Capítulo 1
«Broen»
A l recaudador de Dundonnell le sangra la nariz sobre una bolsa de monedas que, hasta hace una hora, juraba por todos los santos que era suya.
Torren asegura que el hombre llora por la plata, no por el golpe.
Finn le concede el beneficio de la duda porque, según él, incluso los cerdos pueden sufrir pérdidas sentimentales si les quitan el comedero.
Yo ato el último saco de avena a la silla de una mula y dejo que discutan.
La mujer que espera delante de mí mira la carga con tanta desconfianza que casi parece ofendida.
Tiene las manos abiertas por el frío, los nudillos en carne viva y esa forma de encoger los hombros que adquiere la gente cuando lleva demasiado tiempo recibiendo órdenes.
—No puedo pagar esto, mi señor —murmura.
—Entonces no lo estropees intentándolo —le respondo mientras ajusto la cuerda.
La mujer parpadea. A mi espalda, Finn finge una tos que no engañaría ni a un niño.
—Broen quiere decir que te lo lleves antes de que cambie de opinión y vuelva a gruñir —interviene Colum, con esa cortesía suya que logra convertir hasta un robo en una visita educada—. Era de tu familia antes de que el recaudador decidiera ponerle impuestos al hambre.
—Y al invierno —añade Altair, cerrando el libro de cuentas con un golpe seco—. Cobró dos veces por la misma leña y tres por una barca que se hundió antes de tocar puerto. Tiene imaginación. Una pena que la use para morirse rico y odiado.
—Morirse odiado es gratis —apunta Torren, pasando junto a nosotros con una caja bajo el brazo—. Lo de rico es lo que cuesta trabajo.
Darian vigila el camino desde la linde de los abedules. No se mueve mucho porque nunca lo necesita. Permanece con una mano cerca de la espada, la capa oscura manchada por el viaje y los ojos quietos.
Un desconocido pensaría que descansa. Yo sé que ya ha contado las salidas, los tejados bajos y el punto exacto donde colocaría el cuerpo si alguien apareciera con ganas de heroicidad.
Ha sido una misión sencilla, dentro de lo que nosotros entendemos por sencillez. Solo había que seguir la caravana, esperar al peor tramo del camino, desarmar a los guardias sin abrirles más agujeros de los necesarios y devolver el grano, las mantas y las monedas a las casas de donde habían salido.
La mujer sigue sin tocar la mula.
—Cuando os marchéis…
—Volverá —advierte Darian desde los árboles, sin alzar la voz.
Ella palidece.
—Pero vendrá más educado —añade Finn—. Hemos tenido una charla muy enriquecedora sobre moderación, justicia y la fragilidad de ciertas narices.
El recaudador masculla algo contra el poste donde lo hemos dejado atado. Torren ladea la cabeza hacia él.
—¿Ha dicho ladrones otra vez?
—Creo que sí —contesta Colum.
—Qué insistencia. Hay hombres incapaces de agradecer una lección aunque se la demos gratis.
La mujer suelta una risa pequeña, rota por la incredulidad. Después agarra la cuerda de la mula con ambas manos, como si temiera que alguien se arrepintiera y se la arrancara de los dedos.
—Gracias —susurra.
Odio esa parte. Tolero menos la gratitud que la sangre en las manos. La sangre al menos se limpia con agua fría y paciencia.
—Id con vuestra gente —le indico.
Colum me lanza una mirada de reojo. No sonríe, aunque se nota que le divierte verme aceptar peor un agradecimiento que una amenaza.
El valle empieza a vaciarse cuando la tarde cae.
Las casas cierran puertas con comida dentro, aunque nadie se atreve aún a celebrar nada.
La pobreza enseña prudencia antes que alegría.
Primero se cuenta el grano. Luego se mira por la ventana.
Más tarde, si ningún jinete aparece exigiendo lo devuelto, quizá alguien se permite respirar.
Me aparto hacia los caballos con la excusa de revisar las cinchas.
Desde la loma se huele el mar.
Sal, roca mojada, algas. Ese aire que no pide entrada, se mete bajo la ropa y encuentra enseguida lo que uno ha intentado enterrar.
Estamos cerca de Little Loch Broom, en la costa occidental de Ross. Más allá de la desembocadura se abre el Minch y, al otro lado, hacia el noroeste, queda Lewis, en el extremo septentrional de las Hébridas Exteriores.
No se distingue con este cielo bajo, pero sé exactamente dónde está. Lo noto en el cuerpo con una estupidez que me irrita, como si la sangre conservara mapas que la cabeza lleva años negándose a leer.
La carta de Sorley sigue en mi zurrón. La envió, confiando en que pasaría por las manos adecuadas hasta encontrarme. Tardó semanas.
No la he abierto desde que me la entregaron. Tampoco hace falta. Hay frases capaces de perseguir a un hombre durante semanas y mi hermano, maldito sea, siempre tuvo talento para elegir dónde clavarlas.
Ven a Lewis.
Necesito a mi hermano.
