Capítulo 30
Por petición de Oskar, que era quien más veces había viajado a Londres, reservé el hotel que él me recomendó porque, según dijo, nos iba a gustar mucho a todos.
Conocía unos cuantos de sus anteriores visitas y, para que pudiéramos relajarnos aquella tarde antes de la entrega de premios y la posterior fiesta, había elegido uno con spa .
—¿Un spa ? —preguntó Anna emocionada mientras hacíamos el registro en el hotel.
No había querido adelantárselo para que fuera una sorpresa y poder ver en directo la cara de alegría que pondría al descubrirlo. Y así fue.
—¡Sorpresa! Fue idea de Oskar.
—Dios… Porque no estoy libre, que, si no, por tus buenas ideas te daba un beso en los morros.
Oskar puso tal cara de asco que nos hizo reír a todos.
—Quita para allá, anda. Eso sería como medio incesto o algo parecido. Para mí eres como mi hermana pequeña y sería raro de cojones que pasara algo así.
—Sí, sería muy raro. Mejor te doy una palmadita —contestó mientras se la daba, aunque bastante más fuerte de lo normal.
—Joder, qué fuerza tiene la tía. Casi me saca una costilla del sitio. ¿Serán las gafas, que le dan superpoderes?
Anna lo fulminó con la mirada por meterse de nuevo con sus gafas y Storm y yo nos echamos a reír a carcajadas.
—Vamos a las habitaciones, a ver si una ducha os sienta bien y dejáis de decir tonterías.
—Sí, será lo mejor porque, al final, te quitamos el puesto de reina de las chorradas.
—Serás boba. Yo no digo chorradas.
Me miró con una ceja alzada.
—No, claro que no. Cuando te pones a desvariar porque estás estresada o nerviosa, no hablas de flores ni de ninguna cosa rara que nos hace pensar que se te está yendo la chota.
—Es mi forma de soltar los nervios. Las cosas me salen solas, no puedo evitarlo —contesté encogiéndome de hombros.
Entre risas, los cuatro subimos a la segunda planta, donde estaban las habitaciones que yo misma había reservado.
Eran tres en total: una para Oskar, otra para Anna y, como era normal, otra para nosotros dos.
—¿Vais a echaros a dormir o bajamos un rato al spa ?
—Yo voto por el spa . Prefiero aguantar un poco más y, después de comer, echarme una pequeña siesta para ir bien a la gala.
—Yo me apunto también —dijo Oskar.
—¿Rubio?
—A mí también me apetece el spa , pero, si prefieres que nos quedemos descansando, lo hacemos. Sigues teniendo cara de cansada.
—Prefiero hacer como Anna y echarme después de comer.
—Pues no hay más que decir. En media hora nos vemos abajo, en el spa .
Anna y Oskar asintieron y cada uno se marchó a su habitación para dejar el equipaje.
A la gala había que ir vestidos de etiqueta, así que todos llevábamos ropa elegante. Los chicos, esmoquin, y nosotras, vestidos de fiesta que Anna, como la loca de los vestidos que era, se había encargado personalmente de comprar.
Encima, me había hecho prometer que no vería el que había elegido para mí hasta el momento de ponérmelo aquella noche.
Y había cumplido.
Seguía dentro de la funda en la que me lo entregó días atrás y no había echado ni una pequeña miradita.
El resto del día, hasta que llegó la hora de la gala, fue fenomenal.
Pasamos la mañana en el spa y los cuatro salimos de allí de lo más relajados. Bueno, Storm y yo un poco más que los demás porque nos marcamos un desahogo memorable en un jacuzzi privado.
Comimos en el mismo hotel, que tenía una carta con todo tipo de platos y era una auténtica maravilla.
Después, tal y como habíamos acordado, todos nos fuimos a descansar porque lo necesitábamos. Sobre todo yo, que a cada minuto me sentía más cansada y con el estómago más revuelto.
