Solo sobreviví Capítulo 31
86%

Capítulo 31

Lo más sorprendente de la gala era que, pese a mis quejas, apenas nadie se fijó en nosotras.

La razón era que, por decirlo de alguna manera, Anna y yo íbamos de lo más normales.

Los vestidos de la mayoría de las mujeres que acompañaban a los candidatos y al resto de invitados eran para que se te desencajara la mandíbula.

La que no enseñaba medio culo porque el vestido era demasiado corto enseñaba la mitad de las tetas por diferentes lados de lo que ellas llamaban escote.

Yo diría que aquello era un cacho de tela que habían cosido al resto del vestido con dos puntadas mal dadas.

Pero las peores, sin duda, eran las que llevaban partes del vestido con transparencias y que no estaban precisamente en los sitios menos deseables.

Nada más entrar, como Storm era uno de los candidatos, la prensa que estaba allí para cubrir el evento le hizo las preguntas de rigor y le tomó un par de fotos.

Yo me quedé en un segundo plano.

Él sabía que no me gustaba llamar la atención y no se molestó por ello.

Pasado todo aquel jaleo, caminamos junto al resto de la gente hasta la gran sala donde cada uno tenía sus asientos asignados.

Nos tocó en segunda fila.

Había seis premios en total, de distintas categorías, y el de Storm era el último, así que, mientras veíamos cómo entregaban todos los demás, Anna y yo nos dedicamos a comentar los peinados y vestidos de las mujeres y también de algunos hombres.

Que no penséis que todos iban como Storm y Oskar, de esmoquin, porque no era así. Algunos llevaban unos ropajes bastante difíciles de catalogar.

Finalmente llegó el momento más esperado para nosotros.

Alargué la mano para apretar la de Storm. Quería que supiera que, pasara lo que pasara, yo estaría allí para él.

—Gracias por estar aquí, rubita —dijo llevándose mi mano a la boca para besarme los nudillos.

—Gracias a ti por dejarme estar.

—Y el ganador del premio en la categoría de mejor proyecto del año en energías renovables es…

Recé mientras cerraba los ojos.

No es que quisiera que la empresa se llevara el premio solo por Storm, que también, sino por todos los trabajadores que se habían dejado la piel para conseguir que aquel proyecto, que era una auténtica pasada, saliera adelante.

—Nielsen Renewables. Recogerá el premio el actual CEO e hijo del fundador, Storm Nielsen.

Los cuatro nos levantamos de nuestros asientos aplaudiendo y nos abrazamos entre nosotros.

—¡Joder, sí! ¡Lo conseguimos! —exclamó Oskar.

—¡Somos los mejores! —añadió Anna.

—Enhorabuena, rubio. Os lo merecéis —dije antes de darle un beso corto en los labios.

—Gracias, amor.

Storm subió al escenario para recoger el premio. Durante el discurso no se olvidó de nadie y hasta terminó emocionándose.

Nosotros tres, al verlo así, todavía más.

—Lo ha hecho muy bien.

—Sí, es que mi chico vale oro.

—Pues vamos a buscar al lingote para ir a tomar algo, que estoy seca.

—Vamos, lo pillamos de camino.

Los tres salimos de nuestros sitios y, esquivando a la gente, fuimos al encuentro de Storm, que estaba junto al escenario hablando con los otros ganadores.

Cuando nos vio, se despidió y vino hacia nosotros. Pero no le dio tiempo a decir nada porque dos hombres se unieron al grupo prácticamente al mismo tiempo que él y, cuando los reconocí, tuve que agarrarme al brazo de Anna para no caerme.

Oskar y yo cruzamos una mirada que decía exactamente lo mismo.

Mierda, mierda y más mierda.

—¿Qué ocurre? ¿Quiénes son? —me susurró Anna.

No me dio tiempo a contestar porque ellos mismos lo hicieron por mí.

—¡Oskar! ¿Pero qué haces aquí? No tenía ni idea de que tu empresa estaba entre las nominadas y, encima, os habéis llevado el premio. Joder, enhorabuena.

—¿Liam? ¿Y tú qué haces aquí?

—La empresa en la que trabajamos Jake y yo también estaba nominada al premio de tecnología avanzada, pero no hemos tenido tanta suerte como vosotros. Se lo ha llevado nuestra competencia más directa.

—Hola, yo soy Storm —dijo mi chico.

Los dos le estrecharon la mano, aunque no habían dejado de mirarme desde que se acercaron.

Y, aunque durante aquellos minutos recé todo lo que supe —y sabía que Oskar también lo estaba haciendo—, no tuvimos suerte.

Nuestras plegarias no fueron escuchadas.

Jake, el amigo gilipollas de Liam, el primo de Oskar abrió su bocaza para joderlo todo mientras soltaba una carcajada.

