Capítulo 35
Desde la cama oía cómo soplaba el viento fuera.
Me acurruqué bajo las mantas mientras me acariciaba la barriga. Era domingo y, como no tenía que ir a trabajar y apenas eran las ocho de la mañana, decidí que, con el mal tiempo que hacía, remolonearía un rato más y me quedaría allí, al calorcito.
Ni cinco minutos después parecía que el sueño iba a volver a hacerme caer rendida, pero no llegué a cerrar los ojos del todo porque el sonido de un mensaje me hizo abrirlos de golpe.
Fruncí el ceño pensando quién narices podía escribirme a aquellas horas de la mañana, cogí el móvil de la mesilla y lo desbloqueé.
Anna: Astrid, siento escribirte a estas horas, pero, conociéndote, seguro que ya estás despierta. Quería decirte que mi hermano va de camino hacia allí.
Astrid: ¿Qué? ¿Ahora?
Anna: Sí, hija, sí. No hemos podido retenerlo más. Anoche, como sabía que nos habíamos ido los dos, nos estaba esperando para volver a rogarnos que le dijéramos dónde estabas.
»Oskar se lo dijo y quería irse para allí a más de las doce de la noche.
Joder…
Astrid: No sé ni qué decirte… Solo puedo darte las gracias por avisarme. Así no me pilla de sopetón y menos a estas horas de la mañana. Si hubiera sonado el timbre sin esperar a nadie, me habría asustado.
Anna: Por eso te he avisado. Astrid… estate tranquila y, al menos, escúchalo. Yo estaré de tu parte hagas lo que hagas. Es mi hermano y lo adoro, pero no ha hecho nada bien.
Astrid: Yo tampoco lo hice. Debería haberle contado la verdad desde el principio.
Anna: Puede que todo hubiera sido distinto o puede que no. Eso nunca lo sabremos. Ojalá podáis arreglar las cosas. Es una pena que no terminéis juntos, sabiendo, como sabemos todos, lo mucho que os amáis y que sois la persona del otro desde que éramos unos críos.
Astrid: Ya veremos qué pasa. Lo único que puedo decirte es que lo escucharé.
Anna: Vale. Luego te llamo y hablamos. Te quiero, Astrid. A las dos.
Me emocioné al leerla porque, joder, su amistad era total y absolutamente incondicional. Siempre había estado a mi lado y, al parecer, siempre estaría, no solo para mí, sino ahora también para mi hija.
El timbre sonó de repente y casi se me cayó el móvil de las manos por los nervios que me entraron.
Astrid: Yo te quiero un mundo. Te dejo, que acaba de llamar al timbre. Luego hablamos.
Antes de que consiguiera llegar hasta la puerta —y no porque yo fuera lenta, sino porque, al parecer, Storm, porque estaba segura de que era él, era un impaciente—, el timbre sonó dos veces más.
—Desde que no nos vemos no me he quedado sorda, ¿sabes?
Eso fue lo primero que le dije al abrir la puerta. Así, tal cual me salió.
Cuando me vio, se quedó tan impactado al fijarse en mi enorme vientre que no fue capaz de decir absolutamente nada. Simplemente cayó de rodillas al suelo, se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar.
Joder, verlo en aquel estado me impactó mucho más que comprobar que estaba más delgado y demacrado, tal y como mis amigos me habían contado.
No sabía qué hacer, así que ni siquiera pensé. Me limité a hacer lo que mi corazón me pedía en aquel momento y alargué una mano para posarla sobre su pelo.
—Storm…
—Dios… ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?
No dejaba de repetirlo una y otra vez y, al verlo y escucharlo, se me removió todo por dentro. El corazón se me estrujó y las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas.
—Storm… Levántate del suelo, por favor —dije entre sollozos.
Entre lamentos, levantó la cabeza y clavó su mirada en mí. Sus ojos estaban llenos del más puro arrepentimiento y de un dolor tan grande que me costó sostenerle la mirada.
Después bajó los ojos hasta mi vientre y levantó una mano con intención de tocarme, pero la dejó suspendida en el aire porque no se atrevía.
Pasara lo que pasase aquel día, tenía todo el derecho a saludar a su hija y ella a sentir a su padre, así que le agarré la mano y se la llevé hasta mi vientre.
Un segundo.
Eso fue todo lo que tardó la niña en darme una patada muy fuerte.
—Joder… Dios… Lo siento. Lo siento…
—Levántate, por favor. Hace frío.
Al ver que estaba sin abrigo y que por la puerta abierta entraba una buena corriente de aire, se levantó del suelo de un salto, entró y cerró detrás de él.
Se quedó allí quieto, sin saber qué decir ni qué hacer.
—¿Quieres un café?
Sonrió con tristeza.
—Sí, gracias.
—Vamos a la cocina. —Le indiqué con la mano.
Dudó apenas un segundo antes de dar el primer paso y seguirme.
Entramos en silencio y así continuamos hasta que preparé un café para él y un vaso de leche para mí y nos sentamos frente a frente.
—Tu hermana me ha dicho que venías para que no me asustara por lo temprano que era.
Bajó la mirada hacia la mesa.
—Eh… Sí. Lo siento por las horas. No pensé en eso, solo necesitaba verte y…
Asentí.
—Tengo que decirte muchas cosas, si es que quieres escucharme.
—Quiero.
—Vale, gracias. Pero antes… ¿Puedo preguntarte cómo estás y si va todo bien?
Solté una risita.
—Acabas de hacerlo.
—Cierto —contestó pasándose una mano por la cara, nervioso—. Estoy tan impactado que no sé ni lo que digo.
—Sí, te has quedado más o menos como Oskar y Anna ayer.
—¿No lo sabían? —preguntó extrañado.
