Solo sobreviví Capítulo 34
94%

Capítulo 34

Por fin sábado, pensé nada más despertarme.

Me levanté de la cama sonriendo al imaginar la cara que pondrían Anna y Oskar cuando me vieran. Estaba segura de que alucinarían.

Como cada mañana, me senté en la cocina para desayunar un vaso de leche templada.

A aquellas horas, al parecer, a mi hija no le gustaba que tomara nada más y, si lo hacía, no me sentaba demasiado bien.

Así que me conformaba con eso y, un par de horas después ya fuera en casa o en la cafetería, desayunaba algo más contundente.

Una hora más tarde estaba limpiando mi habitación cuando llamaron al timbre.

Dejé la escoba tirada en el suelo y, aunque correr no corrí porque no quería arriesgarme a sufrir una caída, sí fui hasta la puerta con pasos bastante ligeros.

Yo sonreí nada más verlos.

A ellos, en cambio, se les desencajó la mandíbula al fijarse en la enorme barriga que tenía y que todavía resaltaba más por la camiseta ajustada que llevaba.

—¿Qué cojones te ha pasado? ¿Te has comido a alguien del pueblo o es que tienes muchos gases?

Puse los ojos en blanco y me eché a reír ante la chorrada de Anna.

—Un balón. Me he comido un balón, no te jode.

—¿Pero esto cuándo ha pasado? ¿Y cómo?

Si una decía bobadas, el otro tampoco se quedaba atrás.

—Pues, según el médico, pasó hace cinco meses. Y el cómo no creo que precisamente a ti tenga que explicártelo. Sé de sobra que sabes cómo se hacen los niños, al menos en teoría.

Sabía que Oskar nunca pensaría que podía ser suyo. Hacía más de seis meses desde nuestro último encuentro junto a Storm y, además, con él siempre había usado protección.

De hecho, después de todas las conversaciones telefónicas que habíamos mantenido durante aquellos meses, los dos habíamos llegado a la conclusión de que entre nosotros nunca volvería a ocurrir nada que fuera más allá de la amistad.

Nuestro vínculo se había vuelto demasiado fuerte y los dos preferíamos dejar el sexo fuera.

—Déjame entrar. Necesito sentarme porque creo que, de la impresión al saber que voy a ser tía, se me ha bajado hasta la tensión.

—Pasa, reina del drama —dije apartándome de la puerta.

—En cuanto beba agua y me abanique, que sepas que tienes muchas preguntas que contestar.

—Lo suponía y ya tengo todas las respuestas preparadas.

Anna entró en la cocina abanicándose con la mano de forma exagerada y Oskar y yo fuimos detrás de ella riéndonos.

—Antes de que aquí la policía empiece con su interrogatorio, voy a aprovechar para preguntar yo lo que más quiero saber, porque sé que después no me dejará meter baza.

La carcajada me salió sola al ver la cara de asesina que le dedicó Anna.

—Dale —le dije haciéndole un gesto con la mano para que preguntara lo que quisiera.

—¿Estáis bien? Eso es lo más importante y lo primero que quiero saber.

Le sonreí con cariño al ver la preocupación con la que me lo preguntaba.

—Sí, las dos estamos muy bien. Todo va según lo previsto.

—¡¿Las dos?! ¿Es una niña?

—Chica, no hace falta que grites. Estoy embarazada, no sorda. Y sí, es una niña.

Anna se levantó de un salto de la silla y vino directa hacia mí con las manos extendidas para tocarme la barriga.

Nada más apoyarlas, mi hija la saludó.

—Hostias, ¿qué ha sido eso?

Me eché a reír.

—Su manera de saludarte. Una patada.

—Oskar, ven. Pon la mano, a ver si a ti también te dice algo.

Oskar se acercó riéndose y, después de pedirme permiso con la mirada, apoyó una mano sobre mi barriga. Nada más hacerlo, recibió exactamente el mismo saludo.

—Joder, esta nos sale futbolista o karateca.

—Bueno, una vez hechas las presentaciones, ¿podéis darme un abrazo? Llevo esperando este momento más de un mes.

No dudaron en complacerme y, como pudieron debido a mi gran volumen, los dos me abrazaron a la vez y me llenaron de besos sonoros, igual que hice yo con ellos.

—¿Cuándo te enteraste?

Anna frunció el ceño al ver cómo desviaba la mirada para que no pudiera notar la tristeza que me provocaba recordar aquel momento.

—¿Astrid?

Suspiré antes de contestar.

