Capítulo 5
«Caitlin»
E l primer toque de cuerno me encuentra intentando decidir si la miel puede convertir una avena reseca en desayuno o únicamente en una avena reseca y pegajosa.
Beathag sostiene el tarro sobre mi cuenco con una generosidad que empieza a parecer una amenaza. Cuando llega el segundo toque, inclina la mano y deja caer una última hebra dorada, fina como un hilo.
—Llega alguien importante —dice, y cierra el tarro con los labios apretados—. O alguien que desea parecerlo.
En el corredor se levantan voces. Oigo pasar a las criadas con pasos apresurados y ese cuidado inútil de quienes pretenden correr sin que nadie note que corren.
Mairi abandona la labor junto al fuego y se asoma a la ventana. Yo permanezco sentada unos segundos más, porque levantarme demasiado deprisa revelaría interés y últimamente cualquier gesto mío acaba convertido en testimonio.
—Los MacLeod —anuncia Mairi.
Beathag deja el tarro sobre la mesa.
—Qué considerados. Han esperado hasta que desayunáramos.
Miro mi cuenco intacto.
—Su consideración tiene límites.
Me acerco a la ventana y aparto la contraventana lo bastante para ver el patio. Doce hombres desmontan junto a la entrada principal. El viento hincha sus mantos y agita las crines de los caballos, que resoplan sobre las piedras como si también ellos estuvieran cansados de las travesías urgentes.
Niall MacLeod entrega las riendas a uno de los mozos.
Lleva poco más de un mes siendo laird y todavía hay quienes pronuncian el título después de una pausa, como si esperaran que Roderick saliera de la tumba para corregirlos.
Otros aseguran que la sangre del viejo MacLeod jamás pasó por las venas de su heredero.
Durante años, Roderick consiguió acallar el rumor con una mirada. Niall tendrá que hacerlo con algo más.
Una mujer desmonta detrás de él. Tiene el cabello blanco recogido bajo el manto y viste lana oscura, sin bordados ni joyas que expliquen su presencia.
Rechaza la mano de uno de los hombres, baja por sí misma y recoge una bolsa de cuero de la alforja.
Beathag aparece junto a mi hombro.
—¿Su madre?
—Murió hace años.
—¿Una amante?
—¿Con esa edad? La matará.
Niall ha entrado y salido de Dùn Mhoireasdan dejando sonrisas entre las criadas, suspiros entre las viudas y a más de un marido pendiente de la puerta de su alcoba. Heredar el título de su padre puede haberle dado nuevas obligaciones, pero dudo que le haya privado de su vigor.
Beathag observa a la mujer cruzar el patio.
—Parece resistente.
—Más le vale.
Tres golpes interrumpen a Beathag antes de que encuentre otra posibilidad indecente. La tranca se retira al otro lado de la puerta y uno de los hombres del consejo aparece en el umbral.
—Lady Caitlin, reclaman vuestra presencia en el salón. Lord MacLeod quiere que asistáis a la entrega del mando.
No es una invitación. Beathag recoge mi capa, pero el guardia levanta una mano cuando intenta seguirme.
—La señora irá sola.
Beathag aprieta los labios. Le quito la capa antes de que decida utilizarla para estrangularlo y salgo al corredor. El segundo guardia me espera junto a la escalera. Uno camina delante de mí y el otro permanece a mi espalda durante todo el descenso.
Ayer me permitieron subir al adarve porque no conduce a ninguna parte. Hoy me llevan al salón porque necesitan que la viuda acusada y su supuesto heredero estén presentes. Ninguna de las dos cosas significa que pueda escoger adónde voy.
Entro en el salón entre los dos guardias. Uno me conduce hasta un banco situado contra la pared, apartado de la mesa del consejo, y espera a que me siente antes de colocarse detrás de mí. El otro permanece junto a la puerta. Nadie considera necesario explicarme que también vigilan las salidas.
Los MacLeod han ocupado el salón antes incluso de sentarse. Sus capas mojadas cuelgan sobre los bancos, las botas han dejado barro junto a la mesa y Gilleasbuig permanece en un extremo con la expresión de quien acaba de descubrir que también puede sentirse invitado en su propio consejo.
Broen permanece junto a la silla de Sorley.
La noche apenas ha suavizado las sombras bajo sus ojos. Esta mañana no lleva el parche. El ojo que acostumbra a ocultar parece más claro que el otro, con el color alterado. Quizá nadie repare en la diferencia. Yo sí.
Lleva el cabello mojado y la espada al costado.
Su mano descansa sobre el respaldo tallado, con los dedos separados, sin aferrarse. De niño hacía lo mismo antes de montar un caballo difícil: apoyaba la palma sobre la silla y esperaba, como si la paciencia pudiera decidir cuál de los dos cedía primero.
Cuando al fin vuelve la cabeza, su mirada se detiene en mí durante un instante y continúa hacia Niall.
Ayer me dejó con una negativa clavada entre las costillas.
Esta mañana permanece junto a la silla de Sorley, a punto de recibir poder sobre los hombres que me acusan y sobre las puertas que me impiden huir.
Quisiera saber qué ha decidido durante la noche.
Quisiera aún más que me importara menos.
