Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 4
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Capítulo 4

«Broen»

F inn entra por la ventana con tres pliegos bajo la camisa y una indignación que parece pesarle más que el cuerpo.

—Los Morrison han perdido el respeto por el oficio de ladrón —anuncia mientras deja una bota sobre el alféizar—. Guardan sus documentos en un arcón con cerradura.

Torren levanta la vista desde el banco donde intenta reparar una correa.

—Una crueldad.

—La llave estaba colgada en la pared de al lado.

—Retiro lo dicho. Son imbéciles.

Finn se descuelga dentro de la estancia y cierra la contraventana antes de que el viento apague las velas.

Nos han instalado en una antigua cámara para invitados junto a la torre norte, grande para seis hombres y pequeña para todas las armas que el consejo preferiría haber dejado fuera.

Hay cuatro camas, un jergón, una mesa coja y un tapiz donde un ciervo parece arrepentido de haber nacido.

Darian ocupa la única silla con respaldo.

Altair ha extendido sobre la mesa el libro de leyes del clan, dos registros de cuentas y una jarra de vino que nadie ha probado todavía.

Colum se calienta las manos junto al brasero.

Yo permanezco cerca de la puerta porque el tiempo fuera de este lugar no ha conseguido quitarme la costumbre de saber cómo salir.

Finn saca los pliegos de la camisa.

—Órdenes de pago, compras y una lista de provisiones que confirma algo grave.

Altair extiende la mano.

—¿Qué?

—Sorley compraba un vino espantoso y carísimo.

—La muerte empieza a parecer misericordiosa para él —murmura Torren.

La correa deja de crujir entre sus dedos. Alza la vista hacia mí y espera, atento a si ha cruzado un límite.

Ninguno espera verme compungido por la muerte de Sorley. Mi hermano llevaba años procurando que nadie pudiera estarlo.

Aun así, una parte de mí lamenta al muchacho que fue. No merece que lo defienda ni que la muerte le conceda virtudes que nunca tuvo, pero hubo un tiempo en que ser su hermano no dolía.

Torren comprende que no voy a reprenderlo y vuelve a la correa.

Darian me mira.

—El consejo quiere saber si aceptarás el mando mientras se resuelve la sucesión.

Mientras se resuelve la sucesión.

La frase deja a Caitlin reducida a un vientre vigilado y a mí sentado provisionalmente en la silla de Sorley. Imagino el salón, las cabezas inclinadas, los mismos hombres que lo ayudaron a desterrarme explicando ahora que la sangre vuelve a convertirme en una opción conveniente.

Altair hojea uno de los pliegos robados.

—La situación les incomoda. Una viuda acusada, un posible heredero y el hermano del laird regresando con cuatro hombres armados tienden a estropear una semana tranquila.

—Cinco —corrige Finn—. Yo también cuento aunque entre por las ventanas.

—Precisamente por eso a veces te excluyo.

Colum se aparta del brasero y toma uno de los bancos.

—La gente del castillo da por cierto el embarazo. O prefiere comportarse como si lo fuera. La diferencia importa poco mientras mantenga con vida a su señora. La aprecian.

Mantengo la vista en la llama de una vela.

Caitlin me confesó la verdad con una mano apoyada sobre el vientre y el miedo escondido detrás de una broma. La imagen vuelve con más facilidad de la que merece.

—¿Qué dicen de ella? —pregunto.

Colum me observa apenas un instante antes de responder. Tiene el talento irritante de escuchar también aquello que uno intenta dejar fuera de una pregunta.

—Las criadas aseguran que conocía por su nombre a media isla y que Sorley detestaba esa costumbre porque la gente acudía a ella antes que a él. También he oído que llevaban años sin compartir aposentos.

Finn deja de colocar papeles.

Darian no mueve una ceja, pero la habitación se vuelve más atenta.

—Los rumores sobre un matrimonio suelen mejorar con vino —digo.

—Estos aparecieron antes de servirlo —responde Colum—. Sorley hablaba demasiado de su esposa. Ella, por lo visto, hablaba muy poco de él.

Eso se parece a Caitlin y, al mismo tiempo, a una mujer que desconozco.

Torren abandona la correa y apoya los antebrazos sobre las rodillas.

—La jarra salió de la cocina por la tarde. Una criada la llevó a la despensa pequeña junto al salón y permaneció allí hasta la cena. El servicio entró y salió durante horas. Pudo tocarla cualquiera que supiera qué contenía.

—¿Quién sabía que era para Sorley? —pregunta Darian.

—Todo el que hubiera trabajado aquí más de una semana —responde Torren—. Tomaba el mismo cordial casi cada noche.

Altair levanta la mirada del registro.

—La acusación necesita intención y oportunidad. La intención se la han construido con las humillaciones públicas y un trato de Sorley hacia su esposa… poco amable que todos conocían. La oportunidad resulta más difícil porque Caitlin estaba lejos cuando sirvieron la copa.

—Podía haber añadido el veneno antes de marcharse —señala Finn, sin humor esta vez.

—También podía hacerlo la criada, el cocinero, cualquiera de los invitados o el hombre que vertió el cordial —replica Altair.

Darian gira la jarra entre las manos sin beber.

—El consejo ya ha elegido la versión que mantiene el castillo en pie. La esposa resentida mata al laird. Una historia limpia.

