Capítulo 3 #2
Broen da otro paso. No llega a tocarme, pero la distancia se reduce hasta que debo levantar la cara para sostenerle la mirada. Sorley también utilizaba su cuerpo para intimidar. Con él siempre había esfuerzo, una necesidad infantil de comprobar que los demás lo notaban.
Broen no parece intentarlo.
Eso resulta bastante peor.
—Has inventado un heredero —dice—. Has obligado al consejo a mantenerte viva y has colocado a todo el clan en espera. Quiero saber qué pensabas hacer cuando el vientre siguiera plano.
—Descubrir quién asesinó a Sorley antes de que eso ocurriera.
—¿En cuánto tiempo? ¿Un mes a lo sumo?
—Beathag ya me ha ofrecido esa misma dosis de entusiasmo. Empiezo a pensar que deberíais fundar un consejo propio.
El sarcasmo no lo mueve.
—¿Y si no lo encuentras?
La pregunta atraviesa la poca ligereza que me quedaba.
—Entonces moriré dentro de un mes en lugar de haber muerto hace cuatro días. Mi vida no bastó para detenerlos, Broen. Tuve que inventar otra dentro de mí.
Broen me observa en silencio. El viento levanta un mechón de mi cabello y lo pega contra mis labios. Lo aparto con dedos torpes, enfadada porque mi cuerpo elige ese momento para recordarme que sigo siendo una mujer ante él y no solo una acusada defendiendo una mentira.
—Fue lo único que se me ocurrió —añado—. Estaban decidiendo cuánto tardarían en juzgarme sin llamarlo juicio. Nadie buscaba al asesino. Ya me habían elegido. Así que les di una razón para esperar.
—Les diste un heredero.
La forma en que lo dice hace que algo encaje.
Su regreso. La carta de Sorley. La silla vacía en el salón. Un hermano muerto sin descendencia legítima y el gemelo desterrado cruzando el mar justo cuando todo el clan necesita un nuevo laird.
—Ah.
Broen no pregunta qué he comprendido. Quizá porque ya lo sabe.
—Crees que he inventado un hijo para impedir que reclames Dùn Mhoireasdan.
—No he dicho eso.
—No hacía falta. Si Sorley murió sin heredero, el derecho vuelve a ti. Mi embarazo te deja esperando durante meses y, si nace un niño, te aparta por completo.
El ojo visible de Broen permanece fijo en mí. Ni confirma ni niega. Solo escucha con esa quietud suya que obliga a los demás a llenar el espacio y después lamentarlo.
—¿Has venido por eso? —pregunto—. ¿Por el título?
Una gaviota grita sobre las almenas. Broen vuelve la cara hacia el patio, donde sus hombres esperan separados del resto. Incluso desde aquí se nota que no han entregado las armas.
—He venido porque Sorley me llamó.
—Eso tampoco responde.
—No todas las preguntas merecen una respuesta solo porque tú hayas decidido formularlas.
La irritación llega con una fuerza casi agradecida. Es más manejable que el miedo.
—Sigues siendo encantador.
—Nunca te gustó que no hiciera lo que esperabas.
La frase abre una puerta que ninguno de los dos debería cruzar todavía.
Lo veo en la tensión breve de su mandíbula y en la forma en que aparta la mano del parapeto.
También lo siento en mi propio cuerpo, en ese impulso absurdo de defender a la muchacha que fui y explicarle decisiones que lleva todo este tiempo juzgando sin conocerlas.
Broen no me concede la oportunidad.
—¿Qué has averiguado sobre el veneno?
—Muy poco —admito, incapaz de ocultar la frustración—. Me mantienen encerrada, vigilan cada paso que doy y han decidido que el supuesto hijo de Sorley necesita aire, pero su viuda no necesita respuestas.
—Entonces cuéntame qué ocurrió con el cordial desde que lo preparaste.
—Lo hice antes de la cena, igual que durante las últimas semanas, y lo dejé listo para que lo llevaran al salón.
Después Beathag y yo fuimos a visitar a Marsaili para asegurarnos de que ella y los suyos comían.
Marsaili se puso de parto mientras estábamos allí.
Cuando regresé, Sorley había muerto. No sé quién recogió la jarra ni quién llenó su copa, y nadie me ha permitido averiguarlo.
—El veneno pudo añadirse después de que te marcharas.
—Eso llevo diciendo desde que me arrestaron.
Broen inclina apenas la cabeza.
—Decirlo no basta.
—Gracias. Temía que fueras a facilitarme las cosas por afecto a los viejos tiempos.
Su mirada vuelve a mi vientre.
—Tendrás que seguir mintiendo.
La afirmación me sorprende lo bastante para dejarme sin respuesta.
—¿No vas a decirles la verdad?
—Todavía no. Si revelo la mentira, te colgarán y quien puso el veneno podrá dejar de preocuparse.
—Qué alivio. Siempre soñé con que mi vida dependiera de un «todavía».
Broen se vuelve hacia la puerta del adarve.
—A partir de ahora no mientas sin avisarme.
—Perdona, ¿acabas de incluirte en mi mentira?
Se detiene, pero no mira atrás.
—He dicho que no vuelvas a sorprenderme. No confundas eso con ayuda.
Da un paso hacia la puerta.
—Ya que quieres evitar sorpresas, Beathag cree que la mentira sería más fácil de sostener si dejara de serlo.
Broen se detiene.
Durante unos segundos contemplo su espalda y me arrepiento de haber abierto la boca y también de haber conocido a Beathag, de confiar en ella y de permitirle pensar con tanta libertad acerca de mi vientre.
—¿Qué significa eso? —pregunta sin volverse.
—Exactamente lo que parece. En menos de un mes volveré a sangrar y Mairi no podrá seguir inventando razones para que no me ahorquen. Beathag opina que debería quedarme embarazada antes de que ocurra.
Ahora sí se gira.
La falta de expresión de su rostro resulta más inquietante que el enfado.
—¿Y ya habéis elegido al hombre?
—Hemos revisado las posibilidades del castillo. Ha sido una conversación corta y bastante desalentadora.
No le hace gracia. Su mirada permanece fija en mí, esperando la parte que todavía no he dicho.
Me froto el pulgar contra la costura de la capa.
—Tendría que parecerse a Sorley.
La comprensión no llega poco a poco. Aparece entera y endurece algo en su rostro.
—No.
—No te lo estaba pidiendo.
—Entonces procura no hacerlo.
La hostilidad de la respuesta me eriza la piel. No hay vacilación, ni incomodidad ante una propuesta indecente que todavía no he formulado. Hay algo más antiguo. Algo que convierte mi necesidad en una ofensa incluso antes de que pueda explicarla.
—Era una idea de Beathag —digo, odiando que la aclaración suene tan próxima a una disculpa—. Una idea absurda.
—Por una vez estamos de acuerdo.
—No hace falta que parezcas tan preocupado. Aún conservo suficiente orgullo para no perseguir a un hombre por el castillo suplicándole que me haga un hijo.
Broen me observa durante un momento demasiado largo.
—Perder tu orgullo nunca fue tu problema, Caitlin.
La frase llega cargada con todo lo que dejamos sin decir y no pienso abrirlo en mitad del adarve.
Él tampoco espera una respuesta. Cruza la puerta y baja la escalera sin mirar atrás.
Me quedo frente al mar con las manos heladas, una mentira imposible dentro del vestido y la desagradable certeza de que Beathag no va a abandonar su idea solo porque Broen ya la haya rechazado por los dos.