Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 3
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Capítulo 3

«Caitlin»

D ieciséis años separados y esa es la primera pregunta que decide hacerme.

Durante un instante, la parte más absurda de mí se ofende. Había imaginado reproches, desprecio, quizá alguna observación sobre cuánto he cambiado. Incluso una frase cruel habría exigido que me mirara antes de condenarme.

Broen se limita a esperar frente al parapeto, vestido por entero de negro y con la capa sujeta al hombro por un broche en forma de cuervo.

—No —respondo—. No maté a tu hermano.

Su expresión no cambia. Ni alivio ni sorpresa. Quizá esperaba una confesión más interesante después de cruzar media Escocia.

—Eso dicen casi todos los acusados —replica.

—Imagino. Las personas enfadadas suelen tener bastante conversación.

—No siempre —dice él—. Yo estuve muy enfadado y no dije una palabra.

Ahí está.

La primera incisión llega con tanta calma que casi podría confundirse con una observación. Broen no alza la voz ni hace ademán de acercarse. Todo muy tranquilizador, salvo por la forma en que ocupa el adarve.

Incluso quieto da la impresión de contener movimiento, la clase de fuerza que no necesita demostrar nada porque ya ha sobrevivido a quien intentó quebrarla.

Sorley odiaba eso.

De niños los obligaban a pelear con varas de madera y después se sorprendían cuando Broen ganaba.

Cambiaban las reglas, le daban el arma peor, lo hacían empezar de rodillas o con una mano atada.

Él seguía siendo más rápido. Con el arco acertaba antes de que Sorley terminara de tensar.

Con la espada encontraba huecos que los demás ni siquiera veían.

La solución de su padre fue sencilla. Si no podían hacerlo menos hábil, podían hacerlo menos adecuado.

A Sorley le dieron maestros. A Broen, caballos que domar, patrullas en invierno y todas las tareas que mantenían lejos a un segundo hijo demasiado parecido al primero. Aprendió a pelear antes que a leer.

Su padre pudo mantenerlo lejos de los libros, pero no enseñarle a pensar peor. Broen observaba, razonaba y esperaba hasta que los demás acababan revelándole lo que querían ocultar. Quizá por eso me examina ahora con esa paciencia, convencido de que conmigo ocurrirá lo mismo.

—Si has venido para escuchar una confesión, lamentaré decepcionarte —digo.

—No he venido por ti —responde Broen.

La respuesta debería aliviarme. En cambio, encuentra un lugar blando y se queda allí.

—Sorley me escribió —añade—. Quería que volviera.

—Eso no parece propio de él —observo.

—Por fin coincidimos en algo —dice, sin que el acuerdo le altere el gesto.

Me acerco un paso, más por frío que por valentía, aunque él no tiene por qué saberlo.

—¿Qué decía la carta? —pregunto.

—Lo suficiente para traerme hasta aquí —responde Broen, volviendo la mirada hacia el mar—. No lo suficiente para explicar por qué murió antes de que llegara. Puede que sospechara que algo iba mal.

—Sorley sospechaba de todo el mundo —digo, sin suavizar el desprecio—. Era su forma de sentirse inteligente.

La mirada de Broen se detiene en mí y el silencio que sigue dura un instante más de lo normal.

Lo he sorprendido. Quizá esperaba que defendiera a Sorley o que, al menos, suavizara la frase por respeto al hombre cuyo hijo afirmo llevar.

Debe de recordar que acepté aquel matrimonio sin protestar.

Todavía no sabe qué ocurrió después de que se cerraran las puertas.

—¿Qué había en el cordial? —pregunta al fin.

—Corteza de sauce, miel y unas gotas de tintura de beleño —enumero—.

Sorley llevaba semanas tomando la misma preparación para el dolor de cabeza.

No era una receta secreta. Guardaba la tintura con el resto de los remedios, en mis aposentos, y podían llegar hasta ella las criadas o cualquiera a quien Sorley enviara.

También él, cuando le apetecía recordar que tenía una esposa.

La última frase sale antes de que pueda detenerla.

Broen baja la mirada hacia mis manos. Las tengo cerradas sobre la capa, demasiado tensas. Aflojo los dedos.

—¿Qué ocurría entre vosotros cuando se cerraba la puerta? —pregunta sin apartar los ojos de mis manos.

La pregunta se acerca demasiado a cosas que no pienso entregarle.

—¿Necesitas saberlo para decidir si soy culpable? —replico.

—Necesito saber si podías desear su muerte.

—Parece que ya has decidido que sí.

Se aparta del parapeto y se vuelve completamente hacia mí. El viento levanta el pliegue del tartán que lleva cruzado sobre el hombro y deja ver el jubón negro de cuero, ajustado sobre la camisa de lino. Debajo lleva espada, daga y la naturalidad de un hombre que ha pasado años necesitando ambas.

—Tengo una esposa humillada durante años —enumera Broen—, un laird envenenado con un remedio preparado por ella y varios testigos dispuestos a jurar que preferiste atender a una mujer desconocida antes que obedecer tres órdenes de regresar.

—Marsaili no es una desconocida —lo interrumpo.

—Eso no mejora tu situación —replica.

—Mejora la suya —insisto—. Seguía viva cuando me arrestaron.

