Solo sobreviví Capítulo 33
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Capítulo 33

Con un vaso de leche en la mano, me senté en una de las sillas de la cocina de la casa en la que ya llevaba tres meses mientras observaba por la ventana el cielo completamente cubierto.

Estábamos en pleno diciembre y, aunque los días anteriores había nevado suavemente, por el aspecto que tenía el cielo y por lo que habían anunciado en las noticias, aquel día lo haría con fuerza.

Suspiré antes de dar otro trago.

Solo de pensar que tendría que pasar las Navidades sola otra vez, como había hecho durante los últimos años que estuve en Nueva York, se me formaba un nudo en el estómago.

Por instinto, llevé la mano libre al vientre y lo acaricié.

Pum…

Una risita se me escapó al sentir el saludo de mi hija. Durante los últimos días, cada vez que me tocaba la barriga, parecía notarlo y me respondía de la misma manera, dándome una buena patada.

La sonrisa fue desapareciendo poco a poco cuando el rostro de su padre acudió a mi mente.

Storm…

Hacía tres meses que lo había visto por última vez y, desde entonces, no sabía nada de él ni él de mí, claro. Me había borrado de su vida para siempre, no quería saber nada de mí y, por mucho que me doliera, tenía que aceptarlo.

Cerré los ojos y recordé todo lo que había ocurrido desde aquella noche en la gala en la que todo se fue a la mierda, mi vida volvió a cambiar y lo perdí cuando descubrió lo que había hecho para sobrevivir.

Unas horas después de subirme al autobús llegué a Copenhague y fui directamente a su casa para recoger mis cosas. No quería darle la oportunidad de que fuera él quien me echara, así que decidí adelantarme.

Recogí únicamente las cosas que ya eran mías antes de que empezáramos nuestra relación. La ropa que me había regalado, un par de joyas —una pulsera y un anillo— y algunos regalos más los dejé sobre la mesilla de su lado de la cama.

No lo hice por soberbia, ni mucho menos. Primero, porque no quería llevarme demasiadas cosas y, segundo, porque no quería que en un futuro pudiera echarme en cara que aquello no era mío porque lo había pagado él.

Esa noche, tal y como habíamos quedado, me fui a casa de Oskar y permanecí allí durante tres días.

Cuando él y Anna volvieron de Londres, fueron directamente a verme. Aquella noche fue larga y apenas dormimos. Hablamos muchísimo y también me ayudaron a decidir dónde podía ir y qué hacer con mi vida.

Anna propuso contarles a sus padres lo ocurrido y que me quedara con ellos durante una temporada, pero descarté la idea de inmediato. Sabía que allí estaría bien, pero era tan mala opción como quedarme en su casa porque Storm iría a verlos y acabaría cruzándome con él.

Así que aquello quedó fuera.

En un momento de la conversación, Oskar se quedó pensativo durante unos segundos y después sonrió de una manera que consiguió darme un poco de esperanza. Parecía haber encontrado una solución y así me lo confirmaron primero sus ojos y, después, sus palabras.

Me ofreció una casa que tenía en Roskilde, un pueblo situado a menos de una hora de Copenhague.

Me explicó que la había heredado de sus abuelos cuando murieron y que llevaba tres años sin utilizarla, desde que ambos fallecieron con apenas tres meses de diferencia.

Seguramente estaría bastante sucia después de tanto tiempo cerrada, pero se encontraba en buenas condiciones y, si quería, podía quedarme allí todo el tiempo que necesitara.

Acepté.

Claro que lo hice.

Al día siguiente, él mismo me llevó hasta la casa y Anna, que juró que no iba a dejarme sola, vino también con nosotros.

Era cierto que estaba bastante sucia, aunque no tanto como habíamos imaginado. Los dos se ofrecieron a ayudarme a limpiarla, pero me negué porque prefería hacerlo sola durante los días siguientes. Así estaría entretenida y tendría algo en lo que ocupar la cabeza.

Aquel día se quedaron conmigo hasta bien entrada la noche.

Durante la primera semana me dediqué a limpiar, colocar mis cosas y llorar por todo lo que había ocurrido y por cómo había perdido a Storm.

Pero, sobre todo, lloré cuando vi en las noticias las fotografías y los vídeos de la noche de la gala.

En algunas imágenes aparecía él solo, las que le habían hecho al llegar, y también había otras del momento en el que recogía el premio. Sin embargo, las que más me dolieron fueron las de la fiesta posterior, donde se lo veía hablando con distintas mujeres, riendo y bailando.

Verlo así me hizo muchísimo daño porque parecía que, apenas unos minutos después de que yo me marchara, él había seguido adelante con su vida y me había borrado por completo, no solo de su mente, sino también de su existencia.

Después de aquello me prometí no volver a mirar nada relacionado con él. No quería seguir haciéndome daño viendo lo feliz que parecía ni lo poco que, desde fuera, le había costado continuar.

Cuando terminé de limpiar la casa y colocar todas mis cosas, dediqué los dos días siguientes a recorrer Roskilde buscando trabajo.

El que fuera.

Y, por una vez, tuve suerte o quizá alguien desde ahí arriba —seguramente mi padre— decidió echarme una mano.

