Capítulo 2
«Caitlin»
Dùn Mhoireasdan, isla de Lewis
M e permiten caminar media hora cada mañana porque una mujer acusada sin pruebas de asesinato puede pudrirse en cualquier agujero, pero el supuesto heredero de un laird necesita aire.
La distinción resulta enternecedora.
Dos guardias nos siguen por el adarve occidental mientras Beathag y yo avanzamos bajo un cielo que parece llevar varios días pensando en llover.
Me han prohibido acercarme a las cocinas, a la enfermería, al almacén de hierbas y a cualquier jarra que no haya probado antes otra persona.
También registran mi comida, vigilan quién entra en mis aposentos y han encargado a Mairi que examine cada mañana mis paños para comprobar si he sangrado. Ambas soportamos la tarea con una dignidad admirable.
Nunca había recibido tanta atención por algo que no existe.
Apoyo una mano sobre el vientre al cruzarnos con uno de los hombres del consejo.
Él reduce el paso, mira hacia allí y me saluda con una inclinación rígida.
Desde que anuncié que esperaba un hijo de Sorley, nadie sabe muy bien si tratarme como una asesina o como un recipiente sagrado. Algunos intentan ambas cosas a la vez.
No todos me creen. Un matrimonio entero sin un solo embarazo hace que mi repentina fecundidad resulte difícil de aceptar.
Sin embargo, poco antes de morir, Sorley anunció que pronto comunicaría una gran noticia y que ciertas familias tendrían que revisar sus genealogías.
Eso ha bastado para que algunos concluyan que pensaba presentar a su heredero y arruinar las esperanzas de cuantos ya se repartían sus tierras.
Yo no tengo la menor idea de qué iba a anunciar. Me limité a acomodar mi mentira dentro de sus palabras.
Ha sido lo único útil que Sorley ha hecho por mí. Como era de esperar, tuvo que hacerlo sin intención.
—Deja de hacer eso —murmura Beathag cuando el hombre se aleja.
—¿El qué?
—Tocarte el vientre cada vez que alguien te mira.
Retiro la mano.
—Creí que daba credibilidad.
—Da la impresión de que intentas recordar dónde lo has puesto.
Una risa se me escapa antes de que pueda contenerla. Uno de los guardias carraspea detrás de nosotras. No sé si le molesta que me divierta o que no sea una viuda compungida.
Seguimos hasta la torre más próxima al mar.
Desde allí se domina el camino que asciende desde el embarcadero, parte de la playa y las pendientes de brezo que rodean Dùn Mhoireasdan.
Es el recorrido que han decidido que beneficia a mi estado sin ofrecerme demasiadas oportunidades de fuga.
Podría lanzarme desde la muralla, supongo, pero eso causaría problemas sucesorios y ahora todos sienten un interés conmovedor por mantenerme viva.
—Tengo un mes —digo.
Beathag deja de mirar las gaviotas.
—Tienes menos si no empiezas a mostrar síntomas pronto, más si consigues que nadie recuerde contar los días y toda una vida si el buen Dios decide hacer un milagro por una mentirosa.
—Siempre me ha parecido poco probable que esa sea su prioridad.
Mi sangrado terminó la mañana anterior al asesinato de Sorley y entonces nadie controlaba mi periodo, así que nadie lo sabe.
Durante unas semanas podré atribuir la falta de cambios a la brevedad del embarazo. Después llegará la fecha en que volveré a manchar los paños que Mairi examina y entonces ni su buena voluntad podrá salvarme.
Beathag se cruza la capa sobre el pecho.
—Sigo sin comprender cómo piensas sostenerlo.
—No necesito sostenerlo para siempre. Solo hasta descubrir quién puso veneno en el cordial de Sorley.
—¿En un mes?
—Preferí concederme un mes a permitir que me colgaran al amanecer. Me pareció una elección razonable.
—No he dicho que no fuera inteligente. He dicho que nadie termina de creérselo y que encontrar a un asesino antes de tu próximo sangrado puede ser complicado incluso para una mujer con tu admirable confianza en sí misma.
—No estás ayudando, Beathag.
—Ayudé cuando Mairi explicó que muchas mujeres no muestran señales durante los primeros meses. Ayudo ahora caminando junto a ti mientras finges que llevas dentro al heredero de un hombre al que apenas permitías tocarte.
Vuelvo la cabeza hacia los guardias. Caminan lo bastante lejos para no oír un murmullo, aunque uno de ellos parece esforzarse.
—Baja la voz.
—Yo bajaría las expectativas. Y empezaría a buscar una forma de quedarme embarazada de verdad.
Me detengo tan bruscamente que Beathag da dos pasos antes de advertirlo.
—¿Estás loca?
—Eso no es una respuesta. Es una observación tardía, aunque probable.
Si llegas al final del embarazo y das a luz un varón, el consejo tendrá al heredero que lleva años esperando.
Para entonces te habrán visto durante meses como su madre y sabrán que el niño te necesita.
Puede que te perdonen la vida aunque nunca averigües quién mató a Sorley.
—Eso no pasará.
