Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 6
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Capítulo 6

«Caitlin»

E alasaid tarda menos de una hora en examinarme y bastante más en marcharse.

Al cerrar la puerta, deja conmigo el cuenco de agua tibia, la colcha revuelta y los cordones del cuerpo del vestido flojos sobre el pecho.

Llevo varios minutos intentando tensarlos.

Mis dedos atrapan un extremo, pierden el otro y vuelven a empezar con una torpeza que empieza a parecer personal.

El vestido ha decidido que hoy también quiere participar en mi condena.

Termino por rendirme. Una mujer a punto de morir puede permitirse enseñar algo más de pecho de lo acostumbrado.

De todas formas, Ealasaid debe de estar al otro lado de estas paredes hablando de ellos de mi vientre y la fecha en que mi cuerpo acabará desmintiendo cuanto he dicho.

Desde la ventana solo veo a dos hombres de Niall en el patio, quietos bajo la llovizna como si custodiaran algo que ya les perteneciera.

Un golpe en la puerta precede a Broen. Entra sin esperar respuesta y cierra a su espalda. Parece dispuesto a hablar hasta que me mira.

Sus ojos pasan por mi rostro y descienden siguiendo la abertura que los cordones no han logrado cerrar.

La camisa ha descendido con el vestido y deja al descubierto la curva alta de mis pechos.

Broen se queda inmóvil, con una mano todavía sobre la puerta.

Solo dura una respiración, pero veo la tensión que le endurece la boca, el aire que contiene y el esfuerzo tardío con que obliga a sus ojos a regresar a los míos.

Hasta ese instante apenas había sentido el frío sobre la piel. Ahora noto el roce de la tela y cada fragmento desnudo como si fuera su mirada la que lo tocara.

—Ealasaid ha hablado con Niall.

Su voz conserva la dureza del salón. También la distancia.

—¿Y qué ha contado de mí?

Broen avanza hasta la mesa y toca el cuenco con dos dedos.

—Todavía es pronto para confirmar una criatura. También para negar que exista. Se quedará hasta que tu cuerpo dé una respuesta.

El alivio dura tan poco que apenas merece el nombre. Ealasaid me ha concedido tiempo y se ha instalado dentro de él para vigilar cómo se agota.

—Entonces sigo embarazada unas semanas más.

—Ante el consejo.

—Es el único lugar donde importa.

Broen siempre ha tratado las palabras como promesas. Yo aprendí con Sorley que también sirven para esconderse.

—Cuando vuelvas a sangrar, dejarán de fingir que piensan juzgarte —dice—. Niall regresará, los ancianos hablarán de traición y alguno recordará que una ejecución rápida cuesta menos que alimentar prisioneros.

—Beathag encontrará a alguien que sepa guardar silencio.

Broen se queda inmóvil. Su rostro apenas cambia, pero la mano apoyada sobre la mesa se aplana contra la madera.

—¿Y piensas acostarte con el primero que acepte?

—Pienso seguir respirando cuando termine el mes si es posible.

Aparta la mano de la mesa y viene hacia mí con una lentitud que consigue que piense en todas las razones por las que debería retroceder.

—Ese hombre podría exigirte plata, tierras o el derecho a volver cada vez que le apeteciera. Podría engendrar al niño y vender la verdad al mejor postor.

—Beathag elegirá bien.

—Beathag escogerá entre hombres a los que apenas conoce y tú pondrás tu vida en manos del que mienta mejor.

—Tu negativa me obliga a trabajar con opciones peores.

Broen se detiene casi frente a mí. La cercanía me obliga a alzar el rostro.

—¿Estás dispuesta a traer una criatura al mundo para sostener una mentira?

La pregunta me hiere más de lo que debería. Quizá porque, dicha por él, convierte los últimos diecisiete años en una ocurrencia nacida ayer junto al adarve.

—¿Crees que jamás he deseado un hijo?

—Creo que estás desesperada.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

Me obligo a sostenerle la mirada. Llevo demasiado tiempo permitiendo que otros hombres interpreten mi silencio según les conviene.

—He pasado años esperando —continúo—. Contando días, bebiendo remedios amargos, rezando a santos que debían de tener asuntos más urgentes y escuchando a mujeres explicarme que una criatura llegaría en cuanto dejara de pensar en ella.

Como si pudiera olvidar el hueco cada vez que una criada me entregaba el hijo de otra mujer para que lo sostuviera.

La boca de Broen pierde parte de su dureza. Apenas un instante. Después vuelve a cerrarse sobre todo aquello que se niega a decir.

—Ese niño nacería dentro de una mentira.

—Nacería querido. Hay criaturas que reciben bastante menos.

—Su padre tendría que ocultarse.

—Tendría una madre que lo ama.

La respuesta queda entre nosotros.

Broen baja la vista hacia mi vientre y el gesto me provoca una sensación extraña, tierna y carnal a la vez.

—Y tú decidirías quién lo engendra como quien elige un semental —dice. Su voz apenas supera el crepitar del fuego, aunque uno de sus músculos se tensa junto a la mandíbula.

—No tengo tiempo para ponerme exquisita.

—Hablas de acostarte con un desconocido como si el valor pudiera sustituir a la seguridad.

—El valor suele ser lo único que queda cuando la seguridad pertenece a otros.