En una cafetería situada a unos quince minutos de casa de Oskar, casi en el centro, vi un cartel que anunciaba que necesitaban una camarera.

Entré esperanzada para preguntar y, cuando hablé con la dueña, una mujer encantadora, y le expliqué que tenía experiencia, no dudó en darme un delantal y decirme que, si aguantaba el ritmo durante toda la mañana, el puesto sería mío.

Lo aguanté.

Era cierto que la cafetería tenía muchísimo movimiento y rara vez se quedaba vacía o siquiera a medio llenar, pero a mí el trabajo nunca me había asustado.

Además, gracias a las cafeterías en las que había trabajado en Nueva York, sabía moverme perfectamente tanto detrás de la barra como atendiendo las mesas con una bandeja en las manos.

Al terminar la mañana, Lucy, que así se llamaba mi nueva jefa, me felicitó y me dijo que el puesto era mío y que volviera al día siguiente a las ocho y media.

No quise ocultarle mi embarazo. Primero, porque dentro de poco sería evidente y, segundo, porque estaba cansada de esconder cosas.

Para ella no supuso ningún problema. Me dijo que me contrataba igualmente porque había visto que necesitaba a alguien y que yo podía hacer perfectamente el trabajo.

Así fue como llevaba casi tres meses trabajando allí, siempre en el turno de mañana, de lunes a viernes, con un horario de ocho y media a tres.

El sueldo no estaba mal. Me permitía vivir y ahorrar casi la mitad para cuando naciera mi hija porque no tenía que pagar alquiler. Por mucho que insistí, Oskar nunca quiso ni oír hablar del tema.

Según él, antes tampoco sacaba nada de aquella casa porque llevaba años cerrada, así que ahora la situación era exactamente la misma, con la diferencia de que sabía que yo estaba allí y que, además, se la cuidaba.

Otra patada de mi pequeña al notar mi mano sobre la barriga consiguió arrancarme una nueva sonrisa mientras me levantaba para lavar el vaso y dirigirme a la habitación para vestirme.

Mientras me cambiaba de ropa, pensé en la semana anterior, cuando había ido a la consulta de ginecología del centro de salud. En aquella revisión, cuando ya estaba de cinco meses, me confirmaron que esperaba una niña.

Una pequeña rubita…

Pensar en eso me provocaba sentimientos encontrados.

Por una parte, estaba inmensamente feliz porque, según todas las revisiones, mi hija estaba perfectamente; por otra, me entristecía saber que su padre, que tantas veces había dicho que deseaba tener una mini rubita como yo, ni siquiera iba a conocerla.

La última vez que nos vimos yo ya estaba embarazada de dos meses. Eso me sorprendió muchísimo cuando me lo dijeron porque no imaginaba que estuviera de tanto tiempo, pero él nunca llegó a saberlo y, por cómo habían sucedido las cosas, parecía que así sería para siempre.

¿Por qué?

Porque, después de mi primera visita al médico, cuando me confirmaron de cuánto tiempo estaba y que todo iba bien, le mandé un mensaje diciéndole que necesitaba hablar con él.

Su respuesta fue que no teníamos nada de lo que hablar, que no quería saber nada de mí y que, por favor, no volviera a molestarlo.

Insistí con un segundo mensaje justo después, diciéndole que era importante.

Su respuesta fue bloquearme.

Así que todo quedó bastante claro.

Si no quería verme, ni escucharme ni siquiera darme la oportunidad de hablar con él, evidentemente no sabía que iba a ser padre.

Y no solo él.

En realidad, nadie lo sabía todavía.

Anna y Oskar me habían visitado durante aquellos tres meses tanto juntos como por separado unas cuatro veces, pero hacía ya un mes desde la última visita y entonces apenas se me notaba la barriga.

La próxima vez que me vieran sería imposible ocultarlo porque durante las últimas semanas me había crecido una barbaridad y ya tenía un buen barrigón.

El día anterior, Anna me había avisado de que aquel fin de semana, concretamente el sábado, para el que todavía faltaban dos días, vendrían los dos a visitarme.

Estaba deseando que llegara.

Terminé de vestirme y me puse el único abrigo que tenía. Ya me quedaba un poco justo, pero todavía podría aguantar algunos días más y tendría que hacerlo porque el que había comprado por internet a muy buen precio no me llegaría hasta la semana siguiente.

En cuanto salí a la calle, el frío me dio una bofetada de aúpa.

Me enrollé bien la bufanda que había cogido de la percha antes de salir, me puse los guantes y, caminando con mucho cuidado para no resbalarme con la nieve que ya empezaba a caer, me dirigí hacia la cafetería.

—Buenos días, Lucy.

—Buenos días, niña. Hace malo, ¿verdad?

—Hace malísimo. Y no es solo la nieve, es que corre un aire que te corta la respiración.

Seguimos hablando del tiempo, de mi embarazo, de su marido, que estaba en la cama con gripe, y de poco más porque no nos dio tiempo.

Los clientes empezaron a llegar primero con un goteo constante y después a oleadas. Y así, entre el olor a café —que, por suerte, no me daba asco—, las conversaciones con los clientes y algunas sonrisas, pasó otro día más.