Broen guarda silencio. Esta vez no parece vacío. Algo se mueve detrás de su rostro, una valoración que no me concede.

—También murió el niño —añado, porque me molesta que reduzca aquella noche a una ausencia durante la cena—. Llegué a Dùn Mhoireasdan con sangre en el vestido que no era de Sorley y, aun así, decidieron que la única muerte importante era la suya.

—La muerte de un laird siempre importa más de lo que merece —dice Broen al fin.

—Ten cuidado —le advierto—. Podrían confundirte con un proscrito.

—Sería incómodo a estas alturas —responde.

Casi sonrío. El gesto apenas llega a formarse cuando recuerdo quién está delante y cuánto puede costarme que crea que intento recuperar una intimidad inexistente.

Broen lo ve de todos modos.

Su ojo se demora un momento en mi boca y después vuelve a endurecerse.

Lleva dos dedos al borde del parche, lo ajusta sin retirarlo.

El gesto debería humanizarlo. Solo consigue recordar que el hombre al que conocí ha pasado años sobreviviendo a cosas que desconozco.

—No he perdido el ojo —dice.

Aparto la vista con la rapidez culpable de quien ha sido sorprendida leyendo una carta ajena.

—No había preguntado.

—Llevas varios minutos haciéndolo sin abrir la boca. Resulta inquietante.

—Solo intentaba averiguar si el parche forma parte de esa apariencia peligrosa que has cultivado. La barba quizá no bastaba.

No sonríe, aunque una comisura se mueve, como si hubiera olvidado durante un instante que está enfadado conmigo.

—Una hoja me alcanzó durante una pelea. El ojo sigue ahí. La luz intensa le molesta y a veces el parche evita que termine con dolor de cabeza, aunque no siempre lo llevo.

Lo dice con la misma naturalidad con que otro hombre mencionaría una rama baja. Miro la cicatriz que desaparece bajo el borde del cuero y después las manos apoyadas sobre la piedra. No necesito conocer el resto para comprender que ha omitido casi todo.

—Dime por qué no huiste —dice con sequedad.

Lo miro, convencida de que debo de haber entendido mal.

—¿Adónde? —pregunto, incrédula.

—Siempre fuiste buena encontrando salidas cuando no querías enfrentarte a algo.

La frase me alcanza entera. No necesito preguntar a qué se refiere. Tampoco pienso ofrecerle la satisfacción de verme retroceder.

—Tenía a dos guardias delante de la puerta y a medio consejo esperando que cometiera un error. Además, huir me habría hecho parecer culpable.

—Mentir también —replica con calma.

Mi mano regresa al vientre antes de que pueda impedírselo.

Broen sigue el movimiento.

Ahora sí cambia algo en su expresión. No mucho. Una pausa, la mandíbula más firme, el ojo visible recorriendo mi cuerpo con una incredulidad tan desnuda que casi resulta ofensiva.

—Dicen que estás embarazada —pronuncia en voz más baja.

—Eso dicen —contesto, fingiendo una indiferencia que no consigue engañarnos a ninguno.

Broen da un paso hacia mí.

—Te he preguntado si es verdad —insiste.

—¿Y si digo que sí?

Broen tarda en responder. El ojo visible se estrecha y, por primera vez desde que ha subido al adarve, algo rompe la frialdad de su rostro.

—Entonces mi hermano no era el único hombre que entraba en tu alcoba, Caitlin —dice, y la hostilidad con la que pronuncia mi nombre me deja fría—. Sorley tuvo amantes durante años. Ni una sola apareció por esta puerta con un bastardo en brazos.

El viento me enfría la humedad de las palmas. Podría sostener la mentira, pero él ya sabe que no digo la verdad. Lo comprendo por la manera en que espera, atento a la nueva mentira que estoy a punto de ofrecerle.

—No estoy embarazada.

Decirlo en voz alta produce una extraña sensación de caída. La mentira ha ocupado tanto espacio durante los últimos días que confesarla debería aliviarme. En cambio, me deja expuesta frente al único hombre del castillo que tiene motivos para odiarme y poder suficiente para destruirme con una frase.

Broen no se mueve.

—¿Vas a entregarme tú mismo? —pregunto—. Los guardias están cerca. No tendrás que molestarte en arrastrarme mucho.

Su mirada se desplaza hacia la escalera. El capitán permanece junto a la puerta con Beathag y los dos hombres armados. Ninguno puede oírnos, pero todos observan.

—¿Quién más lo sabe?

—Beathag —respondo enseguida.

—No te he preguntado quién te ayuda a mentir. He preguntado quién conoce la verdad.

—Mairi lo sospecha. Quizá lo sepa. No le pedí una confesión formal mientras examinaba mis paños.

La boca de Broen se endurece. No sé si por el comentario o por la facilidad con la que he convertido mi condena en una broma. A veces el humor es lo único que impide que el miedo encuentre una salida menos digna.

—¿Por qué mentiste?

—Para ganar tiempo —respondo, agotada de justificar lo único que me ha mantenido con vida.

—Eso ya lo veo.

Acabo de entregarle una verdad capaz de llevarme a la horca, pero para él apenas hemos empezado.

—Entonces puedes ahorrarme el interrogatorio.