La frase me sale más alta de lo que pretendía. Broen recibe el golpe sin apartarse y acorta la poca distancia que aún nos separa. La parte posterior de mis piernas encuentra el borde del arcón. Solo entonces comprendo que he retrocedido.

Él también.

Sus ojos descienden hacia el mueble y regresan despacio a mi rostro. Espero que se aparte, quizá que diga algo que me permita fingir que ninguno ha advertido mi retirada.

Broen permanece donde está.

La vergüenza dura apenas un instante. Después se mezcla con el calor de su cuerpo, con mi escote abierto y con la certeza de que podría rozarme si cualquiera de los dos respirara un poco más hondo.

—¿Me temes? —pregunta.

La verdad resulta poco elegante, pero mentirle ahora sería una estupidez incluso para mí.

—Me pones nerviosa.

Broen vuelve la cabeza hacia la ventana. El gesto me permite respirar, aunque la pérdida de su atención produce una decepción absurda.

Quiero que se aleje. Quiero que vuelva a mirarme.

—Siempre encuentras una forma de hacer que yo parezca una segunda elección —dice.

Tardo un momento en comprender.

—Jamás te consideré así.

—¿De verdad? ¿Ni cuando tu padre decidió cambiar a un prometido Morrison por otro y tú aceptaste?

La frase abre una puerta que ambos llevamos años manteniendo cerrada.

Antes de Sorley, mi nombre estuvo unido al de Broen. Mi padre lo decidió cuando ambos éramos jóvenes.

Después Sorley empezó a mirarme durante las cenas. Al principio con curiosidad y más tarde con ambición. El que él fuera el heredero terminó importando más que cualquier promesa anterior.

Una mañana, mi padre me informó de que me casaría con Sorley, no con Broen.

—¿Crees que me dieron oportunidad de elegir o decir algo?

Él recibe mi defensa sin compasión. Siempre fue así con Broen. Obligaba a las verdades a permanecer de pie después de ser pronunciadas.

—Sorley obtuvo el título, las tierras y la esposa —dice—. Ahora quieres que yo te dé un hijo para que todos crean que también es suyo.

La herida bajo sus palabras me alcanza con más fuerza que la acusación.

—Quiero vivir.

—Quieres utilizar mi cuerpo para mantener intacta la vida que elegiste con él.

—Aquella vida terminó mucho antes de que Sorley muriera.

—Y has esperado a necesitarme para decírmelo.

Mi boca se abre, pero ninguna respuesta llega a tiempo. Broen observa mi vacilación y algo oscuro cruza sus ojos. Ha encontrado el punto donde el miedo y la culpa se mezclan, y sabe exactamente cuánto presionar.

Después su atención pasa por encima de mi hombro y se fija en algún punto que no alcanzo a ver.

—Date la vuelta.

La orden me recorre con un estremecimiento antes de que mi buen juicio decida si piensa obedecer. Giro despacio. La tapa del arcón roza mis nudillos y el fuego deja un calor tenue sobre mi mejilla derecha.

Broen se coloca detrás de mí.

Su presencia llena el espacio sin tocarme. Siento el calor de su cuerpo a través de la lana, el movimiento de su respiración cerca de mi cabello y el peso de una mano que todavía permanece junto a su costado. La espera consigue más que cualquier caricia.

Y luego sus dedos se hunden en mi cabello y lo apartan hacia un lado. Solo entonces siento el aire sobre una franja de piel que ignoraba tener descubierta. Ealasaid también dejó abierto el pequeño cierre de la nuca.

Broen encuentra las dos piezas del broche. Durante el instante que tarda en acercarlas, no sé si pretende unirlas o separarlas todavía más.

El hierro encaja con un chasquido.

Naturalmente. Broen podría sobrevivir a una emboscada, gobernar un clan y cerrar una presilla diminuta sin perder la paciencia. Yo he necesitado una mañana para fracasar en una de esas tareas.

Sus nudillos rozan mi nuca al retirar la mano. El contacto dura apenas un instante, pero mi piel continúa sintiéndolo cuando ya ha desaparecido.

—¿Dejarás que otro hombre te desvista? —pregunta.

La voz me llega baja, junto al oído.

—Le dejaré hacer cuanto sea necesario.

Broen me sujeta el cuello con una mano.

El pulgar queda bajo la oreja y los dedos se curvan sobre la nuca con una firmeza que podría apartarme o atraerme. Mi pulso golpea bajo su pulgar. Por la quietud con que me sostiene, tengo la impresión de que cuenta cada latido.

—¿También dejarás que vuelva cuando quiera?

—Solo hasta que cumpla su cometido.

—Un hombre que se acueste contigo jamás se conformará con tan poco.

—Tú sí lo harías.

La presión de sus dedos aumenta.

—Todavía no he aceptado.

Giro la cabeza lo bastante para encontrar sus ojos. Su boca queda cerca de mi sien y descubro que el miedo puede convivir con una expectación tan violenta que parece empeñada en abrirse paso fuera de mi vientre.

—Entonces suéltame.

Broen permanece inmóvil.

Su mano tampoco se mueve.

—Si acepto —dice al fin—, Sorley quedará fuera de esta alcoba. La mentira puede necesitar su cara, pero tú sabrás quién está contigo.

—Siempre supe distinguirte.

La presión de sus dedos aumenta. Su otra mano encuentra mi cintura. Me mantiene de espaldas a él, frente al arcón, atrapada entre su cuerpo y el arcón.