Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Darian deja que continúen mientras observa cómo Altair copia las cuentas.

Con él, el silencio rara vez significa descanso.

Está colocando a cada hombre, cada dato y cada riesgo en un lugar que solo él conoce.

Fue esa forma de pensar la que mantuvo vivos a los MacNeish cuando otros habrían intentado salvar el orgullo antes que a la gente.

Sorley hacía lo contrario.

Mi hermano habría sacrificado a medio clan para que la otra mitad alabara su firmeza.

El parecido entre nuestros rostros nunca evitó que fuéramos hombres distintos. Aun así, mañana varios ancianos me mirarán esperando encontrar una versión de él.

Altair recorre varias líneas con el dedo.

—Las rentas de otoño apenas cubrieron la mitad de lo previsto. Hay familias que pagaron en lana, pescado seco y jornadas de trabajo porque carecían de grano. Otras acumulan dos entregas pendientes.

—La cosecha fue desastrosa —añade Colum—. En las cocinas mezclan la avena con cebada vieja para que dure hasta la primavera. La harina buena se reserva para los niños pequeños, los enfermos y la mesa del consejo.

Finn mira la jarra.

—El consejo conserva una admirable capacidad para no compartir las desgracias.

Darian acerca el libro hacia la vela. Incluso él, acostumbrado a estudiar cuentas después de años de saqueos, tarda unos segundos en hablar.

—¿Cuánto queda en las arcas?

Altair consulta las últimas páginas.

—Al ritmo actual, pueden pagar a los hombres durante algunas semanas. Menos si compran semillas, reparan las embarcaciones o pierden más ganado.

Torren abandona la correa que tenía entre las manos.

—Los registros cuentan ciento catorce reses. En los cercados hay setenta y ocho, incluidos seis terneros que apenas se mantienen en pie. Los mozos aseguran que los MacAulay se llevaron treinta y dos durante el otoño y que recuperaron doce.

—Quedan varias sin explicar —dice Darian.

—Eso parece.

Miro la cifra escrita junto al margen. Han cambiado los hombres, pero no la isla.

—Los robos de ganado entre los Morrison y los MacAulay son anteriores a cualquiera de nosotros.

Uig está lo bastante cerca para entrar por el oeste y lo bastante lejos para que perseguirlos cueste hombres, caballos y varios días de comida.

Cuando los Morrison recuperan una parte, suelen llevarse algo más para compensar la ofensa.

Después los MacAulay consideran que existe una deuda nueva.

—Un sistema eficiente —comenta Finn—. Nadie llega a quedarse sin enemigos.

—En Lewis una vaca rara vez es solo alimento —continúo—.

Puede pagar una boda, reparar una muerte o comprar una tregua.

Robarla significa quitarle riqueza a una familia y recordar al resto que sus tierras pueden cruzarse sin permiso.

La necesidad inicia muchas incursiones. El orgullo se ocupa de mantenerlas vivas.

Altair señala otra columna.

—Los MacLeod también han exigido una contribución extraordinaria por proteger las rutas de pesca.

Torren apoya la espalda en la pared.

—¿Protegerlas de quién?

—Depende del año —respondo—. Piratas, barcos de otros clanes o los propios hombres de los MacLeod cuando una familia tarda demasiado en pagar. Ser señor de una isla permite crear el peligro y cobrar por contenerlo.

Darian conoce bien esa clase de protección. Su mirada baja hacia las cantidades que Sorley debía entregar en primavera.

—Aceptarán ganado, derechos de pesca o tierras.

—Y cada pago debilitará más a los Morrison —dice Colum.

—Así ha funcionado siempre —explico—. Los MacLeod permiten que los clanes conserven sus disputas, sus jefes y sus cargos mientras sigan pagando y ninguno reúna fuerza suficiente para desafiarlos.

Cuando una familia se debilita, la ayudan a sobrevivir.

Cuando crece demasiado, recuerdan a sus vecinos todas las razones que tienen para odiarla.

Finn dobla una esquina del pliego hasta que Altair le aparta la mano.

—Una isla llena de hombres que se roban ganado mientras otro cobra por arbitrar la pelea.

—Para eso vosotros sois los brieves —dice Altair.

—Por pura necesidad —corrijo.

Torren vuelve la mirada hacia mí.

—Se habla del cargo como si el brieve fuera juez, jefe y memoria de la isla al mismo tiempo.

—Y lo es, además de un cargo hereditario solo Morrison.

El brieve debe conocer genealogías, límites, acuerdos y compensaciones antiguas.

Cuando dos familias discuten por una tierra, una boda o una muerte, decide qué juramento sigue obligándolas.

En una isla donde cada hombre recuerda la herida que recibió su abuelo, alguien tiene que recordar también cuánto se pagó por ella.

Altair cierra el registro para escucharme.

—¿Y los otros clanes aceptan la sentencia de un Morrison?

—Sí. La autoridad del brieve no puede ponerse en duda. Incluso cuando lo hereda alguien como Sorley.

Finn mira las cifras y después a mí.

—Sorley recibió ese honor y aun así dejó el clan sin grano, con reses desaparecidas y una deuda que los MacLeod cobrarán en primavera.

Eso sí puedo juzgarlo.

Sorley siempre supo repartir el hambre lejos de su propia mesa.

Altair termina la última línea y sopla sobre la tinta.

Darian extiende la mano.

Finn contempla los documentos, después la mano y finalmente el rostro de Darian. La resistencia le dura lo que tarda en recordar que aprecia conservar todos los dedos.

—Los devolveré.

—Esta noche.

—Qué poca confianza.

—La necesaria para conocerte bien.

Finn esconde los pliegos otra vez bajo la camisa y se dirige hacia la ventana. Colum le alcanza la capa antes de que saque una pierna.

—Usa la puerta.

—Hay guardias en el corredor.