Sorley nunca necesitó un hermano. Necesitó espectadores, culpables, hombres que le sostuvieran la copa y mujeres que no alzaran la voz. De niño ya quería ganar juegos que nadie más estaba jugando. De adulto convirtió esa costumbre en gobierno.
A mí me necesitó una vez para desterrarme.
Después, por lo visto, para escribirme.
Tiene cierta gracia. Nuestro padre se aseguró de que Sorley aprendiera a leer cuentas, pactos y herencias. A mí no me enseñó una sola letra. Solo me pusieron una espada en la mano y dejaron que dependiera de la honradez del hombre que sostuviera el papel.
Debió de parecerle una precaución sensata cuando dos hijos se parecían demasiado y solo uno estaba destinado a mandar.
Sorley ni siquiera sabía que yo había aprendido a leer. Aun así, escribió. Tal vez confiaba en que alguien me leyera la orden. Nunca le preocupó quién tenía que prestarme la voz mientras acabara obedeciendo la suya.
—Has apretado esa cincha tres veces —observa Altair a mi espalda.
Suelto la hebilla.
—El caballo no se ha quejado.
—El caballo tiene más diplomacia que tú.
Altair se coloca a mi lado y mira hacia el oeste. No pregunta por Lewis. Es demasiado listo y demasiado molesto por serlo.
—En las cuentas de Dundonnell aparecen pagos regulares a un tal Lachlann MacLeod, de Stornoway —comenta, apoyando el libro contra la silla—. Nada enorme. Lo bastante para comprar silencio o información.
—Los MacLeod siempre han cobrado por mirar hacia otro lado.
—Esta vez miran hacia tu antigua casa.
Eso sí me hace volver la cabeza.
Altair sostiene mi mirada sin adornar la frase.
—En una taberna junto a Loch Broom también oí que habían asesinado al laird Morrison. No quise decirlo delante de los demás.
—Pero has decidido decírmelo a mí.
—Ocultártelo habría sido más peligroso.
Me inclino otra vez sobre la silla y reviso una correa que no necesita revisión. El cuero está húmedo y frío. Mejor tocarlo que pensar en el salón de Dùn Mhoireasdan, en la silla principal de Sorley, en una copa, en la palabra veneno pasando de boca en boca hasta hacerse verdad por cansancio.
—Las noticias viajan mal —murmuro.
—Y algunas llegan torcidas porque alguien las empuja.
Altair espera. No por paciencia, sino por estrategia. Sabe dejar una frase en el suelo hasta que otro tropieza con ella.
—Dicen que fue veneno —añado al fin—. Que cayó durante una cena. Que la viuda quedó bajo vigilancia.
—Caitlin Morrison.
El nombre sale de su boca con cuidado. No por mí. Altair siempre trata los nombres peligrosos como documentos antiguos: sin doblarlos, sin mancharlos, sin fingir que no pueden cortar.
—Lady Morrison —corrijo.
—Como prefieras llamarla.
No prefiero nada. Ese es el problema.
Finn aparece con una manzana robada en la mano y el descaro intacto.
—¿Estáis en una reunión secreta o puedo entrar?
—Vete —le gruño.
—Reunión secreta, entonces. Perfecto, me encantan. Suelen acabar fatal y con alguien diciendo que no necesita ayuda.
Altair le mira.
—Broen va a Lewis.
Finn deja de morder.
Por una vez, la broma tarda en llegar.
—Ah —suelta, tragando despacio—. Vaya. Eso explica la cara.
—Tengo la cara de siempre.
—Sí, esa es la desgracia. Pero hoy la llevas con intención de ahorcar a alguien o dejar que te ahorquen a ti. Aún estoy decidiendo.
No le contesto. Acabo de ajustar la silla y busco el saco pequeño de provisiones. Si salgo antes de que Darian termine de repartir guardias para la noche, puedo adelantar camino sin discutir con nadie.
Darian se acerca desde la linde de los árboles.
Lo sabe antes de mirar el caballo, antes de ver el saco, antes de que Finn abra la boca con esa cara de pillo que jamás ha esperado una invitación para pecar.
—¿Cuándo pensabas marcharte? —inquiere.
—Antes de esta conversación.
—Tarde.
Coge su silla del suelo y la coloca sobre su caballo con una tranquilidad insultante.
Lo miro.
—¿Qué haces?
—Acompañarte —responde mientras pasa la cincha bajo el vientre del animal.
La sencillez de la frase me molesta más que una discusión.
—No te lo he pedido.
—Me habría preocupado que lo hicieras. Habría significado que estabas enfermo o que te habían sustituido por alguien razonable.
Finn levanta la manzana.
—Yo también voy. No por cariño, que luego se malinterpreta, sino porque Lewis suena húmeda, hostil y llena de gente con apellidos largos. Mi clase de desastre.
—Ninguno va a ir a Lewis —corto seco.
Torren asoma desde detrás de una yegua con una manta al hombro.
—Qué alivio. Por un momento pensé que no nos ibas a excluir de una imprudencia seria.
