Capítulo 32
No sabría decir cuánto tiempo tardó el taxi en llevarme hasta el hotel. Solo recuerdo bajarme, pagarle y subir a la habitación como si mis piernas se movieran solas, sabiendo perfectamente adónde tenían que llevarme.
Entré todavía llorando y lo primero que hice fue quitarme el vestido a toda prisa.
Abrí el armario y me puse lo primero que encontré, sin pararme a pensar qué prendas eran ni si combinaban entre sí.
Como para pensar estaba yo. Lo único que quería o, más bien, necesitaba era irme de allí, huir y desaparecer.
Saqué la maleta y empecé a meter todas mis cosas sin ningún orden. Ni siquiera doblé la ropa; con que consiguiera cerrarla, sería más que suficiente. Después fui al baño para recoger el neceser y, cuando recordé lo que había dentro, ya no pude aguantar más.
Si durante el trayecto hasta el hotel había llorado, allí terminé de derrumbarme.
Caí de rodillas sobre el frío suelo del baño mientras un llanto desgarrador salía de mi garganta y cientos de preguntas acudían a mi cabeza de golpe.
¿Por qué tenía tan mala suerte? ¿Por qué la vida se empeñaba en ponérmelo todo tan difícil?
¿Por qué cada vez que parecía que las cosas empezaban a irme bien tenían que irse de repente a la mierda?
¿Qué iba a pasar a partir de entonces? ¿Dónde iba a ir?
Porque estaba claro que marcharme tenía que hacerlo. En Copenhague no podía quedarme.
No tenía apenas dinero, tampoco un lugar adonde ir ni conocía a nadie fuera de la ciudad a quien pudiera recurrir. Bueno, eso último no era del todo cierto. Sí conocía a dos personas que sabía que me ayudarían si se lo pedía, tal y como me habían repetido varias veces durante aquellos meses.
Había seguido manteniendo el contacto con James y Crystal y sabía que podía contar con ellos, pero ni loca volvería jamás a Nueva York, así que aquella posibilidad quedaba completamente descartada.
Me levanté como pude del frío suelo y, mientras me llevaba una mano al vientre, le hice a mi hijo una promesa silenciosa. Si para sobrevivir yo había tenido que hacer lo que hice, por él y para sacarlo adelante haría cualquier cosa que fuera necesaria, incluso volver a lo mismo o a algo peor.
Regresé a la habitación y metí en la maleta las pocas cosas que todavía quedaban fuera. Estaba a punto de cerrarla cuando unos golpes fuertes contra la puerta me hicieron detenerme en seco.
La sangre se me congeló y el aire dejó de llegarme a los pulmones.
No, no, no…
Que no sea él, por favor.
Ese fue el único ruego que fui capaz de hacer mientras miraba al cielo porque no quería o, mejor dicho, no podía tener otro enfrentamiento con Storm. No soportaría volver a ver aquella mirada de desprecio y asco que me había dedicado en la gala sin derrumbarme, desmayarme o morirme allí mismo.
No podía mirarlo a los ojos y descubrir de nuevo que ya no quedaba en ellos nada de todo aquello tan bonito que había habido apenas unos minutos antes de que se descubriera la verdad y que había desaparecido en cuestión de segundos.
Los golpes volvieron a sonar, todavía más fuertes.
—¡Astrid! Abre, joder. Sé que estás ahí dentro. El recepcionista me ha dicho que has subido hace unos minutos.
Anna.
Cerré los ojos y di gracias al cielo por haber escuchado mi ruego. Era mi amiga y no el amor de mi vida, al que acababa de perder.
Me giré a toda prisa y abrí la puerta de un tirón, pero allí no estaba solo Anna. A su lado también se encontraba Oskar y los dos me miraban con cara de circunstancias. En sus ojos, además de tristeza, había una preocupación que no intentaban disimular.
Miré por encima del hombro de Oskar, temiendo encontrar también a mi rubio o, mejor dicho, al hombre que lo había sido durante un breve periodo de tiempo y que ya no volvería a serlo nunca más.
—No está. Se ha quedado en la gala —me dijo Oskar, adivinando lo que estaba pensando.
Me sorbí las lágrimas, me pasé las manos por las mejillas y cogí aire antes de hablar.
—¿Y vosotros por qué no os habéis quedado?
Anna me fulminó con la mirada y Oskar negó con la cabeza, como si acabara de decir la mayor gilipollez de todas las que había soltado a lo largo de mi vida.
—¿Eres idiota o qué te pasa? ¿Cómo vamos a quedarnos allí después de verte salir corriendo de esa manera?
—Pero… era vuestra noche. El premio…
—El premio me importa una puta mierda. Para mí no hay nada ni nadie más importante que tú. Y, si piensas que iba a quedarme allí bebiendo champán mientras tú estás aquí derrumbándote, me voy a enfadar de verdad porque pienses algo así de mí.
—Yo no… Sé que…
Ni siquiera sabía qué decir, pero Anna y Oskar no me dejaron buscar las palabras. Hicieron justo lo que más necesitaba en aquel momento y, uno por cada lado, me envolvieron entre sus brazos.
Allí, abrazada a ellos y sabiendo que, pasara lo que pasara, siempre estarían a mi lado de una manera u otra, dejé salir entre llantos y lamentos todo el dolor que llevaba dentro.
No sé cuánto tiempo permanecimos así. Solo recuerdo que, cuando finalmente nos separamos, me sentía un poco más tranquila y con algunas fuerzas más para continuar.
