Capítulo 29
Eran las tres de la mañana y el silencio, aunque no era total en el aeropuerto, sí que era de agradecer a aquellas horas.
La empresa había sido nominada a un premio internacional por el mejor proyecto de energías renovables del año y, como no podía ser de otra manera, Storm asistiría como CEO para representarla y, si había suerte —que yo sabía que la habría—, recoger el premio.
Aunque no todo dependía de la suerte. También entraban en juego lo bueno que era el proyecto y todo el trabajo que habían realizado durante meses para sacarlo adelante.
Por petición suya, Anna, Oskar y yo lo acompañábamos a Londres, que era donde se celebraría la gala al día siguiente. Iba a ser una auténtica locura y habría muchísima gente porque no solo se premiaba la categoría de energías renovables, sino también muchas otras de distintos sectores.
Mientras los cuatro caminábamos en silencio por el largo pasillo del aeropuerto hasta el mostrador donde teníamos que facturar, miré de reojo a los otros tres.
Primero a Anna.
Tuve que aguantarme la risa al ver las pintas que llevaba. Iba en chándal para estar más cómoda en el avión, según ella, pero eso no era lo que me hacía gracia. Lo mejor eran las enormes gafas de sol que se había puesto para ocultar la cara de sueño.
¿A quién coño se le ocurría llevar gafas de sol a aquellas horas, cuando todavía era de noche?
Pues a ella.
Solo a ella podía ocurrírsele algo así y luego me llamaba loca a mí. Había que tener cara.
Mi mirada pasó a Oskar.
Parecía serio, aunque en realidad lo único que le ocurría era que tenía más sueño que un canasto entero lleno de gatitos.
No es que lo hubiera dicho él. Tampoco hacía falta después de los doce bostezos —porque sí, los había contado— que se le habían escapado desde que subimos al taxi en la puerta de casa de los hermanos.
Por último, miré a mi rubio y la sonrisa me salió sola.
Y no únicamente porque él también caminara con los ojos entrecerrados por el sueño, sino por lo feliz que me hacía poder estar a su lado en un momento tan importante.
Habían pasado cinco meses desde aquella conversación en su casa, cuando hablamos del pasado, de todo lo que había ocurrido para que nuestra relación se fuera al traste y acabamos confesándonos lo que seguíamos sintiendo el uno por el otro.
Desde aquella noche habíamos empezado una relación.
Pero no como en el pasado, escondiéndonos de todo el mundo. Esta vez estábamos juntos abiertamente y nunca habíamos intentado ocultarlo delante de nadie.
De hecho, aquella misma noche, entre besos y caricias, le pregunté si prefería que lo nuestro siguiera siendo solo cosa de los dos, como años atrás, y se negó rotundamente. Dijo que no quería volver a esconderse, que bastante habíamos sufrido en el pasado teniendo que hacerlo porque yo era menor.
Dejó muy claro que, por él, saldría a la terraza a gritarle al mundo que me quería y que por fin estaba con él, pero que tampoco era plan de despertar a todos los vecinos y hacerlos partícipes de su alegría.
Así que se conformaría con que lleváramos una relación normal y con que todo el mundo pudiera ver, por fin, que siempre habíamos estado destinados a estar juntos.
Y así había sido desde entonces.
No nos habíamos escondido de nadie, aunque tampoco habíamos ido dando explicaciones sobre nuestra relación.
Solo hicimos dos excepciones: sus padres.
Los dos estuvimos de acuerdo en que queríamos ser nosotros quienes les dijéramos que estábamos juntos y también decidimos contarles toda la verdad.
Así que, al día siguiente de nuestra reconciliación, Storm llamó a su madre y le dijo que aquella noche iríamos los dos a cenar a su casa porque queríamos hablar con ellos.
Los sorprendidos terminamos siendo nosotros porque, cuando Storm empezó a explicarles lo que había ocurrido años atrás, Molly, con una media sonrisa, y Thomas, intentando aguantar la risa, nos confesaron que sabían perfectamente que habíamos estado juntos antes de que yo me marchara.
