Prólogo #2
—Nessa, necesito que lleves a Iain junto a la mesa y no lo dejes acercarse al jergón —le indico cuando el dolor afloja—. Cuéntale la historia del selkie que robó los calzones del pastor.
La niña me mira con los ojos muy abiertos.
—No me la sé entera.
—Invéntate el final. Eso hacen todos los buenos narradores cuando descubren que nadie la recuerda bien.
Nessa toma a su hermano de la mano. Tiene miedo, pero también ocho años y el orgullo suficiente para preferir una misión a que la aparten.
Lo sienta en el suelo, le coloca la manta sobre las piernas y empieza a contarle que el pastor dormía desnudo en una roca, detalle que no figuraba en mi versión y que mejora muchísimo el cuento.
Marsaili vuelve a buscar mi mano.
—Tòmas no está.
—Eòin lo encontrará después de avisar a Mairi. Ahora tienes que ocuparte de ti.
—Prometió que estaría cuando empezara.
La decepción le tiembla en la boca. Podría recordarle que el niño se ha adelantado, que Tòmas trabaja en las embarcaciones porque el clan le paga tarde y mal, que ningún hombre puede adivinar el momento en que una criatura decide llegar.
Ninguna de esas verdades sirve cuando una mujer tiene miedo y quiere al padre de sus hijos junto a ella.
—Llegará —le aseguro, aunque no sé dónde trabaja hoy ni cuánto tardará Eòin en encontrarlo—. Y se lamentará tanto por habérselo perdido que dentro de una semana desearás mandarlo de vuelta a los barcos.
Consigo arrancarle una sonrisa pequeña antes de que el vientre vuelva a endurecerse. Esta vez no se limita a agarrarme. Empuja los talones contra el jergón y deja escapar un sonido grave, nacido en un lugar del cuerpo donde las palabras no tienen utilidad.
He asistido a suficientes partos para saber que aún debería quedar tiempo. También para reconocer que este no parece dispuesto a obedecer las costumbres.
Beathag humedece un paño y me lo entrega. Le seco la frente a Marsaili mientras cuento la duración del dolor sin permitir que los números se reflejen en mi cara. Las mujeres miran los rostros de quienes las ayudan. Buscan miedo, y si lo encuentran lo convierten en una certeza.
—Está viniendo demasiado deprisa —murmura Beathag cuando Marsaili consigue descansar.
—Mairi no tardará.
Ambas miramos la puerta.
Eòin es rápido. Mairi vive al otro lado de la vaguada. Si el muchacho no se cae, si la partera está en su casa, si el barro no ha convertido el sendero en una trampa y si Dios decide colaborar por una vez, podrían regresar pronto.
Demasiados «si» para una criatura con prisa.
Marsaili se remueve y lleva una mano bajo sus faldas. La detengo con suavidad.
—Déjame mirar.
La vergüenza le cruza la cara incluso ahora. Me dan ganas de maldecir a todos los hombres que han conseguido que una mujer pida disculpas por su propio cuerpo mientras intenta parir. En lugar de hacerlo, le explico cada movimiento antes de tocarla y espero a que asienta.
El niño está muy abajo.
—¿Qué ocurre? —pregunta al verme incorporarme.
—Que tu hijo ha decidido que esperar a Mairi sería una descortesía imperdonable.
—Caitlin.
Mi nombre contiene una súplica que ya no puedo distraer con humor.
—Está cerca —admito, cubriéndola de nuevo—. Mairi llegará. Hasta entonces, Beathag y yo no vamos a dejarte sola.
Nessa deja de contar durante un instante.
Al volver la cabeza, su hermano pequeño aprovecha para meter los dedos en el tarro de miel.
Ella le aparta la mano y continúa la historia sin delatarlo.
Iain se chupa el índice con expresión beatífica.
Incluso en mitad del miedo, los niños encuentran la forma de cometer un pecado pequeño y disfrutarlo con todo el cuerpo.
Un golpe contra la puerta hace que Nessa se sobresalte.
No puede ser Mairi. Eòin apenas ha tenido tiempo de bajar la primera pendiente.
Beathag abre sin alejarse mucho del jergón.
El hombre que aparece en el umbral es Fergus, uno de los guardias de Sorley.
Lleva la capa húmeda, las botas cubiertas de barro y esa expresión incómoda de quien ha recibido una orden desagradable y espera que la culpa recaiga sobre la persona a la que debe transmitirla.
Sus ojos recorren la estancia. Se detienen en Marsaili, en los niños junto al fuego y después en mí.
—Mi señora, el laird os espera para la cena.