Las sospechas que tenía cada vez cobraban más fuerza y, cuando bajé con Anna a la peluquería del hotel después de la siesta, decidí comprar una prueba de embarazo.
No podía más con los nervios por saberlo.
Cuando regresé a la habitación, Storm ya estaba en la ducha.
—Cariño, ya estoy aquí.
—Ya salgo. ¿Qué tal la sesión de belleza?
—Genial. Nos han tratado como a reinas.
—Nada que no merezcáis.
Salió de la ducha y lo primero que hizo fue besarme, sin molestarse siquiera en coger una toalla.
—Estás preciosa. Bueno, no, rectifico: lo eres.
—Rubio, no me piropees, que sabes que no te hace falta para que caiga rendida a tus pies.
Se echó a reír mientras me levantaba para sentarme sobre el lavabo.
—¿Te tengo a mis pies?
—Me tienes loca.
—A ver si puedo volverte un poco más loca y así vas relajada a la gala.
Me quitó la camiseta que llevaba puesta, que era lo único con lo que había entrado en el baño, y se lanzó directamente a lamer y succionar mis pezones.
Con una mano recorrió todo mi cuerpo desde la clavícula hasta el monte de Venus y, sin dejar de lamerme, empezó a acariciarme el clítoris con dos dedos.
—Me encanta lo receptiva que eres. Siempre estás lista para mí. Estás chorreando —dijo mientras introducía dos dedos de golpe en mi interior.
Dejó descansar mis pechos para devorarme la boca mientras movía los dedos dentro de mí cada vez más rápido.
No paró ni un segundo hasta hacerme llegar al orgasmo.
—Agárrate al lavabo, rubita. No voy a ser delicado.
—No quiero que lo seas. Dame fuerte.
—Eso es música para mis oídos.
Entró en mí de una sola estocada y menos mal que estaba agarrada porque, si no, de verdad que me habría empotrado contra el lavabo. Vaya manera de darme.
Con fuerza, pero sin hacerme daño. Eso nunca lo hacía. Siempre era apasionado, pero jamás se pasaba de la raya y me preguntaba a cada rato si estaba bien.
Acabamos los dos a la vez, gritando el nombre del otro.
—Dios… Rubita, cuánto te quiero.
—Y yo a ti, rubio. Más que a nadie. Eres mi todo.
Nos besamos un rato más y Storm salió de la habitación para ir vistiéndose mientras yo me daba una ducha rápida, con cuidado de no estropearme el peinado.
Al salir, sin que Storm me oyera, cerré el pestillo del baño. Quería hacerme la prueba y, si salía positiva, se lo diría al día siguiente. Con la gala a tan solo una hora, no era plan de ponerlo más nervioso, que ya lo estaba bastante por la nominación.
Leí las instrucciones dos veces e hice exactamente lo que indicaban.
Después dejé la prueba sobre el lavabo y me senté en la tapa del inodoro a esperar.
Decir que estaba nerviosa era quedarse corta.
Estaba atacada.
Los dos sabíamos que podía ocurrir en cualquier momento porque habíamos decidido no poner medios, pero nunca imaginé que pudiera suceder tan pronto.
Esperé los cinco minutos que indicaban las instrucciones mientras pensaba en lo contento que se pondría Storm si el resultado era positivo.
Me lo había dicho en varias ocasiones. Ojalá ocurriera pronto porque tenía muchísimas ganas de tener a una mini rubita entre sus brazos.
Cogí la prueba con los ojos cerrados y solté de golpe el aire que estaba conteniendo.
Después los abrí.
Miré el resultado y sentí cómo algo se me estrujaba dentro del pecho.
Iba a ser mamá.
Pasaron unos minutos hasta que conseguí recuperarme de la impresión. Respiré varias veces para calmarme, guardé todo dentro del neceser que sabía que Storm nunca tocaría y salí para vestirme.
—Has tardado mucho. ¿Estás bien?