Storm quiso saber cómo se habían enterado porque, sinceramente, habíamos sido muy cuidadosos con nuestros encuentros.
Pero, al parecer, no fue eso lo que nos delató.
Según sus padres, había sido la forma en la que nos mirábamos.
—Por la boca se puede ocultar el amor guardando silencio, pero los ojos nunca mienten. Y los vuestros lo gritaban a los cuatro vientos cada vez que estabais uno frente al otro —nos explicó Molly.
Aquello nos dejó a los dos de piedra.
Se alegraron muchísimo de que por fin volviéramos a estar juntos y, mientras nos abrazaban, incluso dijeron que ya habíamos tardado demasiado.
Como pareja que llevaba toda una vida junta, nos dieron un consejo: si queríamos que lo nuestro durara para siempre, la clave era confiar el uno en el otro, pasara lo que pasara.
También nos dijeron que, cuando discutiéramos —porque lo haríamos—, habláramos antes de actuar de una manera que después pudiéramos lamentar, como ya nos había ocurrido una vez, y que no permitiéramos que nada ni nadie rompiera aquello tan bonito que teníamos.
Antes de marcharnos, mientras nos despedíamos en la puerta, todavía tuvieron tiempo de decirnos que no tardáramos mucho en hacerlos abuelos porque estaban deseando ver a un pequeño o una pequeña rubia corriendo por el jardín.
Nos echamos a reír y les dijimos que lo pensaríamos.
De camino a casa le conté a Storm que Oskar me había dicho prácticamente lo mismo, que quería ser tío, y que no entendía qué manía les había entrado a todos de repente con que aumentáramos la familia.
Aquella noche, cuando volvimos a acostarnos juntos, hablamos otra vez del tema y los dos estuvimos de acuerdo en que sí queríamos ser padres algún día. Era algo que deseábamos muchísimo, así que decidimos no poner medios y dejar que los hijos llegaran cuando quisieran.
El brazo de Storm rodeándome los hombros y acercándome a él mientras esperábamos en la fila de facturación me hizo regresar al presente. Apoyé la cabeza contra su cuerpo y sonreí.
Era feliz.
Aquellos cinco meses a su lado habían sido, sin ninguna duda, los mejores de mi vida.
Todo había resultado fácil entre nosotros. Nunca faltaban las conversaciones, las bromas, las risas ni el sexo, que había habido muchísimo, tanto solos como, en alguna ocasión —pocas—, con Oskar. Tampoco habían faltado algunas discusiones sin importancia.
Si en el pasado ya existía complicidad entre nosotros, ahora que los dos éramos más adultos y veíamos las cosas desde otra perspectiva, todavía había mucha más.
—¿Estás bien? Estás muy pensativa.
—Sí. Solo estaba pensando en lo feliz que soy. Estos cinco meses a tu lado han sido los mejores de mi vida.
Sonrió al escucharme y se inclinó para darme un suave beso en los labios.
—Para mí también. Lo único de lo que me arrepiento es de no haberte ido a buscar antes.
Aquella era una de las cosas que me había confesado durante una de las muchas conversaciones que tuvimos al principio de nuestra reconciliación.
Me contó que, durante los primeros meses después de mi marcha, dudó muchísimo y estuvo muchas veces a punto de coger un avión para ir a buscarme. Incluso llegó a presentarse en el aeropuerto y pasar allí horas pensando si debía hacerlo.
Cuando le pregunté por qué nunca terminó subiéndose a aquel avión, me respondió con pesar que, al no tener noticias mías, creyó que me había perdido para siempre por haber sido un idiota y que no se merecía a alguien como yo después de todo el daño que me había hecho.
También pensaba que seguramente me iba muy bien en Nueva York y le aterraba presentarse allí para llevarse el mayor chasco de su vida si yo ni siquiera quería mirarlo.
Y así fueron pasando los meses.
