Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Prólogo
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Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6)

Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6)

Por Anne K. Austen

© inepub.com

Prólogo

«Caitlin»

Y o llevo la avena. Beathag carga con la miel, dos tarros de caldo espeso y la firme convicción de que su cesta pesa el doble que la mía.

—Podemos cambiarlas cuando quieras —le recuerdo mientras rodeamos una de las pozas oscuras que salpican la turbera y que ha invadido casi todo el sendero.

Las turberas ocupan tanta tierra en Lewis que desde niños se aprende a tantear con la punta de la bota dónde cederá el suelo.

El agua queda atrapada entre el musgo, los juncos y las raíces durante generaciones, hasta formar debajo esa tierra negra que cortamos en bloques y dejamos secar para alimentar los fuegos durante el invierno.

A quienes llegan de fuera quizá les parezcan páramos desolados. Yo veo el brezo extendiéndose alrededor de pequeños lagos, las playas de arena pálida, los promontorios de roca oscura y el Atlántico mudando de color con cada nube.

La isla de Lewis tiene una belleza áspera, hecha de agua, viento y una luz que nunca permanece igual demasiado tiempo.

—No quiero privaros del orgullo de transportar un saco de grano sin ayuda.

—Qué considerada.

Beathag evita el barro con un paso demasiado largo, resbala al apoyar el pie y me golpea con la cadera.

La cesta de avena se me clava en el brazo, pero consigo mantenerla derecha.

Ella también salva la miel. Durante un instante permanecemos agarradas la una a la otra, con las faldas hundidas hasta las rodillas y la poca elegancia que nos queda.

—Eso ha sido culpa del camino. ¿Cómo se le ocurre ser tan resbaladizo? —dictamina.

—El camino lleva siglos aquí. Tú acabas de llegar.

—Precisamente. Podría haberse esforzado en recibirme mejor.

Suelto una risa que el viento arrastra hacia el brezal. Desde la loma ya se ve la choza de Marsaili, baja, encajada entre dos elevaciones para protegerla de las tormentas.

El techo de paja está sujeto con cuerdas y piedras. De la abertura de la chimenea sale humo en una hebra tan fina que desaparece antes de alcanzar el cielo.

Han vuelto a quedarse sin turba.

Podría haber preguntado al administrador.

Habría consultado un pliego, fruncido el ceño y explicado que la familia de Tòmas recibió la misma ración que las demás al comenzar el invierno.

Los números siempre se comportan muy bien delante de los hombres.

Ninguno menciona que Marsaili está encinta, que tres niños comen cada día y que Tòmas lleva varias semanas ayudando a reparar las embarcaciones a cambio de promesas.

Por eso prefiero venir.

Los libros de cuentas no adelgazan. Los niños sí.

Una cabeza aparece sobre el tejado. Nessa está tumbada boca abajo junto al alero, con la barbilla entre las manos y una pierna colgando.

—Te hemos visto —le advierto.

La niña intenta incorporarse con tanta rapidez que pierde el apoyo de un codo. Beathag deja su cesta en el suelo y abre los brazos, aunque Nessa consigue aferrarse a la paja antes de caer.

—Solo miraba si venía lluvia —explica.

Alzo la cara hacia las nubes, todas del mismo gris testarudo.

—¿Y qué has averiguado?

Nessa estudia el cielo con expresión seria.

—Que puede.

—Una respuesta prudente. Podrías sentarte en el consejo.

Beathag se tapa la boca para ocultar la risa. No sé por qué se molesta. Nessa no ha entendido la maldad, y los hombres del consejo sobreviven bastante bien sin enterarse de casi ninguna.

La puerta se abre y Eòin sale sin capa, con una bota puesta y la otra en la mano. Corre hacia nosotras, abandona el calzado a mitad de camino y se abraza a mi cintura. El golpe hace oscilar la cesta.

—Sabía que vendríais.

—Tu hermana lleva un rato vigilándonos desde el tejado. Creo que eso ha ayudado a tus dones.

Eòin se separa para mirar la avena. Tiene nueve años y unas muñecas que cabrían dentro del círculo de mis dedos. Aun así, mete las manos bajo la cesta.

—Yo la llevo.

—Pesas menos que ella.

—Ya soy fuerte.

La gravedad con la que lo afirma me impide sonreír. Bajo un poco la cesta para que pueda sujetar uno de los lados y avanzamos juntos hacia la puerta. Yo conservo casi todo el peso y él, la satisfacción de haberme ayudado. Hay engaños que merecen más respeto que algunas verdades.

Dentro huele a humo viejo, lana húmeda y leche agria. Iain duerme envuelto en una manta cerca del hogar. Solo quedan dos brasas bajo la ceniza.

Marsaili está sentada en el jergón con una camisa infantil entre las manos, remendando una manga que apenas podría cubrir el brazo de una criatura.

Al vernos, apoya una mano en la pared para levantarse.

—Mi señora, no hacía falta que subierais hasta aquí.

—Siéntate —le pido, dejando la avena junto a la mesa—. Eòin ha cargado con casi todo y necesita que alguien admire su esfuerzo.

El niño endereza los hombros. Marsaili comprende enseguida y le dedica una expresión asombrada.

—¿Tú solo?

—Lady Caitlin ha sujetado un poco.

Marsaili se ríe, aunque el sonido termina en una tos seca. Se lleva los dedos al pecho y vuelve a sentarse antes de que pueda ayudarla.

