Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Prólogo #3
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Prólogo #3

—El laird dice que siempre mostráis gran prisa por acudir a las cunas ajenas. Quizá porque nunca conseguisteis llenar la vuestra.

Beathag deja de escurrir el paño.

La crueldad tiene la voz de Sorley aunque salga de otra boca. Lleva diecisiete años culpándome por no darle un hijo y enseñando a los demás a hacer lo mismo.

Marsaili gime. Me inclino sobre ella, le retiro el cabello húmedo de la cara y espero hasta que consigue respirar otra vez.

Después miro al mensajero.

—Dile a mi marido que ya conoce mi respuesta. Regresaré cuando termine el parto.

El hombre baja los ojos. Ninguno de los dos insiste.

El niño nace cerca de la medianoche.

Mairi lo recibe entre las manos y, durante un instante, todas esperamos el llanto.

No llega.

Lo frota con un paño. Limpia su boca. Le da pequeños golpes en la espalda. Yo acerco otra tela y hago lo que me indica, aunque ya comprendo por la expresión de Mairi que no hay esperanza.

—¿Qué ocurre? —pregunta Marsaili—. ¿Por qué no llora?

Nadie responde.

Junto al fuego, los tres niños han dejado de hablar.

Mairi continúa intentándolo. Yo también, incluso después de que ella aparte las manos. Sigo frotando aquel pecho diminuto hasta que me sujeta por la muñeca.

—Caitlin.

El nombre basta. El paño se queda inmóvil entre mis dedos.

El niño es pequeño, tibio y perfecto. Tiene las uñas formadas y una arruga diminuta junto a la boca, como si hubiera estado a punto de protestar por el recibimiento.

Tòmas permanece al otro lado del jergón con una mano sobre el hombro de su esposa. La otra se ha cerrado alrededor de la manta con tanta fuerza que los nudillos han perdido el color.

Mairi mira a Marsaili.

—Lo siento.

Marsaili contempla al niño sin comprender todavía cómo esas dos palabras pueden contenerlo entero.

—Dádmelo.

Lo limpiamos, le ponemos la camisa que estaba remendando cuando llegamos y lo envolvemos en la manta más pequeña. Tòmas ayuda a incorporarla. Cuando depositamos al niño en los brazos de Marsaili, ella le sostiene la cabeza con una mano y lo acerca al pecho.

No llora, solo canta suavemente. Le recorre la frente con un dedo, después la nariz, las mejillas y cada uno de los dedos cerrados. Luego se inclina y lo besa. Lo memoriza con una paciencia que me parte por lugares que creía ya curtidos.

Tòmas se inclina y besa la cabeza de su hijo. El sonido que se le escapa contra su cabello es breve, pero Marsaili empieza a llorar al oírlo.

Me siento a su lado. Espero a que sea ella quien se incline hacia mí y la sostengo.

Mi propio dolor llega después.

En la mesa queda la otra camisa que he traído, doblada junto a la miel.

Pienso en la cuna que permaneció durante años junto a mi cama. En cómo la miraba cada mes hasta que Sorley mandó retirarla, harto de que un mueble vacío pareciera acusarlo también a él.

Nunca sostuve un hijo mío.

Aunque el amor que no pude entregarle a un niño no murió dentro de mí. Aprendió a buscar otros lugares donde quedarse.

Quizá por eso he ido dejándolo en trenzas mal hechas, rodillas abiertas, manos pequeñas que se aferran a mi falda y niños que fingen ayudarme a cargar una cesta demasiado pesada.

Durante años pensé que no podía existir una ausencia más cruel que esa cuna vacía. Ahora Marsaili sostiene a su hijo y comprendo que me equivocaba. Yo lloraba a los niños que había imaginado. Ella tendrá que llorar a uno cuyo rostro conoce, cuyo peso conservarán sus brazos y al que acaba de besar.

Afuera suenan varios caballos.

Tres guardias se detienen frente a la choza.

Los encabeza Malcolm Morrison, capitán de la guardia desde los últimos años del padre de Sorley. Ha pasado de los cincuenta, lleva la barba gris recortada con esmero y ha conservado el cargo gracias a su habilidad para asentir ante Sorley y ante cualquiera que hable en nombre del consejo.

Desmonta primero, pero no se acerca hasta que los otros dos están a su espalda.

No vienen a buscar a una esposa que ha desobedecido una orden. Lo sé por las armas, por cómo el capitán de los Morrison evita mirarme.

—El laird ha muerto —dice.

Beathag se coloca junto a mí.

—¿Qué ha ocurrido?

—Bebió el cordial que lady Caitlin preparó esta mañana.

La acusación aparece entera antes de que la pronuncie.

—Ha estado aquí durante horas —dice Beathag—. Todos pueden confirmarlo.

—Eso demuestra dónde estaba cuando él murió. No quién dejó preparado el veneno.

Miro hacia el jergón. Marsaili sostiene a su hijo muerto. Tòmas permanece inclinado sobre ambos. Mairi cambia los paños manchados de sangre.

—¿Quién se quedará con ella esta noche?

El capitán frunce el ceño.

—Mi señora…

—¿Quién se quedará con Marsaili?

—Yo —responde Mairi desde el jergón.

Asiento. Quiero despedirme de Marsaili, pero no encuentro unas palabras que no empequeñezcan lo ocurrido. Le aprieto el hombro antes de levantarme y dejo que los hombres se acerquen.

Malcolm espera a tenerme delante para cumplir la orden que otros han decidido.

—Lady Caitlin Morrison, por mandato del consejo, quedáis bajo custodia, acusada de haber asesinado a vuestro esposo, el laird Sorley Morrison.