—No. No se lo había contado a nadie y, como hacía un mes que no los veía y antes apenas se notaba, no se habían dado cuenta. Y, respondiendo a tu pregunta, sí, las dos estamos bien.
—¿Es…? —preguntó mientras volvía a emocionarse.
Asentí.
—Sí, será una niña. Una mini rubita —contesté conteniendo las lágrimas.
En cuanto me oyó llamarla así, volvió a echarse a llorar.
—Storm… No pensaba ocultártelo. Aquel día que te escribí porque necesitaba hablar contigo era para decírtelo, pero… no pudo ser. Así que tenía pensado contactar contigo cuando naciera para darte la oportunidad de decidir si querías conocerla y tener contacto con ella.
—Claro que quiero. Sois mi vida. Ni te imaginas lo feliz que me he sentido al saberlo… aunque también me siento el peor hombre del mundo.
Tragué saliva.
—¿Cuándo…? ¿Desde cuándo lo sabes?
Decirle la verdad iba a dolerle, pero no quería que volviera a haber secretos entre nosotros.
—Desde aquel día… —susurré.
—¿Qué día? —preguntó con miedo.
Cerré los ojos y suspiré.
—El día de la gala. Me hice una prueba antes de irnos y tenía pensado decírtelo al día siguiente. Estabas nervioso por el premio y no quería ponerte más.
Entonces sí que se echó a llorar de una manera desgarradora mientras se pasaba las manos por el pelo, desesperado.
No podía verlo así.
Me levanté, rodeé la mesa y le agarré las manos para apartárselas de la cabeza. Después, sin darle opción a nada más, lo abracé.
—Deja de llorar, por favor. Me está matando verte así.
—No puedo… No puedo… Soy el mayor cabrón de la historia. ¿Cómo pude hacerte eso? ¿Cómo pude decirte todo lo que te dije? ¿Cómo…?
—Vale…
—No, no vale. Soy una mierda. Sé que te he perdido para siempre, pero necesito pedirte perdón. No puedo vivir con esto dentro. Saber lo que habías hecho me nubló el juicio, pero fui un gilipollas y no entendí en aquel momento por qué lo hiciste.
—¿Y ahora lo entiendes?
—Sí. Como dice Anna, soy lento y me costó comprender que tenías razón y que hiciste lo que hiciste para sobrevivir. Ahora lo entiendo, lo respeto y hasta te admiro por haber tenido los cojones de hacer lo que fuera necesario para salir adelante.
—No estoy orgullosa de ello. Es algo que me avergüenza muchísimo y entiendo que te diera asco saberlo.
—No. Eso fue algo que dije en aquel momento, pero no era verdad. Hemos estado separados durante seis años y yo también he estado con otras mujeres. Tú lo sabes y sé que jamás me mirarías con asco por eso.
»Yo tampoco siento eso por ti. Cuando supe lo de Oskar no me importó y, con los demás, fueran los que fueran, tampoco.
En sus ojos solo había sinceridad, comprensión y dolor, pero aquel dolor era por haberme hecho daño y no por haber descubierto la verdad.
—Pensé en contártelo cuando volvimos a estar juntos, pero era tan feliz a tu lado que no quise que nada lo estropeara. Aunque da igual, porque al final terminó haciéndolo.
—En eso te equivocas. No lo estropeó lo que hiciste ni tampoco que lo callaras. Quien lo estropeó fui yo.
Hizo una pausa y se separó de mis brazos, en los que había permanecido mientras hablábamos.
—Rubita… Sé que no me merezco ni tu perdón ni siquiera que vuelvas a mirarme a la cara, pero necesito pedírtelo. Perdóname, por favor. Perdóname por todo.
»Fui un cabrón que no pensó ni lo que hacía ni lo que decía. Yo te amaré toda la vida y entiendo que tú hayas dejado de hacerlo, pero estaré para lo que necesitéis siempre.
—No.
Me miró desolado, pensando que no quería perdonarlo.
Pero no era eso.
Por supuesto que no.
Claro que lo perdonaba. ¿Cómo no hacerlo después de verlo así y de todo lo que acababa de decirme?
En el amor, si era verdadero, había que saber perdonar, intentar entender al otro y no guardar rencor cuando alguien reconocía el daño que había causado. O, al menos, yo siempre lo había entendido de esa manera.
Storm dio dos pasos atrás. En su mirada pude ver una tristeza profunda, aunque intentó ocultarla esbozando una sonrisa.
—Será mejor que me marche ya y no te moleste más. Pero… ¿puedo llamarte para saber cómo estáis la niña y tú?
—No.
Dio otro paso atrás y la tristeza de sus ojos se hizo todavía más evidente.
—Vale. Lo entiendo.
—No, no lo entiendes.
Frunció el ceño.
—Te perdono con la condición de que tú también me perdones a mí. Y quiero que sepas otra cosa: estás equivocado. Pese a todo, nunca he dejado de amarte. Aunque quisiera, no podría hacerlo porque mi corazón es tuyo y él manda.
—Rubita… ¿Eso qué quiere decir? —preguntó con miedo.
—Que me beses, rubio. Que me beses —dije riéndome.
—Joder… Claro que voy a besarte y a amarte durante el resto de mi vida. Y te juro que haré todo lo posible para que todo el dolor que te he causado se multiplique por mil, pero convertido en felicidad.
No lo dejé seguir hablando.
Fui yo quien lo besó.
Y allí, en aquella casita, sellamos con ese beso que, pasara lo que pasara, nunca más volveríamos a separarnos y que, a partir de entonces, hablaríamos de todo antes de permitir que el miedo, el orgullo o los malentendidos volvieran a interponerse entre nosotros.
Pero, sobre todo, que nos seguiríamos queriendo como siempre habíamos hecho.
Con devoción.
Profundamente.