Sorley acostumbra a llamarme antes cuando ha invitado a hombres ante los que desea exhibir una esposa obediente.
Le gusta que esté sentada a su lado mientras habla de cosechas, alianzas y vientres estériles como el mío con la misma naturalidad.
—Dile que me retrasaré —respondo, volviendo a humedecer el paño—. La mujer de Tòmas se ha puesto de parto y Mairi aún no ha llegado.
Fergus no se marcha. Cambia el peso de una pierna a la otra y observa a Marsaili con la prevención de algunos hombres ante cualquier función del cuerpo femenino que no puedan arreglar con una espada.
—El laird ha dicho que regreséis conmigo.
Marsaili intenta incorporarse.
—Id, mi señora. Beathag puede quedarse. Mairi vendrá enseguida.
Marsaili teme causarme problemas incluso mientras la sangre sigue manchando la tierra bajo su cama.
—No voy a dejarte.
—Pero vuestro esposo…
—Mi esposo tendrá que empezar la cena sin mí. Lleva muchos años practicando y confío en que recuerde cómo se hace.
Beathag se agacha para ocultar una sonrisa detrás del cuenco. Fergus, en cambio, parece debatirse entre repetir la orden y fingir que no ha escuchado mi falta de respeto.
—Mi señora, no quisiera volver sin vos.
Lo miro entonces. Es joven, quizá veintidós años, y conozco a su madre. También sé que Sorley castiga a los mensajeros cuando no obtiene la respuesta que desea. La irritación pierde parte de su fuerza.
—No quiero causarte problemas, Fergus, pero no puedo acompañarte. Dile la verdad, que el parto se ha adelantado y regresaré en cuanto llegue Mairi.
Fergus baja la vista hacia el suelo.
—Se lo diré.
Cuando sale, cierro la puerta para que no entre el viento. Marsaili me observa con culpa.
—Os traerá problemas.
—Incluso si voy los tendré. Con él siempre es así.
Beathag coloca otro trozo de turba sobre el fuego y me lanza una mirada que mezcla frustración y advertencia.
Marsaili aprieta de nuevo mi mano.
Esta vez el dolor no le permite sonreír.
Mairi llega antes de que la oscuridad rodee toda la choza. Marsaili lleva más de una hora alternando dolores que la doblan con intervalos demasiado breves para devolverle el aliento.
Entra sin capa, embarrada hasta las pantorrillas y seguida por Eòin, que se ha dejado una bota en algún punto del camino. No pierde tiempo preguntando. Se lava las manos, examina a Marsaili y ocupa mi lugar con autoridad.
—Calienta más agua —le dice a Beathag—. Caitlin, ayudadme a incorporarla.
La obedecemos con alivio. Llevo suficiente tiempo fingiendo que sé qué hacer y agradezco que llegue alguien que de verdad lo sabe.
Eòin sale otra vez en busca de su padre. Nessa mantiene a Iain junto al fuego, contándole una historia que ya ha cambiado tantas veces que el selkie ha pasado de robar unos calzones a gobernar una isla llena de ovejas. El pequeño escucha con los dedos todavía pegajosos de miel.
El segundo hombre de Sorley aparece cuando fuera ya apenas queda luz.
—La cena está servida —anuncia desde la puerta—. El laird ordena que regreséis ahora.
Mairi ni siquiera levanta la cabeza. Marsaili tiene la cara hundida contra mi hombro y los dedos cerrados en mi vestido.
—Dile que ella me necesita más y que volveré cuando pueda dejarla —respondo.
—El laird ha dicho ahora.
Miro a Marsaili. Hasta en mitad de una contracción intenta separarse de mí, como si temiera que aferrarse demasiado pudiera costarme caro.
Sorley ha conseguido que una mujer que está pariendo se preocupe más por su cena que por seguir con vida. Ni siquiera necesita estar presente para ocupar toda la estancia.
—Ya has oído mi respuesta.
El hombre se marcha sin ocultar su desagrado. Mairi me pide otro paño y la noche termina de cerrar sobre la choza.
Después solo existe el parto.
Las horas se miden en agua que se enfría, velas que se consumen y el tiempo que Marsaili logra descansar antes de que el dolor vuelva a encontrarla.
Tòmas llega mucho más tarde, pálido y sin aliento, con Eòin detrás.
Le besa la frente, le toma la mano y se queda junto al jergón mientras ella llora al verlo.
La tercera llamada llega bien entrada la noche.
Esta vez son dos hombres. Uno permanece fuera. El otro entra con la mandíbula tensa y una frase aprendida que parece desear no tener que pronunciar.