alrededor de su grosor y pausas en las que parece obligarse a conservar el control.
El ardor inicial se extiende, cambia, se vuelve una plenitud que me arranca el aliento conforme su cuerpo reclama espacio dentro del mío.
Bajo mis palmas, la madera cruje. Detrás de mí, Broen guarda silencio, pero sus dedos se hunden en mi cadera cada vez que avanza otro poco.
Cuando sus caderas alcanzan las mías, permanece inmóvil.
Lo tengo entero dentro, tan profundo que cualquier respiración desplaza la presión de un lugar a otro.
Broen inclina apenas mi pelvis y vuelve a acomodarse; el cambio hace que su miembro roce un punto que me dobla los dedos contra el borde del arcón.
Aprieto alrededor de él sin pretenderlo.
La mano que me sujeta la nuca se cierra y su respiración se rompe junto a mi oído. Esa pequeña pérdida de control, la primera que le arranco desde que ha entrado en la habitación, me provoca una satisfacción tan intensa como la sensación que acabo de sentir con él dentro de mí.
Broen apoya la frente entre mis hombros. Ese único gesto, escondido donde cree que no puedo verlo, me dice más que todas las palabras que se ha negado a ofrecerme.
—Caitlin —gruñe.
—Estoy bien.
Sale casi por completo y vuelve a entrar de una sola embestida. Un gemido se me escapa antes de poder contenerlo.
Broen repite el movimiento, todavía medido, todavía empeñado en tratar mi cuerpo como el lugar donde debe dejar una semilla.
A la tercera embestida, mi cadera lo busca.
Su control se rompe con una blasfemia.
La mano que me sujeta la nuca baja hasta el hombro y la otra se cierra sobre mi cadera. El siguiente empuje pierde contención. Broen entra hasta el fondo, me mantiene allí un instante y vuelve a retirarse con una lentitud que me obliga a sentir cada parte de él.
El arcón cruje bajo mis manos.
Él pretendía cumplir un trámite. Se nota en la ropa apenas apartada, en la espada todavía colgada de su cintura, en la forma en que evita besarme, mirarme o tocar cualquier lugar con ternura.
Hasta su tartán continúa cayendo alrededor de nuestras piernas como una cortina torpe levantada solo donde estorba.
Mi cuerpo carece de su disciplina.
Cada vez que se hunde en mí, algo se tensa bajo mi vientre. La presión crece, retrocede con él y vuelve más intensa cuando sus caderas golpean las mías.
Quiero mantenerme quieta, concederle la ficción de que podría haber sido cualquier hombre y de que yo solo estoy aquí para recibir aquello que necesito.
Entonces vuelve a salir y mis caderas lo siguen.
Broen se detiene dentro de mí.
Su respiración me alcanza caliente detrás de la oreja. Los dedos que me sujetan el hombro se hunden en la lana, como si acabara de descubrir una traición especialmente grave.
—Otra vez —dice.
Tardo un instante en comprender que espera que repita el movimiento.
Empujo hacia atrás.
Su sexo se hunde un poco más, aunque habría jurado que ya había ocupado todo el espacio posible. Broen exhala contra mi nuca y el sonido consigue que se me apriete el sexo alrededor de él.
—Caitlin.
Mi nombre lleva una advertencia que el cuerpo de ambos ha decidido ignorar.
Vuelvo a moverme. Esta vez despacio, recorriéndolo por mi cuenta. El placer cambia cuando dejo de recibirlo y empiezo a tomarlo.
Broen permanece quieto, pero su mano abandona mi hombro, baja por mi costado y se extiende sobre el vientre, sujetándome contra él.
La otra sube hasta mi garganta. Inclina mi cabeza hacia un lado con los dedos bajo la mandíbula. Durante un segundo creo que va a besarme.
Sus labios se posan en el lugar donde el cuello se une al hombro.
El contacto es breve y cerrado, casi casto. Precisamente por eso me atraviesa con más fuerza que sus embestidas. Broen parece darse cuenta al mismo tiempo, porque sus dientes rozan la piel antes de apartarse y su respiración pierde el ritmo.
Vuelve a inclinarme sobre el arcón.
Esta vez, cuando entra en mí, queda muy poco de aquel hombre dispuesto a cumplir una obligación. Sus caderas golpean las mías con una fuerza que desplaza la madera sobre el suelo.
Una mano permanece en mi cuello. La otra sube hasta mi pecho, encuentra el borde del escote y se introduce bajo la tela. Sus dedos rodean un pezón endurecido y lo aprietan mientras su sexo vuelve a llenarme.
El placer se concentra demasiado deprisa, intenso, desconocido.
—Con Sorley nunca…
Broen se detiene.