—Puede que sí. A sus ojos, ¿qué mujer mataría al padre del hijo que llevaba diecisiete años esperando? No necesitan tener la certeza de que eres inocente. Basta con que, cuando nazca, les resulte más conveniente conservar a su madre que ahorcar a una viuda.
Hasta ese momento he pensado en un embarazo verdadero como una manera de aplazar la horca, pero Beathag habla de evitarla, y la diferencia consigue que su propuesta resulte menos absurda de lo que debería.
—¿A quién se supone que debo elegir para semejante empresa?
Neacal tiene una esposa capaz de partir leña con una mano y probablemente mi cráneo con la otra.
El capitán de la guardia podría haber engendrado a mi padre y escupe antes de contestar, lo que dificulta mucho imaginarlo en una situación que exija cierta proximidad.
Fergus palideció al ver a Marsaili de parto y es posible que ni sepa cómo se concibe.
Beathag intenta mantener el gesto serio. Fracasa cuando añado:
—Queda el cocinero, pero su aliento conserva cada cebolla que ha conocido desde su nacimiento.
—Siempre fuiste exigente.
—Si pretendo engañar a todo el clan Morrison y atribuirle la criatura a un muerto. Quisiera conservar algún criterio.
Los guardias ya nos miran. Reanudamos el paseo con toda la respetabilidad que dos mujeres pueden reunir después de valorar la fertilidad del castillo.
Beathag se acerca más.
—Solo necesitas un hombre que se parezca a Sorley.
—Magnífico. Eso mata aún más mis ganas.
Su atención se desplaza hacia el camino. Primero creo que ha visto a alguno de los consejeros. Después distingo los caballos.
Seis jinetes ascienden desde el embarcadero. El viento agita sus capas y trae hasta la muralla el eco irregular de los cascos sobre la piedra. Uno cabalga ligeramente por delante de los demás, erguido, con los hombros anchos y el rostro vuelto hacia las torres.
Durante un instante indecente veo a Sorley regresando de la muerte. Luego el jinete levanta la cabeza y la diferencia aparece entera.
Mi marido ocupaba el espacio exigiendo que todos lo notaran. Broen parece capaz de adueñarse de él sin pedir nada.
Beathag suelta el aire a mi lado.
—Nuestras oraciones acaban de ser escuchadas.
La miro.
—Descarada bruja.
—Nadie mejor que él para ponerle a tu hijo la cara de Sorley.
—Estás completamente loca.
—La loca eres tú si desperdicias esta oportunidad. Necesitas un embarazo antes de que tu cuerpo te traicione y, por lo que he oído, Broen dejó encinta a su difunta esposa antes del matrimonio. Gemelos, además. El hombre parece eficiente.
Beathag sostiene mi mirada sin el menor rastro de vergüenza, lo que me obliga a aceptar que no está bromeando.
—Perfecto —murmuro—. Le diré: «Broen, lamento lo de tu esposa y tus hijos. Ya que has regresado, ¿podrías darme otro antes de que me ahorquen?». Seguro que acepta sin rechistar.
—Podrías formularlo con más encanto.
—¿Qué sabemos siquiera de él? Es un proscrito. Dicen que es peligroso, que lleva años robando a recaudadores y desafiando a medio reino. Además, después de lo que ocurrió, no me guarda precisamente afecto. Tal vez sea el primero en apretar la cuerda alrededor de mi cuello.
Los jinetes atraviesan la puerta exterior y desaparecen durante unos instantes bajo la bóveda.
El patio empieza a llenarse antes de que vuelvan a surgir al otro lado.
Los hombres que descargaban leña dejan los haces en el suelo. Dos criadas se asoman desde la galería. El capitán baja los escalones con tanta prisa que casi tropieza con su propia importancia.
La noticia corre por Dùn Mhoireasdan sin que nadie necesite pronunciarla.
El hermano del laird ha regresado.
Broen desmonta con un solo movimiento. Entrega las riendas al muchacho que se acerca a recibirlo, pero el gesto no tiene nada del hombre que vuelve a un lugar que también fue suyo. Parece un viajero dispuesto a marcharse en cuanto termine aquello que lo ha traído.
Los otros cinco desmontan detrás de él. Desde esta altura no distingo bien sus rostros, aunque ninguno tiene aspecto de criado.
Incluso rodeado de hombres grandes, Broen sigue siendo el más alto y el más ancho de hombros.
Uno le dice algo y él responde sin volver la cabeza.
Otro recorre con la mirada las murallas, las ventanas y los hombres armados, demorándose en cada acceso el tiempo suficiente para que me pregunte si cuenta defensas o busca salidas.
—¿Cuál crees que es el más peligroso? —pregunto.
—Todos.
—Muy tranquilizador. El pelirrojo parece simpático.
—Eso solo significa que ocultará mejor el cuchillo.
Beathag se apoya junto a mí en el parapeto. Ya no bromea sobre la facilidad con la que Broen engendra gemelos. La llegada de seis hombres armados, vigilantes y demasiado cómodos en medio de una recepción hostil parece haber devuelto cierta sensatez a sus planes.