De cerca resulta imposible ignorar cuánto peso ha perdido. El embarazo le redondea el vientre, pero el vestido cuelga de sus hombros y el rostro se le ha estrechado alrededor de los ojos.

Beathag se arrodilla ante el hogar sin esperar indicaciones. Aparta la ceniza, añade dos pedazos de turba de nuestra cesta y empieza a trabajar con el pedernal.

Yo saco los alimentos y los coloco sobre la mesa. La miel atrae a Eòin. También a Nessa, que acaba de entrar con paja en el cabello y una mancha oscura en la rodilla.

—Antes de que preguntéis —les digo—, sí, hay algo para vosotros.

Iain se despierta justo entonces, quizá porque posee el mismo talento que todos los niños para oír la palabra adecuada incluso dormido.

Se incorpora con el pelo aplastado sobre una oreja y mira a su alrededor, todavía perdido.

He traído cuatro tortas de avena. Tres para ellos y otra para Marsaili, aunque sospecho que intentará repartirla.

Las unto con miel mientras Beathag calienta el caldo. Nessa espera sin pedir. Eòin mira fijamente mis manos. Iain se acerca arrastrando la manta y se apoya contra mi pierna.

Le doy su torta primero. Iain la recibe con las dos manos y clava los dientes antes de que termine de apartar los dedos. La miel le resbala hasta la barbilla. Nessa se la limpia con el borde de la manga, protestando porque no sabe comer como una persona.

Esta vez Marsaili ríe de verdad. La risa le suaviza el rostro y durante unos segundos vuelve a parecer la muchacha que bailaba con Tòmas en las fiestas de verano, antes de tener que contar cada grano y fingir que no le apetecía comer.

Le acerco la cuarta torta.

—Ya he desayunado.

Claro.

Las madres pobres siempre desayunan. También pierden el apetito cuando falta comida, sienten frío solo después de arropar a todos los demás y aseguran que su ropa se ha vuelto holgada porque la lana cede con los años.

Debe de existir algún santo dedicado a escuchar esas mentiras y no avergonzarlas por ellas.

—Entonces podrás comer otra vez —respondo—. Es una costumbre indecente, pero confío en tu discreción.

Marsaili toma la torta. La sostiene durante un momento sin probarla, con la mirada puesta en sus hijos. Nessa ya ha partido la suya para darle un trozo a Iain. Eòin mastica despacio, intentando que le dure.

Me siento junto a Marsaili y cierro sus dedos alrededor de la comida.

—Esta es tuya.

No discute. Da el primer mordisco mirando al suelo.

Beathag vierte el caldo en un cuenco y lo deja sobre la mesa. Lleva años conmigo y sabe cuándo una conversación necesita ruido para no convertirse en lástima.

Empieza a contar que uno de los cocineros ha escondido esa rueda de queso para evitar que el laird la sirva durante la cena de esta noche.

Marsaili escucha mientras come. Yo añado detalles que probablemente no son ciertos y que mejoran mucho la historia y dejan a Sorley, nuestro laird y mi esposo, bastante mejor de lo que se merece.

Cuando ha terminado media torta, el color empieza a regresar a sus labios.

—¿Cuánto falta? —pregunto, observando la mano que mantiene apoyada bajo el vientre.

—Mairi cree que una semana. Quizá más. Esta criatura lleva días empujando, pero no termina de decidirse.

—Ya ha aprendido algo importante de los Morrison —comento—. Hacer esperar a los demás aumenta el interés de una entrada.

Marsaili abre la boca para responder, pero la expresión se le borra. Sus dedos se cierran sobre mi manga y el cuerpo entero se inclina hacia delante.

La torta cae al suelo.

Beathag deja el cucharón. Yo rodeo a Marsaili antes de que pierda el equilibrio y noto cómo contiene un gemido contra mi hombro.

Cuando el dolor cede, levanta la cara. El miedo que encuentro en ella ya no deja espacio para bromas.

Debajo del jergón, una gota oscura alcanza la tierra apisonada.

Marsaili sigue la dirección de mis ojos y abre las piernas por puro instinto, buscando con la mirada aquello que su cuerpo ya ha comprendido. La mancha se extiende despacio sobre la tierra. No es mucha, pero tampoco se parece al agua clara que anuncia un parto sin sobresaltos.

—¿Esto ocurrió con los otros? —pregunto mientras le aparto el cabello de la cara.

Niega antes de que otra contracción le impida responder. Me aprieta el antebrazo, hundiendo las uñas a través de la manga, y yo dejo que lo haga.

Beathag retira las cestas de nuestro paso, acerca el cuenco de agua al jergón y empieza a doblar paños sin esperar a que se lo pida.

Nos conocemos desde hace demasiado tiempo para perderlo dando órdenes que ambas sabemos necesarias.

—Eòin, corre a buscar a Mairi —le ordeno—. Dile que tu madre ha empezado el parto. Y en cuanto se lo hayas dicho, ve a los embarcaderos y encuentra a tu padre.

La poca satisfacción que conservaba por haber cargado la cesta desaparece de su rostro. Mira a Marsaili, después la mancha del suelo, y se queda inmóvil con los labios separados.

—Ahora —insisto, más despacio—. Corre, pero ten cuidado en la turbera.

Eso consigue moverlo. Recupera la bota que ha dejado junto a la puerta, se la calza sin molestarse en atarla y sale con el cordón golpeándole el tobillo.