—Las historias limpias suelen ocultar la sangre debajo de la mesa —dice Colum.

—Y nadie se pone de acuerdo sobre quién la llevó desde la despensa hasta la mesa —añade Finn—. He hablado con el mozo que retiró la cena. Recuerda que Sorley bebió, pero nadie más probó el cordial. Después de su muerte, alguien mandó vaciar la jarra.

—¿Quién? —pregunta Darian.

—Cada hombre al que interrogo acusa al que estaba a su lado. El mozo solo recuerda que varias personas gritaban y que obedeció a la primera voz que pareció tener autoridad.

Torren deja la correa sobre el banco.

—Han destruido lo único que podía decirnos si el veneno estaba en la jarra o únicamente en la copa.

Darian dirige la mirada hacia mí.

—¿Qué te contó Caitlin?

El silencio dura menos de un latido, aunque Finn tiene tiempo de dejar de sonreír.

—Lo mismo que ha repetido al consejo. Preparó el cordial, salió para atender a una mujer y regresó cuando Sorley ya había muerto.

He limitado la respuesta a la muerte y he dejado fuera todo lo demás. Darian reconoce la frontera que acabo de trazar, pero no intenta cruzarla delante de los otros.

—¿La crees?

La pregunta de Darian carece de suavidad. Entre nosotros nunca ha hecho falta.

Recuerdo la voz de Caitlin al hablar del niño muerto y la manera en que defendió a Marsaili antes que a sí misma. También recuerdo mucho tiempo atrás ese silencio que nos separó y una puerta que se cerró cuando aún esperaba que ella la detuviera.

—Creo que la acusación es demasiado cómoda.

Darian acepta la respuesta sin confundirla con una certeza.

Altair dobla uno de los documentos.

—Mientras exista la posibilidad de un heredero, Caitlin seguirá viva. El consejo puede vigilarla, limitar sus movimientos y esperar. Una ejecución precipitada pondría en riesgo los derechos del niño y dividiría al clan.

—Entonces el embarazo la protege —dice Torren.

—También la convierte en el centro de la sucesión —responde Altair—. Cada hombre con interés en Dùn Mhoireasdan tendrá un motivo para observarla.

El niño no existe y yo dejo que sigan hablando de él. Es la primera decisión que tomo acerca de Caitlin antes de haber aceptado ninguna autoridad sobre el clan.

Finn se deja caer sobre el jergón.

—Maravilloso. Asesinato, herencias y un castillo donde cualquiera puede oírte respirar a través de las paredes. Empiezo a sentirme en casa.

—Procura sentirte fuera de los arcones —le advierte Darian.

—Jamás prometo cosas contra mi naturaleza.

Darian apoya los codos sobre las rodillas.

—Mañana hablaré otra vez con el consejo. Altair revisará las normas de sucesión. Colum seguirá escuchando. Torren recorrerá el servicio de la cena con alguien que sepa distinguir una despensa de una capilla.

—Solo ocurrió una vez —protesta Torren—. Ambas estaban oscuras y olían a culpa.

Finn mira los documentos que aún conserva.

—¿Y yo?

—Devuelve lo que has robado.

Su expresión ofendida casi merece una disculpa.

—Darian, esperaba más de ti.

—Devuélvelo después de copiarlo.

Finn recupera la alegría.

Los demás empiezan a repartirse camas, mantas y turnos de vigilancia. Darian permanece sentado mientras yo miro la oscuridad detrás de la ventana.

—Aceptar el mando te permitiría controlar la investigación —dice cuando las otras voces se mezclan al fondo—. También convertiría cada decisión sobre Caitlin en algo personal, aunque nadie sepa por qué.

Vuelvo la cabeza.

—Nadie sabe nada.

—Yo tampoco.

La calma con que lo admite resulta más peligrosa que una pregunta.

Darian se levanta y toma la jarra.

—Procura que siga así hasta que tú mismo sepas qué estás haciendo.

Bebe un trago, hace una mueca y se la entrega a Finn.

—El vino era aún peor de lo que decían.

Finn prueba y escupe de nuevo dentro.

—Al fin una pista verdadera.

Vuelve a beber por puro afán científico. Su segunda mueca confirma la primera, aunque esta vez se traga el vino.

—Acabo de recordar que he bebido cosas peores.

—Como agua de lluvia dentro de una bota —dice Colum.

Torren le quita la jarra antes de que continúe investigando y la deja en el alféizar, lejos de cualquiera que todavía conserve el gusto.

Altair recoge los pliegos y empieza a copiar las anotaciones que pueden servirnos.

Finn tendrá que devolver los originales al arcón antes de que alguien descubra que faltan.

Finn se asoma por encima de su hombro. Ha elegido bien. El dinero cuenta qué ocurría mucho antes de que mi hermano bebiera el cordial.

—Has puesto «tres barriles de vino francés». Eran cuatro.

—El cuarto se compró para la festividad de San Columba.

—Sigue siendo vino.

—También tú sigues siendo una persona y a veces cuesta recordarlo.

Torren suelta una carcajada. Finn se lleva una mano al pecho y retrocede hasta chocar con el jergón.

—Esto es lo que recibo después de arriesgar la vida por la verdad.

—Has abierto un arcón con la llave que estaba al lado —le recuerda Colum.

—La facilidad del peligro jamás le resta dignidad.