—Te excluyo.
—Intento apreciar el gesto, pero me cuesta. Darian ya ha ensillado y eso, en nuestro idioma, significa que la estupidez ha sido aprobada por la mayoría.
Colum llega el último, guardándose un paquete en la alforja. No pregunta nada. Solo ata el cierre con un nudo perfecto y me mira con esa serenidad suya que a veces resulta más impertinente que Finn.
—Una viuda acusada de asesinato, un castillo lleno de hombres asustados y tú regresando a Lewis después de años —resume—. Parece una situación que necesitaremos manejar con mucho tacto.
—No hay un «necesitaremos» —insisto.
—Lo habrá en cuanto crucemos.
Altair ya ha sacado un mapa pequeño, por supuesto. Podría estar desangrándose y aun así encontraría tiempo para ordenar rutas.
—Desde aquí conviene bordear la costa hacia Loch Broom. Si el tiempo aguanta, podemos encontrar antes de pasado mañana una embarcación capaz de llevarnos con los caballos. Si no aguanta, Torren robará una mala y Finn nos convencerá de que es una aventura.
—Yo nunca llamaría aventura a hundirnos en agua helada —protesta Finn—. Lo llamaría experiencia instructiva.
—No vais a venir —reitero.
Darian termina de ajustar la silla y solo entonces se vuelve hacia mí.
—Broen, estuviste en cada una de nuestras peores horas. En algunas sin que te invitáramos y en otras cuando habríamos preferido morir antes que admitir que te necesitábamos cerca. Esta es la tuya. Aguántate.
No lo dice alto. Por eso entra peor.
Finn se mete las manos bajo los brazos y pierde un poco de su teatro.
—Además, si vas solo y te matan, tendremos que ir después a vengarte. Mucho más trabajo, peor clima, menos conversación. Solo intentamos ahorrarnos molestias.
Torren asiente con solemnidad.
—La venganza diferida siempre sale carísima.
Colum me sostiene la mirada.
—Y si ella es inocente, necesitará más que un hombre llegando con rabia.
Ahí está Caitlin, sin nombrarla demasiado. La mujer que no debería seguir ocupando tanto sitio en una frase.
Aprieto la correa de mi alforja hasta que el cuero cruje.
—Primero habría que averiguar si hay algo que defender.
Darian recoge las riendas.
—Estoy de acuerdo con eso.
Durante un momento vuelvo a tener veinte años, aunque ya no exista ese hombre, y vuelve esa muchacha de dieciocho y sus excusas para acercarse a mí.
Después aprendió deprisa a mantener la distancia. Yo obedecí lo que habían dispuesto y me aparté porque entonces creía que era lo único decente que podía hacer.
Caitlin tampoco pronunció una palabra para impedírmelo. Esa parte no se me ha olvidado.
—Puede que los rumores sean falsos —digo.
Altair guarda el mapa.
—Mejor. Haremos el viaje para nada y Finn podrá quejarse con razón.
—Puedo empezar ahora, si ayuda.
Torren le quita la manzana de la mano y le da un mordisco.
—Ayudas más cuando callas.
Finn lo mira, ofendido.
—Me has robado la fruta mientras sufría por un amigo.
—Era eso o abrazarte.
—Has elegido sabiamente.
Darian monta. Colum también. Altair se ajusta la venda en los nudillos con los dientes antes de subir al caballo. Torren acomoda dos mantas más de las que tenía al empezar la tarde. Finn protesta por la manzana, recupera otra de no sé dónde y se coloca a mi izquierda.
Ninguno me pide permiso.
Eso casi me salva de tener que darlo.
Miro hacia el noroeste, hacia el Minch que tendremos que cruzar.
—Si cruzamos —advierto—, debemos hacerlo con prudencia y sin llamar la atención.
—Entraremos como hombres cansados con el dinero justo para pagar una cama —propone Colum.
—Yo puedo parecer cansado sin esfuerzo —apunta Torren.
Finn chasquea la lengua.
—Tú puedes parecer culpable hasta rezando.
—Es un don.
Darian hace avanzar su caballo hasta ponerse a mi altura.
—Cuando quieras.
Odio que lo diga así. Sin empujar ni pedir nada. Dejándome el último gesto para que pueda fingir que la decisión sigue siendo mía.
Tiro de las riendas.
—Hacia Loch Broom.
Finn suelta un suspiro exagerado detrás de mí.
—Maravilloso. Hacia el mar, la lluvia, los Morrison y una situación que nadie explicará bien hasta que ya sea tarde. De verdad, cada día elegimos mejor nuestras excursiones.
Por primera vez en toda la tarde, casi sonrío.
Casi.
El camino baja entre brezos oscuros y piedra mojada. Los cascos se hunden en la tierra blanda. A nuestra espalda queda Dundonnell y varias familias que quizá dormirán un poco más calientes. Delante, el viento trae sal y memoria.
Hace años juré no volver a Lewis.
Pero algunas promesas solo son puertas cerradas hasta que alguien grita desde dentro.