—Joder, Oskar, sí que te dio fuerte aquella noche. La puta que contratamos te lio, pero bien. Si te la has llevado a Copenhague contigo, debe de ser buenísima en lo suyo.

»Una pena que no la probáramos, aunque eso todavía se puede arreglar. ¿Qué me dices, guapa? ¿Me haces precio de gala esta noche?

Cerré los ojos para no ver la cara de los demás o, más concretamente, la de Storm, además de porque quería morirme allí mismo.

Pensé que aquella noche sí que me harían falta las flores.

—¿Qué coño dices, gilipollas? —espetó Storm.

Jake volvió a soltar una carcajada.

—Jake, cállate, joder —le dijo Liam, que, por la mirada que le lanzó Oskar, debía de haberse dado cuenta de que su amiguito estaba metiendo la pata hasta el fondo.

—Pues la verdad. ¿Qué voy a estar diciendo? Si es una puta, cobra por ello y yo tengo ganas de mambo, pues se lo propongo y punto.

—¿Son los tíos que estaban en la despedida de Oskar? —me preguntó Anna en voz baja.

Asentí mientras intentaba contener las lágrimas porque, dentro de mí, ya sabía que se avecinaba el desastre.

—Mierda… Qué puto gilipollas.

Storm frunció el ceño ante las palabras de Jake y miró a Oskar.

—¿Qué coño está diciendo este tío de mi chica?

Jake volvió a reír.

—¿Tu chica? ¿La puta que se tiró Oskar en la despedida de Liam es tu pareja? Vaya huevos tienes, macho, y qué tragaderas. Hay que tenerlas para estar con una mujer que se ha tirado a medio Nueva York. Eso sí, era de las caras y limpias.

Oskar resopló.

Liam agarró a su amigo del brazo y, prácticamente a empujones, se lo llevó de allí después de pedirnos disculpas con la mirada.

Anna me sujetó con fuerza al ver que estaba a punto de desmayarme.

Storm me miró directamente a los ojos e hizo la pregunta que más había temido desde que el idiota de Jake abrió la bocaza.

—¿Es cierto?

No podía hablar. Tenía tal nudo en la garganta que las palabras no conseguían salir.

—¡Contesta, joder!

—Storm, cálmate. No creo que este sea el mejor sitio para hablar de esto. La gente nos está mirando.

Giró la cabeza hacia Anna y soltó una risa amarga. Muy amarga.

—Me importa una mierda la gente. ¿Este no es el mejor sitio, dices? Con esas palabras me acabas de dejar claro que es cierto y que tú lo sabías.

—Storm…

Entonces se giró hacia Oskar y lo fulminó con la mirada.

—¿Y tú? Tú, que dices que eres mi amigo. Eres un amigo de mierda. ¿Cómo cojones me has dejado liarme con ella sabiendo que ha sido una puta en Nueva York?

Cuando lo oí llamarme así, con el desprecio y el asco que había puesto en aquella palabra, supe que todo entre nosotros se había ido a la mierda y que de aquello ya no nos recuperaríamos en la vida.

Volvió a mirarme.

En sus ojos ya no quedaba el amor con el que me había observado apenas unos minutos antes, cuando nos besábamos para celebrar el premio.

Ahora eran pura tormenta y me miraban como nunca lo habían hecho desde que nos conocíamos.

Como si fuera una desconocida.

—¿Por qué, Astrid? ¿Por qué lo hiciste?

Astrid.

Me había llamado por mi nombre y no rubita, y ahí mi corazón hizo crack.

A aquellas alturas, qué más daba contestar con la verdad o no. Total, lo había perdido, así que fui sincera.

—Porque tenía que pagar una letra muy alta del préstamo y, además, vivir.

—¿No pudiste trabajar en otra cosa, joder?

—Lo hice. Llegué a trabajar hasta en tres sitios a la vez y, aun así, no me llegaba el dinero ni para comer.

—No me puedo creer que vendieras tu cuerpo. Joder, qué asco estoy sintiendo ahora mismo.

Anna jadeó, Oskar lo fulminó con la mirada y yo sonreí con tristeza.

—Lo entiendo.

—No entiendes una mierda, joder. No te conozco. Tú ya no eres mi rubita. Ella nunca habría hecho algo así. ¿Cómo fuiste capaz?

Negué con tristeza antes de contestarle y darme la vuelta para salir corriendo de allí.

—Solo sobreviví.

Me metí entre la gente y la fui esquivando como pude mientras las lágrimas apenas me dejaban ver por dónde caminaba o si estaba pisando a alguien.

A mi espalda oí a Anna y a Oskar llamándome, pero no me detuve.

Seguí adelante hasta salir del recinto y me monté en el primer taxi que encontré.