Guardo las manos sobre el regazo mientras Gilleasbuig explica que el consejo ha acordado entregar a Broen el mando provisional. Habla de estabilidad, sucesión y deber con la solemnidad de quien coloca palabras limpias sobre una mesa manchada.
—Aceptarás el cargo ante mí —dice Niall cuando el anciano termina—. Mi presencia impedirá que mañana alguien cuestione lo acordado hoy.
Un par de consejeros bajan la mirada. Niall los observa y comprendo que los rumores sobre su nacimiento le han enseñado a reconocer muy pronto cuándo un hombre prepara una duda para utilizarla después.
Broen rodea la silla y se coloca frente a ella.
—Custodiaré el clan hasta que se esclarezca la muerte de Sorley y pueda establecerse quién tiene derecho a sucederlo.
La elección de custodiar en lugar de gobernar provoca un leve movimiento en la boca de Darian.
A mí me deja una presión incómoda bajo las costillas. Años atrás le habría confiado mi vida antes de confiarle una copa a Sorley. Hoy ignoro qué hará con el poder que acaba de recibir, y que haya hablado de custodiar en lugar de gobernar no basta para devolverme la confianza.
Broen toma asiento.
El parecido con su hermano dura lo que tarda en levantar la vista. Broen recorre la mesa con la mirada y varios consejeros enderezan la espalda. Sorley disfrutaba obligándolos a bajar la cabeza. Broen parece interesado en descubrir quién se atreve a mantenerla levantada.
—Retirad los guardias de la puerta de lady Caitlin —ordena Broen—. Podrá moverse por Dùn Mhoireasdan en libertad. Si el consejo desea interrogarla otra vez, tendrá que hacerlo en mi presencia.
Tormod se inclina hacia delante.
—El consejo conserva autoridad sobre la viuda del brieve.
—La habéis ejercido durante varios días —responde Broen, apoyando un antebrazo sobre la mesa—. El resultado es una jarra vacía, testimonios contradictorios y una acusación que os conviene más de lo que habéis conseguido demostrar.
Habla sin mirarme, como si mi protección fuera una corrección dentro de un asunto de gobierno. Esa distancia debería tranquilizarme. En cambio, noto el calor subirme por el cuello con una facilidad absurda.
Niall espera a que el silencio se asiente.
—Durante generaciones, los Morrison habéis exigido que los demás clanes respeten vuestras sentencias. Resultará difícil pedir confianza en vuestra justicia mientras ni siquiera sois capaces de establecer si la viuda del brieve es asesina, madre o ambas cosas.
Varias cabezas se vuelven hacia mí. Mantengo el rostro sereno y deslizo el pulgar sobre la costura de mi falda, un tramo de hilo torcido que llevo toda la mañana evitando arrancar.
—La justicia parece depender mucho de mi vientre —digo—. Espero que el resto de mis órganos pueda descansar.
Niall me observa con atención.
—Ese vientre puede contener al próximo brieve. La isla necesita algo más firme que tu palabra.
La mujer de cabello blanco avanza entonces y deja su bolsa sobre la mesa lateral, como si acabara de tomar posesión de una parte del salón.
—Ealasaid MacLeod ha asistido partos durante más de treinta años —continúa Niall—. Permanecerá aquí hasta que pueda confirmar el embarazo.
Broen se incorpora un poco en la silla.
—Lady Caitlin ya tiene mujeres que la atienden. No necesita que le impongáis otra.
—Esas mujeres le son leales —responde Niall—. Quiero que la examine alguien que no tenga motivos para mentir por ella.
—Nadie la examinará por la fuerza.
Niall vuelve los ojos hacia mí.
—Entonces espero que acceda. Lewis necesita saber si existe un heredero.
Me pongo en pie antes de que Broen convierta la defensa en desafío.
—Ealasaid podrá examinarme.
Niall inclina la cabeza, satisfecho con una concesión que apenas le ha costado pedir, y la mujer de cabello blanco vuelve a situarse detrás de él. Ni una sonrisa, ni una mirada compasiva.
—Se decide entonces que Ealasaid permanecerá en Dùn Mhoireasdan hasta que pueda ofrecer una conclusión —decide Niall.
Niall vuelve la cabeza hacia los hombres situados junto al muro.
—Coinneach se quedará con ella. Se asegurará de que disponga de cuanto necesite para cumplir su cometido.
Uno de los MacLeod se separa del resto. Es alto y estrecho, con el cabello oscuro recogido en la nuca y unos ojos tan pálidos que cuesta distinguir hacia dónde miran. No ha pronunciado una palabra desde que entró en el salón. Tampoco recuerdo haberlo visto parpadear.
La mirada de Broen llega hasta mí. En ella hay enojo, advertencia y algo más breve que desaparece antes de que consiga nombrarlo.
Gilleasbuig carraspea y dirige una mirada hacia los hombres situados al fondo del salón.
—Queda por decidir si todos los presentes deben asistir a una reunión del consejo.
El comentario apunta a los compañeros de Broen con la delicadeza de una piedra.
Conozco ya sus nombres porque Beathag dedicó buena parte de la noche a sonsacárselos a las criadas que entraban en la torre.
Según ella, si van a mantenerme encerrada, al menos debo saber quién recorre libremente mi castillo.