—Sí. Solo me he duchado más despacio para no echar a perder el peinado que me han hecho.
—Hasta calva estarías guapa.
Lo miré alzando una ceja y se echó a reír.
—Bueno, yo te querría igual. Aunque echaría de menos tu pelo rubio. Si no lo tuvieras, tendría que buscar otra manera de llamarte.
—Vamos, que, según tú, cuando seas un viejecito y se te ponga el pelo blanco, ya no podré llamarte rubio.
Nos miramos y nos echamos a reír.
—Está bien. Seremos rubita y rubio incluso cuando tengamos el pelo blanco.
—Eso me gusta más.
—Y a mí me gustas tú.
—Sí, ya me ha quedado claro en el spa y también en el baño hace un rato. Cuando volvamos de la gala, pienso tomarme la revancha y mandar yo. Avisado estás.
Alzó las dos cejas y abrió los brazos mientras se reía.
—Soy todo suyo, señorita Mortensen, para que haga conmigo lo que quiera.
—De momento, ajustarte la pajarita, que la llevas hecha un desastre. Lo demás tendrás que esperar para averiguarlo.
—Joder, qué larga se me va a hacer la noche.
Entre bromas e insinuaciones terminamos de prepararnos.
Cuando abrí la funda de mi vestido, quise ir directamente a la habitación de Anna para matarla.
Que sí, que el vestido era precioso, eso no podía negarlo, pero, leches, de recatado no tenía absolutamente nada.
Era de color azul índigo, largo hasta los pies y con un poco de cola por detrás.
Hasta ahí, bien.
Pero tenía un escote que casi me llegaba hasta el ombligo y, en cuanto a la espalda… Bueno, directamente no había tela que la cubriera.
—Joder… No te separes de mí esta noche, rubita. No quiero tener que matar a nadie.
—Tu hermana se ha pasado. Verás cuando la pille.
—Si estás guapísima y el vestido es precioso. Mira —dijo llevando mi mano hasta su entrepierna—. Solo con verte estoy duro como una piedra. Te queda como un guante.
—Sí, me queda bien y me gusta. Si fuera para salir nosotros dos solos, me daría igual, pero allí habrá muchísima gente y no quiero que me miren.
—Pues ya no tiene solución.
—Ya. Menos mal que llevo las uñas largas. Me servirán si tengo que sacar algún ojo que se pose donde no debe.
—Pues espero que las lleves bien afiladas porque vas a tener mucho trabajo.
Resoplé.
—Vamos, anda, que estos ya estarán esperándonos abajo. No mates a mi hermana hasta que me den el premio. Después ya te doy permiso.
Me eché a reír.
—No me des ideas porque te juro que a la primera que le saco los ojos es a ella.
Bajamos al vestíbulo del hotel y, efectivamente, Anna y Oskar ya estaban esperándonos.
No tuve que matarla ni hacerle nada porque me quedó el consuelo de pensar que seguramente la mirarían más a ella que a mí, ya que su vestido era todavía un poquito más llamativo que el mío.
—Storm.
—Dime.
—¿Has traído las armas?
—No, pero debería haberlo hecho. Solo con palabras no creo que consigamos espantar a todos los moscones que se les acerquen.
—Déjalos que miren y sufran.
—Joder, Anna, eres mala —dije riéndome.
—Mala no. Soy auténtica y, al que no le guste, que cierre los ojos. Estos vestidos son lo más.
—Sí, lo más llamativo querrás decir. Joder, Anna, te has pasado.
—Anda, cállate. Ya verás qué guapas salimos en las fotos cuando a mi hermano le den el premio.
Seguimos hablando de los vestidos y de los posibles moscones hasta que llegamos al recinto que habían acondicionado para recibir a tanta gente.
De verdad que era impresionante.
Yo había imaginado que habría muchísima gente, pero me quedé con la boca abierta cuando vi la cantidad de personas que había allí.