Después, los años.
Sin ir a buscarme.
—He pensado mucho en todo eso y creo que entonces no era nuestro momento. Pero ahora sí lo es.
—Claro que lo es, rubita. Y que ni el destino ni nadie diga lo contrario, porque los mandaré bien lejos de una patada. No pienso perderte por nada del mundo. Te quiero.
—Yo también te quiero, rubio.
—Joder… ¿Cómo podéis estar tan frescos y de tan buen humor a estas horas?
La pregunta de Anna nos hizo sonreír porque llegó acompañada de un resoplido bastante sonoro.
—Están enamorados, por eso están así. Ni el sueño les afecta —contestó Oskar riéndose.
—Coño, yo también estoy enamorada, pero el sueño es el sueño.
Era cierto que Anna estaba enamorada y que su relación con Alfred no podía ir mejor.
Lo que eran las cosas.
Lo que empezó como una cita sin más pretensión que pasar un buen rato y, quizá, terminar con un revolcón, había acabado convirtiéndose en una bonita relación en la que ya tenían bastantes planes de futuro.
El más inmediato era que Alfred se mudaría con ella cuando volviéramos del viaje, en el que pasaríamos tres días fuera.
Yo hacía cuatro meses que había dejado su apartamento, aunque quizá decirlo así era mucho decir porque, desde que Storm y yo volvimos, no había vuelto a dormir allí ni una sola noche.
Apenas un mes después de pasarme el día subiendo y bajando de un apartamento al otro, mi rubio me pidió que me quedara definitivamente en el suyo, con él, que era donde quería que estuviera.
Así que llevábamos cinco meses juntos y cuatro viviendo bajo el mismo techo.
Y la convivencia había ido estupendamente porque nos entendíamos a la perfección en todos los sentidos.
—Eres una marmota, así que a nadie le sorprende que parezcas un zombi.
—Es que esta hora no es normal para viajar. ¿Por qué ponen vuelos tan temprano? Debería estar prohibido por ley —protestó Anna.
—Esas horribles gafas que llevas sí que deberían estar prohibidas. ¿De qué tienda de disfraces las has sacado? Dios… Hacen daño a la vista.
Jadeó indignada.
—Pero ¿qué dices? Mis gafas son preciosas y me hacen un servicio estupendo para que nadie vea mis ojeras ni mis ojos achinados.
Los tres nos echamos a reír al verla dar los siguientes pasos toda estirada y muy digna, con la cabeza bien alta para que todo el mundo en el aeropuerto pudiera verla a ella y, de paso, sus horribles gafas.
Aunque, a juzgar por las miradas que recibía, seguramente la estaban tomando por loca.
—Si viene seguridad a buscarla porque creen que es una loca peligrosa, rubita, tú haz como que no la conoces —me susurró Storm entre risas.
—Tener hermanos para esto… —Volvió a jadear Anna, que lo había oído—. Eres un capullo, Storm.
—Nunca he negado que lo sea —respondió encogiéndose de hombros.
La relación entre los hermanos siempre había sido así.
Se adoraban, pero parecía que el deporte familiar consistía en picarse mutuamente por cualquier cosa.
Oskar y yo nos mantuvimos al margen de la guerra verbal que continuaron hasta que subimos al avión. Era mucho más divertido observarlos que intervenir y, además, aquella era su guerra particular.
Como decía el refrán: «Entre padres y hermanos, no metas las manos».
Así que lo mejor era dejarlos a su aire.
Ni diez minutos después de que el avión despegara, Anna y Oskar se quedaron dormidos apoyados el uno en el otro.
—¿No quieres dormir un poco? Tienes cara de cansada.
Y lo cierto era que sí lo estaba. Llevaba así varios días y tenía una ligera sospecha de cuál podía ser el motivo, aunque había preferido esperar a que volviéramos para confirmarlo.
Asentí y Storm me rodeó los hombros para que pudiera apoyarme contra él y dormir un rato durante el vuelo.