—Lo sé desde una hora antes de que fuéramos a la gala de Londres. Me hice una prueba en el hotel porque llevaba varios días sospechando que podía estar embarazada. Tenía pensado decírselo al día siguiente, pero pasó lo que pasó y…

—Joder, Astrid… —murmuró Oskar antes de abrazarme de nuevo al ver que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—¿No vas a decírselo? —preguntó Anna en voz baja.

Entonces les conté que había intentado hablar con su hermano unos días después de llegar al pueblo para explicárselo, pero él no había querido escucharme y, después de insistir con un segundo mensaje, me había bloqueado.

—Gilipollas —murmuró Anna enfadada.

—Tranquila. Ya me he hecho a la idea de que seremos solo las dos.

—De eso nada. Solas no vais a estar nunca. Nosotros estaremos aquí y, además…

Dejó la frase en el aire y cruzó una mirada cómplice con Oskar que no me gustó nada.

—Anna, ¿qué pasa?

Volvieron a mirarse.

—¿Oskar?

Tercera mirada y nueva conversación silenciosa entre ellos.

—Vale, ¿qué coño pasa? Sé que es algo relacionado con Storm, así que decidlo de una vez. No hay nada que pueda dolerme más que su desprecio y su rechazo.

»¿Qué es? ¿Se casa? ¿Tiene una novia nueva rubia? ¿Va a ser padre también con otra mujer? ¿O qué?

—No es nada de eso. No ha estado con nadie, ni siquiera una noche, desde que lo dejasteis.

Aquello era bastante difícil de creer, pero, si Oskar lo decía, podía ser cierto. Aunque, a esas alturas, tampoco sabía qué importancia tenía. Antes o después, Storm acabaría rehaciendo su vida con otra mujer.

—No está bien —soltó Anna.

Fruncí el ceño.

—¿Está enfermo? —pregunté preocupada.

Una cosa era que me hubiera despreciado, que no quisiera estar conmigo y que me hubiera apartado de su vida, y otra muy diferente que yo hubiera dejado de quererlo.

Porque no era así.

Pese a todo, seguía amándolo con todo mi corazón y, después de darle muchas vueltas durante aquellos meses, incluso había llegado a entender por qué reaccionó como lo hizo. No todo el mundo sería capaz de vivir sabiendo lo que yo había tenido que hacer.

Una vez me dijeron que, si me quería, no le importaría. Pero, al parecer, el amor que Storm decía sentir por mí no había sido lo bastante fuerte como para entender por qué lo hice y aceptarlo.

—No está enfermo. Está arrepentido.

—¿Arrepentido de qué?

Anna puso los ojos en blanco.

—De haberme tirado de las coletas cuando tenía siete años, no te jode. ¿De qué va a ser, hija? De lo que te hizo, de cómo te trató y de haber sido, por segunda vez, un gilipollas que te ha perdido.

Solté una risa amarga.

—Anna, eso no es posible. Su mirada aquel día lo dejó bastante claro y que después me bloqueara, todavía más.

—Al parecer, mi hermano es el lento de la familia y necesita meses para darse cuenta de las cosas. Es tonto del culo, chica.

—Hemos hablado muchísimo del tema —intervino Oskar—. Me hizo muchas preguntas y, cuando le expliqué que era un idiota por haberte perdido después de enterarse de lo fuerte y valiente que fuiste haciendo lo que hiciste para sobrevivir, terminó entendiéndolo.

»Ese mismo día se emborrachó entre lamentos hasta beberse el agua de los floreros.

Me quedé tan helada al escucharlo que no supe qué contestar.

—Astrid…

Miré a Anna, pero seguí sin decir nada.

—No hemos venido solo a verte. También queríamos hablar contigo de mi hermano.

De eso ya me había dado cuenta hacía rato. Tan tonta tampoco era, aunque a veces me lo hiciera.

—¿Y?

Volvieron a intercambiar una mirada y ya no pude aguantar más.

—Dejad de miraros y decid de una vez lo que tengáis que decir, coño, que me estáis poniendo de los nervios.

Fue Anna quien empezó a hablar.

Me contó que su hermano llevaba prácticamente desde el principio muy mal. No habían querido decirme nada porque sabían lo dolida que estaba y, además, entre los dos habían decidido que, después de su comportamiento, con el que ninguno estuvo de acuerdo, se merecía sufrir un poco mi ausencia.

Poco a poco me fue explicando más cosas. Storm llevaba alrededor de dos meses muy apático, había adelgazado bastante, bebía más de la cuenta y les preguntaba por mí prácticamente todos los días.

