Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Darian permanece junto a la mesa, apartado de la silla que Niall podría haberle ofrecido por rango.

Altair sostiene uno de los registros bajo el brazo.

Colum parece escuchar hasta el roce de las botas contra el suelo, y Torren observa las vigas como si calculara cuántos hombres podrían ocultarse sobre ellas.

Finn ha encontrado una pared contra la que apoyarse y ofrece la imagen perfecta de la desfachatez con los brazos cruzados, una bota contra la piedra y una ligera sonrisa cada vez que Gilleasbuig o Tormod lo miran.

Broen se levanta despacio y deja una mano sobre el respaldo de la silla.

—Me asesoran a mí y se quedan.

La boca de Niall se curva apenas y él mira a Darian con mayor atención. Primero el rostro, después la empuñadura de la espada y, por último, el broche de los MacNab que prende su manto.

—Darian MacNeish —dice Niall, como si acabara de encajar el nombre con varias historias—. Algunos os describen como un proscrito que terminó convertido en laird. Otros aseguran que ya erais un jefe entonces, aunque vuestros hombres fueran fugitivos, desheredados y gente que no tenía qué comer.

Finn tuerce la boca.

—La segunda versión tiene más vigor.

Darian vuelve la cabeza hacia él.

—Finn.

—Solo valoro el esfuerzo de los narradores.

Niall mira a Finn un instante más y después vuelve a Darian.

—Os presentáis como laird MacNab. —Se recuesta despacio—. Pero sería una descortesía seguir fingiendo que ignoro quiénes ocupan este salón. Los Cuervos de Perthshire.

Las miradas del consejo pasan de uno a otro.

El nombre parece llenar mejor la estancia que sus cuerpos. Gilleasbuig se remueve en el asiento. Tormod mira de nuevo las armas, esta vez calculando cuánto tardarían sus guardias en llegar desde el patio.

He oído hablar de los Cuervos de Perthshire. Los lairds los llaman ladrones y asesinos; quienes han recibido su ayuda utilizan otros nombres. Sabía que Broen vivía entre proscritos. No sabía que se había convertido en uno de ellos.

Debería haberlo adivinado por el cuervo de plata que sujeta sus mantos y porque cuando llegaron todos vestían de negro desde los hombros hasta las botas, incluido Broen.

En las Highlands, renunciar al tartán ya constituye una declaración.

Ahora todos lo usan. Resulta más práctico, abriga, permite moverse con libertad y puede servir de manta cuando toca dormir lejos de una cama. También facilita ciertas urgencias cuando aprieta la vejiga, aunque esa ventaja rara vez aparece en las canciones.

Prescindir de tantas ventajas para parecer un cortejo fúnebre exige verdadero compromiso.

Yo observo a Broen.

Permanece junto a la silla de Sorley, con ambos ojos visibles en la penumbra, y recibe el temor de los hombres que lo expulsaron como si llevara años esperando comprobar qué aspecto tendría.

—¿Qué parte de las historias es cierta? —pregunta Niall.

—Las versiones cambian —responde Darian—. Las ruinas, los títulos y los muertos suelen permanecer.

La frase le agrada a Niall. Se nota en la atención con que la guarda, quizá para decidir después si la considera advertencia o aclaración.

Su interés se desplaza hacia Broen.

—De ti había oído que te uniste a los MacNeish, tomaste esposa y tuviste dos hijos.

Broen vuelve la cara hacia él.

—Así fue.

—Los perdiste cuando los MacNab acabaron con aquel clan.

Darian permanece inmóvil. Sostiene la mención de la matanza cometida bajo el apellido que ahora dirige con una serenidad que debe de haberle costado años adquirir.

Broen tampoco lo mira.

La lealtad entre esos hombres contiene lugares en los que nadie puede entrar sin permiso, ni siquiera para pedir perdón.

—Han pasado años —continúa Niall—. Un hombre como tú podría haber formado otra familia.

—Una mujer y dos niños ya quedaron al alcance de mis enemigos por estar ligados a mí. Con una vez bastó.

La respuesta sale baja, sin quiebres ni adornos.

Conocía la muerte de su esposa y sus hijos del mismo modo en que se conocen las desgracias ocurridas lejos. A través de frases incompletas, nombres que se callan al verte entrar y miradas que esperan averiguar cuánto derecho tienes a preguntar.

Jamás lo hice.

Ahora lo veo aferrado a la silla de Sorley y comprendo que el dolor sigue allí, en algún lugar de sí mismo, junto a una mujer y dos niños a los que debió de amar tanto como para convencerse de que murieron por haberlo amado a él.