Broen habla con el capitán. No alcanzo a oír lo que dicen, pero sí veo cómo este se endereza y mira hacia la torre principal, donde varios miembros del consejo empiezan a reunirse para decidir quién posee autoridad suficiente para recibir al hermano desterrado del hombre que acaban de enterrar.
Entonces Broen alza la cabeza.
No busca al azar. Su mirada recorre primero la muralla, pasan por los guardias y se detienen en mí.
El aire lleva frío, pero el escalofrío que me baja por los brazos no tiene nada que ver con el viento.
Durante años he imaginado qué haría si volvía a verlo.
En algunas versiones le pedía perdón. En otras fingía que apenas lo recordaba.
Las más satisfactorias incluían una frase tan brillante que Broen comprendía de inmediato todo lo que nunca fui capaz de decirle y lamentaba haber pasado media vida odiándome.
Ahora estoy junto a una almena, acusada de asesinar a su hermano y fingiendo llevar un hijo suyo en el vientre.
La realidad siempre ha tenido poco respeto por mis preparativos.
Broen no saluda. Tampoco aparta la vista enseguida. Me observa durante unos segundos demasiado largos para ser indiferencia y demasiado fríos para que yo los confunda con afecto. Después el capitán reclama su atención y él se vuelve hacia el acceso principal.
Los hombres desaparecen dentro de la torre.
—Bueno —dice Beathag—. No te ha disparado desde el patio.
—Empiezo a creer que tus criterios sobre los hombres necesitan una revisión urgente.
—Solo digo que la conversación ha comenzado mejor de lo que temías.
—No ha comenzado.
—Te ha mirado.
—También miró las murallas. Quizá esté pensando en derribarlas.
—Confiemos en que prefiera empezar por tu vestido.
La miro con tanta lentitud como me permite la indignación.
—Voy a pedir que te encierren conmigo.
—Así podré ayudarte a elegir el momento adecuado.
Uno de los guardias tose detrás de nosotras. Esta vez no intenta fingir que se debe al frío.
Reanudamos el paseo.
La torre occidental queda a nuestra espalda y con ella el patio, aunque cada ruido procedente de abajo consigue que vuelva la cabeza.
Un portazo. Varias voces. Pasos en la escalera interior.
Broen ha regresado y de pronto todo el castillo parece demasiado pequeño para contener al mismo tiempo su presencia, mi mentira y tantos años de cosas que ninguno de los dos dijo cuando todavía podían servir para algo.
Damos otra vuelta completa al adarve.
Después una segunda.
—Quizá no venga a verte —dice Beathag al fin.
—No esperaba que lo hiciera.
La respuesta sale demasiado rápida. Ella tiene la delicadeza de no señalarlo.
Me detengo frente al mar y finjo interés por una embarcación que apenas se distingue entre la bruma.
Un mes.
Tengo un mes para encontrar al asesino de Sorley, convencer al consejo de mi inocencia o conseguir un embarazo que sostenga la mentira. Broen no forma parte de ninguno de esos planes porque, hasta hace unos minutos, solo existía como una posibilidad absurda en la boca de Beathag.
Ahora se encuentra dentro de Dùn Mhoireasdan.
Eso vuelve la posibilidad más absurda todavía.
La puerta del adarve se abre. El capitán aparece primero, seguido por Broen.
Visto de cerca, el parecido con Sorley me sobresalta antes de que pueda impedirlo. La línea de la nariz. La forma de la boca. Pero ahí termina.
El muchacho que recuerdo era alto. El hombre que avanza hacia mí es enorme. Supera al capitán casi en media cabeza y es mucho más ancho de hombros. La capa oscura, todavía húmeda por el viaje, no consigue ocultar la masa de músculo del pecho y los brazos.
Lleva el cabello más largo, la barba espesa y un parche de cuero negro sobre un ojo que hace que el verde del otro parezca más directo, más feroz.
Todo cuanto en Sorley resultaba mezquino o desagradable ha cambiado de naturaleza en su hermano.
El resultado es fiero, oscuro y… hermoso.
El capitán se dirige a los guardias.
—Lady Morrison regresará a sus aposentos después de esta conversación.
—¿Qué conversación? —pregunto.
Broen se detiene a unos pasos de mí. Su mirada pasa por mi cara, baja hacia mi vientre y regresa sin revelar qué ha pensado al encontrar mi mano apoyada allí.
Ni siquiera recordaba haberla colocado.
Beathag me aprieta los dedos antes de soltarlos.
—Estaré junto a la escalera.
—Tú te quedas —digo, aunque es más una súplica.
—No —interviene Broen con una serenidad que consigue irritarme antes de que hayamos intercambiado tres frases—. Quiero hablar contigo a solas.
El capitán vacila.
—Está acusada de envenenar al laird.
Broen lo mira.
—Si consigue matarme, habréis obtenido una prueba más convincente que cualquiera de las que habéis reunido contra ella.
No sonríe. Beathag sí, aunque intenta ocultarlo al volverse hacia la escalera.
Los guardias se alejan con el capitán.
Broen espera hasta que Beathag cruza la puerta.
Después vuelve hacia mí toda su atención.
—¿Has sido tú? ¿Has matado a Sorley?