Quería saber dónde estaba y si me encontraba bien. Les rogaba una y otra vez que, sabiendo que mantenían el contacto conmigo, le dijeran dónde podía encontrarme porque necesitaba hablar conmigo.

No se había atrevido a llamarme porque daba por hecho que, después de haberme bloqueado el día que yo intenté hablar con él, ni siquiera contestaría.

También sabía, y ya se había hecho a la idea, de que, después de cómo se comportó y de cómo me despreció sin intentar entender por qué había hecho aquel trabajo en Nueva York, probablemente nunca volvería con él y me había perdido para siempre.

Pero necesitaba verme, aunque solo fuera una vez más, para pedirme perdón.

—No sabemos qué piensas realmente porque no has querido hablar demasiado del tema, ni si serías capaz de perdonarlo, pero quizá sí quieras verlo para que, al menos, esta vez podáis cerrar bien lo vuestro.

—No tengo ni idea de qué hacer, Anna. Todo lo que me estás contando me está dejando alucinada.

Oskar sonrió mientras me miraba a los ojos.

—¿Por qué sonríes? —le preguntó Anna.

—Porque todavía lo quiere. Está dolida, pero sigue queriéndolo. Eso me da esperanza de que los dos puedan tener el final que se merecen después de todo lo que han pasado.

Sonreí con tristeza.

—Sí que lo quiero. Eso no puedo negarlo, pero el daño que me hizo sigue muy presente. Dos veces me ha despreciado por no escucharme y no puedo arriesgarme a que haya una tercera. Si eso ocurriera, terminaría de destrozarme por completo.

Se miraron y hablaron casi al mismo tiempo.

—Te entendemos y, si decides no perdonarlo, estás en todo tu derecho. Pero, al menos, ¿querrás hablar con él? ¿Quieres que sepa lo de la niña?

Claro que quería que lo supiera. Ya había intentado decírselo y no me dejó, pero tenía claro que, si era necesario, cuando mi hija naciera, me presentaría directamente en su casa para que la conociera.

Después, si decidía que no quería saber nada de ella, al menos yo tendría la tranquilidad de haber hecho lo correcto.

Les expliqué lo que había pensado y a los dos les pareció una buena decisión.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Le decimos que te llame o le contamos dónde estás?

No creía que hablar por teléfono fuera lo más adecuado y así se lo hice saber.

Lo que teníamos pendiente debía hablarse en persona. Yo tenía que contarle que iba a ser padre, porque por mi parte no había mucho más que decir, y él tendría que explicarme lo que fuera que necesitara contarme.

—Cuando volvamos, le diremos dónde estás —dijo Oskar, zanjando el tema.

El resto del día lo pasamos en casa. Fuera había dejado de nevar, pero hacía un frío de mil demonios y no era plan de pasearnos por el pueblo.

Además, el día anterior había hecho una buena compra y, antes de que llegaran, había preparado un guiso de carne con verduras que sabía que a los dos les gustaba y también una tarta de queso.

Durante la comida y toda la tarde no dejamos de hablar y reír. Les conté historias de los clientes de la cafetería, les hablé de Lucy y también les enseñé las ecografías que me habían hecho, con las que los dos acabaron llorando de emoción.

Sobre todo Anna, que aseguró que, cuando sus padres se enteraran, les daría algo de la alegría.

Molly y Thomas no tenían ni idea de lo que había ocurrido entre su hijo y yo. Era mejor así. Lo único que sabían era que nuestra relación no había salido bien y que habíamos terminado.

Con ellos había seguido manteniendo el contacto por teléfono y hablábamos aproximadamente una vez a la semana.

Oskar y Anna también me pusieron al día de sus vidas. Me hablaron de la empresa y él me contó que había conocido a una chica en un bar que, por lo visto, le gustaba bastante.

Anna, por su parte, me habló de Alfred. La convivencia entre ellos iba estupendamente y ya habían empezado a plantearse dar el siguiente paso y casarse, aunque era algo que habían hablado sin prisas y que se plantearían más en serio cuando empezara el nuevo año.

También salió el tema de la Navidad.

Los dos se enfadaron cuando les dije que tenía intención de pasarla sola y ni siquiera quisieron escuchar mis argumentos. Me advirtieron que, pasara lo que pasara, el día de Navidad no iba a estar sola y que iría a Copenhague con ellos a cenar a casa de los padres de Anna sí o sí.

No dije ni que sí ni que no.

Me limité a contestar que me lo pensaría.

Aquella noche, cuando finalmente me metí en la cama, fue inevitable pensar en Storm, preguntarme cómo estaría y si todo lo que mis amigos me habían contado sobre él sería realmente cierto.