Entramos los tres en la habitación y Anna cerró la puerta. Y sí, era lo mejor. Bastante espectáculo había dado ya aquella noche como para que algún cliente pasara por el pasillo y me viera en semejante estado.
—¿Qué coño haces? ¿Dónde pensabas irte?
Anna estaba enfadada, pero no porque hubiera decidido marcharme. Tanto ella como Oskar sabían perfectamente que, dadas las circunstancias, probablemente era lo mejor. Lo que seguramente la cabreaba era pensar que pretendía hacerlo sin decirle nada.
Pues no.
Eso no iba a pasar.
Claro que pensaba avisarla. Tenía intención de mandarle un mensaje antes de marcharme y explicarle, al menos, lo que pensaba hacer durante las siguientes horas.
A la empresa estaba claro que no podía volver.
Ni yo quería hacerlo para no tener que ver a Storm todos los días ni, seguramente, él permitiría que siguiera allí después de lo ocurrido.
Al apartamento que había compartido con él, mucho menos.
Y al de Anna tampoco podía regresar porque significaría arriesgarme a cruzármelo en cualquier momento y, además, Alfred se mudaría con ella en unos días y ni loca iba a fastidiarles los planes.
Bastante había hecho ya mi amiga por mí.
—No lo sé, Anna. No sé dónde voy a ir ni qué voy a hacer, pero sabes que tengo que marcharme. No puedo quedarme aquí y mucho menos ahora.
—¿Mucho menos?
Mierda.
Con aquellas palabras había metido la pata.
Los dos se quedaron observándome, estudiándome y buscando en mi expresión el motivo de lo que acababa de decir, pero decidí salir del paso como pude.
—Da igual. El caso es que tengo que irme y los dos lo sabéis. De momento pensaba coger un autobús hasta Copenhague, recoger mis cosas en casa de tu hermano y después irme a un hotel. Allí decidiré cuál es el siguiente paso.
Lo dejaron pasar, al menos de momento, y di gracias por ello porque todavía no quería contarles que estaba embarazada. No porque pretendiera ocultarlo para siempre.
Eso no.
Aunque las cosas hubieran terminado entre nosotros, Storm tenía derecho a saber que iba a ser padre. Después, si cuando se lo dijera decidía no querer saber nada de su hijo, aunque no pudiera entenderlo, tendría que respetarlo.
Pero se lo contaría más adelante, cuando las cosas se hubieran calmado un poco, cuando yo supiera qué hacer y hubiera decidido qué rumbo darle a mi vida. Además, antes quería ir al médico y asegurarme de que todo estaba bien.
—¿A un hotel? Ni de broma vas a irte tú sola a un hotel. Entiendo que no quieras quedarte en casa de Anna para no arriesgarte a cruzártelo, pero puedes ir a la mía. Storm no sabrá que estás allí.
Me eché a reír sin ganas.
—Oskar, no es buena idea. Sabes que Storm va a tu casa a menudo.
—Pues, aunque solo sean un par de días, hasta que decidas qué hacer.
Pensé, dudé y volví a pensarlo. Finalmente acepté porque irme a un hotel significaba gastar un dinero que sabía que iba a necesitar más adelante y ahora ya no tenía que pensar únicamente en mí, sino también en mi hijo.
—Está bien, pero solo un par de días, mientras pienso dónde voy a ir y qué voy a hacer.
Anna soltó un quejido.
—Joder, no tienes por qué irte de Copenhague. Puedes quedarte. Yo te ayudaré, Astrid. Buscaremos un sitio donde puedas vivir y, entre Oskar y yo, te ayudaremos a encontrar otro trabajo si eso es lo que quieres.
Pero no.
No era eso lo que quería.
Yo quería que nada hubiera cambiado. Quería que todo siguiera exactamente como apenas dos horas antes, continuar siendo feliz y seguir pensando en la familia que Storm y yo íbamos a formar.
Pero aquello ya no podía ser, así que, una vez más, me tocaría buscar una salida, seguir adelante y hacer lo que hiciera falta para sobrevivir.
—Anna… Sabes que tengo que marcharme. Hay varios motivos por los que no puedo quedarme y los dos sabéis cuáles son.
El primero, y más importante, era que no quería arriesgarme a cruzarme con Storm en cualquier momento. Verlo me rompería todavía un poco más, sobre todo si con el tiempo lo encontraba acompañado de otra mujer y comprobaba que había seguido adelante sin mí.
El segundo era que Copenhague resultaba demasiado cara para vivir y los alquileres estaban por las nubes. Si no estuviera embarazada —cosa que, por supuesto, no les dije—, no me habría importado compartir piso con quien fuera, pero en aquellas circunstancias no quería hacerlo.
Y el tercero era que, aunque ellos me ayudaran a encontrar trabajo sin haber terminado mis estudios, todos sabíamos a qué tipo de empleos podría aspirar y que el sueldo probablemente no me llegaría para salir adelante.
Los dos entendieron mis motivos y, aunque con pesar, terminaron aceptando que, para que pudiera estar bien, quizá necesitara marcharme de Copenhague al menos durante un tiempo.
Así fue como, con las llaves de la casa de Oskar en la mano, me subí al autobús al que ambos me acompañaron. Quedamos en vernos al día siguiente, cuando ellos regresaran en avión después de tener, según me dijeron, una conversación con Storm que consideraban más que necesaria.