Ayer interpreté su negativa como orgullo, rencor, quizá crueldad. En realidad le pedí que volviera a hacer exactamente aquello que convirtió su felicidad en una condena.

Mi desesperación me había permitido llamar sencilla a una petición capaz de abrirle la herida entera.

Mi estupidez tiene un talento extraordinario para encontrar nuevos fondos.

Tormod Morrison se inclina hacia la mesa.

—Vuestra voluntad personal dejará de ser el único criterio si asumís el mando. El clan necesita continuidad. Si el cargo acaba siendo permanente, tendréis que proporcionar herederos legítimos con una mujer capaz de engendrarlos.

Su mirada termina sobre mí.

Lo hace con una lentitud deliberada, concediéndome tiempo para comprender el insulto antes de recibirlo entero.

—Hace un momento el consejo colocaba el futuro del clan dentro del cuerpo de lady Caitlin. Resulta extraño que ya estés buscando otra mujer antes de que esa mujer que ha traído MacLeod haya abierto siquiera su bolsa.

Tormod se endereza.

—Hablaba de una posibilidad futura.

—Habla entonces cuando llegue.

La voz de Broen conserva la misma calma. Su mano, en cambio, continúa cerrada sobre la silla de su hermano.

Niall observa el gesto, después me mira a mí y finalmente fija la atención en los hombres del consejo.

Ha venido a juzgar si los Morrison todavía merecen decidir sobre otros clanes. En menos de una hora, ellos mismos se han encargado de ofrecerle argumentos para concluir que no.

—Primero estableceremos si existe el heredero de Sorley —dice—.

Después habrá tiempo para discutir las obligaciones matrimoniales del hombre que ocupe esa silla.

Y me temo que, si lady Caitlin ha mentido al consejo y a su clan sobre el embarazo, su palabra perderá cualquier valor —añade Niall—.

Tendrá que enfrentarse a un juicio por el asesinato del laird Morrison.

—¿Entonces me enfrentaré a un juicio? —digo—. Qué alivio. Durante un momento temí que el consejo prefiriera ahorrarse ese trámite y pasara directamente a elegir la cuerda.

Tormod frunce los labios.

—Vuestra situación exige seriedad.

—Mi situación exige justicia, pero algunos hombres presentes decidieron que yo había matado a Sorley incluso antes de que su cuerpo se enfriara y ahora parece que tenéis prisa por desmentir mi embarazo.

Niall entrelaza las manos sobre la mesa.

—Una criatura anunciada después de una acusación tan grave invita a la duda… Por curiosidad, ¿te contó Sorley algo antes de morir que permita saber quién quería matarlo?

—Sorley hablaba mucho —respondo—. Escuchar a los demás le parecía una pérdida de tiempo, así que tenía que llenar él solo todos los silencios.

Broen permanece inmóvil junto a la silla, aunque su atención abandona a Tormod y se fija en Niall.

—Me refiero a sus preocupaciones —aclara él—. Alguna disputa reciente, una amenaza, un asunto que temiera ver descubierto.

—Mi marido temía perder autoridad, quedar en ridículo y que alguien recibiera una porción de venado mayor que la suya. Convendría precisar un poco.

Tormod deja escapar el aire por la nariz.

—Ese tono perjudica vuestra causa.

—Mi dulzura tampoco consiguió convencer a nadie de que merecía un juicio. No tengo demasiada fe en las virtudes femeninas que os complacen.

—Ealasaid examinará a lady Caitlin esta tarde —resuelve Niall.

—Lo hará cuando yo disponga —corrige Broen—. El mando provisional acaba de recaer en mí.

Ambos hombres se miran. Niall conserva el título más poderoso de la isla. Broen posee la silla, el clan y cinco proscritos que han incendiado castillos, derribado duques y arrancado mujeres de hogueras.

Por primera vez desde que entré, el laird MacLeod parece calcular cuánta autoridad está dispuesto a gastar para imponer una orden pequeña.

—Entonces disponlo —concede—. Antes de regresar a Skye, decidiré si los Morrison aún están en condiciones de conservar el cargo que acabas de aceptar.

Lewis necesita un brieve capaz de juzgar disputas entre clanes.

Difícilmente podréis exigir a otros que acaten vuestras sentencias si sois incapaces de impartir justicia entre los vuestros.

Ahí está la verdadera amenaza que ha traído consigo.

El cargo de los brieves pertenece a los Morrison desde mucho antes de que Sorley y Broen nacieran, pero la tradición solo dura mientras el señor de la isla considere útil respetarla.

Perderlo significaría algo más que entregar un título.

Cada clan al que los Morrison han exigido obedecer una sentencia recordaría que el juez ya carece de autoridad para mantenerla.